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Juan Urrutia

9 de diciembre de 2009

Híper y Crucifijo

Aparte de las discusiones acaloradas sobre la pertinencia del nombre ( Economía Sostenible) y sobre el contenido de sus diversos ejes temáticos, el larguísimo y recientemente presentado proyecto de ley brilla por la ausencia de dos asuntos que tienen mucho que ver con la sostenibilidad aunque sea argüible que deberían ser abordados en textos separados tanto entre sí como del que ahora se discute con ardor. Sin duda esto es cierto de la educación, aunque la ley vigente es muy reciente, pues nada es sostenible si la población no alcanza un nivel educativo alto en todos los sentidos. Pero también es cierto de la distribución comercial pues, dependiendo de su regulación, hay formas de vida y costumbres que se pueden ver alentadas o devenir insostenibles.

Esta segunda ausencia es especialmente llamativa pues la Ley de Economía Sostenible verá la luz, si la ve, en un momento en el que el paro alcanza cotas preocupantes aun contando con la picaresca nacional, la magnitud de la economía sumergida y la ayuda de la red familiar que palían la crudeza de las correspondientes cifras en estos lares. Es por lo tanto al menos curioso que la CEOE no haya dejado oir su voz antes y después de la presentación del actual proyecto de ley sobre la problemática genérica de la regulación de las grandes superficies. Y digo que es curioso porque mayor o menor amplitud de los horarios comerciales, el listado más o menos largo de días festivos con actividad permitida así como la mayor o menor agilidad y heterogeneidad autonómica para la tramitación de la apertura de nuevas centros comerciales, pueden tener un impacto significativo en la creación de empleo. En la medida en que en este momento la inflación no es la preocupación principal, a pesar del último repunte debido , más que a la recuperación de la actividad, a la subida del petróleo espoleada por las expectativas generales de recuperación, parecería que la liberalización de la regulación de las grandes supericies como centros de distribución comercial, debería aparecer en un lugar preminente en las recomendaciones patronales.

Tanto mayor es esta sorpresa cuanto resulta ser un hecho que sabemos mucho al respecto debido a un magnífico estudio realizado por Aitor Ciarreta, María Paz Espinosa y Maite Martínez-Granado para la asociación de las grandes superficies comerciales y para el cual tuve el honor de escribir un prólogo. De un estudio como éste que está realizado con todas las garantías de calidad exigibles, se desprenden con toda claridad algunas conclusiones contundentes. La primera es que la eliminación o suavización de las restricciones sobre horarios y días de apertura tiene una influencia positiva y claramente significativa sobre el empleo en el sector de la distribución comercial. Y la segunda y complementaria es que, a la luz de los datos existentes, no puede argüirse que esta creación de empleo en los suburbios o nuevas zonas residenciales sea la causa de la perceptible desaparición de no pocas tiendas de barrio en el centro de las grandes urbes.

En relación con este asunto, sin embargo, hay que hacerse eco de un hecho acaecido recientemente en Alemania en donde, a pesar de años de gobiernos socialdemócratas, la liberalización en materia de horarios y de apertura de los comercios al por menor había ido ganando terreno. Pues bien, que esta tendencia se rompe parece ser el comentario obvio a la reciente sentencia del Tribunal Constitucional alemán que, según noticia del FT del miércoles 2 de diciembre, ha declarado inconstitucional la regulación de la ciudad libre de Berlín en lo que respecta a la apertura de los comercios los cuatro domingos de adviento anteriores a la Navidad, además de otros seis domingos a lo largo del año. Parece ser, según el FT, que se trata de un triunfo de la extraña coalición formada por los sindicatos y el clero que, por distintas razones, coinciden en su deseo de que se ponga coto a la libertad de horarios y de fechas de apertura: “Esta es una clara señal en contra de la subordinación total de la sociedad a la economía” cita el FT al Comité Central de los Católicos alemanes que parece resonar con la extensión de un cierto sentimiento en esa línea que se extiende desde el comienzo esta la recesión a la que todavía no vemos una salida franca.

Y aquí surge el punto de unión con la cuestión del crucifijo en las aulas. En efecto, pensemos en primer lugar que para muchas personas la paulatina desaparición de las tiendas de barrio es una cuestión muy seria que atañe a la forma de vida y a la cohesión de una comunidad conformada por unas instituciones que, sin embargo no son estáticas sino que están siempre sujetas a fuerzas que por un lado las sostienen pero por otro las rompen en favor de otras que, por razones a explorar, se presentan como aventajados arreglos sustitutivos. En segundo lugar parace obvio que esto mismo cabe preguntarse sobre el crucifijo, si su presencia en las aulas no sería la muestra de una institución tradicional que nace de nuestra tradición más ancestral que la dota de estabilidad o si, por el contrario, no violará la aconfesionalidad o la laicidad del Estado. Tampoco me me extrañaría observar aquí también una cierta coalición del clero y de algún sindicato de enseñanza a fin de evitar novedades, como podrían ser la exigencia simultánea de diversos signos pertenecientes a diferentes confesiones o la eliminación de cualquiera de ellos

