
Economía en Porciones
El fallo de seguridad manifestado por los atentados del 11 de septiembre y la nueva regulación española de los servicios de inteligencia dan que pensar en cuáles son las pautas a seguir.
De acuerdo con informaciones periodísticas generales existe un anteproyecto de ley del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), un organismo que sustituirá y pondrá al día el maltrecho CSID (Centro Superior de Información de la Defensa).
El momento en que esta iniciativa legislativa inicia su andadura no podría ser más oportuno ya que el ataque terrorista del 11 de septiembre sobre el Pentágono y las Torres Gemelas de New York ha puesto en solfa los sistemas de inteligencia americanos (y, de paso, todos los demás) y ha sacado a la superficie el valor de la seguridad que, aunque soterrado, nunca ha dejado de estar vigente en los países de Occidente.
A pesar de la oportunidad del momento, los comentarios generales que se han hecho sobre seguridad e inteligencia han girado sólo sobre la posible injerencia de las correspondientes reformas legislativas en las libertades individuales, planteando un compromiso, o necesidad de elección, entre seguridad y libertad.
No cabe la menor duda de que éste es un asunto esencial para la convivencia ciudadana, y que todos hemos de preguntarnos si estamos dispuestos a dejarnos pinchar el teléfono, ser retenidos en comisaría o permitir la patada en nuestras puertas en aras de un sentimiento de mayor seguridad y de una protección más efectiva de nuestra vida y de nuestra propiedad.
Diferentes ciudadanos tendrán diferentes combinaciones óptimas de libertad y seguridad y, al final, el votante mediano decidirá cuál de esas combinaciones se impone socialmente. Pero, cualquiera que ésta sea, todavía confrontaremos el reto de hacer más eficaz la protección que se nos ofrece mediante la sabia aplicación de la inteligencia.
A esto último me quiero referir en lo que sigue, a explorar algunas características que, en mi opinión, debería tener un buen sistema de inteligencia. El punto de partida es el comentario que hace unos días me hizo mi ex espía favorito. Comentando el fallo de inteligencia que el éxito del ataque terrorista implica, trataba mi amigo de hacerme ver que lo que había ocurrido evidenciaba un exceso de confianza generado, seguramente, por la riqueza y la complejidad del conjunto de medidas que se tienen preparadas para repeler el tipo de ataque previsto.
Este último es fácil de repeler con la red de seguridad existente; el problema es que el ataque sea de una naturaleza no prevista. Se estaba pensando en un ataque con misiles desde el exterior y lo que llegó fue un ataque suicida con aviones comerciales desde aeropuertos interiores, una eventualidad en la que no se había pensado.
Lo que la seguridad americana debería hacer era, concluía mi amigo, nombrar a juanurrutias como colaboradores en las tareas de inteligencia a fin de que ayudaran a vislumbrar escenarios raros desde su desconocimiento del oficio, ya que es probable que sea precisamente un exceso de oficio lo que esté en el origen de la poca imaginación y de la inercia intelectual mostradas.
Mi reacción ante una sugerencia de esa naturaleza fue doble. En primer lugar sentí un estremecimiento al pensarme, siquiera fuere por un segundo, como espía. Supongo que, como a muchos otros, el mundo del espionaje se me aparece como peligroso y no muy honrado.
Con todo respeto a quienes dedican su vida a velar por nuestra seguridad, tengo que confesar que, en ese mundo, ni siquiera un espía como el buenazo del Smiley de John Le Carré sabe muy bien para quién trabaja o si sus esfuerzos están siendo manipulados a favor de algún objetivo oculto y posiblemente imposible de sacar a la luz.
Pero inmediatamente fui presa de una especie de iluminación que me reveló, en segundo lugar, que el fallo de inteligencia mostrado por la CIA era un ejemplo más de algo que a los economistas les importa bastante últimamente, un sesgo cognitivo que, en muy diversas circunstancias, ha sido puesto de manifiesto por la reciente sicología empírica, especialmente por Tverski y Kahneman.
