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El puño invisible

Estas semana de vacaciones, al menos para mí, he leído con paciencia el libro que, con un título pugilístico, El Puño Invisible (arte, revolución y un siglo de cambios culturales) desgrana las aventuras de los cien últimos años de vanguardias artísticas y «vitales». Ha sido divertido a pesar de que se trata de un tocho, pues casi por cada pequeña historieta podía levantarme del sillón y tomar un libro de un estante de la biblioteca que se refería precisamente a eso que el autor estaba tratando de describir en esa página del tocho.

Me enteré de la existencia de este tratadito sobre las diversas formas de la búsqueda de la libertad y el sentido de la vida de los últimos cien años por una cuarta de El País en la que, en su piedra de toque, M. Vargas Llosa agradecía al autor el mostrarnos la futilidad de las revoluciones fallidas

Escribe nuestro laureado Nobel:

Aquélla acabó por convertirse en un ruidoso simulacro que, a menudo, galeristas, publicistas y especuladores del establecimiento trastocaron en pingüe negocio. O, todavía peor, en una payasada ridícula. Una vez más quedó claro que el arte y la literatura progresan con realizaciones concretas -obras maestras- más que con manifiestos y bravatas, y que la disciplina, el trabajo, la reelaboración inteligente de la tradición, son más fértiles que el fuego de artificio o el espectáculo-provocación.

Esta llamada a la disciplina y el trabajo me recuerda el discurso del Roig de Mercadona, el siempre idéntico dscurso del conservadurismo cuyo principal enemigo es la payasada. Así D. Mario va desgranando sin ningún apoyo en el texto sus propias opiniones tales como que se trata de «abolir la tradición», «reemplazar el fondo por la forma» así como también que todos los movimientos vanguardistas son un «enorme desperdicio», un «absoluto fracaso», una payasada ridícula sobre todo si los comparamos con Mahler, Joyce, Kafka, Picasso o Proust.

Leyendo el original al que se refiere Vargas Llosa uno se queda pasmado
pues ésta no es la opinión del autor de El puño invisible. Carlos Granés parece creer más bien que donde lo serio ha paralizado todo y acabado consigo mismo queda la estela de lo atrabiliario de donde surgen los nombres que tanto admira Vargas Llosa.

A Don Mario no le gustarían las chiquilladas de Mozart y, sin embargo, fué éste quien compuso La flauta Mágica y el solo de La Reina de la Noche, una música chillona que quizá le suenen como el «parto de los montes».

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.