Termino con una cita del prólogo al que me he referido y que va dirigida a presentar mi solución al problema de la batalla entre el híper y la tienda de barrio, pero que muy bien puede el lector ajustar al problema entre el centro de enseñanza moderno y aséptico y el colegio de la esquina de toda la viada y que ya forma parte del paisaje. Decía: “.. a mí, como a muchas de las personas con las que me trato, nos gustaría contar con ambos tipos de establecimientos, los que se ubican en, y contribuyen a, crear los nuevos espacios de relación ciudadana y aquellos tradicionales que están más personalizados y cercanos a nuestra vivienda de forma que permiten un trato cotidiano con los dueños…. Me atrevería a pronosticar que esa diversidad iluminará el paisaje comercial en un futuro no muy lejano por la misma fuerza de las cosas….. No me extrañaría además que sean las grandes cadenas multinacionales las que, finalmente, se lancen a rehacer el sector que hasta ahora estaba en manos de familias que no encuentran fácilmente continuidad en su propio seno. Los problemas de horarios y de dificultad para hacer efectivas las economías en las compras del género se verían de esta manera solucionados.. ”.

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      Turquía como gran potencia regional

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    3. Juan Urrutia Juan Urrutia

      La pobereza y el dinero

      Me he levantado con este sonsonete en la cabeza y no puedo arrojarlo fuera:

      Pues amarga la verdad,
      Quiero echarla de la boca;
      Y si al alma su hiel toca,
      Esconderla es necedad.
      Sépase, pues libertad
      Ha engendrado en mi pereza
      La Pobreza.

      Lo recuerdo sonando incesantemente en un vinilo de mi juventud por boca de Paco Ibañez. Lo que escribió Quevedo, en su totalidad, está aquí.

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    RIQUEZA FINANCIERA Y TEORÍA DEL CAPITAL

    Las noticias económicas de este verano, tan volátiles como los mercados y tan preocupantes como las diversas declaraciones que nos han llegado de Jackson Hole o la ralentización de la reforma financiera de Obama o las amenazas de una tasa especial a la banca, nos han hecho ver no solo que no acabemos de deshacernos de los efectos colaterales de la Gran Recesión, relacionados ahora con el endeudamiento y sus repercusiones sobre el sistema financiero mundial, sino también que necesitamos cierto sosiego para reflexionar sobre la naturaleza de la riqueza financiera. Pero una reflexión de ese calibre y ese tono necesita un poco de sabiduría importada de nuestra historia intelectual, algo que ponga en perspectiva la mera afirmación, reiterada hasta la saciedad, de que la riqueza financiera no es más que humo.

    Lo adecuado es comenzar por el principio, por algo que sabe todo economista, por la división del trabajo y la especialización que tan bien describió A. Smith en el libro I capítulo I de la Riqueza de las Naciones: ”Tomemos como ejemplo una manufactura de poca importancia…: la de fabricar alfileres. Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea (convertida por virtud de la división del trabajo en un oficio nuevo) y… por más que trabaje, apenas po­dría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de veinte. Pero… hoy día la fabrica­ción de alfileres… está dividida en varios ramas…. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en tro­zos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza: a su vez la con­fección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas:….. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieci­ocho operaciones distintas…”

    Es un fragmento que por conocido y repetido oculta parte de su significado. Refleja no solo la división del trabajo y la especialización como causa y origen del correspondiente aumento de la productividad, sino que, además, apunta al surgimiento de la proliferación paulatina de empresas independientes y a la correspondiente noción del capital como rodeo de la producción posteriormente destaca por Eugen Böhm-Bawerk. Pues bien, esta manera de mirar al capital es, a mi juicio, muy adecuada para pensar la naturaleza de la riqueza financiera.

    Para verlo con claridad me apoyaré en una idea de de Donald MacKencie en un artículo de la London Review of Books del 8 de mayo del 2008 . La fábrica de alfileres y lo que en ella ocurre es un ejemplo de división del trabajo que se produce dentro de una empresa de la que alguien se ocupa sin necesidad de que haya ningún dato público más allá de la contabilidad que, visada por un juez, nos sirve más o menos bien para que cualquiera pueda acercarse al cálculo del valor de esa empresa. Un conocimiento superficial de la historia nos enseña que, más tarde, se empieza a sacar fuera de la empresa ciertas tareas de forma que el seguimiento de la actividad se hace más complicado lo que, además de acarrear sospechas sobre la contabilidad, hace surgir ciertas prácticas que acaban redundando en la generación de compañías auditoras. Dando un salto en el tiempo podemos imaginar que eventualmente llega la deslocalización internacional y la consiguiente necesidad de auditoras transnacionales a fin de conocer con cierta garantía de rigor lo que vale una empresa. Toda esta historia/ficción quiere reflejar la importancia de la naturaleza pública de la información en la formación del capital como el rodeo de la producción.

