Economia en porciones

Economía en Porciones

Multiculturalismo, pluralismo y teoría económica

Últimamente se oye hablar de cultura empresarial y también se dice que la cultura puede ser un factor importante para el desarrollo. En estos dos casos estamos utilizando la palabra cultura en un sentido que designa el conjunto de normas, valores e instituciones que hacen posible la vida en común.

No parece caber duda alguna de que entornos distintos pueden generar culturas distintas y de que incluso entornos parecidos pueden, sin embargo, incentivar el desarrollo de usos y costumbres muy diversas.

De ahí que cuando se concibe así la cultura cabe hablar de multiculturalismo y de pluralismo cultural, dos términos que denotan propuestas alternativas para lidiar con la coexistencia de conjuntos diversos de normas, valores e instituciones.

Este problema, que ha alcanzado una relevancia inusitada entre nosotros en conexión con el problema de la inmigración no es de fácil comprensión ni de solución evidente. Quizá una visión de economista contribuya a enriquecer la distinción y a aclarar un poco las cuestiones.

Un viejo problema

Aunque el problema es tan antiguo como el mundo, creo haber vivido en primera persona su origen más inmediato en los años sesenta. En efecto, los diversos movimientos de esa época nos confrontaron con la posibilidad de ser uno mismo sin dejar de participar en una (contra)cultura que no por enfrentarse a la prevalente o por libertaria dejaba de ser comunitaria: una forma alternativa de vivir en común con sus valores nuevos, sus instituciones rompedoras y sus normas flexibles.

Diversos avatares llevaron estos movimientos de raíces frankfurtianas desde su plasmación americana en los 60/70, y a través del feminismo, hasta los ochenta en que convergieron en un relativismo exacerbado en el que no cabe una metodología neutral, y no culturalmente contaminada, desde la que juzgar las diversas culturas y en el seno del cual los estudios culturales y los estudios de género ocupan lugares de privilegio en los planes de estudios de las universidades estadounidenses.

Este origen inmediato del multiculturalismo tiene mucho que ver no sólo con el feminismo, sino también con el problema racial y con la inmigración.

El conocimiento de estos hechos cercanos y elementales debería habernos permitido a los europeos estar preparados para la avalancha que nos viene encima. Pero no ha sido así, al menos en España.

El libro de Sartori (La Sociedad Multiétnica, Taurus 2001) nos desconcertó hace un año al advertirnos que la permisividad del multiculturalismo puede ser muy debilitadora de la democracia porque, al admitir por principio cualquier cultura, ideas antidemocráticas propias de culturas y religiones específicas se nos aparecerían tan legitimadas como las democráticas.

Cosa muy distinta y admisible para Sartori sería el pluralismo cultural que, a pesar de jerarquizar las ideologías de acuerdo con la cultura prevalante, permite, tolera e incluso fomenta el roce entre diversas culturas, en la esperanza fundada de que el mestizaje emergente será algo bueno o, al menos, aceptable.

En este ambiente intelectual no es de extrañar que el Director del Foro de la Inmigración, Mikel Azurmendi, escandalizara a los senadores cuando les espetó que el multiculturalismo es la gangrena de la democracia. En mi opinión, sin embargo, los senadores pueden dormir tranquilos pues Azurmendi alancea un enemigo inexistente ya que el multiculturalismo no existe más que en la mente del analista.

En cualquier grupo social cada agente piensa desde su mundo pero casi siempre tiene algo que decir sobre otros mundos. No hay multiculturalismo puro en el que cada cultura sería totalmente incompatible con cualquier otra y en el que cada una estaría protegida como tal cultura distinta. Aún en el apartheid más crudo hay roce cultural y aprendizaje mutuo.

El pluralismo es la regla y quien se le enfrenta es la falta de tolerancia, la afirmación arbitraria de la superioridad de una cultura determinada, no un multiculturalismo que sólo existe en la mente de algunos analistas como un límite intelectual en el que las culturas serían inconmensurables.

Es en este punto en el que la mirada del economista puede aportar alguna claridad al debate.

El paradigma ortodoxo de la economía moderna está centrado en la interacción indirecta de los agentes individuales en el mercado y representa un ejemplo evidente y artificioso de pluralismo cultural: cada individuo, que podría representar una cultura diferente, interacciona con otros muchos individuos y por ende con muchas otras culturas, bajo las reglas del mercado.

De esa interacción sale algo que no coincide con la voluntad exacta de ningún agente; pero que configura una realidad socioeconómica aceptable por todos. El economista es pues un pluralista avant la lettre.

Claro está que se podría argüir que la idea de cultura a la que se refiere el debate del multiculturalismo no encaja bien con una referencia individual; pero el economista tiene también cosas que decir cuando hablamos de grupos.

Si cualquier grupo de agentes económicos puede considerarse como una cultura potencial sabemos, a través de una interpretación ad-hoc del teorema de equivalencia, que, aún pudiendo aislarse en sí mismas, todas esas culturas potenciales convivirían tranquilamente cuando el sistema económico esté en su equilibrio competitivo.

Es este un gran ejemplo de pluralismo cultural aunque, una vez más, podría dudarse de la aplicabilidad de la idea de coalición de agentes al debate sobre culturas ya que éstas hacen referencia a valores, instituciones y normas del grupo que están ausentes explícitamente en el concepto de coalición.

Pero también sobre esto pueden decir, y dicen, cosas los economistas que han desarrollado recientemente lo que Durlauf y Young (Social Dynamics, MIT Press 2001) llaman la Nueva Economía Social y que estudia la interacción directa entre agentes no mediada por el mercado.

Esta rama nueva de la Economía trata de aplicar métodos matemáticos propios de la mecánica estadística a la interacción entre individuos pertenecientes a varias clases, heterogéneas entre sí, que acaba dando origen a características agregadas robustas (que llamaríamos señas de identidad cultural) que dependen de cómo sean esas clases de individuos y de cómo esos individuos heterogéneos interaccionen.

Esta manera general y novedosa de conceptualizar el funcionamiento económico de un grupo parece desarrollada a propósito para modelar la dinámica de lo que aquí he denominado el pluralismo cultural.

Si queremos seguir pensando en los problemas que se derivan del contacto entre culturas diversas más allá de afirmaciones grandiosas y vacías, haríamos bien en volver nuestra atención a los estudios que la Nueva Economía Social ha elaborado sobre temas tan diversos como la emergencia de clases, la naturaleza del contrato social, la evolución de las preferencias individuales o la emergencia de dialectos, entre otros muchos y que, debidamente metabolizados, nos permitirán decir algunas cosas precisas sobre la conveniencia de que dos culturas convivan, sobre cuál se adaptará a cuál o sobre las consecuencias de separarlas.

Las culturas no son algo arbitrario y hoy, que estamos en disposición de empezar a entender su emergencia y su evolución, sería un buen momento para abandonar la simpática costumbre de fustigarnos con etiquetas vacías y concentráramos nuestra atención en estudios concretos que hoy están disponibles, no sólo a través del trabajo de los antropólogos, sino también a través del trabajo de los economistas.

Juan Urrutia

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