Economia en porciones

Economía en Porciones

El loco anhelo de lo absoluto

¿Cómo está su señora?. Así empieza un chiste de economistas clásico en el que se encuentran dos colegas una mañana en el campus. El colega interpelado contesta típicamente: ¿con relación a qué?. Yo se lo oí a Fritz Machlup al principio de los setenta y me hizo gracia, a pesar de su sosería, pues pone de manifiesto de manera plástica que realmente no creemos en valores absolutos.
Pero no siempre ha sido así.

El problema de los economistas clásicos era el de las causas del crecimiento de las naciones, un problema que sigue con nosotros y que seguirá por mucho tiempo. Hace dos siglos sin embargo no creían que se podía abordar sin antes haber entendido y definido previamente con claridad la naturaleza de eso cuyo crecimiento queremos estudiar: la riqueza. Como esta riqueza es una cuestión de cantidades de bienes y de sus precios y como a diferencia de las primeras, las segundas, los precios son algo obvio, los autores clásicos (Smith, Ricardo, Marx) se lanzaron de lleno a discutir, bajo el nombre de Teoría del Valor, los determinantes de los precios.

Si la riqueza de una nación aumentaba o se estancaba no podía depender de variaciones caóticas de los precios; debería ser posible definir y mediar un valor absoluto que, aplicado a las cantidades fácilmente medibles, nos determinara el valor total de eso cuyo crecimiento queremos estudiar. La Teoría del Valor Trabajo fue el resultado de ese esfuerzo metódico por delimitar de lo que estamos hablando. Las cosas valen la cantidad de trabajo que incorporan y por lo tanto los precios relativos (es decir el precio de una mercancía en términos de obras: cuántos sacos de patatas obtengo a cambio de un kilo de naranjas o cuántos minutos de Internet me puedo permitir con el dinero de una entrada de cine) equivalen a los valores relativos y no varían mientras la tecnología de su producción no varía; es decir mientras no varía la cantidad de trabajo necesario para producir los bienes correspondientes.

La Teoría del Valor Trabajo es un episodio fascinante de la historia del pensamiento económico. Hoy sabemos mucho más que los padres fundadores. Sabemos que el precio de las cosas es una cuestión no sólo de tecnología de producción sino también de demanda. Sabemos que como éste es volátil los precios absolutos, y en consecuencia los relativos son muy volátiles. Pero sabemos también que, a pesar de esos cambios incesantes, podemos medir aproximadamente la riqueza (es una cuestión de números índices) y estudiar conceptual y estadísticamente su crecimiento. Pero no parece que hayamos reflexionado lo suficiente sobre el loco anhelo de los clásicos por encontrar un absoluto sobre el que construir el pensamiento con toda garantía y con relación al cual podamos establecer sin dudas la política económica.

Sabemos, en efecto, que el intento bastante reciente en términos históricos de aplicar el cálculo económico centralizadamente en la URSS de acuerdo con la teoría del Valor Trabajo, fue un desastre que no orientó bien las decisiones, especialmente las de invención, y que lo trajo en ocasiones consecuencias dramáticas. Pero a pesar de esto el anhelo de lo absoluto pervive tal y como muestran algunos episodios interesantes.

Esta sed de absoluto es una patología térmica y pragmática. Los que sufren están convencidos que nada puede ser verdad a no ser que estemos seguros de la verdad de las premisas y que nada puede hacerse en la práctica sino podemos apoyarnos en una certidumbre inamovible. Y lo que es peor parecen desarrollar un agudo sentido de la crítica respecto al pensamiento que tiene unas concepciones menos metafísicas sobre las posibilidades del pensamiento y de la acción. Los economistas del Cambridge inglés parecieron estar infectados por este virus hace unos treinta años. Piero Grafe trató durante años de reflexión plasmados en un libro de culto encontrar una medida del valor que, al estar relacionado no con uno u otro factor de producción; sino con la geometría del sistema fuera de hecho invariable. De nada sirvió que se mostrara con claridad que su medida sería correcta sólo cuando la geometría del sistema no variara y que esto ocurriría en las mismas condiciones bajo las cuales la Teoría del Valor Trabajo era correcta.

Los Grafianos creían haber encontrado un motivo para criticar el pensamiento superficial y, por lo tanto según ellos falaz, del pensamiento económico convencional y la inutilidad sino de su aplicación. De manera similar Pannetti y otros economistas de Cambridge mostraron cuidadosamente en el contexto de la controversia del capital (también llamada controversia entre los dos Cambridge, el de Inglaterra y el de Masachussetts) la imposibilidad de definir correctamente una medida agregada del capital. No importó que se pusiera de manifiesto que la crítica, aunque correcta, no aplica a modelos disgregados, los enfermos de pureza creyeron haber socavado para siempre el edificio del pensamiento económico y estar en disposición de exigir un replanteamiento general de toda la economía política.

Gracias a Dios el edificio chapucero convencional no se ha derrumbado ante las críticas mencionadas; sino que permanece joven y rozagante y dispuesto a seguir intentando mejorar las condiciones de vida de la humanidad aunque sea a trancas y barrancas; pero el enemigo acecha. El anhelo de absoluto, esa cobardía metafísica aparece enroscado en el lugar más inesperado. Creo vislumbrado en alguna forma de justificar la autonomía del Banco Central. A los puros no les basta con que este se instrumente más o menos bien, se le dote de autonomía financiera y se nombre en su consejo a personas seriamente antiinflacionistas. No, no basta con eso, estas almas puras les gustaría que sus gestores no fueran humanos y obedecieran reglas ciegas e implacables que perversamente diseñadas garantizarán la absoluta desaparición de la inflación.

Sólo sobre un nivel de precios invariable puede la economía funcionar correctamente y sólo así podremos entender su funcionamiento. Ante este loco anhelo de absoluto nada sirve mencionar que hay razones para pensar que una cierta inflación pequeña puede ser como un lubricante para el funcionamiento de un sistema que opera con razonamiento o que no hay reglas eternas o que no deben ser cambiadas o que ni siquiera las reglas ganan credibilidad absoluta cuando las reglas pueden cambiar. A veces no atienden a razones y acaban generando verdaderos problemas recesivos; pero la chapuza de la economía convencional está ganando terreno y los Bancos Centrales pueden hacer su trabajo meritorio con responsabilidad y sin chantajes metafísicos. La buena noticia es que lo están haciendo así.

Juan Urrutia

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