Dos días de reflexión

Dormí mal y poco (yo Juan) y desperté con bastante angustia. Para no dejarme amilanar decidí repensar mis ideas y, al tiempo, pensé que sería bueno comunicárselas a Marian, a quien tenía a mi lado en el entresuelo de la calle del Doctor Velasco y que era psicológa. Me levanté silenciosamente y, mientras me tomaba una taza de leche con parsimonia, pensé que mis argumentos se reducían a dos: mi desprecio por la propiedad intelectual y el deseo, que nunca me abandona, de hacer algo sonado que me sacara de la mediocridad en la yo creía moverme. Una vez que Marian despertó pensé que tenía tiempo para escuchar mis divagaciones antes de incorporarse a su labor de enseñante en un colegio cercano y que a mí me vendría bien conocer su opinión al respecto. Así que, mientras ella desayunaba, yo comencé a explicarme partiendo de una actitud favorable al plan de Ramón. Pero esa actitud sólo era aparente y lo que yo quería era ir conformando argumentos que me permitieran no aceptar el plan de Ramón por razones de peso.

Mi primer argumento no iba precisamente a favor de aceptar ese plan de Ramón pues iba en la dirección de lograr justificar que sus aparentes buenas intenciones finales no estaban justificadas. Estaba basado en ideas de un amigo que había hecho en Londres y quien, después de terminar su doctorado, había encontrado trabajo en los EE.UU. de América. Su doctorado se centraba en divagaciones sobre el extraño tema de la propiedad intelectual, ya se tratara de las patentes, como la forma más clara de esa propiedad intelectual, o sobre los derechos de artista-autor, protegidos por parte de organizaciones específicas, como por ejemplo la VEGAP, cuya labor no era en general nada clara y, por lo tanto, derechos difíciles de justificar. Lo que me encandiló del plan de mi amigo fue su intención última de colaborar a eliminar la posibilidad de que las ideas o el arte alcanzaran precios tan altos que convirtieran a esas ideas, científicas o no, o a esas obras de arte, en bienes imposibles de alcanzar o de utilizar por la gran mayoría de gente. En el caso del arte estaba bastante claro que los derechos de autor frenaban la difusión y, en consecuencia, el disfrute de la obra artística.

Además estaba bastante claro que el robo del cuadro grande solo podía mitigar mi pobreza si mostráramos el cuadro en secreto y con la ignorancia total del pintor pues, de lo contrario, el posible cobro por mostrarlo no sería suficientemente elevado. Por otro lado Marian me hizo notar que, en cualquier caso, sería de esperar que, a medida que progresaran los medios y la tecnología de la difusión, sería muy difícil mantener mi ingreso derivado del posible robo. Le di la razón, pero le pedí que esperara a otro argumento antes de decidir abandonar totalmente el plan de Ramón.

Como parecía que Marian no tenía prisa decidí poner en su conocimiento un rasgo de mi personalidad del que nunca le había hablado: el deseo infantil de hacer algo grande y de peso. Un deseo que tomó forma concreta en mi imaginación. Como heredero del 98 siempre quise colaborar a un cambio del mundo que, como la historia demostró, no parecía muy posible pues no hay suficiente playa debajo de los adoquines que, además, cada vez se utilizan menos en la construcción de nuestra forma de vivir en nuestra Ciudad. Ahora se me presentaba una oportunidad de hacer algo grande realmente grande y propio de mi generación.

Imaginemos que La Mona Lisa es sustraída del Louvre y que, después de un par de años comienza a correr el rumor controlado de que se puede volver a ver a un precio muy alto. Se puede pensar que, en estos días de orgía tecnológica, se desarrollará un aparato que permita invitar a gente a ver la Mona Lisa sin que nadie más pueda darse cuenta o encontrar el lugar en el que está encerrada. Si esta descabellada alternativa quisiera tener una mínima posibilidad habría de pasar por, para empezar, conceder que yo, Juan, había sido su usurpador pero que no recuerdo nada sobre el lugar en el que la encerré. Durante mucho tiempo no tendrían más remedio que dejarme suelto y seguir mis pasos mientras Ramón iría diseñando el lugar sagrado donde acuden los creyentes en la libertad. Es más, le digo sonriendo a Miriam, «es posible que pongan a una famosa psicóloga a mi disposición y que, con ella, yo pudiera disfrutar de la vida para siempre y sin miedo a que alguien me saque nada pues yo no sabría nada sobre la verdad». Esto podría interesarme; pero no sé si Ramón lo aceptará y María no parece verlo claro y deja mi entresuelo pues ya llega tarde a su trabajo.

Yo sigo pensando. Si yo consiguiera hacerme con este cuadro grande en el que pensamos él y yo, nadie podría encontrar al verdadero autor del robo. Por un lado Ramón sería el sospechoso ya que él mismo habría confesado que fue el autor del pequeño hurto previo y, aunque no sufre de pérdida de memoria, él no sabría donde está escondido ese cuadro grande. Es cierto que me podría denunciar a mí pero yo sí que he perdido la memoria, tal como he confesado muchas veces y si, como ocurre en la película Trance me ponen una psicólga para ayudarme a recordar espero que Ramón pueda conseguir que ésta sea Marian de forma que yo podría vivir como un rey utilizando los ingresos obtenidos a través de los pagos que acumularía por permitir el acceso a ese cuadro de manera subrepticia.

Sin necesidad de utilizar los dos días solicitados a Ramón he aquí el plan que le propondré en la esperanza de que lo acepte. Se trata de un plan meticuloso que da pie a convertirse en la consecución de lo que siempre he deseado fiel a mi generación. Y también de un verdadero reto, duro, pero que tengo que aceptar pues justamente siempre he estado deseoso de hallar un verdadero pelotazo inteligente sea para bien o para mal. Y ¿quien se atrevería a decir que mi robo continuado es para mal cuando disminuye los costes del disfrute para todos? Seguro que Marian no.