Economia en porciones

Economía en Porciones

Los bárbaros a las puertas

Las reuniones de otoño del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) que se iba a celebrar a finales del mes de septiembre en Washington en formato reducido y con medidas de seguridad excepcionales, exigencias derivadas de la virulencia creciente del movimiento antiglobalización, se han pospuesto sine die a causa del sentimiento de inseguridad sobrevenido a partir de los trágicos acontecimientos en New York y Washington.

Quizá la profundidad del impacto que este ataque terrorista ha producido en la ciudadanía occidental cambie la fisonomía de las protestas antiglobalización e incluso quizás las haga tan inoportunas que acaben no realizándose.

Es posible que la reacción del mundo occidental apunte hacia cuestiones tan importantes que el ruido de las protestas quede ahogado en otros ruidos o que su eco no halle camino hasta el centro de nuestra atención.

Y, sin embargo, el movimiento vehicula cuestiones intangibles que aunque importantes, y no del todo ajenas al trasfondo que uno imagina en el ataque suicida contra los símbolos del capitalismo y del poder militar, han sido tratadas con excesiva ligereza.

Ya se ha dicho por activa y por pasiva que el movimiento antiglobalización, como todo movimiento, es una amalgama heterogénea de reacciones viscerales de muy diversa naturaleza. Sin ánimo de citar todos los posibles intereses a los que cobija, hay unos cuantos de tinte económico que describen un panorama problemático perfectamente entendible y nada escandaloso.

Sabemos poco de las raíces de la pobreza; pero no podemos hacer abstracción de las voces que afirman que es intolerable para los que la sufren. Tampoco sabemos mucho de desigualdad; pero no nos puede extrañar que, si deriva en polarización, alimente conflictos de desarrollo impredecible. Sí que sabemos bastante de comercio internacional y, precisamente por eso, es razonable que el proteccionismo de los países desarrollados nos parezca escandaloso.

Es cierto que agencias multilaterales como el FMI o el BM están cambiando de piel y que no son completamente impermeables a las quejas de los menos favorecidos; pero, tal como nos lo ha hecho ver Stiglitz con su portazo, están mediatizadas y esclerotizadas por la burocracia y la falta de sensibilidad hacia la heterogeneidad.

Aceptamos las ventajas de las empresas multinacionales y disfrutamos de sus productos pero nos da miedo su falta de control político y la explotación a la que podrían someter a sus empleados en la periferia.

El contagio financiero, que ya nos ha dado serios disgustos, es un ejemplo de ambivalencia: inmensas potencialidades de la apertura y de la libertad de movimientos de capital, incluida una cierta función disciplinadora, pero también inmensos peligros para paliar los cuales se esgrimen ideas que no son sino arena en el engranaje de esa libertad financiera.

En fin, la extensión del mercado a caballo de una más precisa y extensa definición de los derechos de propiedad puede mejorar el bienestar; pero también empobrecer el entorno natural.

Es cierto que quienes vociferan slogans simplistas y destrozan propiedad ajena exponen otras quejas poco razonables (el antílogo, la tasa Tobin, la excepción cultural o el odio a la hamburguesa); pero las que acabo de enumerar no parecen descabelladas, y si nos negamos a escucharlas es porque no tenemos oído para la música de quienes transmiten inconscientemente el malestar de la cultura de este momento globalizador.

Porque muchas de las quejas son razonables, algunas reacciones bienpensantes me parecen poco afortunadas. Me fijaré en tres. El intento de predicar lo obvio me parece perfectamente inútil.

Recordar que el intercambio entre países nos permite consumir fuera de la frontera de posibilidades de la producción de cada uno de ellos es algo bien conocido hasta por los desgreñados de algunas ONG asociadas al movimiento; pero no les basta, porque también saben que la mejora que el libre comercio trae consigo puede no estar igualitariamente distribuida, que a corto plazo puede estar exigiendo sacrificios brutales y que los países desarrollados practican un proteccionismo descarado en beneficio de sus agricultores.

