Economia en porciones

Economía en Porciones

La economía de la información y el Premio Nobel

El Premio Nobel de Economía concedido este año a Akerlof, Spence y Stiglitz ha pasado casi desapercibido en los medios de comunicación. Aparte del más reciente artículo de X. Vives en Expansión, cuyo contenido se solapa claramente con lo que yo quiero decir hoy, sólo he detectado dos artículos en Expansión (de M. J. San Segundo y de J. A. Garde) y otros dos en El País (ambos firmados por J. Estefanía).

Los tres autores coinciden en que Stiglitz hubiera merecido ganar el premio en solitario aunque difieren en las razones que avalarían esa opinión. San Segundo (ex - alumna de Stiglitz en Princeton) subraya que se ha premiado más unas ideas seminales que una trayectoria ya que la de Stiglitz ha sido más productiva que la de sus compañeros de premio.

Garde y Estefanía quieren hacer pesar que Stiglitz, quizá como último Keynesiano, ha sabido resistir la corriente neoliberal que pretende satanizar la intervención estatal y simplificar excesivamente y sesgar las recetas para el desarrollo. Lo que yo me propongo en este artículo es exponer con un poco más de extensión lo que ya apuntó San Segundo y ha apuntalado Vives y matizar las opiniones de Estefanía y Garde.

Uno de los premiados, Stiglitz, ofrece el siguiente resumen de lo que es la economía de la información. La ruptura con el pasado más importante en el campo de la Economía, una que abre vastas áreas de trabajo a abordar, se encuentra quizás en la economía de la información.

Ahora se reconoce que la información es imperfecta, que obtener información puede ser costoso, que hay importantes asimetrías en la información y que el tamaño de esas asimetrías de la información puede ser afectado por las acciones de las empresas y de los individuos.

Este reconocimiento afecta profundamente la comprensión de la sabiduría heredada del pasado, como era los teoremas fundamentales del bienestar o la caracterización básica de una economía de mercado, y proporciona explicaciones de fenómenos económicos y sociales que serían difíciles de mantener de otra manera.

En el artículo del que acabo de traducir el resumen (Q.J.E., Noviembre, 2000) Stiglitz ofrece una bibliografía exhaustiva en la que Akerlof merece tres entradas, Spence una sola y él mismo nueve como autor único, una como primer firmante y veintiséis como segundo o tercer firmante en estricto orden alfabético. Como Stiglitz y el Q.J.E. son académicamente correctos ahí tenemos la prueba de que el premio Nobel de este año no ha premiado una trayectoria, ni tan siquiera el conjunto de la aportación a un área; sino tres ideas seminales que están en el origen próximo de la revolución.

Akerlof es a este respecto el precursor porque ya en 1970 escribió en el Q.J.E. un famoso artículo sobre el Market for Lemons en el que muestra cómo cuando la información del vendedor sobre las cualidades de un bien es mejor que la que puede tener el comprador, tal como ocurre en un mercado de coches usados en los que no hay intermediarios, éste último, el comprador, pagará sólo el precio correspondiente a la calidad media, un precio que no satisface a los vendedores que ofrecen un vehículo de buena calidad.

De ahí que en el mercado no haya coches de buena calidad y que ese mercado colapse o no llegue a existir en ausencia de intermediarios y tasadores profesionales. Spence explotó su tesis doctoral en un libro que fue para mí un objeto de culto que atesoré hasta que tuve que devolverlo a su dueño.

En él nos deslumbró mostrando cómo hay decisiones e instituciones que pueden entenderse como una forma de sobrepasar las dificultades que impone la información asimétrica. La educación formal que adquiero puede considerarse como una forma de señalar mi alta productividad ante el empleador que, de otra manera, no podría distinguirme de otras personas menso productivas.

Stiglitz por su parte en 1972 (en el Q.J.E. una vez más) exploró las dificultades del funcionamiento eficaz del mercado de valores cuando no es completo. Pero es en el año 1974 cuando publicó su artículo sobre el contrato de aparcería (esta vez en la REStud), la tercera pata de la revolución de la economía de la información.

