Economia en porciones

Economía en Porciones

Elogio cartográfico

En su último artículo en Expansión (La Zona 1002, de 1 de junio) Alfredo Pastor utilizaba las desventuras de Ian Thomas, cartógrafo al servicio del U.S. Geological Survey, para ilustrar las difíciles relaciones entre los profesionales y sus empleadores.

El trabajo profesional del señor Thomas evidenciaba que la zona de Alaska por él estudiada, la 1002, y señalada por la Administración Bush como susceptible de ser explotada petrolíferamente tenía un gran valor ecológico. Como ya sabemos, el señor Thomas fue despedido fulminantemente por poner en la red los resultados de su trabajo cartográfico, y es este hecho el que desencadena las reflexiones de Alfredo Pastor sobre el tipo de administración pública que deberíamos desear para España. En un futuro próximo espero poder seguir ese hilo conductor para repensar el peligroso desmantelamiento del Estado al que me he referido en otras ocasiones. Pero hoy quisiera más bien llamar la atención sobre la figura del cartógrafo, sobre su potencial subversivo y sobre la similitud existente entre su imagen y la del economista teórico, una especie que creo subestimada.

En 1989, fui invitado a inaugurar el curso académico de mi antigua Facultad de Ciencias Económicas, la de la Universidad del País Vasco en Bilbao. En mi intervención traté de sugerir que la Teoría Económica contemporánea, a diferencia de la que estudiábamos en los años sesenta, no pone énfasis en la semántica de las ideas económicas, sino en su sintaxis; es decir, no presta atención al correlato real de las ideas, sino a las conexiones lógicas entre estas últimas. Acababa afirmando que el economista teórico era como un cartógrafo que dibujaba intrincados mapas de las conexiones secretas entre recónditos lugares conceptuales. Ni que decir tiene que esta afirmación gustó muy poco a casi todos mis ex colegas.

Es pues comprensible, incluso perdonable, espero, que después de una década larga trate de reivindicar mi postura basándome en la autoridad de un gran economista, Ariel Rubinstein, de la Universidad de Tel Aviv. Acaban de publicarse bajo el título de Economics and Language las Churchill Lectures que pronunció en Cambridge en 1996. Al final de la última de esas conferencias afirma que él ve la Teoría Económica analítica como la búsqueda de conexiones entre los conceptos, los supuestos y las afirmaciones que se utilizan para entender la interacción humana. Y continúa: La teoría económica es una investigación de los diferentes tipos de consideraciones utilizadas por los seres humanos en el análisis de la interacción humana. Creo que no pecaría gravemente de presunción si hiciera notar que esta concepción de la teoría económica, que puede muy bien calificarse de cartográfica, es muy similar a la expuesta por mí hace años. Pero eso ahora no tiene importancia; lo que tiene interés es más bien destacar que ser un humilde hacedor de mapas intelectuales no es nada irrelevante. Rubinstein, un poco irritado por la acusación de banalidad que su postura puede ganarle, le responde de la siguiente forma en las últimas cuatro líneas de la última de las cinco conferencias recogidas en libro citado: No creo que esta conferencia sea inútil en el sentido de "influir en el mundo". Hay pocas tareas en el ámbito académico de las ciencias sociales más importantes que la de luchar contra la autoridad injustificada. Este capítulo es mi modesta contribución a esta batalla importante. Yo, con un poco menos de sobriedad expresiva, me atrevería a afianzar su postura con dos afirmaciones rotundas. Primera, quien no asuma que luchar contra la autoridad intelectual económica falsamente sostenida es una tarea obligatoria no es un verdadero economista. Segunda, quien no comprenda que el ser un humilde cartógrafo es subversivo no será nunca un intelectual de fuste.

Poco tengo que añadir a esta especie de declaración retórica que acabo de hacer. Quizá solamente que espero que seamos muchos los que reivindiquemos la figura del cartógrafo y que deseo fervientemente que nunca nos fallen esos profesionales irreductibles que no estén dispuestos a admitir gato oportuno por liebre intelectual.

Juan Urrutia

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