
Economía en Porciones
Nada tan gratuito como la energía solar. Se nos ofrece sin pedir nada a cambio, constituye un perfecto despilfarro y no puede ser explicada por ningún principio de escasez.
Es imposible no sentir una especie de reverencia hacia este hecho sagrado en medio de un mes de agosto, con la piel ya curtida por el sol y la sal marina y con los ojos limpios de las telarañas de la racionalidad invernal. Incluso podemos llegar a sentirnos reorientados hacia nuestro verdadero norte porque quizá es cierto que, como dice George Battaille en su inclasificable La Parte Maudite: c'est ne pas la nécessité mais non contraire, le "lux", qui pose a la matiére vivante et a l'homme leur problémes fondamentaux. Con el sol detenido en un perpetuo mediodía es, en efecto, perfectamente razonable pensar que muchos de nuestros problemas fundamentales, de sus explicaciones más brillantes no provienen de la escasez sino del lujo, de la sobreabundancia de energía, y de cómo hacer para gastarla. Consideremos, por ejemplo, tres genuinos actos gratuitos, no explicables por la lógica de la escasez y su racionalidad funcional y que se constituyen en tres maneras de gastar la energía humana sometidas a otra lógica, quizá de la abundancia, y guiadas por una racionalidad expresiva indicativa de quién se quiere ser o a qué comunidad se quiere pertenecer. Pensemos en el lenguaje, en el potlach y en la frontera o colonización del oeste americano. Los tres tienen en común que conforman una fiesta de la sobreabundancia. Tomemos el potlach como un término genérico que engloba muchas prácticas diversas de tribus americanas descritas por los antropólogos y fijémonos en la que consistía en destruir ritual y colectivamente bienes producidos en común por el grupo. Algo de esto hay también en la facilidad con que el lenguaje rehace sintaxis, cambia contenidos semánticos y hace proliferar mil formas distintas en su pragmática. Es, como el potlach, algo colectivo que hacemos sin pensar, que procede a despilfarrar sin freno un montón de energía social. Finalmente, pensemos en el espíritu de la frontera: la colonización de territorios vírgenes se hacía también colectivamente, sin un plan preconcebido y mediante el despilfarro de vidas, haciendas y energía colectiva.
¿Qué interés pueden tener para un economista estos tres fenómenos sociales que he empaquetado juntos de manera tan arbitraria y gratuita. Hace quince días, tratando de hablar de una primera manifestación de la gratuidad, la que da origen a lo gratis, decía que la reducción de los costes de extender el mercado puede llegar a traer una extensión tan grande de éste que podría imaginarse la superación de la propiedad privada, del Estado y del propio mercado como instituciones propias de la lógica de la escasez, o tributarias de la necesidad, que ya no cumplen función alguna en una situación de sobreabundancia que se rige por una lógica distinta. Lo que hoy querría explicar es que en el pasado, cuando INTERNET no había reducido los costes de extender el mercado (tanto los físicos como los asociados a la adquisición de confianza) la extensión del mercado se tenía que hacer mediante lo gratuito. En efecto, extender el sistema de mercado significa tener acceso a nuevos territorios para poder producir más, y para más gente, bienes conocidos o nuevos bienes que las nuevas tierras permiten cultivar; pero significa también elaborar nuevo lenguaje que permite entender los nuevos bienes, o a los nuevos individuos que van a conformar el mercado más extendido, y significa, finalmente, ganarse la confianza de los nuevos individuos que acceden al intercambio de bienes. Pero esta extensión del mercado no puede hacerse simplemente a partir de una propiedad privada que, aunque regía en el mercado reducido que ahora queremos extender, ante los individuos que lo conformaban y bajo un Estado que la protegía, no se extiende todavía a los nuevos agentes económicos a los que el mercado accede. Extender el mercado no es pues un problema de mercado, es algo complicado que, en un principio, exige actos gratuitos, arriesgados, pues se adentra uno en territorio virgen en donde nadie va a garantizarme que puedo hacer mío lo que produzco o lo que compro.
Curiosamente, lenguaje, frontera y potlach llevan a cabo la labor epistémica del mercado, su inaudita capacidad de agregar información y reaccionar correctamente a ella, sin necesidad de la propiedad privada o del Estado que la protege. La colonización de la frontera da acceso a nuevos pastizales o a nuevas tierras de labranza, el lenguaje da acceso a nuevos significados que contribuyen a conformar una comunidad que se organiza alrededor de la destrucción colectiva de energía y se estructura jerárquicamente según la generosidad de los dones o de las autodestrucciones. Los incentivos asociados necesariamente a la propiedad privada no funcionan aquí; los contactos, transacciones y producciones que hay que hacer para extender el mercado se hacen de manera gratuita, por instinto en el caso del lenguaje, por espíritu de pionero en el caso de la frontera y por la atracción suicida de la autodestrucción en el caso del potlach. Y esta gratuidad no necesita protección de ningún Estado, no es algo que esté a la defensiva, es algo que ofende, que ataca, y contra lo cual siempre se encuentran resistencias.
Ahora bien, esta extensión del mercado conseguida por lo gratuito no es eterna. El lujo del espíritu de conquista de la frontera, o de la dilapidación de recursos, o del instinto del lenguaje, no es como el sol, no es eterno. Llega un momento en el que los costes de esa extensión se hacen cada vez mayores y en el que, para continuar con ella, hacen falta ya incentivos más tangibles asociados con la propiedad privada. Ya no destruyo mi propia riqueza para señalar mi poder, y mi espíritu de pionero no encuentra ya terreno donde ejercerse. Sólo subsiste el instinto del lenguaje que se utiliza ahora para reinventar la propiedad privada y el Estado. La escasez ha vuelto a enseñar sus feas orejas, y el espíritu colectivo y gratuito ya sólo subsiste en el lenguaje; el orden se ha vuelto a imponer.
Y héteme aquí que desde este análisis esotérico y alucinado de la gratuidad en su aspecto de lo gratuito, de lo despilfarrador, hemos aprendido, quizás, una lección. Si la globalización es un intento de extender el mercado más allá de lo que, dada la propiedad privada, permiten las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, no podemos esperar hacerlo con el mismo lenguaje, sin espíritu de hombres de la frontera o sin alardes de gasto para ganar autoridad y confianza. Y sin embargo estamos queriendo hacerlo así. No nos extrañe pues que los movimientos antiglobalización exijan nuevo lenguaje, combatan un falso pionerismo no participativo y escenifiquen la destrucción por la destrucción. Les motejamos de irracionales; pero quizá no estén dispuestos a comportarse con la racionalidad funcional propia de la necesidad y se muevan por una racionalidad expresiva y espectacular propia de la abundancia, del exceso de energía. Si estas elucubraciones mías, propias de espejismos debidos al calor y al sol implacable, fueran correctas, la confrontación con los movimientos antiglobalización sólo tendrá éxito cuando los globalizadores estén dispuestos a intercambiar y crear palabras, a trabajar colectivamente sobre nuevos terrenos y a responder a la violencia con una destrucción masiva de su propia riqueza. Cuando así se haga, el mercado se habrá extendido, la propiedad privada volverá a imponerse y un Estado más global surgirá para proteger el nuevo orden. Se me antoja que quemar etapas es inútil. Pero quizá todo este análisis no sea sino el delirio propio de una insolación. O quizá, ¿quién sabe?, el resultado de una lucidez sobrevenida por el olvido de las maneras profesionales y la adopción de maneras más primitivas adecuadas a esta luz cegadora de mitad de agosto.