
Economía en Porciones
Hace algunas semanas escuché en un taxi un programa de radio que trataba de entretener a la audiencia comentando los problemas que causaba la conducción a velocidad excesiva.
En un momento dado el locutor destacó la incongruencia de producir coches que pueden circular a velocidades superiores a las permitidas. Mientras el taxi circulaba a trompicones por las calles de Madrid pensé que ese tipo de incongruencias se da muchas veces. Se me vino a la cabeza el ejemplo de la publicidad. La publicidad en radio o televisión va mucho más allá de la necesidad de dar a conocer un producto y se crean verdaderas obras de arte sofisticadísimas (y presumo que carísimas) para anunciar cualquier banalidad. Este caso tiene todo en común con el anterior. Cada fabricante y cada anunciante produce coches de altas prestaciones impracticables, o spots de riquísima gramática visual, solamente porque lo hace el competidor. Cada fabricante y cada anunciante estaría de acuerdo en producir motores menos potentes, o anuncios menos costosos, siempre que lo hicieran también los demás; pero dar el primer paso es suicida porque si los demás no lo dieran también perderían la clientela.
La situación se mantiene pues estable con un dispendio social considerable y quizá, como consecuencia de esta estabilidad, un vehículo velocísimo acaba revelando el estatus de su propietario y cada anuncio sobreelaborado acaba señalando, en su exceso de arte, que la marca anunciada es más que un producto. Empecé a imaginarme otros ejemplos similares pero mi ensoñación acabó pronto a causa de las llamadas de los oyentes. Todos ellos eran gente de buena voluntad tratando de utilizar la astucia de la razón para proponer soluciones razonables al problema.
Para un primer interlocutor, el Estado podría prohibir la fabricación de vehículos demasiado potentes. Una medida así no tendría porqué dañar a los productores ya que éstos podrían cargar los mismos precios por los vehículos más seguros (o quizás ganar mucho más incrementando la demanda mediante la bajada del precio) y todos correríamos menos peligros.
Pero el Estado como razón armada no era la única solución propuesta. Un segundo oyente bienintencionado propuso que la educación formal se preocupara de la educación vial: los niños deberían ser educados en una correcta conducción de forma que, cuando llegaran a ser conductores, no utilizaran la potencia sobrante de los motores saltándose los límites de velocidad. Un tercer oyente más beligerante propuso multas desorbitadas para cada infracción porque el miedo guarda la viña. La llegada a mi lugar de trabajo me privó de escuchar otras propuestas de solución y mientras utilizaba el ascensor pensé que las propuestas mencionadas podrían aplicarse sin variación ninguna al caso de la publicidad.
El Estado podría, en efecto, simplemente prohibir la publicidad demasiado cara; podría modificar el currículum académico para incluir la educación visual y podría, claro está, imponer multas a los infractores de las nuevas reglas. Ya en mi despacho sentí una profunda irritación por la inutilidad de las propuestas. Pensé, en primer lugar, que el Estado no tiene por qué meterse a redentor a no ser que se lo pidamos todos, pero claro, si hay unanimidad la podríamos utilizar directamente para comprar sólo coches baratos y para boicotear a los productos sobrepublicitados.
En segundo lugar, reproché al mundo la aceptación acrítica de que la unanimidad debería existir en ciertos casos. Quizá yo prefiera una situación en la que mi automóvil, con exceso de potencia, revele mi estatus y refleje mi personalidad o una televisión que, con exceso de arte en la publicidad, alivie mi tedio vital y destape mi creatividad. Ingenuidad. Hoy pienso, sin embargo, que la clave de mi irritación de aquel día no está en la ingenuidad de las propuestas para utilizar la razón a favor de lo razonable. Lo que realmente me desazona es la ignorancia de dos características adicionales que suelen concurrir en este tipo de situaciones. La primera es que no se llega a ellas por casualidad.
Es verdad que podríamos encontrarnos de hecho en una situación alternativa con coches menos potentes o con publicidad razonablemente informativa; pero si nos encontramos en donde nos encontramos no puede ser por casualidad. Si nos enfrentamos a una situación subóptima es porque cada uno de nosotros ha querido estar ahí, bien sea por la búsqueda de estatus, por la inercia estética o porque es lo mejor que puede hacer dado lo que hacen los demás. La segunda idea, íntimamente relacionada con la anterior, es que no hay manera de salirse unilateralmente de esas situaciones, o más exactamente, que es muy peligroso hacerlo. Si empiezo a circular con un cancarro sufre mi imagen; si apago el televisor durante la publicidad o si contrato publicidad ramplona sufre mi sentido estético o sufren mis ventas.
La ignorancia de estas dos características propias de muchas situaciones no suele ser corriente entre microeconomistas; pero los que opinan sobre macroeconomía parecen caer en ella a veces. No suele admitirse, pero es cierto en principio, que un sistema económico puede estar funcionando con inflación, devaluación permanente, déficit público crónico, tipos de interés altos y balanza comercial deficitaria. Es decir, no es imprescindible que todos los equilibrios se den simultáneamente; sino que se puede seguir viviendo con desequilibrios compensatorios.
Otro ejemplo: el mercado de trabajo puede funcionar con salarios altos y una tasa de desempleo alta o con pleno empleo y salarios bajos; pero un país determinado puede estar encasquillado en una u otra situación. Si por la razón que sea (y no siempre hay buenas razones) queremos pasar de una situación a otra no debemos apelar a los inútiles atajos de la razón y clamar por el Estado, la educación o incentivos poco sofisticados. Dado que la salida unilateral es peligrosa, no cabe más salida que la concertación entre las fuerzas envueltas; concertación que es más fácil cuando hay un gobierno garante del proceso. Para que el Gobierno pueda garantizar el cambio es necesario sin embargo que tenga credibilidad, es decir, que se le considere neutral y decidido.
Pero, como el gobierno sabe esto, no tendrá más remedio que hacer movimientos a veces incomprensibles para ganarse la reputación correspondiente. Los últimos gobiernos españoles han intentado instrumentar un cambio de régimen macroeconómico y lo han conseguido en mayor o menor grado gracias a que se labraron una reputación. Una hipótesis interesante es que quizás el acierto ha sido mayor cuanto más impecable ha sido la reputación del Gobierno. Corrobora esta hipótesis un caso como el de Colombia, por ejemplo, en el que el ajuste económico está teniendo un enorme costo precisamente porque la necesidad de alcanzar la paz y aliviar la pobreza hace poco creíble las protestas de ortodoxia que efectúa el Gobierno.