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Juan Urrutia

22 de Noviembre de 2009

Kontraren kontra

¿Nada que decir? Eso es lo que pensaba cuando redacté mi última columna para Expansión, que no había nada más que decir sobre la Gran Recesión que fuera novedoso o relevante. Aunque al final de la columna abría un portillo diminuto a la posibilidad de decir algo, sigo pensando que una buena dosis de comedimiento verbal no vendría mal a la salud pública ya suficientemente asustada por el presunto mal posicionamiento de la economía española ante la posible recuperación. Sin embargo quiero hoy utilizar ese portillo para realizar algunos comentarios tentativos, que casi tildaríamos de especulaciones, en relación con lo que se supone ha hecho la macroeconomía en los últimos años, y hacerlos justamente ahora cuando parece que se le está sometiendo a un juicio sumarísimo por su incapacidad de predecir la crisis, su falta de orientación para la política económica y su mutismo respecto a las vías de salida.

Cuando lean esta columna de la Mirada del Economista yo ya habré vuelto de la conmemoración del 30 aniversario de la creación de la asociación de economistas teóricos del sur de Europa (ASSET) y su colección de papeles de trabajo que adoptó el nombre, quizá premonitorio, de SEEDS. Lo que entonces unos cuantos pretendíamos era pertenecer a un grupo humano especial e intertemporal que conforma una profesión que, como tal es como una iglesia con su comunidad de los santos. Y lo conseguimos. ¿Tendríamos que avergonzarnos ahora de dicha pertenencia a la luz de las acusaciones que se vierten contra la Macroeconomía?

Recordando lo que dije en esa conmemoración me vienen a la cabeza algunas reflexiones que quisiera compartir con los lectores, aunque siga sin estar seguro de si no sería mejor callarse. Especialmente cuando lo que tengo que decir es tan poco convencional como breve. Trato, en el fondo, de hacer honor a la queja que sobre mí se vertía en el hogar en que crecí. Yo era un kontraren kontra, y este tipo de personaje no es, según la lógica del euzkara, el que está en contra de los que están en contra, sino, más en general, el que lleva la contraria por sistema. Hoy quiero hacerme cargo de esa fama y defender lo que se ataca por doquier sin perder la perspectiva del irreductible deseo de pertenencia.

Olvidémonos de las luchas internas entre los que han dado en denominarse economistas de agua dulce y los que, por oposición, llamaríamos economistas de agua salada. Lo que quiero contemplar con contundencia y brevedad no son estas luchas internas a la profesión, sino la acusación generalizada de que la Macroeconomía no sirve para nada cuando debía ser la rama de la economía que susurrara al oído del soberano qué es lo que hay que hacer en el ámbito agregado de un sistema económico para conseguir que éste funcione sin sobresaltos. A la luz de lo acaecido las tres últimas décadas esta acusación es inesperada. Nadie expresó ninguna preocupación por el estado del aspecto macro de la ciencia lúgubre en aquellas épocas de los shocks petrolíferos a pesar de que de ahí surge la economía de la oferta y el rechazo al keynesianisno. Se aceptaron las expectativas racionales como la manera menos tosca de modelar la razonable opinión de que nadie persiste en el error continua y sistemáticamente. Se consideraron problemas informativos y se comenzó a elaborar modelos cuantitativos microfundados, es decir compatibles con la racionalidad individual, modelos que, notémoslo, eran integradores de un sector financiero agregado (de una u otra manera) a la vez que calibrables de acuerdo con los datos pasados del sistema económico que se estaba considerando y que nos marcarían la pauta para cuantificar los parámetros que se creían cruciales. La recesión del 87 tampoco puso en jaque la teoría macroeconómica como tal ni los modelos mencionados, sino que, con cuidado y poco a poco, los bancos centrales comenzaron a disponer de sus propias versiones de los modelos en donde se colaban detalles poco ortodoxos como rigideces de precios y desequilibrios de mercados. La ciencia siguió su camino impasible ante la crisis asiática y sus derivaciones rusas o latinoamericanas o ante la crisis de las puntocom. Los bancos centrales y los gobiernos parecían haber cogido el tranquillo a la modelización de los ciclos y específicamente a la modelización del sistema financiero.

