Economia en porciones

Economía en Porciones

Mártires de la innovación

Sólo muy recientemente se ha añadido a la investigación (I) y al desarrollo (D) la innovación (i) como tercera pata que sostiene una de las plataformas más seguras para el lanzamiento del cambio social y el desarrollo económico.

La primera I, la mayúscula, encierra toda una épica del descubrimiento de los secretos de la naturaleza que, como toda épica, tiene sus patrones, a los que se evoca cuando queremos destacar alguna faceta humana de la labor investigadora, e incluso sus mártires quemados en la hoguera por no abjurar de la verdad.

Esta última, la verdad, no está ya involucrada en la actividad de desarrollo. La D de desarrollo, en efecto, parece querer denotar una actividad más hábil que inteligente y una actitud más cercana al espíritu ingenieril que al científico.

Su épica es menos individual y más anónima que la que la anima la investigación, aunque, a veces, al inyectarse una nueva vacuna en la fase de pruebas, un humilde investigador aficionado está cerca de una actitud casi heroica. Puede que grupos de trabajo concienzudos y tercos acaben haciendo operativa alguna idea genial previa y es posible que alguien ponga en juego su tranquilidad apostando fuerte por un prototipo, digamos.

Imagínense ahora a alguien que, sin entender ni la verdad científica subyacente ni el desarrollo ingenieril correspondiente, dedica buena parte de su actitud a tratar de hacer del prototipo una simple y humilde mercancía con cuya venta puede lucrarse si esa mercancía acaba siendo del gusto de un público que no la ha imaginado todavía. Quien a esto se dedica no es ni mártir ni héroe sino, a lo mejor, un simple padre de familia y, a lo peor, un empresario insaciable o un mercader mentiroso.

Pues bien, aun a riesgo de ser considerado como política y económicamente incorrecto, voy a tratar de argüir que los últimos años nos han traído ejemplos de innovaciones en el campo financiero que acabarán siendo implantadas de manera generalizada, que representan una clara mejora para el bienestar de la ciudadanía y que, sin embargo, han dado con los huesos de sus autores en la cárcel con sus almas en el tribunal de los charlatanes ignorantes doblados de inquisidores de salón.

No sé si ustedes. Se acordarán de Iván Boeski, un financiero que fue acusado y condenado por uso de información privilegiada en el alba de la liberación financiera en los EEUU de América a mediados de los años ochenta.

Un poco más reciente, aunque ya lejano, es el caso de Milliken, el inventor de los bonos basura, unos instrumentos imprescindibles para permitir que los ejecutivos se quedaran con las compañías que ellos habían creado bajo la mirada perdida de los accionistas mediante un MBO (Management Buy Out). Hoy, Milliken, después de pasar por la cárcel, dedica parte de las ganancias que no pudieron arrebatarle al mecenazgo.

Más cercano e inolvidable fue el caso de unos premios Nobel de Economía que eran propietarios y asesores de un hedgefund, el LTCM (Long Term Capital Management) que, basándose en sus recomendaciones, hizo, con ocasión de la implantación irrevocable del euro, unas apuestas direccionales tan arriesgadas y de tal magnitud que, al fracasar, estuvieron a punto de quebrar el sistema financiero estadounidense.

La cosa se salvó gracias a Greenspan, y hace poco tiempo se han dejado de oír los chistes sobre estos premios Nobel (como si haber inventado la electricidad debiera hacer parecer ridículo el quemarse con una bombilla). El último caso de inventor financiero que quiero destacar es el del financiero jefe de Enron, la compañía de trading de energía que acaba de protagonizar el más grande desplome bursátil del que se tiene memoria y que no parece vaya a poder evitar la suspensión de pagos.

Lo menos que se le ha llamado es timador. Y, sin embargo, todos estos caballeros son, a mi entender, mártires de la innovación. En primer lugar tengo que mostrar que todos ellos son innovadores representados por la letra i. En los casos que nos ocupan el descubrimiento fundamental que ocuparía la I es el modelo de equilibrio general competitivo con estructura completa de mercados. En él toda la información relevante está disponible y el entramado de los mercados asigna los riegos de manera eficiente: no hay manera de reasignarlos con ganancias para todos.

La D en este campo comienza con la constatación de que la estructura de mercados es incompleta y de que, en consecuencia, es posible que haya información valiosa por ahí que sería rentable obtener y revender, y que cabe la posibilidad de que un sistema financiero libre contribuye a un mejor reparto de los riegos.

La llamada Economía Financiera explota sistemáticamente estas posibilidades intelectuales mostrando, por ejemplo, que las OPAs pueden contribuir a la eficiencia del sistema económico o que un sistema financiero básico simple puede servir para asignar óptimamente el riesgo si es posible crear instrumentos derivados (como opciones) que enriquezcan ese sistema financiero.

También aprendemos que todo activo financiero es una combinación de opciones y, en consecuencia, sabemos valorar cualquier activo gracias a la fórmula para valoración de opciones de Black (+) y Scholes (uno de los socios de LTCM). Pues bien, este último, Boeski, Milliken o el financiero jefe de Enron son inventores avispados que son capaces de dar cuerpo a ideas propias de la Economía Financiera y venderlas.

Boeski sabía la importancia de la información y la recogió sistemáticamente. Milliken quiso hacer operativa la idea que subyace a la justificación de las OPAs. Los ejecutivos de LTCM creyeron poder arbitrar cualquier discrepancia entre las valoraciones del mercado y las que se derivaban de la fórmula de Black y Scholes.

El financiero jefe de Enron no sólo entendió las ventajas para asignar riesgos que provienen del trading de gas y electricidad; sino también las posibilidades de comercializar un sistema de derivados sobre el clima (una variable importante a efectos energéticos). Todos éstos son ejemplos de la innovación financiera, la i del sistema de I+D+i del mundo financiero.

En segundo lugar tengo que defender que, lejos de ser unos sacamuelas, estos caballeros inventores son unos mártires. Todo mártir tiene algo de converso, de herido por la luz de la verdad, de alucinado. Y un poco alucinados sí que estaban todos ellos, al menos en su actividad de inventores.

Es típico de éstos el creer a pies juntillas que lo que han visto con claridad en la mente o en la hoja de papel va a funcionar en cualquier circunstancia de la realidad; pero esta fe casi siempre falla.

Hay variables no tenidas en cuenta que hacen fracasar los inventos. Pero a veces esa circunstancia es una excepción y la invención es un gran adelanto que acaba reconociéndose con el tiempo después de un verdadero martirio que acaba con la libertad, la reputación y a veces la vida de quien cree a pies juntillas en su invención. Éste, creo, es el caso de los innovadores que he mencionado.

Son adelantados de la comprensión de que la información y el riesgo son dos elementos económicos fundamentales y que aprender a manejarlos potenciará enormemente el ya grande poder del sistema de mercado. A mi leal saber y entender, han hecho bien todos ellos en no abjurar de su idea y en pagar orgullosamente el precio que la sociedad les ha exigido.

No son éstas que hoy les confío ideas muy correctas políticamente e incluso puede dudarse de su moralidad. No quiero enredarme en esto. Lo concedo todo; pero soy ya perro viejo como para entender que la cárcel, el ostracismo social o el desprestigio profesional no dicen gran cosa respecto a la contribución al progreso de los encarcelados, los humillados o los ignorados. A veces, como es el caso de estos cuatro innovadores, sus inventos quedan, y esto, al final, es lo que importa.

Juan Urrutia

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