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El Campo de la Cebada

El campo de cebadaHace ya algún tiempo Alberto Corsín excitó mi curiosidad al contarme, a mí y a otros amigos, el estudio de campo que, como antropólogo, había llevado a cabo entre los arquitectos movilizadores de esta experiencia urbana que ha dado en llamarse Campo de la Cebada. El lo contaba como un ejemplo de lo que los arquitectos, con escaso futuro inmediato, eran capaces de hacer una vez que se reinventaran a sí mismos. Pensé que tenía que ir a ver con mis propios ojos este experimento de convivencia de barrio ubicado en un descampado relativamente reducido entre el mercado tradicional del mismo nombre y el conocido Teatro de la Latina. Parece ser que cuando derribaron el polideportivo allí situado unos jóvenes arquitectos desocupados pero llenos de ilusión comenzaron a elaborar, junto con los vecinos más activos, planes de uso que consiguieran aprovechar el espacio vacío para, con el permiso del ayuntamiento, organizar actividades varias que configuraran una comunidad real y no una simple zona administrativa.

Al cabo de unos años el espacio está vivo y veo con asombro que hasta programan una Universidad de Verano abierta a las ideas de los vecinos y, hemos de suponer, que a sus necesidades además de otras muchas actividades. El día que fui a ver el Campo me llevé una sorpresa pues me encontré con multitud de actividades funcionando simultáneamente. Había ¡como no! un tingladillo para picar tapas, un entrenamiento de baloncesto siendo observado por vecinos algo más mayores que los jugadores, una pequeña banda de música en vivo que amenizaba la mañana sin ser estridente y que, con humor, se denominaba, según la pancarta, Cantamañanas. Y, desde luego, no faltaba el solárium donde se broceaban unas jóvenes de buen ver. Había por allí otras actividades que ahora mismo no recuerdo, pero no importa pues lo interesante es, pienso, resaltar que en medio de un recinto reducido rodeado de grafitis, se desarrollaban los contactos humanos propios de una comunidad viva. Alrededor de este recinto la vida continuaba como corresponde una zona en la que, a juzgar por las sonrisas de la gente, la pobreza no ha hecho una enorme mella y en la que se respira un buenvivir.

En el paseo del domingo siguiente he visitado el edificio del COAM (Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid) y he percibido una especie de extraño encontronazo entre la pretenciosidad constructiva y la necesidad (?) de abrirse a las visitas a través de un mercadillo de productos africanos. He aquí el dilema: Construcción u organización ciudadana a través de un urbanismo que facilite la vida en común. Al salir me he percatado de una especie de pancarta de protesta contra la nueva ley de colegios profesionales que, parece ser, quiere quitar a los arquitectos y, por lo tanto, a su Colegio profesional, el monopolio de la construcción. He recordado el artículo de Ricardo Aroca en El País protestando contra esta aparente atropello y he pensado que las cosas se mueven a pesar de los cazadores de rentas de todo tipo.

El argumento de Aroca era que el arquitecto es mucho más que un constructor de edificios y tiene conocimientos no necesariamente al alcance que sepa construir con cierta garantía. Y reproduce ideas que parecían reflejar la práctica de su jóvenes colegas que han juntado fuerzas para vivificar el descampado en donde de momento no se va a construir. Acabo mi paseo rumiando que la idea de la profesionalidad encubre la caza de rentas y que acabar con ellas puede liberar fuerzas hasta ahora fuera de circulación en beneficio inmediato de la ciudadanía y a la larga, quien sabe si también a favor de la propia arquitectura como práctica social. Sospecho que descubrir si esto es correcto o no es lo que Corsín trata de dilucidar.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.