Esto es lo que estaban haciendo los macroeconomistas cuando les cogió la tormenta y empezaron a decirles que no se habían enterado ni de las causas ni se iban a enterar de cómo salir de esta Gran Recesión. Ni lo uno ni lo otro es cierto, pero es verdad que parece que se encastillaban en la mejora y refinamiento de esos modelos de equilibrio general computables que no se paraban en la estática o el corto plazo sino que dibujaban la dinámica de un sistema agregado y compatible con los fundamentos microeconómicos. Y es ese quehacer el verdadero epicentro del terremoto que constituyen las críticas al hacer teórico. Mi defensa de ese encastillamiento consiste justamente en defender a aquellos que han contribuido a las hipótesis más disparatadas e irrealistas, no porque lo sean ni porque el realismo no importe, sino porque conforman una grupo humano con el que me identifico precisamente por la naturaleza artesanal de sus miembros. Lo que éstos tratan de hacer es entrenarse para ser los mejores en preparar un lienzo sobre el que se pueda pintar. Si se hace bien esta tarea, luego el pincel funciona de una forma más manejable y puede alcanzar matices que solo se pueden conseguir sobre una superficie completamente neutral. Este oficio es pues una búsqueda desesperada de la neutralidad. Y no empleo esa palabra a humo de pajas. Por ejemplo, para estos preparadores de lienzos, un modelo (un lienzo) no es aceptable si el dinero no resulta ser neutral (si no es lo mismo pintar sobre la parte derecha o la izquierda). Para los artistas preocupados por la política monetaria su éxito depende de encontrar lo que hace que, en una situación determinada, ese dinero no sea neutral, pues dependiendo de lo que ello sea habrá de imaginar una solución u otra. Y quien habla de neutralidad del dinero puede estar diciendo lo mismo de la racionalidad de las expectativas, del uso eficiente de la información o de la irrelevancia de la financiación mediante deuda o capital. Tenemos que saber cómo funcionaría una economía con esas características para alcanzar una opinión razonable de cómo se romperá esa economía por el rozamiento de elementos que no están en el modelo. Ahí está el fruto de este oficio sobre el que ahora llueven las críticas.

Mi defensa de este proceder artesanal llega hasta aquí. Pero dicha defensa no quiere decir que no tenga críticas sobre la práctica profesional especialmente cuando se disfraza de ciencia traicionado su naturaleza artesanal. La principal es que los artesanos hacen de la preparación del lienzo una finalidad en sí misma y que todo el mundo que les rodea parece, a veces, que apreciaría esa calidad del lienzo tratándola como una obra de arte en sí misma con la confusión que eso trae consigo tal como nos lo hizo ver Yashmina Reza en su famosa comedia, ARTE, hace unos años. Esta actitud es equivalente al empecinamiento en seguir mejorando el lienzo mediante nuevos tratamientos pero olvidándose aparentemente de que hay que pintar en el lienzo, que hay que susurrar en el oído el soberano y ello con tanta más insistencia cuanto mayor es la fe en el modelo.

1 comentario a “Kontraren kontra”

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  1. Salarios en Goldman Sachs: ¿coste de oportunidad o story telling?

    [...] cierto lo de Posner vs Lucas me trajo a la cabeza también cosas publicadas por Juan sobre el papel de los economistas en esta crisis. Guardado por David de Ugarte en su moleskine el [...]

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    1. Juan Urrutia Juan Urrutia

      Punto de apoyo

      Lo buscamos en Economía como lo buscaba aquel que quería mover el mundo.Lo hemos creído encontrar en muchos lugares diferentes. En la función de consumo, en la tasa de fertilidad, en las participaciones en el output del trabajo y del capital o en la coherencia de la elecciones individuales o, si esta coherencia es pedir mucho, al menos, en la constancia de las pulsiones. Pero tampoco éstas, que parecería tan primitivas, nos proporcionan el deseado punto de apoyo pues no son independientes de la cutura. Cuando se hace obvio que no sabemos casi nada de fundamento y solo sabemos entender algo como función de otro algo que a su vez depende de aquel algo, se comprende que las mentes más inquietas o bien se bloqueen o bien se vuelvan hacia el que ofrecía algo sólido en lo que apoyarse. Léase Marx y su teoría del valor o los experimentos de laboratorio.

