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El peso del Libro

El Papa Benedicto XVI ha hablado sobre las irreverentes viñetas de Mahoma y, en lenguaje vaticano, ha dicho que está muy mal ofender a los creyentes tal como hacen los ateos y los laicos demasiado amenudo. En seguida se imagina uno la coalición de los creyentes, agrupados alrededor de una u otra de las religiones del Libro, enfrentándose a la de los laicos y descreí­dos y se pregunta qué está en juego.

Yo creo que muchos e e importantes asuntos están en juego.

Los creyentes son los afiliados a alguna de las tres religiones monoteistas, la cristiana, la islámica y la judí­a. Las tres son monoteistas, las tres creen en una verdad revelada en un Libro inspirado (la Biblia, la Tora o el Corán) que les ofrece pautas de conducta y/o valores y, al menos dos de ellas, esperan un más allá glorioso. Son como 2000 millones de personas.

Los no creyentes son los laicos, ateos o politeí­stas. Sus valores o pautas de conducta no tienen por qué provenir de la revelación, no tienen Dios o tienen muchos y no se consuelan con ningún más allá. Son como unos 4000 millones.

Los no creyentes son más y, a pesar de que los acontecimientos inmediatos nos ciegan, yo creo que tienen mejores perspectivas.

La diferencia principal entre las dos coaliciones opuestas es homotética a la distinción entre jerarquí­a y red. La jerarquí­a se asocia inmediatamente al monoteismo y al Libro y por lo tanto conforma una organización que posee un centro o una cúspide o unas raí­ces. En cambio la red es lo contrario, no tiene un centro único, cúspide o raiz y, o bien no tiene Dios o bien tiene muchos pequeñitos.

Al fin y al cabo esto no es sino la gran diferencia entre el árbol del saber y la gran enredadera del conocimiento. Y de esta diferencia básica se dereivan otras singularidades que son las que me interesa destacar y de cuyo examen se sigue que hoy los tiempos favorecen a la segunda concepción.

La primera singularidad tiene que ver con la ciencia. Las religiones monoteistas tienen algún probemilla con la ciencia, como el del creacionismo, pero no me refiero a eso; sino a que no son capaces de mantener un sano relativismo respecto a la verdad. Para ellos la verdad es siempre única. Pero, aunque esto parece una certeza lógica, solo aplica a la verdad total, algo que no se alcanza nunca y que no es sino un simple espejismo de la gramática. La verdad alcanzable es siempre relativa al momento del la investigación y al planteamiento seguido. Esto es obvio para los orientales; pero a nosotros, herederos de la Biblia y alejados de nuestras raí­ces helénicas, nos ha costado tanto entenderlo que, de hecho, todaví­a no somos conscientes de ello. Mi predicción a este respecto es que a medio plazo los éxitos ciéntí­ficos nos llegarán desde oriente, centro de los descreí­dos.

La segunda diferencia singular es la de los valores. Es imposible para los no creyentes tomarlos como absolutos y se ven obligados a verlos como como pautas de conducta evolutivas que son dependientes del recorrido. Es decir que podrí­an ser otras. Esto tiene influencia para la consideración de la educación. Los unos quieren que sus hijos sean educados en los valores revelados y que son los que han dado estructura a su peripecia vital e incluso sentido a su vida. Los otros quieren que educadores extraños no se metan en esas cosas y que los valores sean trasmitidos por los mayores a los jóvene animándoles siempre a irlos cuestionando, eliminando algunos y dando a luz a otros. Aquí­ pronostico una educación en red que solo transmita información y una educación en valores en el ámbito en el que se crí­en los niños.

La contraposición principal que he perfilado me parece mucho más básica que el conflicto de civilizaciones entre el cristianismo y el islamismo. La cuestión no es si se puede o no prestar con interés, o si se puede representar visualmente lo sagrado. La cuestión inmediatamente relevante, además de dirimir las diferencias que provienen de las dos singularidades, es si el merado global y realmente competitivo tiene má prvenir en uno u otro de los dos campos en liza. Yo creo que de los monoteistas no podemos esperar más que un mercado imperfecto medio capturado por los cercanos a la cúspide. Este es el peso del Libro. La esperanza de la igualdad de oportunidades que deriva de la verdadera competencia solo puede llegarnos del oriente sin dios, de la levedad de la ausencia del Libro. En cuanto se decida a abandonar sus prácticas autoritarias. Cualquier dí­a de estos.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.