Publicaciones en prensa

La Cuestión del Poder (Expansion, sábado 10 de abril)

En las dos últimas columnas de esta Mirada del Economista he catalogado, al hilo de una posible recuperación sin creación de empleo (en febero) y del desapalancamiento(en marzo), cuestiones de poder bien conocidas pero que, sin embargo y en general, no se consideran como tales sino que se afrontan como cuestiones meramente técnicas. El llamado diálogo social sigue siendo una lucha de clases puesta al día que, sin embargo, no se considera como tal lucha, sino como un mero dispositivo disciplinario que sirve para quitarle virulencia a esa lucha casi primitiva. Pero ese es solo un ejemplo.También he hablado de la tensión entre contribuyentes y banqueros, algo que no se puede ocultar por mucho más tiempo (el FROB se acaba en junio, salvo prórroga, y dimite Quintás) y que, sin embargo, también parece semioculto entre la maleza espesa de las noticias de un universo comunicacional que se banaliza y que no insiste, como debería, que lo primero para salir de la crisis es arreglar un sector financiero que sigue sin atreverse a desnudarse del todo. También hemos redescubierto lo que ya sabíamos, que los intereses de los distintos países de la eurozona no son coincidentes y se tornan a veces incompatibles como es el caso en el eventual rescate de Grecia en cuya discusión se está utilizando una mala teoría económica por parte de Alemania que parece olvidar que sus expotaciones dependen de la demanda exterior por sus productos a no ser que impulsen su propia demanda interior. Pero hoy no toca hablar de teoría económica.

Pues bien, muchas de esas tensiones son hoy mediadas por grupos de presión coordinados por los llamados despachos de influencias. Esta mediación está honesta espontáneamente organizada por emprendedores ambiciosos y bien relacionados que persiguen, además de una posible ayuda al entendimiento general, su propio beneficio. Pero eso es una cosa y otra bien distinta es que no nos demos cuenta de que «despacho de influencias» y burocracia quieren decir lo mismo. Burocracia, en efecto, quiere decir el «poder del despacho» y podría traducirse como «despacho de poder» o quizá «de influencias». Es decir, cuando los intereses se corporatizan y/o sectorializan y se plasman en grupos de presión, proliferan los «despachos de influencias» que, regulados o no como lobbys, trabajan para ellos. Entramos entonces en el mundo de la burocracia, el juego espóntáneo de los intereses personales se anquilosa y las instituciones supuestamente democráticas se esclerotizan de manera que no pueden canalizar esos intereses, acaba por no haber lo que se llamaba movilidad social y se pierde toda esperanza de mejora meritocrática. Todo está bloqueado y solo algunas modestas iniciativas en manos jóvenes tienen una pequeña oportunidad de abrirse camino en la maraña de la mezcolanza de intereses. Muy pocos pueden considerarse nativos de un mundo así. La mayoría de nosostros nos sentimos exilados o extrañados, especialmente si tenemos una cierta edad y recordamos lo que era vivir en un mundo sin horizontes.

Un ejemplo de lo anterior, y una fuente más de contradicciones, es justamente algo que está pasando en el mundo de la ciencia y la innovación del que, en principio, uno quisiera aprender para mejorar la competitividad de nuestra economía. Es sin duda maravilloso poder medir, por burda que sea la manera en que se haga, la aportación de nuestros científicos a la ciencia mundial en diversos campos. En principio parece una buena idea repartir los fondos públicos destinados al efecto de una manera proporcional a esa contribución con ponderaciones por ramas que deben, naturalmente, venir impuesta por los responasables de dirigir la política científica. Pero aquí empiezan los problemas. En esencia consisten éstos en que los científicos reproducen en su gueto la misma disciplina que experimentan en el exterior, ese lugar en donde se sienten extraños porque no pueden acceder al poder. Y lo hacen mediante rankings cada vez más depurados que quieras que no influyen en la dirección de la investigación e, indirectamente, dejan sin voz a ideas que quizá en su mayoría son mediocres pero que,en ocasiones, podrían ser iluminadoras o seminales. El resultado colateral de este proceso, en principio bienvenido, podría ser que la dinámica de la creatividad se bloqueara por un exceso de esa burocracia que ahora y en este caso puede llegar a incluir despachos especializados en redactar propuestas para comités especializados pero a la postre influenciables por una especie de efecto rebaño. La inanidad amenaza bajo el disfraz de la innovación.

Pensemos ahora en un corolario muy cercano a este eventual resultado indeseable pero ya dentro de la economía. Pensemos en la reforma del mercado de trabajo o en las pensiones. En estos dos casos los interesados son fáciles de identificar: trabajadores, empresarios y posibles vendedores de fondos de pensiones alternativos. El problema técnico parecería trivial, pero no lo es. Se trata de dos sistemas que, al integrarse, conforman un nuevo sistema recursivo que puede tener soluciones múltiples como corresponde a cualquier sistema complejode forma que cambios imperceptibles en las condiciones iniciales pueden conducir a resultados muy distintos. Pero es que, aunque el problema técnico fuere trivial, pensar que lo que confrontamos como ciudadanos o trabajadores o empresarios se trata de un mero problema técnico es un error. Nada que tenga que ver con el trabajo y su gestión es trivial. Siempre cabe la duda de si no reventará un día esa sumisión básica del trabajo al capital que tantos beneficios ha reportado tanto al uno como al otro y si no estamos jugando con fuego ante la posibilidad de que el trabajo vaya a intentar romper las reglas del juego admitidas por los sindicatos para llegar a autogestionarse. Esta autogestión es quizá solamente una pulsión juvenil que, enraizada en nuestra juventud sesentayochista, vuelve ante la situación esclerotizada en la que estamos envueltos y acaba llegándonos aunque vivamos protegidos en un gueto suficientemente confortable.

Bajo esta extraña luz que creo ilumina, y quién sabe si distorsiona, el escenario conflictivo, iniciativas como la de la Fundación Confianza, con su famoso lema «estosololoarreglamosentretodos», conforman un obstáculo objetivo a ese tipo de movimientos que he llamado, por ponerles un nombre, autogestionarios y que podrían cambiar radicalmente el mundo incluído el de la ciencia. Dicho de una manera un poco chusca, esa iniciativa bienintencionada pretendería frenar cualquier explosión social de las que nos alerta hasta Dominique Strauss Kahn, cantando la internacional antes de que nos la canten. A mí ya me va bien, pero no creo que debiéramos engañarnos. Desde luego que la confianza se echa en falta para la buena gestión de la creación y consiguiente e independiente reparto de la riqueza. Pero no podemos dejar de pensar en que quizá esta vez no está en juego esa gestión, que puede encomendarse a expertos, incluídos los científicos innovadores y economistas, sino la creación y distribución de la riqueza en sí como un todo indistinguible. Y ambas cosas no son la misma. Las cuetiones de poder de las que he hablado últimamente pueden en principio solventarse de una manera técnica sin necesidad de plantear quién manda aquí. Pero en un mundo el que ninguno nos encontramos como en casa y en el que tanto los jóvenes como los jubilados nos encontramos sin horizonte claro , las cuestiones de poder se convierten simplemente en esa Cuestión del Poder del título. Algo bastante más intrincado que la reforma del mercado de trabajo o la consolidación financiera

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.