    2. David de Ugarte David de Ugarte

      La necesidad de compartir

      Ser un verdadero hacker, un auténtico bricoleur, es compartir porque lo necesitas del mismo modo en que necesitas ser amado o sentirte parte del algo. Eso, que queda claro en el post de Iván sobre el nacimiento de GNU-Linux es, a las finales, el núcleo inaprehensible de lo que quiere decir ser maestro en las Indias.

    3. David de Ugarte David de Ugarte

      Un pequeño Mondragón americano

      Hace tiempo que Mondragón es un referente en EEUU en círculos de economistas alternativos. Sin embargo, por motivos históricos y filosóficos, el cooperativismo dominante en el mundo anglosajón es el de consumo, no el de producción. Pero la crisis está cambiándolo todo, comenzando por los referentes. La revista Time comenta entre otras iniciativas de democracia colaborativa, la formación del grupo Arizmendi (llamado así en honor del padre Arizmendarrieta, inspirador de Mondragón) que ya factura 12 millones de euros y emplea 125 personas.

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    ESPAÑA Y EUROPA ANTE EL DESAPALANCAMIENTO

    En mi última entrega de La Mirada del Economista (“Jobless recovery” ¿una cuestión de poder?”) decía que “la situación en la que nos encontramos… parecería dar la razón a los que, jugando con las letras, nos predecían una recuperación en U o en W”. Los datos e informaciones que han ido surgiendo desde entonces, así como el caso griego me dan, desgraciadamente, la razón. A los ejemplos de aquel artículo hay que añadir otros nuevos pulsos relacionados ahora con el problema de la deuda, sea ésta externa o interna, pública o privada, de los países de la Unión Europea.

    Ni que decir tiene que casi ningún país de la zona euro cumple los criterios de Maastricht que conformaban el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en lo que respecta tanto al déficit presupuestario, fijado en el famoso y ya casi olvidado 3%,como al tope del 60% del PIB de deuda pública que el PEC exigía. Esto plantea dificultades que voy a tratar de comprender a fin de verificar mi aseveración de que vamos a contemplar luchas de poder renovadas.

    En el caso del Reino de España, la situación creada por el desequilibrio de la balanza de pagos no es dramática. España debe al exterior, por la deuda emitida para cubrir una parte de los déficits anuales de dicha Balanza de Pagos un modesto porcentaje del PIB. Aunque esta cifra ha ido creciendo por la falta de competitividad seguirá siendo una cifra relativamente baja. Sin embargo a este concepto hay que añadir otras deudas hacia el exterior que El Estado puede tener como resultado del déficit presupuestario así como las que acarreen agentes privados. Y, con estos añadidos, la situación puede complicarse

    En efecto, aunque la vida media de deuda externa pública está en torno a los 7 años, vamos a encontrarnos con importantes necesidades de financiación a corto plazo debido a a las otras fuentes de endeudamiento y especialmente el déficit presupuestario y su preocupante aceleración. Vamos a confrontar, por lo tanto, importantes necesidades de financiación a corto plazo cuya posible refinanciación va a ser relativamente cara debido, no tanto a la mala situación del endeudamiento, como a los fundamentales poco promisorios de la economía española aquejada de falta de competitividad. En esta situación un incremento impositivo parece conveniente.

    Además de todo lo anterior, el sector privado, no tanto las economías domésticas y las empresas financieras como las empresas industriales, tiene que cargar con su propia deuda que, en parte, también es exterior de forma que incluso las empresas más potentes, con ratings más o menos próximos al del Reino de España, van a tener que confrontar los mismos problemas que el sector público, pero agravados. La situación empresarial es pues preocupante puesto que a la falta de demanda exterior para los productos de esas empresas hay que añadir el paro que incide sobre muchas familias. No hay pues demasiadas esperanzas en lo referente al desapalancamiento de unas y otras empresas de forma que no podemos esperar un relanzamiento de la formación bruta de capital para no hablar del consumo en bienes duraderos.