Que sesgos cognitivos específicos y bien definidos les interesen a los economistas no debe extrañar a nadie puesto que la economía está basada en el comportamiento de los agentes individuales y siempre se ha solicitado que este comportamiento sea modelado con un poco más de complejidad que la que muestra el supuesto de maximización propio de un concepto funcional de la racionalidad.
Ésta ha sido desde hace cuarenta años la posición del premio Nobel Herbert Simon y Daniel McFadden (también Nobel) cita entre las personas que más han influido en su desarrollo intelectual, y en su trabajo específico sobre la modelización econométrica del comportamiento individual, precisamente a los dos sicólogos que acabo de mencionar afirmando que solamente la muerte prematura de Tverski justifica que no se haya llevado él ese galardón.
De hecho, su influencia ha sido enorme en el campo financiero y a cualquiera se le ocurren aplicaciones inmediatas en muchos otros campos. Hace un mes, yo mismo trataba de explicar en estas páginas las consecuencias que sobre el análisis bursátil podría traer una figura específica de este sesgo cognitivo conocida como efecto marco que hace que sólo observemos aquello que previamente encaja en nuestro marco de pensamiento.
Hace ya más tiempo traté de usar esas consecuencias para defender el posible realismo de la retórica como metodología económica y no es difícil imaginar su aplicabilidad al descubrimiento científico (o más bien a la discusión entre diversas explicaciones teóricas de un mismo fenómeno empíricamente observado) o, finalmente, a la necesidad de consejeros independientes en la configuración óptima del órgano de gobierno de las empresas.
La clave de esta aplicabilidad general del efecto marco es que da cuenta de algunas características típicas del comportamiento humano. El marco de referencia en el que pensamos condiciona nuestro pensamiento generando (i) exceso de confianza en las hipótesis que encajan en ese marco, (ii) posibilidades obvias de estar equivocado y de (iii) no llegar a saberlo por mucha evidencia empírica que acumulemos.
Reconocer que los seres humanos estamos sujetos a este efecto marco lleva a reconsiderar muchas de nuestras convicciones, entre ellas, y por ejemplo, que la retórica está reñida con el realismo, que la experimentación puede descubrir la verdad científica, que los analistas aciertan o que la independencia de los consejeros se defina en relación con el ejecutivo y no por su acercamiento ingenuo al negocio.
Todos estos casos ponen de manifiesto la necesidad de un pensamiento fresco y no sesgado por la utilización de un marco de referencia apriorístico.
Pues bien, esto es exactamente lo que hace falta en el mundo de la inteligencia en general y, en particular, en la nueva ley que va a regular el Centro Nacional de Inteligencia: la atención sistemática a las opiniones de gentes que, habiendo mostrado su capacidad conceptualizadora en cualquier campo, son llamadas a ofrecerla sobre posibles escenarios conflictivos en ese mundo de la seguridad en el que nunca han pensado directa y específicamente.
Cada una de estas personas tendrá su propio sesgo cognitivo, su propio marco de referencia; pero son varias, distintas e inexpertas en inteligencia y seguridad, de forma que sus ingenuidades acumuladas pueden hacer ver a los expertos peligros que no hubieran imaginado a partir de su propio sesgo cognitivo idéntico para todos.
Si el legislador tomara en cuenta esta sugerencia no sólo mejoraría nuestra seguridad sino que, además, conseguiría otro éxito social. Conseguiría que, a la vista del posible elenco público de asesores, personas como yo no sintiéramos un escalofrío de temor ante la posibilidad de incorporarnos a él y, que, en consecuencia, aumentara la apreciación ciudadana de quienes nos proporcionan seguridad.
Quizá en un futuro un experimento así diera ocasión a que nuestros hijos, en
lugar de darnos un susto, nos sorprendan agradablemente cuando nos espeten:
¡papá, quiero ser espía!