    Pues bien, esta historia es perfectamente aplicable a la especialización financiera y a la creación de la riqueza financiera pero, como se suele pensar y afirmar que lo financiero tiene una naturaleza muy distinta, añado ahora un par de ideas muy raramente mencionadas pero que me servirán para disipar esa creencia. Primera, en el desarrollo del capital real es muy fácil conocer el precio de los productos por muy larga que sea la cadena de producción resultante de la especialización pues la demanda final relevante (de trajes de novia digamos en el caso de las alfileres) establece una referencia que nos parece real y de la que se derivan los precios de todos y cada uno de los productos de la cadena a través de la competencia que, entre otras cosas, revela los precios de manera pública. Segunda, cuando el proceso del rodeo de la producción mediado por la competencia genera un producto final fácilmente estandarizable (como es el caso de las materias primas o el de las acciones de las empresas cotizadas) se crea un verdadero mercado en el sentido de que cuando uno compra o vende lo hace a través de un sitio central organizado que se compromete a hacer llegar el producto al comprador al precio fijado centralizadamente y a veces electrónicamente. De ahí que este mismo mercado pueda ser un negocio en si mismo e incluso cotizado a su vez en Bolsa. Esto último ocurre porque en ese verdadero mercado hay datos públicos que todo el mundo conoce y todos saben que todos los conocen.

    Es justamente esto último lo que va a fallar en la división del trabajo y la especialización del área financiera. A ello me refería en el las Meditaciones de agosto (Expansión 25 de agosto) cuando trataba de describir el negocio de innovación financiera que se ha dado en llamar “originar y distribuir”. Glosando a Sidney Winter describía allí la industria hipotecaria como una cadena de contratos entre agente y principal que parece no tener fin. Comienza con los brokers que venden hipotecas de manera casi free lance, continúa con el originador que pone el dinero y actúa como un dealer que pasa el contrato a unos titulizadores que empaquetan este activo junto con otros de distinta naturaleza, trocean los paquetes y distribuyen las piezas entre prestamistas que eventualmente contratan una especie de aseguramiento del riesgo de crédito, que también puede ser titulizado, sin que nadie de esta cadena haya tenido incentivo alguno a preocuparse de la naturaleza y calidad de la hipoteca original sin que haya un verdadero mercado centralizado responsable de garantizar las entregas y de fijar públicamente los precios. Todos los contratos son over the counter (OTC). Lo mismo que ocurre en la gran mayoría de los contratos “reales”

    No parece pues que haya diferencia conceptual seria entre la innovación financiera y la “productiva” excepto en un punto crucial: que en el ámbito financiero no hay traje de novia o, lo que sería equivalente, no es esperable que se cierre la cadena de valor con todos los contratos asegurados. Es esta diferencia la que hace surgir la idea de que hay un endeudamiento máximo sostenible, un límite de crédíto más allá del cual la situación es insostenible y el castillo de naipes colapsa bajo el leve peso del endeudamiento.

    Quizá, podríamos pensar, estemos ante un ejemplo de lo que se llama, en la teoría de la complejidad, autocriticidad y se ejemplifica por la imposibilidad de que la pendiente de un montón de arena de playa sobrepase un cierto valor a partir del cual se desmorona hasta recuperar la pendiente sostenible. Sin embargo en los términos analíticos utilizados hasta aquí esto no es fácilmente admisible por muy interesante que sea la teoría de la complejidad. Quedarnos satisfechos con esta explicación sería como admitir que en la naturaleza de lo financiero hay, como lo hay en la arena, algo natural e ineluctable. Es comprensible que esta explicación sea atractiva pero es insostenible en términos puramente intelectuales. De la misma manera que no vislumbramos, en general, un límite físico a la división del trabajo, tampoco deberíamos admitir sin más una longitud determinada de la cadena financiera. ¿Qué importa en efecto que el endeudamiento de una firma o de un país sea a muy largo plazo si pensamos que en cada vencimiento el negocio genera lo suficiente? Y si pensamos que eso no es así ¿qué ventaja tiene que el endeudamiento sea a corto plazo?

    Pero como los inversores no piensan de esta manera, es muy posible que estén convencidos de que el rodeo de la producción “natural” es más corto en lo financiero que en lo “real”. Sin embargo eso no es tan claro si pensamos que la globalización y de la deslocalización propician un mayor rodeo de la producción pero mucho menos controlable.

    (Publicado en Expansión el lunes 6 de septiembre)

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