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Gestos, política y literatura

San Fermin 2015Quizá deberíamos ser capaces de desentrañar el sentido de una mirada de Schäuble en el Eurogupo o de cómo de fuerte abraza Guindos a Varoufakis en ese mismo foro y, con esas sentidas interpretaciones, construir un borrador sobre lo que creemos está pasando en el pasar en las circunstancias de un mundo con los BRIC opacos o con muchos africanos prefiriendo morir en el Canal Inglés que permanecer en un país en el que no ven ningún futuro o con una capa de corrupción que todo lo cubre.

Deberíamos ser capaces de ejercer esta semiótica del gesto, pero como yo no tengo mucha fe en mí mismo en este campo lingüístico, quizá merezca la pena que me entrene un poco observando gestos más cercanos y los ponga todos en una batidora a fin de elaborar una especie de helado veraniego, frío y sabroso.

La ikurriña en Pamplona aparece en el balcón del Ayuntamiento con ocasión de los Sanfermines, junto a la bandera europea, la española y la de Pamplona y se organiza un lío explotado por los que se han opuesto año tras año a semejante gesto. Según la ley que corresponde y que no tengo ganas de buscar es algo que no se puede hacer a pesar de que hay algunos que traen a colación no se qué otra legislación que permitiría hacer ondear la de cualquier país al que se quisiera agradecer su presencia. Es asombroso que una enseña o bandera sea muy a menudo ocasión de discordias graves entre ciudadanos racionales y se quemen, se pisoteen o se icen inesperadamente como emblema de rebelión.

De acuerdo, es posible pensar que en cuanto que la ikurriña pueda representar a Euskalherria, y hay muchos navarros a los que no les gustaría pertenecer a semejante comunidad, sería sensato no utilizarla en una ocasión importante para todos los habitantes de esa comunidad foral. Sería sensato, de acuerdo, pero ¿es algo terrible tratar de agradar al creciente número de independendistas? Mi sentido semiótico me dice que cinco mástiles son hoy en Navarra mejor que cuatro y mi capacidad limitada de análisis político me sugiere que cuantos más mejor y que es preferible un número impar de banderas. Casi simultáneamente la bandera confederada de los estados del sur en USA se intenta eliminar debido a unos actos calificados de racistas, además de ser presuntamente delictivos penalmente, que se dan en un momento determinado que nadie ha tratado de usar para dar con una cierta explicación de la situación que no se remita a la época de la guerra de la secesión.

Y llega Ada Colau y hace retirar el busto de Juan Carlos I que presidía el salón del ayuntamiento en donde parece ser que la ley exige que aparezca en lugar destacado una representación de la Jefatura del Estado. Para los aparentemente más civilizados se debería haber esperado a tener disponible un símbolo de Felipe VI antes de «derribar» a su padre, pero no me parece a mí muy incivilizado adelantarse a la sustitución del padre por el hijo. Pues lo será o no; pero la justicia ya ha metido las narices cuando quizás una conversación inteligente podría haber llegado a un acuerdo de exhibir, por ejemplo, a un primitivo Conde de Barcelona, quizá un visigodo, que nos recordara la antigüedad de lo que hoy es Cataluña.

Y de gesto en gesto, analizando los que se hacen como los que dejan de hacerse, podríamos ir tejiendo una bonita historia que luciría como un óptimo de segundo orden y resaltaría la altura política de la semiótica, siempre llena de ideas provisionales tal como todas siempre deben ser.

Y termino comentando que llevar a cabo esta conversación entre gestos sería como la escritura y que, por lo tanto, le sentaría como un guante este párrafo de El Danubio de Magris:

Es posible que escribir signifique rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas. El miedo, ha escrito Canetti, inventa nombres para distraerse; el viajero lee y anota nombres en las estaciones que deja atrás con su tren, en las esquinas de las calles adonde le llevan sus pasos, y avanza un poco aliviado, satisfecho por ese orden y ese ritmo de la nada.

Y de este párrafo deberíamos aprender a hacer política seria rellenado espacios que sabemos nunca van a estar del todo llenos.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.