Economia en porciones

Economía en Porciones

Lo libre

Se acaba el verano. En esta isla oriental anochece pronto y el sol ya no abrasa.
El economista-en-verano empieza a transmutarse en economista-en-invierno y el principio de la abundancia se troca en el principio de la necesidad o de la escasez.

Pero aún así, todavía cabe elucubrar un poco más sobre la gratuidad. Hace cuatro semanas les hablaba sobre lo gratis, un fenómeno que ocurre, o puede llegar a ocurrir, sólo en el límite de la extensión del mercado, límite al que nos puede llevar el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y en el que ni la propiedad, ni el Estado, ni el mismo mercado tienen ya mucho sentido.

Pero para llegar a ese límite hace quizá falta la presencia de otro fenómeno sobre el que escribía hace dos semanas justo en el medio de la canícula y empujado por el fervor que nace en nosotros cuando vivimos sin pensar en medio del calor y del salitre.

Me refería a lo gratuito, a lo que no está sometido a una lógica de la necesidad ni se rige por una racionalidad funcional y describía cómo la colonización de la frontera, el propio lenguaje y el potlach eran tres formas de desbordamiento de energía dominadas respectivamente por el pionerismo, el instinto o la destrucción y que no están sometidas a la racionalidad funcional, sino que son muestra de una racionalidad expresiva que sirve, finalmente, para extender el mercado hacia otros espacios, otros individuos y otros bienes nuevos.

Mientras funcionan, no son necesarios ni la propiedad ni el Estado y la función epistémica, o de eficaz agregación de la información propia del mercado, se lleva a cabo mediante combinaciones de esas tres formas de cooperación social. También decía que cuando esa extensión del mercado llega a su fin, o ese fin se prevé cercano, los costes de extenderlo aún más se elevan y es necesaria una mayor retribución individual.

Ya no basta el instinto del lenguaje, la euforia de la colonización común del oeste o la autoridad de quien renuncia de manera desordenada a los recursos que podrían recompensarle; se hace necesaria la propiedad y también el Estado como forma de protección de esa propiedad y el mercado vuelve a ser el gran regulador de la convivencia humana con su lógica de la necesidad.

Abre los ojos

Estas ideas pueden parecer excesivamente especulativas; pero, si abrimos los ojos, las reconocemos en el mismísimo corazón de la revolución tecnológica que estamos experimentando.

La revolución de las llamadas TIC se fragua, no en un hardware que acaba adaptándose, sino en el desarrollo del software. La gran batalla en el desarrollo del software se está dando entre estrategias alternativas.

Por un lado, la estrategia del software propietario que defiende la propiedad privada del software desarrollado por los programadores de una empresa, es decir su patentabilidad o copyright acompañados de la ocultación del código fuente y, por otro lado, la estrategia del software libre que se organiza en un movimiento libertario que defiende el acceso libre al código fuente de cualquier programa y la obligación de revelarlo, o, como ellos dicen, de establecer el copyleft.

Esta batalla no es ninguna broma, y el plausible triunfo del movimiento de software libre, o de código fuente abierto (open source movement), ha sido esgrimido por los defensores de Microsoft en su histórico juicio por presuntas prácticas anticompetitivas.

Lo interesante para mí es que este movimiento, que ya está bastante institucionalizado, representa a la perfección la faceta de la gratuidad que he denominado lo libre.

Lejos de aceptar que cualquier mejora del código fuente, o su propia creación, pueda ser protegida por un copyright que, aunque permite el uso de sus aplicaciones bajo licencia, no permite el examen libre de ese código fuente, el movimiento se organiza para que se cree un estatuto del software libre, según el cual el código fuente creado por cualquier miembro del movimiento se puede transmitir bajo la licencia libre GPL (General Purpose License), que obliga a no convertirlo en propiedad privada; sino a usarlo, y posiblemente mejorarlo, y devolverlo a su vez como código libre.

La historia del movimiento es conocida y significativa. Antes de principios de los 70 cada ordenador físico tenía su propio sistema operativo, y el problema de compatibilidad era insalvable.

Debido a este defecto aparecen los hackers, unos usuarios interesados que producen su propia programación en la máquina con la que cuentan y para satisfacer sus propias finalidades.

