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Iluminaciones XII:La ilegalidad cotidiana

En 1976 decidí y juré cometer una ilegalidad cada día. Era una manera rara de ser fiel a la rebeldía que sentía en un momento malo de mi vida. Durante unos doce o trece años fue fácil. Tiraba al menos una colilla al suelo público cada día. Pero dejé de fumar y la cosa se complicó. La fidelidad a la rebeldía se fue haciendo difícil. Durante una buena temporada no me abroché el cinturón de seguridad en el automóvil, pero también en esto flaqueé. Luego cada día me saltaba un semáforo, con el cinturón puesto eso sí, o cambiaba de acera evitando el paso de peatones. Más recientemente incluyo en mi catálogo de ilegalidades privadas y rebeldes el no apagar el móvil en los aviones; pero no todos los días me subo a un avión. Así que he tenido que ingeniármelas. Me he hecho impimir un taco de tarjetitas engomadas en las que ofrezco mis servicios de coaching y que pego en cualquier pared que prohiba fijar carteles. Pero hoy he entrado en barrena y en pánico y ya no sé cómo es posible la ileglidad. Sí, hoy he pisado la hierba para retirar un cartel que prohibía pisar la hierba. He pensado de repente que toda ilegalidad es siempre repetición de otra anterior, pero no de cualquiera sino justamente de la ilegalidad que ha tenido que haber sido cometida para permitir la mía. En efecto esto es así, pues alguien había hollado la hierba para poner el cartel. No se si me precipìto, pero me suena que esta aporía elimina la posibilidad de ser ilegal y por lo tanto rebelde y por lo tanto no puede ser tal ilegalidad propiamente hablando. ¿Qué hago para mantener la fidelidad a la rebeldía que juré mantener?

Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.