Economia en porciones

Economía en Porciones

El factor cultural

La rotunda victoria del Partido Popular en las elecciones generales de hace tres semanas ha sido interpretada por activa y por pasiva. En general, los analistas han destacado tres factores explicativos.

El más subrayado ha sido el factor político. Por un lado, el pacto de la izquierda habría movilizado al centro moderado y la derecha, al tiempo que desmovilizaba a los militantes de los dos partidos firmantes del pacto de izquierdas. Por otro lado, la contundente energía con la que el PP ha defendido la unidad del Estado contra nacionalismos varios habría atraído como él el voto de alguna izquierda incómoda con la tibieza del PSOE al respecto.

También se ha mencionado con bastante insistencia el factor económico. España está creciendo mucho, se ha creado empleo, los signos inflacionarios, aunque presentes, sólo asustan a los analistas de coyuntura, se ha creado una especie de capitalismo popular con millones de pequeños accionistas, se anuncian bajadas de impuestos y el horizonte parece estable y esperanzador. En España se había empezado a votar con el bolsillo más que con el corazón, y esto, a su vez, sería un signo de consolidación democrática.

Estos dos factores, el político y el económico, quizá sean suficientes para explicar el corrimiento hacia el centro derecha que ha experimentado el electorado español. Sin embargo, hay un tercer factor que, aunque mencionado, no ha sido destacado suficientemente y que, sin embargo, condiciona los otros dos. Se trata de lo que podríamos denominar el factor cultural. Los argumentos económicos y políticos no se esgrimen en el vacío, sino que están vehiculados por un lenguaje y una retórica que pueden responder o no al tono cultural del momento. Cuando el mensaje está arropado por un lenguaje en boga es mucho más fácil de captar.

Esta potencia de la retórica es bien conocida en el mundo de las ideas incluso las científicas y, desde luego, las económicas. Galileo no fue aceptado de primeras por la evidencia de sus argumentos - al fin y al cabo, los cráteres de la luna podrían ser pequeñas motas de polvo en la lente de su telescopio rudimentario - sino porque escribía en italiano en lugar de hacerlo en latín. Las ideas más revolucionarias de Keynes no habrían de detectarse hasta mucho después de su formulación, pero sus escritos periodísticos, en un lenguaje culto pero desenvuelto, y su extraordinaria voz en la BBC hicieron más por su aceptación popular y política que las glosas de los estudiosos coetáneos. A sensu contrario, las profundas ideas de Hayek sobre información no fueron ni siquiera escuchadas, posiblemente porque provenían de una tradición científica austriaca, oscurecida por el éxito de la inglesa, y porque su autor no ocupaba la cátedra adecuada en el momento adecuado. La retórica militante de Friedman hace de él un precente de la macroeconomía contemporánea mucho más significativo que lo que podría ser Lucas, debido precisamente a que éste no suena como un apóstol, aunque quizás - y sin quizás - haya articulado las ideas mejor que aquél.

Esta potencia de la retórica va más allá de las ideas económicas; pero los ejemplos mencionados me bastan para dar a entender que los argumentos económicos y políticos en sí mismos nunca explican totalmente su aceptación o rechazo y la aceptación o rechazo de quienes los emiten. Esto debiera ser especialmente claro para un partido como el PSOE que, desde hace ocho años al menos, viene descalificando los argumentos de IU por razones estrictamente culturales. En efecto, no es que muchas de las ideas de esta coalición resultaran extrañas al ideario socialdemócrata del PSOE; es que estaban expresadas por su coordinador general en un tono, y con un gesto, que desentonaban con el discurso ambiental.

No hacía falta refutarlas racional o empíricamente, bastaba sugerir que este coordinador general era de otro planeta, estaba trasnochado, no se había enterado de que el muro de Berlín había sido derribado y de que el consumismo ya no se llevaba. Pues bien, si el PSOE creía que este tratamiento era su aportación a la renovación de la izquierda, acaba de probar una buena dosis de su propia medicina. Sus ideas a favor de la equidad - que son las únicas que parecen diferenciar el centro izquierda del centro derecha - serían aceptables para muchos pero se expresan de manera caduca.

La educación, la sanidad, la vivienda o las pensiones están hoy mucho más relacionadas con un lenguaje propio del crecimiento económico, la eficiencia de los mercados y la calidad de los factores productivos o su movilidad, que con el lenguaje de la solidaridad o de la equidad. Esta última, la equidad, se conseguiría antes - piensa el discruso prevalente - liberando las fuerzas creativas que redistribuyendo lo que hay.
Y en cuanto a la solidaridad, no sería sino un sustituto caduco de esa genuina fraternidad que, en cuanto elimináramos la burocracia estatal que pretende articular aquélla, surgiría espontáneamente.

¿Sirven estos argumentos retóricos para explicar la posible eficacia electoral del discurso del PP a favor de la unidad del Estado? Hay que reconocer que el discurso de los nacionalismos periféricos ha potenciado mucho la fuerza retórica de la idea de España; pero es que, además, ese discurso ha resultado ineficaz.

En efecto, un discurso nacionalista vetusto basado en signos de identidad fuertes es fácilmente rechazable como peligroso; un discurso más al día, basado, por ejemplo, en la belleza de lo pequeño, o en la necesidad de raíces en un mundo globalizado, puede no ser rechazable, pero sí desechable como una broma sin importancia de sesentayocheros trasnochados o de románticos de nuevo cuño. La reclamación de autogobierno, la reivindicación de las competencias transferibles, la presión para modificar la financiación autonómica o la defensa de las instituciones propias - por no hablar de la independencia - han de encontrar, para ser escuchadas socialmente, un lenguaje a tono con el que se utiliza para vehicular las ideas, y la sensibilidad, posmodernas.

La importancia que, a mi juicio, tiene este factor cultural me lleva a anunciar, retóricamente claro, que la socialdemocracia y el nacionalismo han perdido la palabra. Recuperarla es una tarea que va más allá, es más compleja y sutil, que la renovación generacional - aunque ésta ayude a ponerse al día en todos los aspectos - o que la autocrítica interna y la reestructuración de los partidos. Y, sobre todo, es una cuestión que no se solventa volviéndose hacia adentro; sino haciendo justamente lo contrario, es decir, mirando hacia afuera, observando por dónde va el mundo en aspectos tan aparentemente irrelevantes como las artes plásticas, la literatura y la música.

Nacionalismo y socialdemocracia no pueden consolarse hoy cantando, como lo hacía el poeta comunista bilbaino Blas de Otero, que, pase lo que pase, nos queda la palabra. Lo que pasa, precisamente, es que esas fuerzas políticas han perdido la palabra. Que la recuperen, o que la construyan de nuevo, es algo que todo buen ciudadano debe desear fervientemente porque sin su voz la política española puede perder mesura. Y sin mesura todo es mucho más arisco, árido, pobre y triste.

Juan Urrutia

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