Jaleo

Nuestra despedida no fue muy animada cuando le expliqué a ella, Marian, algunos detalles que yo había elaborado a fin de cumplir con mi compromiso con Ramón. Ella me hizo ver, entre otras pegas, que nada ilegal iba a contar con su sonrisa. Así que decidimos dejar la posible discusión de los detalles de la operación del robo para más adelante, en la esperanza por mi parte de que su sutil oposición se debiera al deseo de no abandonar nuestra feliz semisiesta casi diaria.

Pasaron unos pocos días y nos reunimos de nuevo sin la esperanza de que no volviéramos a hablar de mi problema y nos concentráramos en nuestro placer. Así que, con tono tranquilo, volví a insistir en mi deseo de hacer lo posible por llegar a ser Autor de reconocida valía, es decir, de que la autoría fuera etiqueta de mi identidad. Para mi sorpresa me encuentro con una Marian distinta. Ya no comprende mi ansiedad por la identidad heroica de autor y discutimos sobre ésta. Yo no esperaba el tono de la reacción de Marian ante mi deseo ardiente de ser autor, a juzgar por su aparente entusiasmo la primera vez que se lo hice saber. Seguramente es que en aquel entonces no se lo creía y ahora, cuando parece que va tan en serio que puede hacer peligrar nuestra ya bastante madura relación, ella tiene miedo de que eso ocurra y charla conmigo muy calmadamente.

Esta distinción que acabo de anunciar entre su actitud actual y mi ruidoso entusiasmo de ahora y antes me hace pensar en aquella preciosa película de Bergman que, en español, se tituló Gritos y Susurros y sobre la que, en su día, se extendió ese amigo mío que ya he mencionado con anterioridad. Escribió un ensayo que apareció como anónimo; pero que a mí no me fue difícil atribuírselo a él pues le conocí justamente en aquella época en la que ambos nos enredábamos alrededor de la maraña urdida sobre la identidad. En él distingue entre Arenques y Sardinas. Merece la pena citarle:

El mundo de las Sardinas es un mundo de gritos propio del sur de Europa mientras que el Arenque conforma un mundo bien diferente, un mundo de susurros propio de los países nórdicos.

Y él mismo cita al Vanity Fair:

La sociedad fuerte es propicia al grito, al ordeno y mando y al autoritarismo en general mientras que las sociedades en las que la identidad no se proclama al viento, huyen del grito y prefieren los susurros que les permiten vivir juntos de una forma razonable llena de compromisos y arreglos.

Las María y Karin del film de Bergman, no presentan relación alguna con la Negritud, pero son como ejes de una sociedad que se tiene que formar a partir de ellos y de las formas en que se entrecruzan. De esas relaciones depende si acabamos en una sociedad de Arenques o en una de Sardinas. Pues bien, acaloradamente, ella y yo, muy calmadamente, somos como los carácteres de aquella película de Bergman. Pienso que la búsqueda de la Autoría identitaria es más propia del sur, en donde reinan las Sardinas y que hoy en día habría que hacerla pasar por el filtro de una sociedad de Arenques.

Esta tarde Marian se ha llevado el gato al agua citando lo siguiente:

Nos guste o no, el esfuerzo expulsa el talento. Tanto en arte como en ciencia el esfuerzo solo merece la pena si se ejerce sobre la idea genial o al menos original. Que la inspiración te coja trabajando, dicen que dijo Picasso. Cabe añadir, creo, que no podría ser de otra manera pues quien tiene talento es siempre utilizado por una fuerza superior para desarrollar ese talento de una u otra manera. No siempre la manera que querrían los sacerdotes del esfuerzo.

Que Marian cite esto es muy significativo. Explica que me ha leído y que se ofrece a ser mi protectora y líder. Me emociona.