El proyecto UNIX cambia todo esto. Se trata de una concepción modular que permite la adaptación fácil de los programas a diferentes modelos de hardware. Nace en los laboratorios de ATT (Unix System Labs), pero se cede a la Universidad de California en Berckeley y los hackers universitarios lo mejoran hasta desarrollar el Berckeley Software Distribution (BSD).

El enfrentamiento entre la ATT y Berckeley es el evento que desencadena lo que luego va a venir. ATT significa el desarrollo del software propietario, proceso de innovación sometido a la lógica de la escasez con su propiedad privada y la defensa de ésta por el Estado.

Berckeley (en donde hace 20 años se había desarrollado el free speech movement), representa el desarrollo libre del software dentro de una comunidad de usuarios privilegiados que comparten todas las innovaciones sin cobrar por ello ni protegerlas con propiedad privada o copyright.

Este enfrentamiento llega a los tribunales y, como suele pasar cuando esto ocurre, ambas salen perjudicadas. Pero mientras tanto, a mitad de los 80, Richard Stallman, un genio de la programación, ha iniciado la Free Software Foundation (FSF) y el proyecto GNU (un acrónimo recursivo que dice GNU no es UNIX).

Tal como indican Moireau y Papatheodoron, en el último número de la revista Archipiélago, Stallman y sus amigos tratan de construir un sistema operativo de lujo del estilo UNIX (pero no UNIX) basado en el software libre. Citan a Stallman: Un sistema operativo permite hacer muchas cosas. Un sistema operativo haría de nuevo posible una comunidad de hackers que trabajan de modo cooperativo.

A partir de este punto, los acontecimientos se desencadenan y Stallman y Linus Torvald juntan fuerzas para crear, en la Red, el sistema GNU/LINUX que es el que está siendo un verdadero competidor para Microsoft.

Esta pequeña historia nos ayuda a percatarnos de que el movimiento del software libre representa el ejemplo perfecto de lo libre y, a su vez, corresponde a la forma de extender el mercado mediante lo gratuito, tal como decía hace quince días. No hay que tener mucha imaginación para reconocer en la política del movimiento un deseo de libertad espontánea similar a la que mueve a la creación del lenguaje; al fin y al cabo, están creando lenguaje, eso es lo que están haciendo.

También es evidente el pionerismo que anima a los hackers y el aspecto sacrificial que subyace al encumbramiento de Stallman y Torvald como jefes del movimiento; lo son porque dan mucho, porque renuncian a mucho. ero también decía hace quince días que, una vez que lo gratuito ha hecho su trabajo, volvemos al reino de la necesidad. Así está ocurriendo, por ejemplo en la empresa Red Hat, que si bien pertenece al movimiento, cobra razonablemente algunas de las aplicaciones.

Poco a poco, el movimiento se va pareciendo a una sociedad normal con precios por los intercambios, propiedad privada y la intervención de formas de control no estatales como las que advertía, y ante las que nos prevenía, Alberto Lafuente en Expansión hace varias semanas.

Esta historia es sin duda fascinante, pues pone en juego muchas de las convicciones que compartimos los economistas profesionales. Yo espero volver sobre ello; pero, de momento, me quedo con una reflexión pagana. Es el espíritu desbordado de la luz solar, la lógica de la abundancia, la que juega un papel importante, más allá de los incentivos destacados por la lógica de la escasez, en la creación de mercados y en la extensión de los mismos.

N.B.1. Lo que más me molesta de reintegrarme a la vida del economista-en-invierno, es que Carlos Rodríguez Braun creerá seguramente que este verano le he dado la razón sobre su idea de que el copyright sobre bienes inmateriales no es necesario y además crea una escasez artificial.
Espero que la lectura minuciosa de estos tres artículos que este mes de Agosto he dedicado a los aspectos de la gratuidad le convenzan de que el copyleft que paradójicamente él defiende no elimina la escasez sino que, de manera más general, sirve para extender el mercado y desaparece cuando ya no hay esa oportunidad.

N.B.2. Para terminar, y ahora que el sol se pone pronto y el atardecer refresca las neuronas, déjenme decir que este tejer de ideas entre Alberto, Carlos y yo, en este caso; pero, más en general, entre todos los que colaboran a la opinión de Expansión, es un ejemplo evidente de gratuidad.
Lo hacemos casi gratis, lo hacemos gratuitamente porque nos brota, y pretendemos ser gurus a base de proporcionar a los demás acceso libre a campos problemáticos interesantes. ¡No está mal!

Juan Urrutia

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