El trastero

Hace ya unos cuantos años que introduje todos mis documentos profesionales en varias cajas de cartón, de esas de supermercado, y me deshice de ellas temporalmente colocándolas en un trastero a la espera de revisarlas en su momento. Esperaba que esa revisión me hiciera ver los caminos que se abrían ante un jubilado con un pasado muy variado; pero ha pasado el tiempo y ahora siento que el examen de los sentimientos ocultos en esos documentos no son mi primera preocupación dado que no pretendo reconstruir mi pasado, sino más bien destruirlo, a fin de, una vez por todas, dirigir ex novo un futuro en el que encerrarme todos los años que me queden de vida.

No se trata tanto de recordar todas las intenciones que han desfilado por mi vida; sino más bien de ser capaz de detectar, en caso de que exista, una visión propia que se haya ido proyectando en esas intenciones variadas en las que se ha ido plasmando. ¿Hay en mí una personalidad única como una roca o una simple pluralidad de diversas masas cocinables? Contestar a esta pregunta es mi objetivo, aunque entiendo que no es tarea fácil el conseguirlo.

Puedo imaginar una unidad de carácter que igual se pudiera reconocer en el examen de mis muchas personalidades inventadas o, más bien, podría construirla con voluntad de autor. Pero es justamente esa voluntad la que me da miedo, ya que me llevaría una vez más a inventarme, dilatando el descubrimiento de mi mismo. Sería como una nueva terapia psicoanalítica aunque, esta vez, sin el control del terapeuta, es decir, sin garantía ninguna de descubrirme y más bien con el peligro próximo de engañarme ya sin posibilidad de rectificación.

Se me representa un futuro sin precedentes que me puedan ayudar, como aquel al que se enfrenta el que debe enrolarse en un ejército y que desconoce las armas de una nueva contienda. Ya no es una cuestión de afilar las armas, sino de ejercer una fuerza sin igual en una dirección no del todo conocida. Y esto sugiere mi actuación. En términos ya utilizados en este intento de ser yo mismo, no se trata de descubrir las distintas facetas de mi personalidad, sino más bien en decidir cómo voy a elaborar una visión propia que me descubra a mí mismo quién quiero ser cuando solicite el ingreso en una nueva vida.

Para tener éxito en esta tarea he de evitar entretenerme en el examen de los detalles de la vida ya pasada, por lo que no debo leer mis documentos almacenados. En cuanto pueda, voy a quemar esos papeles para empezar, como quien dice, de nuevo. Con esos papeles desaparecerán fotos y cartas cargadas de recuerdos que podrían ir bien al atardecer de una vida, pero que entorpecen el amanecer de otra nueva.