A partir de ahí, Stiglitz desarrolla él solo prácticamente todo el campo de la economía de la información tocando todos los aspectos hoy reconocidos como relevantes y subrayando la ruptura con el paradigma anterior.

Entre sus muchísimos trabajos, yo destacaría dos que a mí me han sido especialmente iluminadores. Es primero es el que escribió con Grossman en la AER en 1980, en el que destacan y explican la paradoja que representa la recogida de la información en una Bolsa que se supone informacionalmente eficiente, es decir, que revela toda la información.

El segundo es un trabajo que junto con Weiss publicó en el AER en 1981, en el que muestran cómo con asimetría de información es perfectamente explicable que un banco racione el crédito (la cantidad) en lugar de ajustar el interés (precio) al alza, algo insólito, incluso en el 81, para quien hubiera estudiado con cuidado el funcionamiento del sistema de mercado antes de la revolución.

Además, y con independencia de muchas otras aplicaciones entre las que destacan las realizadas con Rothschild sobre el mercado de seguros, ha mostrado profusamente cómo la introducción de problemas de información en el análisis económico acaba poniendo en evidencia los fundamentos mismos, desde la existencia del equilibrio a sus propiedades de eficiencia pasando por la separación entre esa eficiencia y la distribución.

Con lo dicho hasta aquí me parece evidente que San Segundo, Garde y Estefanía tienen razón al quejarse de que Stiglitz no haya recibido el premio en solitario. Yo también me quejo; pero me consuelo pensando que es posible que Stiglitz pueda recibir un segundo premio Nobel si algún día se vuelve a dar la costumbre de premiar una trayectoria, pues no sólo ha contribuido a la economía de la información, sino a otros muchos campos.

Es, como dijo San Segundo, el último economista no especializado, y yo les aseguro que hoy, en Economía, no ser especializado y no ser un mero diletante, es una señal de genialidad.

Mis colegas más exquisitos y especializados resienten el relativo informalismo de los trabajos de Stiglitz pero yo pienso que cuando las ideas nuevas se agolpan, no hay tiempo para exquisiteces. Stiglitz, en efecto, ha tenido muchas ideas nuevas e iluminadoras en muchos campos, incluidos el de la Economía Pública y el del Desarrollo Económico.

Nos hace ver que, en estos dos campos, tampoco hay recetas fáciles ni caricaturas que no distorsionen el original. Sus ideas sobre el papel del Estado no son tan antineoliberales como quisieran Estefanía y Garde. Entiende lo que el liberalismo dice y sabe separar el grano de la paja: sus ideas detectan nuevos fallos de mercado; pero no es evidente que reclame la intervención del Estado para repararlos.

Sus ideas sobre el desarrollo económico no son tan críticas con la sabiduría convencional del FMI o el BM como quisiera Estefanía; básicamente Stiglitz es un ortodoxo, y reivindicarlo como keynesiano es una simplificación excesiva máxime cuando el trabajo de Hayek es un claro precedente de la revolución al que Stiglitz no deja de prestar tributo.

Es cierto que con sus ideas se explican muchas rigideces que se asocian al nombre de Keynes, relativas tanto al mercado de trabajo como al financiero; pero de ahí a pensar que ignora el peligro de déficits presupuestarios excesivos o que no le importa el tamaño del Estado o los efectos distorsionadores de los impuestos va un trecho intransitable.

Porque entiende las ineficacias del Estado es por lo que reacciona virulentamente contra la inercia del FMI o del BM; pero no sería sensato alinearlo en el bando de los intervencionistas, aunque haya detectado muchos y nuevos fallos de mercado.

Sí creo, sin embargo, que Keynes le hubiera ensalzado como figura ejemplar de economista, académicamente brillante y lúcido, técnicamente correcto, buen conocedor de la realidad, capaz de salvar situaciones concretas, generador de proyectos y hombre de acción en la administración nacional o internacional y, ¿por qué no? en la empresa privada. Sólo le faltaría ser un dandy, pero ahí me temo que no hay nada que hacer: ni siquiera Stiglitz es perfecto.