Economia en porciones

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Racionalidad, diseño y Gran Hermano

Ante las espectaculares salidas del armario que felizmente contemplamos en los últimos tiempos me atrevo a confesar en público mi fascinación por el Gran Hermano en vivo y en directo durante noventa días, veinticuatro horas al día. Conozco el precio de estas osadías; los semicultos me tacharán de snob y los cultos sonreirán conmiserativos; pero yo no estoy dispuesto a seguir consumiéndome en el fuego frío de mi pasión, tengo que desentrañar el secreto de mi fascinación.

Nada tiene ésta que ver con puntos de inflexión en la producción televisiva (de la que no se nada), o con el presunto morbo de lo íntimo (del que soy inocente, creo) o con la experimentación sociológica (que me parece ausente). Lo que me ha tenido pegado a la pantalla durante horas seguidas, viendo apenas y oyendo mal, es que, pienso ahora, estaba siendo testigo del murmullo de la vida, algo así como la sopa primigenia. Nada hay en ese murmullo de inteligible; pero de él surgirá todo en un momento u otro. En cuanto alguien le ponga los puntos y las comas a esa letanía cansina, en cuanto ese conjunto dislocado de imágenes sea tratado por alguien que sepa seleccionarlas, cortarlas, montarlas y editarlas, emergerá el sentido. Las personas de mi generación están tan embebidas en la cultura de la música y de la imagen que seguramente se comprenderá que me haya asombrado al percibir el material previo sobre el que la creatividad humana imprime el sentido y la inteligibilidad mediante su manipulación y censura.

Pero una vez entrados en confidencias, confieso también que abomino del diseño. No hay en efecto nada más opuesto a ese murmullo de la vida que yo creo percibir en Gran Hermano que el diseño como fenómeno artesanal, industrial y sociológico. En el diseño no es que falten puntos y comas, montaje o edición, es que no hay más que estas cosas, el material previo se ha consumido, no queda nada de él. Si el Gran Hermano me fascina y me hipnotiza, el diseño me repele por inane, porque no me alimenta, porque no cuenta nada, porque no me reserva ninguna sorpresa. La palabra inglesa design tiene dos versiones posibles en castellano: diseño y designio. Y esta segunda acepción explica muy bien la hartura que me produce el diseño. Va a algún lado, quizá a facilitar la vida (es funcional), quizá a ser bonito (es estético) quizá a epatar (es sublime). No es algo errante que hoy aparece como algo, mañana como lo opuesto. No, más bien cristaliza para siempre en algo frágil que lleva la muerte en su seno. Si Gran Hermano es el murmullo de la vida, el diseño es el silencio de la muerte. Un mundo y una sociedad invadidos por el diseño no tiene porvenir.

Pero, cuidado, esta fascinación por la vida embrionaria y este horror a la muerte presentida ¿no serán un peligroso gusto por lo irracional? ¿No representará la última aventura virtual, y no muy arriesgada, de alguien que se ha adentrado por los vericuetos de las implicaciones de la hipótesis de la racionalidad funcional sin moverse de su silla? Un economista, en efecto, pretende explicarlo todo en base a dicha hipótesis y las normas artesanales de su oficio le llevan a aceptar ese programa de investigación sin criticarlo demasiado hasta que tenga, si llega a tenerlo, otro programa alternativo. A falta de este último y enfrentado a la impotencia ocasional del primero, el economista se encuentra a veces como un honrado padre de familia que, de Rodríguez en la ciudad, se apresta a echar una cana al aire: menos racionalidad y un gramo de locura.

Creo, sin embargo, que hay algo en todo esto que va más allá de la natural y necesaria descompresión. La racionalidad funcional no basta para explicarlo todo. Más en concreto parece imposible entender algunos fenómenos en base a la racionalidad funcional exclusivamente. Pensemos por ejemplo en la cooperación. Para explicarla hace falta algo más que racionalidad funcional. Por ejemplo la repetición de la situación que da pie a la adquisición de una reputación favorable. Uno da propina en los cafés habituales para que le recuerden y le traten bien la próxima vez, pero también la da, al menos a veces, en locales a los que no piensa volver nunca. Y este último fenómeno no puede explicarse por la racionalidad funcional. Esa propina no sirve para nada, es una pérdida neta y sin embargo la damos y no nos sentimos mal por ello.

Por poner otro ejemplo más próximo, el último de los concursantes de Gran Hermano que tenía que nominar hubiera podido perfectamente romper el pacto y deshacerse de su competidor más peligroso; pero ninguno lo ha hecho. Quizá porque temía ser tratado igual en el próximo turno de expulsiones; pero quizá también porque esa especie de cooperación de la que hace gala le hace sentirse bien. La moraleja está en que es posible que un pequeño toque de irracionalidad sea necesario para explicar muchos rasgos que observamos en el comportamiento de una sociedad.

Al final el sentido de las cosas no está sólo en su funcionalidad; el sentido de los textos no está solo en los puntos y comas, el sentido de unas imágenes no está dado solo por los movimientos de cámara o el montaje. Hay algo por debajo de estas modulaciones sin lo cual éstas no aportarían nada y serían meros manierismos que pueden llegar a astragarnos. Y ese algo que todo lo sostiene es el murmullo de la vida que tan bien nos ejemplifica el Gran Hermano.

Juan Urrutia

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