Economia en porciones

Economía en Porciones

Ideologías, una moraleja para economistas

Desde que hace muchos años Gonzalo Fernández de la Mora profetizó el crepúsculo de las ideologías, los acontecimientos parecen haberle dado la razón. El siglo XX ha sido testigo del derrumbe, cruento o por aburrimiento, de las ideologías más potentes que la Razón haya podido soñar: el nazismo y el comunismo.

Han sobrevivido ideologías que, quizá por ser menos ambiciosas en su racionalidad, han mostrado menos fragilidad y una mayor capacidad de adaptación. Pragmatismo, liberalismo, republicanismo, socialdemocracia, etcétera, no pueden entenderse como banderas de ejércitos enemigos sino como meros estandartes de enfrentamientos florales: cosas de intelectuales aburridos.

No parece que las ideologías potentes vayan a resucitar o que éstas otras, menos arrogantes, vayan a tener ninguna importancia práctica. Los problemas de convivencia humana se reducen a problemas económicos puramente técnicos: crecimiento, pobreza, déficit público o comercial, tipo de cambio, contagios financieros, regulación, política de la competencia, libertad de mercado, y tantas otras. La política, la noble actividad de la política, aparece a menudo como una mera forma alternativa de allegar rentas o de adquirir poder para allegar rentas.

Como los sueños de la Razón producen Auschwitz y el Gulag, bienvenida sea la desaparición de ideologías fuertes; pero su extinción súbita nos ha dejado expuestos a peligros que hay que detectar, entender y evitar. Si bien es muy cierto que las ideologías fuertes han servido como una coartada para hacer daño al prójimo sin mala conciencia, también es verdad que han constituido un freno a la agresividad fratricida que surge de la mayor fuerza del hermano, o de su superior habilidad para conseguir alimentos o gratificación sexual.

Si toda esa agresividad acumulada puede ser sublimada en conciencia de clase o en conciencia nacional, las batallas, aunque cruentas, son ya más anónimas y más ritualizadas, más disfrazadas de lucha de clases o de liberalización nacional y compatibles con una cierta fraternidad, nacional o de clase, con capacidad regenerativa.

Ni los arreglos técnico-económicos ni las ideologías débiles que hoy perviven sirven como amortiguadores de esta agresividad innata que acaba emergiendo y manifestándose de manera descarada en malas formas, antipatía mutua, discriminaciones injustificadas y acritud innecesaria, cosas todas ellas aparentemente inocuas; pero muy poco fraternas. Mucho mejores que Auschwitz o el Gulag; pero desesperantes.

Ahora que podíamos aspirar a la fraternidad de todos, sin mediaciones de clase, o de nación, nos desgarramos suavemente en crueldades varias. Creo que deberíamos y podemos aspirar a mucho más.

Evolución

Esta explicación del papel de las ideologías, propia de politicólogo aficionado, permite entender algo de la evolución de las propias ideologías y avala una moraleja para economistas. Vayamos primero con la evolución. Si proyectamos las ideas anteriores sobre los dos ejes ideológicos más conflictivos del último siglo nos damos cuenta de que lo que frena la violencia fratricida es el sentido de pertenencia, bien sea a una clase o a una nación, al precio, no sé si evitable, de excitar un grupo contra otro.

El comunismo favorecía el primer eje (clase) como la contradicción fundamental y el nazismo el segundo (nación); pero ambos ejes se refieren a una cuestión de identidad colectiva.

Pues bien, mi opinión arriesgada es que cuando uno de los ejes deja de actuar como campo de interacción entre dos colectivos identitarios identificados según ese eje concreto, los colectivos identitarios construidos a lo largo del otro eje concreto refuerzan su función como amortiguadores sociales de la agresividad. En particular, en cuanto ha desaparecido la distinción entre derechas e izquierdas se ha agrandado la contradicción entre nosotros los de aquí y vosotros los de allí.

Visto como economista se podría decir que a medida que se va enraizando la idea de que sólo el sistema de mercado puede canalizar eficazmente la interacción económica, el número de naciones-estado aumenta, y su tamaño disminuye, a pesar de las operaciones como la de la UE.

Terminaré con una moraleja para economistas. Si queremos colaborar con nuestro saber a mejorar la convivencia humana (y ¿a qué otra cosa más importante podríamos aspirar?) tenemos que reforzar frentes conceptuales desatendidos o poco transitados.

Hasta ahora, en efecto, nuestra manera de entender las relaciones económicas entre los seres humanos olvidaba sistemáticamente las ideologías fuertes como variables relevantes, de forma que el sustrato ideológico del proceder de la economía no era sino un vago liberalismo adobado con ciertas dosis de pragmatismo, de republicanismo o de solidaridad.

Esto por un lado; pero por otro los economistas no renunciábamos a la hipótesis de racionalidad entendida ésta como lo hacen las ideologías fuertes, como algo sin fisuras que no da entrada a esas pequeñas irracionalidades, disfrazadas de astucias de la razón, que tanto suavizan la convivencia.

Pues bien, el primer frente conceptual que yo creo que hay que reforzar debería poner en juego los límites de la razón y sus astucias, una vez que la exploración de las implicaciones de las hipótesis de racionalidad ilimitada da muestras de rendimientos decrecientes.

Un segundo frente problemático cuya exploración creo urgente se centraría en el asunto de la identidad, de la pertenencia, como hipótesis explicativa de muchos fenómenos económicos.

Estos dos frentes están ya siendo trabajados en los últimos años; pero su reforzamiento abriría perspectivas inusitadas a nuestra ciencia, refrescaría sus planteamientos y podría, creo yo, renovar el entusiasmo de los investigadores. De los que lo necesiten, ¡claro!

Juan Urrutia

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