Economia en porciones

Economía en Porciones

Universidad, investigación y Nueva Economía

La aparición del Informe Universidad 2000 elaborado por Bricall y sus colaboradores, a petición de la Conferencia de Rectores, ha empezado ya a propiciar un aluvión de glosas y comentarios comparándolo con el Informe Dearing (Gran Bretaña) o el Informe Attali (Francia), ambos realizados a instancias de los respectivos gobiernos, y desmenuzándolo en tantos trozos como facetas tiene hoy una Universidad cualquiera. Constituye el Informe Bricall una exposición lúcida, detallada y profunda del origen de la situación actual de la Universidad española y de las medidas, practicables política y corporativamente, que pudieran ponerla al día. Merecería pues una glosa extensa y responsable.

Sin embargo me voy a limitar a hablar de la investigación en la Universidad desde el punto de vista de esta Nueva Economía cuyos contornos conceptuales van perfilándose poco a poco. Un punto de vista sin duda parcial; pero en absoluto desechable y que permite una cierta radicalidad. A pesar del punto de vista elegido no voy a referirme aquí a cómo las nuevas tecnologías de la información y la comunicación van a cambiar la forma de investigar. Van a haber muchos cambios en esto y algunos son ya perceptibles; pero lo que me interesa es cómo debiera ser una Universidad que desee hoy cumplir con su misión de generar ese conocimiento que constituye un rasgo característico de la Nueva Economía y de la Sociedad del Conocimiento que la acoge.

La premisa fundamental de la que parto es la siguiente. Para crear conocimiento nuevo la investigación ha de ser una actividad diversificada y experimentadora. Esto es así porque el conocimiento posible es mucho mayor que el existente (al margen de especulaciones sobre el fin de la ciencia) y porque, cuando uno se enfrenta con una incertidumbre de este calado, no reducible a rutinas decisorias, la mejor estrategia es la de la perdigonada del cazador ansioso: apuntar a todo lo que salta y tirar con cartucho que produzca un impacto muy amplio. En términos de caza intelectual diríamos que hay que ser rebelde, evitando el seguidismo propio de los que indagan en los problemas ya manoseados, y que hay que fomentar la diversidad temática porque nunca se sabe dónde va a saltar la idea realmente seminal. Esta premisa, que admito discutible, especialmente con relación a la investigación básica, trae aparejadas algunas consecuencias inmediatas para esa institución que, sola o en compañía de otras, tiene que organizar la investigación y que llamamos Universidad.

Una primera implicación es que la Universidad deberá ser emprendedora. Basta ya de considerarla como algo sagrado. Es mucho más adecuado considerarla hoy como un conjunto de individuos que quieren sacarle un buen rendimiento al capital humano que han acumulado y que acudirán a aquellos centros que estén organizados de forma que puedan explotar in house las ideas básicas y que, con su rendimiento, puedan pagarles buenos sueldos. Esto lleva inmediatamente a una segunda implicación. Las Universidades emprendedoras competirán entre sí tratando de atraer a los investigadores con mayor potencial. Como la labor investigadora es de las que podrían experimentar rendimientos crecientes - una idea central de la Nueva Economía - las Universidades que antes atraigan a los investigadores más fructíferos acabarán poniéndoselo muy difícil a las que entren en la carrera competitiva mas tarde.

Ahora bien, si desde los poderes públicos se quiere fomentar la existencia de un sistema de Universidades emprendedoras que compitan entre sí, su financiación no puede ser de cualquier forma. Una tercera implicación es que la que la financiación tiene que permitir que se retribuya más el mejor desempeño y que los ingresos propios generen una capacidad financiera que permita atraer a los mejores investigadores. Como las tasas forman parte de estos ingresos propios, éstas las tasas deberían ser libres.

Estas implicaciones, exigidas por la conveniencia de que la investigación sea diversificada y experimentadora, sugieren una política de profesorado muy distinta de la actual o de las modificaciones que se han ido proponiendo. Lo fundamental es que los jóvenes, que son los que todavía pueden ser rebeldes y experimentadores, sean los que realmente estén bien pagados, quizás como deportistas (incluido el derecho de retención), para que su rebeldía aporte conocimiento nuevo. Sólo cuando su genio se apaga se puede considerar su retirada de la investigación concediéndoles una cátedra de por vida - y eso a efectos de incentivarles para que dejen sitio a los nuevos jóvenes rebeldes.

Sus autores sabrán perdonarme esta radicalidad políticamente incorrecta; ellos conocen mi admiración por su seriedad, dedicación y pragmatismo; pero, para terminar, quiero decir que no veo en el Informe Bricall unas recomendaciones de política de profesorado (aunque su apoyo a la figura del profesor visitante es prometedora) o de financiación que se acerquen a las aquí dibujadas y que, por lo tanto, no creo que este Informe vaya a crear un sistema de Universidades emprendedoras que compitan entre sí en términos de aportación al conocimiento. Es decir, no parece que el Informe se haya atrevido a abandonar del todo la concepción sacral y a aceptar una concepción económica - economicista dirán muchos - de la Universidad. Esta timidez - o sentido de la responsabilidad - salvará a Bricall y sus colaboradores de ser quemados en la hoguera. Pero como el Informe mete el dedo en el ojo de no pocos intereses corporativos, Bricall y sus colaboradores acabarán siendo extrañados. Por un coste un poco mayor podrían haberse alineado con ideas simples como las enunciadas aquí que, locas o no, son coherentes entre sí, compatibles con otras muchas características universitarias que hay que preservar (como la igualdad de oportunidades por ejemplo) neutrales respecto al carácter público o privado de los centros y a tono con el esfuerzo que Europa parece querer hacer en materias relacionadas con el entorno propio de la Nueva Economía. Una pena.

Juan Urrutia

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