Economia en porciones

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El Prado y la Universidad

Los últimos días no han sido buenos para la ministra de Educación, Cultura y Deporte, Pilar del Castillo. La universidad y el museo del Prado le han dado algún que otro quebradero de cabeza.

La universidad organizó unas manifestaciones bastante serias en contra de la LOU (Ley Orgánica de Universidades) mientras ésta se discutía en el Senado y el Presidente del Patronato del Museo del Prado afirmaba que había perdido su confianza en Fernando Checa, quien dimitía de su puesto de Director y se reincorporaba a su cátedra de Historia del Arte.

No es de extrañar que la ministra haya dado algún signo de agotamiento en el desempeño de uno de los cargos políticos menos agradecidos, y más importantes, de cualquier administración. Quizá las siguientes reflexiones le ayuden a sobrellevar sus tareas.

Con ellas pretendo mostrar las similitudes y diferencias entre un caso y otro tratando de argüir que aquéllas son más importantes que éstas y que la solución dada al Prado debería señalar el camino para encauzar la solución del sobrevenido problema universitario.

Puede parecer forzado hablar de similitudes entre un museo como El Prado y el conjunto de la Universidad española, puesto que las diferencias de tamaño y de objetivos parecen evidentes. Ya hablaré de esas diferencias pero creo que es importante destacar algunas similitudes.

Ambas instituciones tienen algo de servicio público, lo que una y otra produce tiene algo de bien público y ambas contribuyen, de manera más o menos directa, a la formación y acumulación del capital humano y social de la economía española. Además, y aunque esta afirmación pueda interpretarse como una provocación, el Prado y la Universidad española están en el mejor momento de su historia.

Nunca el Prado ha desempeñado mejor sus funciones claves de conservación, exhibición y estudio de los fondos que atesora y la Universidad española, mal que les pese a los nostálgicos, nunca ha ofrecido una docencia más adecuada y una investigación más homologable que en los últimos tiempos.

Es esta buena salud la que explica la dificultad para modificar el funcionamiento de estas dos instituciones. Una y otra se encuentran en una situación que podríamos denominar como de equilibrio subóptimo. En un equilibrio así cada grupo está tan bien como puede llegar a aspirar dada la situación de los otros grupos.

Por eso es un equilibrio. Ningún grupo (investigadores, administradores, órganos de gobierno y usuarios-estudiantes) desea salir de esa situación unilateralmente, están bien como están. Pero esto es compatible con que ese equilibrio sea subóptimo: todos los grupos concernidos podrán estar mejor.

Estoy seguro que esto es cierto en la Universidad, sospecho que algo así ocurre en el Museo del Prado y creo que la solución dada a éste podría servir para la Universidad.

Pienso en efecto, tal como Aurelia Modrego y yo tuvimos ocasión de explicar en el diario El País, que la manera más expeditiva de desencadenar las modificaciones que permitirían a la Universidad alcanzar un nuevo equilibrio que dominara al actual es dar mayor entrada a la sociedad, especialmente en lo relativo a la gerencia.

Esto es lo que aparentemente ha ocurrido en El Prado, el Patronato asume un mayor protagonismo y se nombra a un Director, Miguel Zugaza, que ha mostrado su capacidad gerencial en el Museo de Bellas Artes de Bilbao al introducir nuevos servicios y mejorar los de siempre.

Antes de apresurarnos a concluir que eso es lo que tendría que hacer la Universidad es necesario pensar un poco las diferencias entre la labor museística y la universitaria. Hay muchas y variadas, además del tamaño y los objetivos ya mencionados; pero la más aparentemente radical es que la Universidad se dedica a la Ciencia (dura o blanda) y el Prado, como cualquier otra pinacoteca, al Arte.

En lugar de incidir aquí en la problemática tan traída y llevada de las dos culturas en un intento de concluir, como suele ser habitual, que entre la ciencia y la cultura, o entre la cultura científica y la humanística, no hay tantas diferencias como parece, me gustaría más bien delinear el eje principal de una discusión acalorada que, con ocasión de la puesta en funcionamiento del Guggenheim Bilbao, me enfrentó con muy queridos amigos artistas.

