
Economía en Porciones
De vez en cuando hay que caer en la tentación de escribir de macroeconomía a pesar de que, a mi juicio, ésta forma ya parte de la cultura general y no necesita el revulsivo de una opinión económica, más o menos técnica, de la que otras áreas económicas, menos conocidas y de carácter microeconómico, sí que pueden beneficiarse.
Los periódicos del viernes 27 del pasado mes de abril me ofrecieron una ocasión excepcional para volver sobre un tema macroeconómico bien conocido. El día anterior, el Banco Central Europeo (BCE) había decidido mantener el tipo de interés de intervención al 4,75 % y el Fondo Monetario Internacional había aprovechado la presentación de su World Economy Outlook para sugerir, por boca de Michael Mussa, que el BCE debería recortar ese tipo de referencia.
Ante esta situación el editorial del Financial Times acusaba al BCE de estar sometido a un síndrome de estado de sitio y le recomendaba que cediera a las presiones mientras que el de Expansión afirmaba que la razón está básicamente del lado del BCE.Por supuesto que ambos editoriales argumentaban convincentemente; pero la contradicción es demasiado flagrante como para no tratar de intervenir en el debate con argumentos distintos y yo creo que más profundos e intemporales que los que se suelen esgrimir en estos asuntos, máxime cuando en el día de hoy, 10 de mayo, cabe que el BCE reconsidere su postura.
Sabemos muy bien, porque ha sido un tema discutido profusamente en los últimos años, que la independencia de un banco central estatutariamente antiinflacionario es una forma expeditiva de eliminar el sesgo inflacionario que se produce en una economía en la que el Gobierno, por razones políticas, cae siempre en la tentación de inflarla para reducir el salario real e incrementar el empleo.
El problema con esta forma institucional de atajar la inflación es que el banco central tiene que tener la credibilidad de la que adolece el Gobierno. De ahí la necesidad de una independencia real, incluso presupuestaria, de los bancos centrales y de la obligación que se impuso a todos los países de la UE de garantizarla a imagen y semejanza del Bundesbank.
Hasta Inglaterra tuvo que capitular y rehacer los estatutos del benemérito Banco de Inglaterra. El verdadero problema reputacional se planteó cuando las competencias de política monetaria de algunos bancos centrales pasaron al BCE, una institución de nuevo cuño, que no podía heredar sin más la enorme reputación antiinflacionaria del Bundesbank.
Pues bien, este verdadero problema reputacional es más sutil de lo que parece.
Primero, cuando un banco central determinado, digamos el Bundesbank, ha acumulado una gran reputación antiiflacionaria puede permitirse el lujo de atender a otros objetivos secundarios además de no relajar la vigilancia de la tasa de inflación o del crecimiento monetario. De hecho, muchos bancos centrales, desde la Reserva Federal hasta el propio Bundesbank, han actuado de esa manera, menos fanática de lo esperado, siguiendo la regla de Taylor que refleja que, digan lo que digan, atienden, no sólo a las desviaciones de la inflación respecto al objetivo fijado, sino también a las desviaciones de la actividad real respecto a su senda potencial.
Segundo, un banco central nuevo como el BCE no puede lanzarse a practicar la regla de Taylor sin más porque eso impediría que alcance la reputación suficiente para atender con garantías de éxito su objetivo antiinflacionario prioritario.
Ante la tensión que acabo de describir caben dos razonamientos alternativos cuando la economía pasa por una fase confusa como la actual, por cierto muy bien caracterizada por el contraste entre las voces discrepantes que han intentado presionar al BCE en los últimos días. El FMI aconseja una bajada de tipos para evitar un descenso significativo del crecimiento y del empleo y aunque luego el G-7 contemporice políticamente, la OCDE vuelve a la carga el 3 de mayo.
Los países centrales de la UE acogen con simpatía este consejo ya que su crecimiento es moderado, su inflación no se ha desviado del objetivo del 2% y las reformas estructurales (que habría que instrumentar en lugar de la bajada de tipos y que nunca son fáciles) son realmente difíciles en periodos preelectorales como, por ejemplo, el que está viviendo Francia.
Por el contrario, países periféricos, como España, con evidentes presiones inflacionarias y con urgentes reformas estructurales que pueden ser abordadas por la mayoría absoluta del partido que sustenta al Gobierno, prefiere que el BCE se mantenga firme y no baje los tipos. Estos dos últimos razonamientos son los que subyacen básicamente a los dos editoriales citados, el del Financial Times y el de Expansión, respectivamente.
No estoy sugiriendo que uno y otro periódico estén condicionados por las autoridades de sus respectivos países, pero sí afirmo que una opinión económica independiente, como querría ser la mía, no puede estar mediatizada por intereses nacionales y que, por lo tanto, deberá ofrecer una recomendación clara.
Como verán a continuación mi recomendación es rebajar tipos; pero mi predicción es que el BCE no los tocará. La recomendación no está basada en los argumentos del FMI (aunque los comparta) sino en mi interpretación del problema reputacional. Ya no están los tiempos para hacer una cosa, como seguir la regla de Taylor, y predicar otras distinta, como es un activismo antiinflacionario fanático.
El fanatismo del Budesbank ya no es creíble y todo el mundo sabe que los bancos centrales siguen la regla de Taylor o algo similar. En consecuencia, la única reputación alcanzable es la de flexibilidad controlada ya que, como decía Blanchard hace unos años, la única política económica que adquiere credibilidad es la buena política económica, la que corresponde llevar a cabo en cada situación.
En mi opinión, por lo tanto, el BCE debería bajar los tipos en contra de la recomendación publicada del presidente Aznar y en contra de la opinión del Observatorio del Banco Central Europeo (OBCE) en su reunión del pasado día 8 que aparece reseñada hoy en este periódico. Pero, mucho me temo que lo que va a hacer el BCE hoy mismo es mantenerlos.
En primer lugar, por ese estado de sitio a la que hacía referencia al Financial Times y que el BCE acabará interpretando como una gran oportunidad de adquirir rápidamente una sólida reputación antiinflacionaria.
En segundo lugar, porque el anuncio del crecimiento renovado en el crecimiento de EEUU le quita presión para tomar el testigo como locomotora de la economía mundial. Si estoy en lo cierto, España habrá obtenido lo que quería y a su Gobierno le será más fácil controlar la inflación. Pero ese Gobierno no tendrá más remedio que realizar reformas estructurales para reavivar el crecimiento - cuya previsión tendrá que volver a rebajar - a fin de cumplir con su estrategia de déficit cero, convergencia real y modernización general. Tiene las cartas que decía ansiar; esperemos que sepa jugarlas. Y que quiera.