Economia en porciones

Economía en Porciones

Economista joven, economista viejo

Uno se hace un cascarrabias con la edad.
De acuerdo, se trata de un defecto que se debiera tratar de eliminar; pero es muy difícil mantener la calma cuando la irritación proviene precisamente de la constatación de que los jóvenes creen haber descubierto el Mediterráneo o, simplemente, se olvidan de que alguien les precedió en el descubrimiento, la intuición o la idea.

En el discusion paper N.o 2.877 del CEPR, correspondiente a julio de este año y titulado Inequality and Hapiness: are Europeans and Americans different? Alesina, Di Tella y McCulloch (Alesina et al.) tratan de explicar por qué el efecto de la desigualdad sobre la felicidad es negativo, grande y significativo en Europa pero no en EEUU.

Ahora glosaré sus explicaciones alternativas, pero si la lectura de ese trabajo me ha irritado es porque en la bibliografía no se cita el libro de Scitovski, The Joyless Economy, publicado en 1976 por Oxford University Press, en el que trata de contrastar los modos de vida europeo y americano. Veinticinco años son quizá muchos como para explorar referencias en una ciencia (o lo que sea) que evoluciona con rapidez; pero es que Scitovski pertenece a mi época de estudiante y no recordarle es equivalente a hacerme sentir de sobra. Para calmar mi ira y vengarme de la invasión de los jóvenes pretendo, además de comentar lo que han descubierto Alesina y sus colegas, recordar brevemente puntos cruciales del libro de Scitovski y utilizar estos últimos para enmendar suavemente la plana a los primeros.

Alesina et al. afirman que su trabajo está a caballo entre la exploración de los determinantes de la felicidad y el examen de los determinantes de la movilidad social. Basándose en la combinación de dos encuestas, una americana y otra europea, acerca de la felicidad encuentran la siguiente evidencia.

Excepto para los ricos y de izquierdas (que son como europeos), la desigualdad en la distribución de la renta no afecta a la felicidad de los americanos y, excepto para los ricos y de derechas (que son como americanos) la desigualdad afecta mucho a la felicidad de los europeos.

Si nos olvidamos de las excepciones, estadísticamente poco significativas, y hacemos abstracción de ciertos detalles técnicos, diríamos que los americanos no tienen corazón, al menos en comparación con los europeos.

Pero, en realidad, y tal como nos lo hacen Alesina et al. puede haber una explicación alternativa mejor consistente en reconocer que en América hay una mayor movilidad social, de forma que uno puede luchar individualmente contra su posible pobreza con mayor probabilidad de éxito que en Europa.

Si no fueran tan jóvenes podrían haber añadido que la movilidad social americana genera creatividad, ésta incrementa su productividad y el crecimiento y éste genera desigualdad tal como sabíamos por la curva de Kuznets (otro viejo economista).

Esta lectura contrasta con la impresión que un día me dejó el libro de Scitovski en cuya segunda parte contrasta el modo de vida americano con el europeo a través del análisis del consumo cultural. A los americanos les interesaría el confort y a los europeos el placer.

El confort es como un bien negativo que sirve realmente para evitar cualquier roce con la realidad mientras que, para encontrar el placer, uno tiene que pagar el precio de un pequeño roce estimulante. El confort procura evitar las sorpresas mientras que el placer está muy relacionado con lo inesperado.

La rutina y la homogeneización harían feliz a un americano mientras que las innovaciones y las diferencias proporcionarían placer a un europeo. El arte del que gustan los americanos sería un arte provinciano mientras que las vanguardias sí que serían apreciadas en Europa.

A primera vista parece que hay una contradicción entre ambas aproximaciones al Volkgeist de América y Europa. En efecto, si uno ha leído a Scitovski tendería a pensar, antes de analizar la encuesta sobre determinantes de la felicidad, que a los americanos, con su vida poco abierta a la aventura, les gustaría la igualdad mucho más que a los europeos.

Sin embargo, hay una manera de reconciliar las opiniones, aparentemente divergentes, del viejo Scitovski y de los jóvenes economistas centrados alrededor de Alesina. Se trata básicamente de entender que la mayor igualdad en la distribución de la renta proporciona mejores oportunidades para convertir el confort en placer. Pensémoslo.

Primero, una misma calidad de la descripción de la distribución de la renta se logra con menos grupos cuanto más igualitaria es esa distribución (en el límite, una sociedad perfectamente igualitaria se describe como un solo grupo, y una sociedad perfectamente desigual se describe con tantos grupos como individuos).

Segundo, es muy poco probable que nos dejemos influir por ideas que provienen de individuos pertenecientes a otros grupos ya que apenas nos rozamos con ellos. Como las novedades que proporcionan placer a los snobs europeos provienen del contacto con otros a través del arte de la conversación, parece claro que, en tercer lugar, cuanta mayor igualdad, más novedades, más placer y, finalmente más felicidad.

Este tipo de argumentos explica también, claro está, por qué los americanos preferirían la desigualdad ya que cuanto menos contactos tengan con los demás menos ponen en juego sus propias convicciones y más protegidos están contra los ataques a sus costumbres; es decir, mayor es su confort.

Esta explicación que acabo de sugerir tiene implicaciones para la creatividad y el desarrollo a las que no se refiere al trabajo de Alesina et al. La menor movilidad social europea hace que uno no tenga gran esperanza en mejorar su suerte mediante el esfuerzo individual y que, al no intentarlo, la creatividad sea menor en Europa; pero se trataría de una creatividad orientada a la consecución del confort y no de la dirigida a la consecución del placer.

Para cerrar el círculo me atrevería a decir con Scitovski que el confort es un objeto de producción y el placer un objeto de consumo y que, de esta manera, contrariamente a la caricatura generalizada, Europa está mucho más orientada al consumo, pero un consumo que va más allá del mero reponer fuerzas y del sentirse seguro a través de la contemplación de un frigorífico atiborrado de víveres estandarizados.

Esta perplejidad producida por el contraste entre mis lecturas juveniles y mis lecturas maduras me lleva finalmente a preguntarme si mi intento de reconciliación tiene implicaciones para la estrategia del crecimiento. Kuznets explica la mayor desigualdad que se genera a medida que el desarrollo despega mediante la constatación de que la gente movible se dirige desde sectores donde la productividad de la mano de obra es menor a sectores donde ésta es mayor.

Pero Kuznets también arguyó que la misma movilidad hace que, en los últimos estadios del desarrollo, los salarios se igualen y la desigualdad se reduzca. Esta opinión puede ser testada también en este caso puesto que implica que, dentro de EEUU, debería haber una mayor igualdad en los Estados más antiguamente desarrollados y que, en éstos, el consumo deberá ser más sofisticado.

Pero, ¿qué significaría que Nueva Inglaterra fuera más europea que Arkansas a efectos de su futuro desarrollo? Pues yo creo que significa que Nueva Inglaterra está mejor preparada para absorber innovaciones tecnológicas más sofisticadas y que, en la medida en que el desarrollo futuro va por ahí, Boston puede volver a convertirse en punta de lanza del crecimiento. Ésta es también la esperanza de Europa.

Dicho todo esto me siento mucho mejor. He cumplido mi destino de viejo economista cascarrabias, pues creo haber comunicado a los jóvenes que no hay que olvidar a los precedentes como Scitovski y Kuznets y que hacerlo infantiliza. Como rezaba el frontispicio de la biblioteca de la Universidad donde aprendí algo de economía allí por la época de Scitovski, quien sólo conoce su propia generación será siempre un niño (who knows only his own generation remains always a child).

Juan Urrutia

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