Economia en porciones

Economía en Porciones

Arte y ciencia lúgubre

Durante el último mes, el otoño precoz ha ido tiñendo de tristeza nostálgica el escenario económico. No hace falta pormenorizar para aceptar que, casi de repente, todos parecemos admitir que las expectativas se han ensombrecido. Antes de que cunda el pesimismo convendría recordar que el otoño trae consigo no solo preocupaciones sino también no pocas manifestaciones de la creatividad humana reflejadas en obras de arte que se exponen al público compitiendo en mostrarnos por donde va la sensibilidad del momento. Haríamos mal los economistas en no prestar atención a esta dinámica cultural. Lo que sigue es un ejemplo de lo que una visita reposada a las excelentes exposiciones que en los últimos años ofrecen los viejos y los nuevos museos puede aportar a un triste economista.

A lo largo de la última temporada el Guggenheim Bilbao ha expuesto simultáneamente una amplia selección del trabajo de la Factory de Andy Warhol y una colección de refulgentes motocicletas que coincidieron durante algunos meses. Estas dos muestras ejemplifican, casi a la perfección, los dos mundos en los que la teoría y la política económicas tienen que desenvolverse.

A pesar de que el espíritu de la posmodernidad nos hace ver en las motocicletas, no tanto su utilidad como medio de transporte o su carácter de herramienta deportiva, sino más bien su relación con la libertad de los caminos o con la estética motera, es bien cierto que estos ingenios mecánicos evocan lo propio de un mundo moderno: la domesticación de la naturaleza mediante la aplicación sistemática de la racionalidad ingenieril. No es eso lo que la iconografía de Warhol nos trae a la mente. En su pintura la representación está subvertida y lo que hemos aprendido a ver no es ya un bote de sopa Cambell o las efigies de Marilyn o Mao sino, sobretodo, una superficie extraña, plana y fría que, junto con otras piezas en soportes varios, conforma la Factory, la verdadera obra de arte.

Aquí ya no hay domesticación de la naturaleza, sino creación de una naturaleza artificiosa; no tanto una modificación de la naturaleza dada sino un suplemento a ella. Es esta extraña proliferación de realidad la que caracteriza un aspecto importante del mundo posmoderno.

Para cualquier economista culto, Keynes representa la bifurcación entre ambos mundos. Por un lado su concepción macroeconómica fue transformada por algunos econometristas, como el premio Nobel Jan Timbergen y a pesar de las protestas del propio Keynes, en una ingeniería que pretendía dirigir la economía hacía su óptimo mediante la utilización fina de instrumentos de política económica actuantes sobre un sistema inerte.

Por otro lado, sin embargo, el mismo Keynes está en el origen de la toma en consideración de la incertidumbre y de la consiguiente necesidad de formar expectativas a través de las cuales el futuro influye en el presente. La revolución de las expectativas racionales asociada a otro premio Nobel, Robert Lucas, nos ha hecho ver que el sistema económico sobre el que la política económica pretendería actuar, al depender de esa misma política económica, difícilmente se puede considerar inerte o único, problematizando así el ejercicio de la política económica. Esta política económica ya no modifica la realidad sino que la suplementa con nuevas realidades insospechadas.

Los economistas modernos serían hijos de ese primer Keynes y su influencia no acaba de remitir, de suerte que casi todo ministro de hacienda o de economía, y no pocos empresarios, comparten su fe ingenua en la ingeniería económica. Los economistas posmodernos, herederos del Keynes más sofisticado, han tardado más en madurar, pero han acabado arrasando y cubriendo totalmente el paisaje intelectual de la ciencia económica: el sistema económico es como un magma borboteante sobre el que no cabe actuar y en el que sólo cabe navegar.

No es de extrañar que los economistas modernos tiendan a ser intervencionistas mientras que los posmodernos tiendan, más bien, a ser antiintervencionistas. Si los economistas han llegado a ser importantes (demasiado importantes según algunos) no es porque saben modificar el mundo; sino porque han aprendido a manejar con habilidad el aparejo que permite navegar sin hundirse en un fluido cambiante. Lejos de ser los detentadores de un pensamiento único los economistas son hoy los creadores de una enorme variedad de aparejos de navegación. Conforman hoy una comunidad que se parece mucho más a la Factory de Warhol que al cuerpo de ingenieros de Harley Davidson. En sus manos la ciencia económica pasa de ser lúgubre a ser una fiesta de la misma forma que algunos museos - como el Guggenheim - han pasado de ser tumbas del pasado a ser un espectáculo divertido y cambiante.

Esto puede parecer una conclusión irreverente; pero pienso que puede tener algunas implicaciones importantes para el talante con el que se lleva a cabo la gestión macroeconómica, o incluso la de las empresas. Quizá haga falta una actitud menos ingenieril y un talante más versátil. Quizá la reputación necesaria para hacer creíbles las políticas económicas - o las decisiones empresariales - no se gane ya con la aparente seriedad de quien no concibe otra manera de actuar sino con la, también aparente, frivolidad de quien sabiendo que las posibilidades de actuar son muchas nos propone tímidamente apostar por una determinada.

Juan Urrutia

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