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La banalidad del bien

Suso de Toro presentó ayer por la tarde su última novela, con vocación de drama o de film destinado a ser contemplado simultáneamente por muchos. Con permiso de la editorial «de papel» hizo la presentación «blogosférica» antes que la pretendidamente pública, lo que es una novedad digna de mención.

Organizaba la presentación la Biblioteca de las Indias electrónicas y oficiaba de presentador Fernando Berlin quien mencionó los principales méritos del objeto creado por Suso y subrayó su aspecto de recuperación de nuestra memoria histórica, después de que Marí­a Rodriguez, responsable de la Biblioteca, presentara a ésta, a Fernando y, desde luego, a Suso de quien afirmó que es el Hombre que sabe de las cosas antes de que éstas tengan Nombre.

Y, sin embargo, esta vez no es así­ exactamente. No sé lo que pensaré cuando el objeto/libro esté disponible para su lectura individual en solitario; pero si la presentación de ayer es un objeto/charla de Suso, puedo decir que lo que él hizo es tratar de universalizar lo que nuestra memoria nos recuerda que pasó, y sigue pasando, dirí­a yo.

Y lo que no debemos olvidar nunca es algo que no hemos olvidado, pero sobre lo que nos da miedo volver. No se trata de la banalidad del mal, algo a lo que puso nobre Hanah Arendt en su libro sobre el proceso a Eichman, un sobrio funcionario del crimen industrializado en los últimos dí­as del III Reich. Se trata más bien de la banalidad del bien, algo de naturaleza distinta.

Veamos

No todo el mal es banal, dijo Suso. Existe el mal puro, el que hace de él su ser, un ser completo y sin fisuras, el equivalente individual a la movilización total de Jí¼nger. Como para Heidegger el ser, el mal puro serí­a, para Suso, una manifestación del ser que no se permite vacaciones so pena de perder su autententicidad. Hay malos de retaguardia que confunden la revolución radical con el estraperlo; pero los malos de verdad no trampean, no cejan y asumen su maldad sin paliativos.

Pero esto no es nuevo. Lo hemos estudiado en Hegel, la dinámica del amo y el esclavo ha sido «puesta en escena» repetidas veces en uno u otro medio y muchos nos hemos dejado llevar, al menos en la imaginación, por la absoluta pureza del mal. ¿Que habrí­a pues de nuevo en el Hombre sin Nombre?

Espero que Suso haya creado una pieza literaria estimulante y esclarecedora; pero a juzgar por lo que dijo ayer en esa presentación a los blogers, lo que me pareció novedoso es lo que he llamado la banalidad del bien. Las ví­ctimas, encarnación del bien, no aprenden y confunden el horror del mal con sus carencias afectivas. El verdugo consciente es ese angel caí­do que asume con una seriedad infinita su irreductible lucidez. El conocimiento es cruel, como un arma blanca que penetra la carne humana como un bisturí­ que no deja tiempo al aullido de la realidad que se resiste a ser abierta en canal.

Y a pesar de la banalidad del bien hay que estar con las ví­ctimas, hay que ser ví­ctima, hay que racionarse el conocimiento y aprender la parsimonia del ser que no nace hecho y que tiene que tantear su camino en el bosque.

Creo que eso es lo que Suso de Toro nos confiará en su testimonio literario; pero no se entenderá. Como él mismo sospecha la crí­tica hará una lectura polí­tica chata y hablará solo de la más o menos oportuna recuperación de la memoria de la guerra civil o, lo que es peor, de ETA y sus ví­ctimas. Y Suso sufrirá la trivialización de los bienpensantes, aunque esperemos que no la sufra en silencio.

Posiblemente no nos merecemos a alguien con la valentí­a y la lucidez de este escritor que afirma que no es periférico; sino que el centro está donde esta él o que no hay ya centro. Pues no; me permito disentir. Hay centro y lo que de él emerge es justamente el ser sin fisuras propio del mal. Hay que disolverlo en la periferia para que emerja lo ingenua e infantilmente bueno. Digo yo.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.