    La obligatoria reducción del déficit presupuestario para cumplir con el criterio del 3%, su financiación y la consiguiente colocación de las emisiones necesarias por parte del Tesoro constituyen problemas adicionales para la recuperación. Aparte de colocaciones en el exterior de esas emisiones, o bien se las queda la banca, con lo que ésta estará justificada en su “estreñimiento crediticio”, especialmente en un momento en el que se puede esperar una consolidación del sector, o bien se colocan en el sector familias, probablemente con el incentivo de alguna ventaja fiscal asociada a la afloración de rentas ocultas. Vemos pues cómo, de una u otra manera, el sector privado deberá pagar parte del estropicio si no queremos sobrecargar el fondeo exterior.

    Pero estos problemas no son solo nuestros. Cada economía tiene que saber si su tasa de crecimiento a largo es suficiente para pagar la carga de la deuda a los tipos pactados. Si no lo es, o solo lo es a partir de un futuro muy incierto, la deuda aumentará y esa economía no tendrá más remedio que reducir su gasto o aumentar sus tasas impositivas. Casi todos los países de la zona euro están en una situación parecida, de forma que muchos tendrán que acudir a otras zonas del mundo para obtener financiación, lo que previsiblemente encarecerá ésta. Si la situación se generaliza no le quedará a Europa sino una alternativa diabólica. O bien el BCE se hace cargo de las deudas agregadas monetizándolas, o bien se devalúa el euro para fomentar las exportaciones. Además de que ambas vías llevarían a una elevación de los tipos de interés a los que se financia la deuda, ni una ni otra de éstas soluciones parecen hoy por hoy admisibles para las economías europeas fuertes (Alemania o Francia) ni serían aceptables para sus prestamistas. Pero aunque no se lleve a cabo una devaluación formal (que, además de ser el reconocimiento que Europa no es un área monetaria óptima, probablemente acabaría con el proyecto europeo), el euro se irá depreciando en el mercado. Esto favorecerá sin duda las exportaciones de la zona pero también puede incentivar aun más la especulación contra el euro.

    Se avistan por lo tanto luchas de poder adicionales a las que destacaba hace un mes. Recordemos que, en el ámbito doméstico, había que contar con el enfrentamiento entre contribuyentes y banqueros y entre patronos y trabajadores. Esta última confrontación no se ha canalizado de momento en un diálogo social suficiente como para llegar a acuerdos (más allá del ya firmado sobre salarios) que sostengan las modificaciones estructurales del mercado de trabajo. La tensión correspondiente ya se ha escenificado en las manifestaciones del pasado día 23 contra el “pensionazo” y si las empresas, por las razones apuntadas, se ven todavía más constreñidas crediticiamente, se va a recrudecer. Las tensiones entre contribuyentes y banqueros pueden quizá pasar a un segundo término a no ser que la imposición adicional requerida sea poco equitativa o que la consolidación financiera, seguramente ineludible, exija primar a algunas instituciones financieras.

    Esta situación comprometida es lo suficientemente generalizable como para que Europa tenga que ponerse las pilas, lo que acarrea dificultades burocráticas y políticas, y como para que España intente con seriedad una política dura respaldada o no por un pacto de Estado. Un pacto así no parece fácil de alcanzar por el problema de las subidas impositivas por un lado y por la reforma de las pensiones o las reformas estructurales del mercado de trabajo por otro.

    En una situación así se me antoja extraordinario que ningún economista europeo se haya referido a unas piezas teóricas, antiguas y menores, sobre el período de ajuste, es decir lo que tardaría una economía en volver, por ejemplo, a la senda anterior. Este período de ajuste depende del tamaño del sector público, de la tasa impositiva media y de la distribución de la renta ( ver mi trabajo “Una visión (semi) heterodoxa de la crisis”, Cuadernos de economía, vol.32, nº 88, enero-abril 2009). La influencia de esos factores es de un signo u otro dependiendo de la situación presente de la economía de que se trate. Pues bien, el Pacto de Estado en España debiera ser posible a partir de un acuerdo técnico sobre esa situación inicial en España: una buena tarea para la troika negociadora que ya se ha puesto a trabajar sin demasiadas expectativas de éxito. Y Europa empezaría a ponerse las pilas al reconocer que lo que una u otra economía tiene que hacer puede variar dependiendo de su período de ajuste propio dejando de entonar la palinodia de la necesidad de un gobierno económico único, por lo que se entiende un Tesoro único. Una idea ésta última sobre la que escribiré otro día.

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