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Guardar las distancias

Yo no abrazo a los amigos, ni beso a las señoras, ni comparto mi casa con mucha gente, ni impongo mi presencia a nadie, ni mantengo orgulloso mi cabeza erguida ante el ciudadano Juan Carlos, como llamaba la Pilar Rahola al Rey. Todas esas faltas de calor, como ese aprovecharme del cumplimiento frí­o del protocolo, tienen un mismo signifiado: guardar las distancias.

Y es que sin distancias no hay diferencias y sin diferencias no hay convivencia sino una masa informe que ni se reconoce ni puede pensarse. Sin diferencias no hay lenguaje y la gramática no es que sobre, es que no nace. No hay forma de decir nada si no sabemos distinguir, al menos el sujeto del objeto del que ese sujeto quiere predicar algo.

El triángulo formado por padre, madre e hijo parece como la naturalización de esa necesidad de la diferencia y el tabú del incesto parece como condición necesaria para el mantenimiento de las distancias. Freud no descansó hasta que cerró el triángulo con el añadido del superego a la pareja id-ego. Y ¿qué sentido tiene el Espí­ritu Santo en la teologí­a cristiana si no es el de mantener las diferencias entre el Padre y el Hijo que sin ese Espí­ritu Santo acabarí­an por desaparecer en una sola entelequia de la que no se podrí­a hablar?

Si mi intuición no me engaña lo que mantiene las cosas unidas es precisamente las distancias diferenciadoras. Las cosas son, por lo tanto, como un sistema de planetas que necesitan estar a distancias precisa unos de otros para organizar la atracción y las masas de forma que el conjunto mantenga al todo. Así­ es creo yo la sociedad, se mantiene porque los individuos mantienen las distancias y las mantienen porque hay diferencias.

Creo recordar que en Fí­sica habí­a algo llamado el Principio de Exclusión de Pauli que se puede interpretae, más allá de su funcionalidad concreta en quí­mica, como algo necesario para poder garantizar que el cosmos no colapase en una masa diminuta de materia indeferenciada y densí­sima. Se necesitaba un Principio porque no habrí­a manera de demostrar, en base a la propia deriva de la teorí­a fí­sica, que ese colapso era imposible.

Mantengamos las distancias mediante el canto de nuestras diferencias y no caigamos en la tentación de abrazarnos tan amorosamente que acabemos axfisiados.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.