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El problema del taxista

Si ustedes fueran como yo, es decir, bastante poco deportivos y muy vagos, quizá se permitieran tomar taxis de vez en cuando. Yo lo hago a menudo pues me gusta no llegar apurado a las citas que tengo y mi renta me da para este lujo.

Se comprenderá entonces que vea en la abundancia de taxis con luz verde que uno encuentra en casi cualquier sitio como una «ventaja» de la crisis. Para los clientes, se entiende, pues para los taxistas es una condena que no acaba de darles un respiro en parte, supongo, por la subida de las tarifas. Según ellos esta subida no es suficiente para compensar la caída en el número de usuarios, por lo que es de suponer que cada conductor de taxi tratará de fijar una estrategia óptima para maximizar la clientela y, sobre todo, el ingreso de cada jornada.

Puede hacer básicamente dos cosas. O bien navegar por aquellos lugares que cree que le serán propicios para cargar clientes por la densidad de gente que los puede necesitar, o bien hacer una cola paciente en un sitio en el que la espera puede ser compensada por la calidad de la carrera. O circula gastando combustible por el centro digamos o hace cola en el aeropuerto. O randomiza decidiendo al inicio de cada jornada qué hacer de acuerdo con lo que diga una moneda tirada al aire.

Ese es el problema del taxista. Pero no es muy distinto al que se plantea un rentista que vive de los rendimientos de su cartera de valores. Puede quedarse como está ante un ataque especulativo como el de ayer u hoy o puede mover su cartera tratando de adivinar qué valores respetarán los que apuestan contra los valores españoles. Y ambos problemas son idénticos al que planteaba el verano pasado hablando de la innovación y de las maniobras marineras

¿Qué haría usted? ¿Ser un conservador paciente y amante de la estabilidad o un arriesgado navegante que busca un poco a tientas?

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.