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LXXIII: Flujo de herencias y el impuesto de sucesiones

Durante los últimos años este blog se ha hecho eco repetidamente del problema de la desigualdad creciente (ver por ejemplo aquí entre otras muchas entradas) y muy a menudo se ha subrayado que la distribución no parece formar parte del cuerpo central de la teoría económica, sea micro o macro. Por otro lado hace unos pocos días contaba como compré en París el reciente libro (en francés) de Piketty «Capital in the XXIst century», un volumen de 1000 páginas llenas de información y de sugerencias aunque no hemos de esperar que la distribución en general o ela desigualdad en particular vayan a integrarse en el corpus principal de lo que se llama todavía la ciencia económica.

Esta posible o imposible integración puede ser interesante para los que nos hemos dedicado o seguimos haciéndolo por la unidad de la ciencia, pero es muy cierto que hay muchos problemas que no pueden esperar y que deben ser resueltos sin dilación si queremos alcanzar para nosotros y para nuestros descendientes una vida digna en una sociedad vivible en la que se pueda llevar una vida interesante que permita lo que en mi juventud se llamaba la realización personal. Como a mí no me cabe duda de que para muchos de nosotros la meritocracia es parte de esa sociedad potenciadora nos preocupa el impacto de la desigualdad en general y de la de la riqueza en particular sobre la igualdad de oportunidades y, en consecuencia, nos preguntamos por el impuesto de sucesiones sobre esas características de la sociedad que nos toca vivir.

En este punto me permito reseñar muy brevemente una elucubración que no consigo sacar de mi cabeza, sobre la que he intentado aburrir a algunos amigos durante años y sobre la que nunca he tratado de escribir nada simplemente porque no sabría cómo hacerlo. Se trata de imaginar un mundo social en el que el impuesto de sucesiones fuera del 100%. Esto querría decir que muchas de nuestras preocupaciones sobre el ahorro pasarían a ser ocupaciones sobre el consumo y más concretamente sobre el gasto dedicado a la educación de nuestros hijos. Tendríamos que tomar decisiones concretas sobre pensiones o sobre seguros de enfermedad pero, una vez estructurados nuestros planes, la preocupación mayor sería la de cómo poner a nuestra descendencia en un buen lugar de la línea de salida de forma que puedan alcanzar aquello que su esfuerzo les pueda proporcionar. Un ejercicio este en sociología-ficción que no consigue atraer el entusiasmo de ninguno de mis contertulios.

Es posible, sin embargo, que este fracaso pueda paliarse en parte prestando atención a las ideas y datos de Picketty tal como son usados en este artículo de Robin Harding en el FT del 8 de enero: «Inheritance should not be an alternative to hard work», título este que hay que entender en el contexto de las discusiones sobre imposición propias de la política macroeconómica del comienzo de la salida de la crisis. ¿Se deberían bajar o subir los impuestos? Tanto Picketty como Harding ofrecen interesantes argumentos para justificar su propuesta de subir, o al menos no bajar el impuesto de sucesiones si partimos de un cierto gusto, que muchos compartimos, por la igualdad de oportunidades. El articulista del FT subtitula, en efecto, su artículo de forma bien contundente: «In a world with more inherited riches, it makes no sense to cut estate taxes».

Una de las cosas que hay que entender es que la discusión sobre el asunto del impuesto de sucesiones no está solo propiciado por el problema distributivo asociado a la mayor concentración de riqueza en el 1% más rico y del que se habla sin cesar, sino más bien por una constelación de ideas y de datos que nos plantean la cuestión de la igualdad de oportunidades. A este respecto los datos nos dicen que, por ejemplo en Francia, durante el siglo XIX, un siglo de baja tasa de crecimiento, el flujo de sucesiones constituía entre el 20% y el 25% de la renta disponible. Hacia la mitad del siguiente siglo este flujo cayó al 5% posiblemente debido al mayor crecimiento propiciado no solo por la necesidad de invertir en nuevo capital que sustituyera al destruido, la destrucción de mucho capital físico susceptible de ser heredado, sino también por nuevas leyes favorables al factor trabajo y por una desconocida hasta entonces tasa de inflación que destruyó mucha riqueza financiera.

Parece pues que, en un momento dado, cuanto menor es la tasa de crecimiento mayor es el porcentaje de riqueza que se ha heredado de generaciones pasadas debido claro está, a que menor es el porcentaje de riqueza creada por los que en ese momento están trabajando. Impresión estadística ésta que se corrobora en estos últimos años de crisis de muy bajo crecimiento por el claro incremento del flujo de herencias que han alcanzado porcentajes de riqueza incluso superiores a los del siglo XIX. La razón es naturalmente que la tasa de ahorro ha aumentado y que una gran parte del ahorro proviene de los que han heredado. Harding lo sugiere diciendo que, por ejemplo, es mucho más fácil ahorrar si se ha heredado una vivienda y no es necesario alquilarla.

Notemos que el incremento de la tasa de ahorro debida a la baja tasa de crecimiento contribuye a su vez al mantenimiento de la desigualdad cuando no a su incremento, pero lo que interesa destacar ahora es que a la luz de estos datos e ideas se plantea un problema político entre los que repudian la redistribución vía impuestos y los que valoran la igualdad de oportunidades asociada a la igualdad. Los primeros tenderán a no propiciar medidas expansivas de política económica mientras que lo segundo estarán sumamente interesados en conseguir prioritariamente un incremento en la tasa de crecimiento.

De acuerdo con esta línea de razonamiento me parece claro que no podemos hablar de integración económica a cualquier nivel sin tener en cuenta la relación entre la tasa de ahorro, tasa de crecimiento e impuesto de sucesiones. Tenemos unos pocos meses para unas elecciones europeas en donde se van a enfrentar una vez más los partidos conservadores y los socialdemócratas. Una muestra de que esta idea de Europa no es un camelo sería el debate público y claro sobre este tema por muy exótico que parezca. En mi opinión, como en la de Piketty y Saez en un artículo reciente de Econometrica el impuesto de sucesiones no debería reducirse en estos momentos, sino posiblemente incrementarse justamente porque a medida que la tasa de crecimiento es menor tal como ha llegado a ser en Europa, el impuesto de sucesiones debería incrementarse a fin de no dañar la igualdad de oportunidades.

Semejante conclusión tiene un corolario frívolo: mi elucubración sobre un impuesto de sucesiones del 100% igual no era tan tonta para alguien que cree creer en la igualdad de oportunidades y siempre que se tome como una aproximación a un mundo en el que la vida no nos enfrente a unas desagradables desigualdades sino que nos permita tener fe en nuestra capacidad para competir por méritos.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.