Según estos, el Arte tiene algo de sagrado pues, si es verdadero Arte, tiene necesariamente que estar relacionado con el Amor y la Muerte, la esencia de lo sagrado; de forma que hacer de él un espectáculo lo desacraliza y desvirtúa sin remedio y de forma irreparable.

Mi réplica no pretendía reivindicar el carácter sagrado de la ciencia, como alguno haría, porque creía y creo que la ciencia representa realmente la desacralización de la vida y su secularización definitiva.

Lo que yo contraargumentaba entonces, y sostengo hoy, es que por muy sagrado que sea el Arte su introducción en el circuito del espectáculo no lo desvirtúa. De hecho el poder taumatúrgico del Arte sólo se desencadena cuando ese Arte se exhibe y sólo podemos aprovecharnos del revulsivo metafísico y moral que puede representar cuando se nos expone con cierta espectacularidad, cuando nos golpea.

De ahí que, concluía yo, el estilo Guggenheim no desnaturaliza el aspecto sagrado del Arte; sino que contribuye a reforzarlo. Creo sinceramente que la huella que me deja Balthus con su maravilloso cuadro en el museo Thyssen no hace sino profundizarse cuando repaso reverencialmente la exposición antológica que la FIAT le ha dedicado en el Palazzo Grassi de Venecia.

Yo no creo, por tanto, que Arte y espectáculo están reñidos ni creo, para redondear ahora mi argumento sobre la similitud entre el Prado y la Universidad, que la ciencia esté en contra de lo espectacular. De hecho cada vez entra más en la dinámica de sorprender al público y su desarrollo se ralentizaría si no nos gustase ser asustados, noqueados, por sus implicaciones espectaculares.

Pues bien, si Ciencia y Arte no sólo no están reñidos con el espectáculo; sino que ambos son indisociables de ese espectáculo, no veo ninguna razón para que critiquemos la solución que la ministra ha dado al Prado, ni tengo reparo alguno en recomendarlo para la Universidad.

Respecto al primer punto mi argumento reforzaría y potenciaría el de Eduardo Serra, Presidente del Patronato del Prado. En un artículo publicado el pasado día 13 en el ABC, Eduardo Serra argumentaba convincentemente que de lo que se trata con el nombramiento del nuevo director es de ofrecer nuevos servicios (espectaculares) para reforzar los tradicionales (sagrados).

En mis términos yo diría que está tratando de argumentar que se puede alcanzar un equilibrio que domine al existente y que la manera de hacerlo es a través de la labor gerencial. Tiene razón no sólo en la estrategia sino también en la esencia ya que, como he argüido, el espectáculo potencia el poder de lo sagrado.

Respecto a las enseñanzas que cabe destacar para la Universidad me parecen obvias. Lo mismo que en el Prado, la manera más expeditiva de salirse del equilibrio subóptimo es potenciando la labor gerencial y encargándosela a quien sabe hacerla.

Que ambas instituciones están siendo tratadas similarmente se evidencia indirectamente por el fino instinto de quienes protestan. En uno y otro caso acusan a la ministra del Castillo de intenciones privatizadoras.

Es cierto que el énfasis en lo gerencial que he destacado y la apelación implícita a la sociedad a través del Patronato o del Consejo Social apuntan a una concepción distinta y novedosa de lo público; pero ¿a qué vienen las protestas de inocencia de la ministra a este respecto?.

¿Qué tendría de malo experimentar con formas alternativas de tomar decisiones, es decir, de tener derecho a tomarlas como propietarios? En principio yo creo que no tendría nada de malo y que si no se quiere ni hablar de ello es porque no hay una verdadera política cultural y universitaria.

Si la hubiera habría que discutirla y no se podría discutir en serio sin poner sobre la mesa el asunto de la propiedad. Como esto asusta y es políticamente peligroso, mejor quedarnos sin políticas serias en materia universitaria o cultural. Esta es la servidumbre de la Política: a veces impide la puesta en marcha de políticas sensatas.

Quizá la ministra sufra precisamente por esto; pero el patronato del Prado nos ha mostrado que, a veces, se pueden hacer cosas desde la sociedad civil, cosas que van en la buena dirección. Ojalá aprenda la Universidad.

Juan Urrutia

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