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El dueño de los timbales: y II

Termino el primer borrador de entradilla a la gran novela de Bilbao con un párrafo, el segundo, que introduce otro tema que estará presente en toda la saga. Este párrafo y el anterior constituyen conjuntamente ese comienzo a una obra de ficción que basta y sobra para saber si el autor es alguien con quien querrí­amos conversar o más bien alguien a evitar. Sobre primeros párrafos ya escribí­ hace tiempo y ahora se trata de aplicarme el cuento a la búsqueda de una comunidad desterritorializada

En una percha ahorcada sobre la puerta abierta del armario cuelga su smoking de solapas brillantes redondeadas y, toque personal, una abertura trasera que lo hace similar a una americana pero que es tan larga que parecerí­a que desea dejar entrever lo que hay que ocultar. Ella está vuelta hacia la cama sentada sobre la silla del tocador con el brazo derecho apoyado en el frí­o cristal que lo cubre y con la mano del izquierdo sostiene un cigarrillo que se quema solo. Yo me abrigo bajo la manta y siento el vací­o en las ingles que nunca dejará de proporcionarme su desnudez inconsciente aunque duramente trabajada como provocación casta y que hoy se manifiesta en un escorzo de muslo ensombrecido por un chaquetón de piel de cordero que deja al descubierto sus largas piernas, esas piernas que, años más tarde y enfundadas en unos pantalones de raso muy a lo Greta Garbo, sostendrán sus éxitos musicales. Ahí­ están, pero la presión con la que se cruzan me hace saber que mejor renuncio a exacerbar el deseo; enciendo yo también un cigarrillo y me dispongo a escuchar una vez más esa historia que he oí­do cien. Yo no sabí­a en ese momento que esta era nuestra última noche juntos, que mañana, después del concierto, ya no habrí­a ocasión de acariciar la suave seda gris de su sexo.

A partir de este punto y como un flash back surgen las vidas paralelas de ella y de él y de sus familias alrededor del Arenal con incursiones a la Parte Vieja y al Ensanche más antiguo. Solo al final volveremos al Barrio obrero y a esa casa que ella heredó y en donde empieza a clarear. Ella se probará su extaño smoking y el contará el desenlace que ocurre justo en ese concierto en el que el abuelo vuelve a ser el dueño de los timbales bajo la batuta de su nieta.

Pero todo eso tendrá que esperar.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.