
Economía en Porciones
¿Irlanda o Menorca? He ahí una cuestión difícil de dilucidar para una familia como la mía cuando se tratar de disfrutar las obligadas vacaciones de verano. El verano es para ser otro y yo quería recuperar mi faceta John Ford; pero como no tendré más remedio que conformarme con seguir elucubrando, con el cerebro reblandecido por el sol de Menorca, sobre alguna esperanza infantil propia de otro de mis yoes, hoy voy a traer a colación a mi querida Irlanda como compensación a mi frustrado veraneo.
Pero no se apuren, no diré nada sobre el proceso de paz del Ulster; me limitaré a hablar de Eire, de la reprimenda que recibió por parte de Ecofin hace cinco meses, del no al Tratado de Niza y de la comparación que el CEPR hace entre ella y España en el último cuadernillo dedicado a Monitoring the European Central Bank (MECB 3).
Eire es un país tan pequeño y tan poco pegado al poder de la UE que no nos fijamos mucho en él. Y sin embargo es notable el comportamiento de su sistema económico propiciado, sobre todo, por la inversión directa de EEUU, por las subvenciones de la UE, por la libertad financiera y por sus inversiones en educación e investigación.
Los datos básicos son como siguen. El crecimiento medio de los últimos cuatro años roza el 10% y su productividad ha aumentado a una tasa que sobrepasa el 4%. Esto ha disminuido el desempleo hasta más abajo del 4%, ha creado un superávit fiscal que alcanzará este año el 6% del PIB y ha reducido la ratio deuda/PIB hasta el 27%; pero también ha generado una inflación que, en este año, puede llegar a sobrepasar el 6%.
A pesar de este último dato, y gracias al incremento en productividad, el país ha continuado exportando hasta el 78% de su PIB de forma que tiene un superávit por cuenta corriente. Todo esto al precio de haber generado un déficit notable en infraestructuras como el ferrocarril, las carreteras o la vivienda.
A la vista de estas deficiencias infraestructurales, que podrían poner en peligro la sostenibilidad de su crecimiento, el ministro correspondiente preparó un presupuesto para el 2001 que, para paliarlas, proponía bajar los impuestos y reducir el superávit fiscal.
Ambas cosas se podían hacer simultáneamente, sin gran peligro para la inflación y sin violación alguna de las pautas fiscales establecidas en el Pacto de Estabilidad, gracias al superávit fiscal acumulado que entonces alcanzaba el 4,7% del PIB. Y, sin embargo, recibió una reprimenda pública por parte del Ecofin el 12 de febrero de este año. Los editoriales de los periódicos y la mayoría de los comentaristas rechazaron esta reprimenda.
Recuerdo que en Expansión Carlos Rodríguez Braun y Alfonso Carbajo reaccionaron con la agilidad que les caracteriza. El primero decretó que lo único que había que hacer con los irlandeses era imitarlos y el segundo aprovechó la ocasión para recordar la artificialidad de las condiciones de Maastricht y la asimetría que se utilizó para exigir su cumplimiento.
A pesar de que ya hace tiempo de esta historia de la reprimenda a Eire me gustaría destacar algunas lecciones que tienden a olvidarse y que sin embargo son importantes.
La primera es que las condiciones de Maastricht no son ni necesarias ni suficientes para la creación de una moneda única. Ni Eire ni España cumplen hoy la condición relativa a la inflación y, sin embargo, ambos países pertenecen a la zona del euro.
La segunda, que no soy consciente haya sido destacada, es que el Pacto de Estabilidad, al amparo del cual se amonesta a Eire, está mal diseñado como mecanismo. Si el déficit fiscal sobrepasara el 3%, se multaría al país, lo que, por un lado, empeoraría la situación y, por otro, no reprimiría al país que necesita violar el Pacto su situación coyuntural.
La tercera lección es que tratar de ganarse el derecho de amonestar a quien lo merezca a base de poner en entredicho a quien no lo merece pero no tiene poder (Eire) es una malísima forma de ganar la credibilidad necesaria para el buen manejo macroeconómico europeo, un error más a añadir a la sacralización de las condiciones de Maastricht o al mal diseño del Pacto de Estabilidad.
La cuarta lección es que esta inoportuna reprimenda a Eire ha podido contribuir al no al Tratado de Niza. Posiblemente lo crucial haya sido el miedo a que la ampliación reduzca las ayudas comunitarias que están en el origen del milagro económico de los noventa; pero yo no descartaría la reacción airada de un pueblo orgulloso, inteligente y pendenciero. Hay que mirar con quien se juega.
Sin embargo, la lección más importante está por dilucidar. ¿Deberíamos en España imitar la estrategia irlandesa? En mi opinión, la respuesta debería ser negativa porque, a diferencia de Eire, aquí no hemos incrementado significativamente la productividad. Esto, que ya estaba claro para quien quisiera verlo en el informe del CEPR del año pasado (MECB 2), aparece de manera explícita y paradigmática en el capítulo 3 de MECB 3 recientemente presentado.
España es, aparentemente, como una Irlanda aunque menos extremista y quizá menos genial. Ambos países exhiben un crecimiento y una inflación claramente por encima de la media de la zona euro; ambos financian con holgura la suma de los déficit fiscal y exterior y ambos han reducido significativamente el desempleo. Pero mientras la productividad de España apenas crece, el crecimiento de la irlandesa es espectacular. Esto, a su vez, indica, según el MECB 3, que la inflación tiene una distinta naturaleza en uno y otro país. La irlandesa es de la buena (¡por fin alguien se atreve a decir que hay inflación aceptable!).
Las enormes ganancias en productividad han hecho de Eire un país tan competitivo que la demanda exterior ha empujado la demanda agregada por encima del output potencial, de forma que la inflación que se produce es la única forma de reducir la competitividad exterior en un área con moneda única. Se reducirá en cuanto la bajada de algunos impuestos adecuados y la mejora de infraestructuras permitan aumentar el output potencial.
La inflación española no es de la buena, siempre según el MECB 3. Está generada, no por la demanda exterior, sino por la interior; no es que nuestra productividad nos haga competitivos y vendamos mucho en el exterior, es, más bien, que la demanda interior está desbocada y, en estas condiciones, lo recomendable no es bajar impuestos sino, quizás, lo contrario.
Para recuperar la senda del output potencial y hacer del crecimiento algo sostenible no hay que aumentar aquél, potenciando el trabajo mediante rebajas de impuestos que lo penalizan o mejorando las infraestructuras; lo que toca es una política fiscal más restrictiva que frene la demanda interior.
Hubiera sido interesante pasar las próximas vacaciones en Irlanda, experimentar la euforia de una renta per cápita que sobrepasa la de Alemania y bucear en sus causas. La liberalización, especialmente financiera, la atracción correspondiente de la inversión directa y extranjera, la apuesta por la educación, la investigación y las nuevas tecnologías, así como la apertura exterior son cosas a imitar y que, a buen seguro, habrán potenciado la diligencia de los irlandeses y habrán remozado sus atractivas costumbres aunque sin enterrarlas del todo, espero.
Pero estaré en Menorca contribuyendo, no a la mejora del output potencial, sino a esa demanda agregada cuyo nivel excesivo debería preocuparnos y hacernos reflexionar sobre la orientación presupuestaria a la vuelta de vacaciones. Para no sentirme culpable prometo hacer una dieta rigurosa y no probar la ginebra local, ni siquiera en forma de pomada.