Economia en porciones

Economía en Porciones

El pasado jueves 10 de enero, el diario El País publicaba un artículo del reciente premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, sobre la crisis argentina. Su intención expresa era denunciar las descripciones basadas en variables como la corrupción que, aunque posiblemente ciertas, no son necesarias para explicar lo que ha pasado.

Para esto último basta con teoría económica estándar y con la incomprensión del FMI. Dejando a un lado la posible incompetencia de esta última institución, a la que Stiglitz fustiga desde antes de su dimisión como chief economist de la misma, la explicación que ofrecía no tenía nada de especial excepto un pequeño detalle.

La única manera que podría haber tenido Argentina de hacer frente a su deuda, y al mismo tiempo mantener la convertibilidad, hubiera sido crecer; pero eso no estaba ocurriendo, y, entre las variables que explican el estancamiento Stiglitz, destaca la conducta de la banca que no concedió crédito a las pequeñas y medianas empresas. Esta conducta forma parte de la explicación estándar de lo ocurrido; pero subrayarlo parece excesivamente obvio.

La actividad tradicional de la banca consiste en transformar plazos tomando prestado de los ahorradores a corto para prestar a los inversores a largo, quedándose con el diferencial existente entre los tipos de interés aplicables a estas dos operaciones.

En esta actividad tradicional, así como en muchas otras que forman hoy parte del funcionamiento normal de una entidad bancaria, la banca maneja, como materia prima, el riesgo y la información. Entender el riesgo de cada uno de los productos que pone en pie y estar informado sobre las características de los clientes son las dos funciones clave de un banco que quiera sobrevivir y remunerar convenientemente a sus accionistas. ¿Puede un banco que entienda bien el riesgo y que tenga un buen sistema de información librarse del ciclo económico? Examinemos esta cuestión.

En la parte alcista de un ciclo económico, cualquier empresa que vaya razonablemente bien está dispuesta a invertir a partir de sus expectativas de crecimiento, y la demanda de crédito crece significativamente. Los bancos pugnan por conceder créditos atreviéndose a ofrecer condiciones generosas que apenas pagan el coste de fabricación del crédito.

Esto lleva a un endeudamiento agregado que resulta ser excesivo en cuanto el ciclo, pasado su punto más alto, empieza a declinar. En efecto, en cuanto la demanda agregada disminuye, los ingresos empiezan a no ser suficientes para atender el servicio de la deuda y mantener inalteradas las otras expectativas de beneficios o de reparto de dividendos.

La mora bancaria se acumula y, cuando en estas circunstancias se presenta alguna buena idea con un plan de negocio razonable, es perfectamente posible que los bancos pongan reticencias a financiarla ya que, por un lado, tienen menos ahorro disponible y, por otro lado, saben que entre los que demandan crédito en los malos momentos es muy posible que se den muchos aprovechados que, en cualquier caso, no piensan devolverlo.

Banca y ciclo económico

A la luz de esta descripción parece evidente que el comportamiento procíclico de la banca es inevitable. Si el comportamiento fuera anticíclico, los bancos disminuirían la concesión de créditos en años buenos y la ampliarían en los malos. Esto reduciría la amplitud del ciclo; pero los bancos perderían dinero.

Si los bancos quieren remunerar a sus accionistas tienen que ganar y para ganar tienen que ser procíclicos y contribuir a una mayor amplitud del ciclo. En otros tiempos, y ante una obviedad como la expuesta, muchos hubieran pensado en la nacionalización de la banca.

En esa tesitura, habrían elucubrado, la exigencia de dividendos no condiciona la actividad y, en consecuencia, los gestores bancarios se pueden permitir actuar de forma contracíclica suavizando el funcionamiento del sistema económico.

Aunque parezca troglodita, este tipo de razonamiento se manejaba entre nosotros no hace mucho tiempo e incluso era más o menos bendecido por profesores universitarios. ¿Está Stiglitz sugiriendo algo similar cuando cita el comportamiento de la banca como uno de los eslabones de la cadena causal del desastre argentino? Naturalmente que no.

Nacionalización

La falacia del argumento nacionalizador es evidente; pero, por si acaso - y ante el justicialismo toda prudencia es poca -, es conveniente destaparla. En primer lugar, si el banco nacionalizado actúa de la misma manera que el privado, también actuará de manera procíclica. Si, para mejorar el desempeño de la economía nacional, actuara de forma anticíclica, perdería dinero y todos los ciudadanos cargarían con esas pérdidas en lugar de que éstas recaigan sólo sobre los accionistas (que quizá ni siquiera son nacionales).

Ante esta disyuntiva podría haber gente que prefiriera una actuación anticíclica de la banca pública, un ciclo económico suavizado y una pérdida relativamente pequeña para cada ciudadano que un ciclo más pronunciado y ganancias de los accionistas producidas gracias al comportamiento procíclico.

Parecería, por lo tanto, que la decisión entre los dos términos de la alternativa depende de las magnitudes de algunos parámetros, de la mayor o menor expansión del capitalismo popular y de la distribución de la renta en el país de que se trate; pero dejar ahí la cuestión sería un error.

Lo sería porque, en segundo lugar, el banco nacionalizado no actúa igual que el privado, y ello por dos razones. Primero, porque cuando se nacionaliza el crédito, se nacionaliza toda la banca y, consecuentemente, la competencia entre bancos deja de existir.

Y en ausencia de competencia no hay ningún incentivo a manejar mejor el riesgo o a recoger la información adecuada. Segundo, porque aunque subsistiera un atisbo de competencia entre bancos públicos, la falta de presión de los accionistas privados enervaría toda tensión innovadora.

Innovación que siempre tiene que ver con el manejo del riesgo y la recogida sistemática de información. En uno y otro casos, lo que sufre, por lo tanto, es lo que antes he indicado que es la materia prima de la banca, riesgo e información. Haríamos banca con peor materia prima y la haríamos peor. Si en un momento determinado, la distribución de la renta y la falta de expansión del capitalismo popular pudieran aconsejar la nacionalización, el sistema acabaría generando mayores pérdidas a los ciudadanos y entonces procedería una nueva privatización.

Lo que estoy diciendo, en términos más técnicos, es que aunque la actuación anticíclica fuera un first best, este óptimo de primer rango no es alcanzable y no lo es porque manejar el riesgo y ordenar la información no es gratis y hay que tener incentivos para hacerlo.

Lo que seguramente estaba diciendo Stiglitz es que Argentina habría necesitado tener un sistema bancario privado más competitivo. Y en esto, claro que tiene razón. Cuanta más competencia, más valor tiene para cada banco la materia prima y, por lo tanto, mayor incentivo tiene a entender bien el riesgo y a procesar bien la información.

Cuando así lo hace cada banco es de esperar que apoye menos el ciclo porque sabrá parar antes en los momentos buenos y se rentrancará menos en los malos. Su comportamiento seguirá siendo procíclico; pero en el límite contribuirá muy poco a aumentar la amplitud del ciclo.

En otras palabras, estaremos en un second best u óptimo de segundo rango, que, aunque como tal no alcanza los beneficios sociales de un first best, es sin embargo sostenible. La economía, esa ciencia lúgubre, siempre alcanza conclusiones poco ilusionadoras no aptas para adolescentes generosos, Lo malo es que, en general, tiene razón.

Juan Urrutia

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