Una segunda forma de encarar el malestar que el movimiento antiglobalizador vehicula y que tampoco me parece útil, y sí poco perceptiva, es ignorarlo como una de esas inconveniencias que periódicamente perjudican la tranquilidad de nuestros hogares pero que, como en mayo del 68, desaparecen sin dejar huella.

A mi juicio, esta actitud es inconsistente porque la rebelión estudiantil de los 60 es, precisamente, un precedente intelectual inmediato de lo que lleva camino de generalizarse hoy como una amenaza seria.

En ambas situaciones se protesta por la estupidez inherente a una situación que desaprovecha la oportunidad de librarse de la tiranía del trabajo, algo que podrá ser ingenuo; pero no superficial. Y la inutilidad de salmodiar lo obvio y la poca sensibilidad de ignorar corrientes soterradas desembocan en la tercera reacción equivocada.

Se trata ahora de la pulsión autoritaria que propone taza y media ante las dudas de tragarse una taza: que no quieres abrir tus fronteras a mis productos sofisticados, pues no admito a tus emigrantes y aprovecho la ocasión para boicotear la nueva ronda de la Organización Mundial del Comercio y no bajar mis aranceles a tus exportaciones agrícolas o mineras.

Aunque se aprende a palos, el castigo engendra un resentimiento poco propicio para el desarrollo de las relaciones entre personas.

Dicho todo lo que acabo de decir hasta aquí, no me queda más remedio que mojarme para no aparecer como un académico poco práctico. Ahí van dos ideas con sus correspondientes implicaciones prácticas.

La primera es que la globalización es un problema de extensión de mercados y que un problema así no se soluciona por el propio mercado sino que requiere lenguaje común y confianza mutua entre culturas diversas, cosas éstas que se logran sólo con conversación y con generosidad.

¿Qué tal si en vez de aislar la conferencia de que se trate mediante alambradas, perros y agentes de policía armados hasta los dientes, apoyamos una conferencia organizada por los bárbaros, con albergues normales para los participantes, con su propia seguridad (con apoyo de la policía para mantener el orden) y con dietas para viajes de ponentes de una u otra tendencia? Los riesgos son limitados y calculables y las potenciales ganancias, incalculables.

¿Qué perdemos intentándolo? Mi pronóstico es que, lejos de ser inútil, el esfuerzo crearía un lenguaje nuevo, ayudaría a la desaparición del resentimiento y que ambas cosas calmarían la ira producida por un malestar difuso no expresable con un lenguaje viejo.

Mi segunda propuesta consiste en aceptar que el mundo podría ser de otra manera y que, de hecho, sólo se puede entender este mundo, el que tocamos y experimentamos, desde la posibilidad de existencia de otros mundos.

Si queremos entender nuestro mundo, el que observamos, no nos basta con tomarlo como un dato garantizado por la rutina de la mirada cotidiana; no tenemos más remedio que probarnos a nosotros mismos que, entre los posibles mundos, el nuestro es uno de los sostenibles.

Pero para ello hay que conocer los otros y separar los sostenibles de los inestables. Éstos no duran y sólo aquéllos compiten con el nuestro. Pues bien, los bárbaros que hoy llaman a nuestras puertas son nuestra única fuente de mundos alternativos.

Por eso les necesitamos y por eso propongo que nos dejemos invadir, que abramos las puertas a los bárbaros. Es una oportunidad para apuntalar la fe en nuestro mundo y elevarla desde la costumbre a la conciencia, aun a riesgo de que nos llegue a gustar otro mundo sostenible alternativo. Yo aceptaría el envite.

Antes de que olviden las recomendaciones que este bienpensante acaba de hacer por poco realistas déjenme defenderme. No me crean ingenuo. Soy realista. Lo que propongo es lo que siempre se ha hecho aunque no se haya confesado nunca.

Tampoco me crean tonto: si el bárbaro me roba llamaré a la policía, y si me ataca físicamente utilizaré mi fuerza para defenderme o quizás para atacarle.

Eso es parte de mi lenguaje, y tendrá que incorporarse de una u otra manera al lenguaje común.

Juan Urrutia

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