Foixà

Incluso antes de plantearme lo que he dado en llamar mi obra póstuma, he pensado a menudo cómo sería mi vida como escritor, o quizá solo como un simple publicista, si la practicara aisladamente como no pocos intelectuales que he leído con cuidado, como muchos de ellos, bien conocidos, que se dedicaron a la práctica del caminar o como filósofos «distintos» al estilo Nietsche.

Esa pregunta me ha perseguido los últimos 20 años durante mis estancias en Foixà donde he escrito todo o parte de mis últimas obras publicadas en Kindle; pero ahora se plantea como una cuestión crucial, al comenzar mi obra póstuma que será publicada después de morir a instancias de amigos realmente fieles y que habrá de diferenciarse de mis publicaciones anteriores por su planteamiento de mi verdad y por su independencia de obras de un entorno como éste en el que surgen no pocos autores.

Mi estancia veraniega no durará mucho más y no pienso que haya servido para juzgar la potencia de mi soledad, ya que este año ha sido mucho más comunal, rodeado como nunca por pareja, hijos y nietos además de por los amigos de todos lo años. La simultaneidad con estos últimos sería incluso útil para mis finalidades; pero no así la presencia continua de los anteriores pues sus continuos planes alternativos, y mi voluntad de ayudar a perfilarlos en su interés y en su seguridad, dificultan mi necesaria concentración.

Quizá la alternativa fuera encerrarme aquí solo todo el año laborable y recibir a mis seres queridos en las vacaciones regladas, como las navidades, la semana santa o dos meses en verano. Me quedarían no menos de nueve meses para llevar a la realidad mi sueño vanidoso de dejar una huella firme. Pero esos nueve meses de trabajo estarían garantizados, pienso, a partir de unas sorpresas de este verano.

Sin embargo, hasta esta última idea está desapareciendo de mi mente a partir de tres experiencias raras. La primera es el reconocimiento al que me ha sometido la rubia de un chiringuito playero, quien me hacía saber la alegría que sentía al verme de nuevo. La segunda experiencia es el tratamiento privilegiado de una camarera que me aconseja, quiera yo o no, el mejor lugar para esto o aquello, y la tercera es el encuentro extremadamente frecuente con un atractiva y locuaz vecina con la que no tengo más remedio que pararme a charlar un ratito prácticamente todos los días. Especialmente esta última experiencia me distrae demasiado y hace difícil mi concentración creativa.

¿Qué hacer pues? En este punto vuelven a mi mente muchas disquisiciones raras sobre los distintos lugares en los que he imaginado mi retiro intelectual. Estos lugares están en Bilbao, en Guecho y en Madrid además de en Escocia o en Irlanda. Cada uno de ellos tiene sus ventajas y sus inconvenientes y tendría que estudiar mejor unas y otros. Lo haré en lo que queda de verano y no se bien en donde.