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Dos bofetadas

Soy el producto psí­quico de dos bofetadas. Una que dí­ y otra que recibí­.

A los 9 años, y habiendo sido dejado como responsable del orden de una clase mientras el curita cuidador se ausentaba momentáneamente, llevé mi celo hasta a tal punto que solté una bofetada a mi compañero Muñiz por haber hablado contra mis órdenes.

A los 13 años, y gracias a mis dotes de velocista, me permití­a asiduamente reservar una porterí­a de futbol mediante el procedimiento de tocar el larguero antes de que lo hiciera cualquier otro. Habiéndolo hecho como cualquier otro dí­a fuí­ despojado de mi derecho de uso por Echart, un tipo grande bastante mayor que yo que acompañó su robo con una bofetada majestuosa.

La bofetada que propiné a Muñiz me llevó a odiarme a mí­ mismo o, mejor dicho, al nazi autoritario que hay en mí­, y le busco incansablemente para pedirle perdón. La de Echart me genera el asqueroso rencor de la ví­ctima y me lleva a no poder perdonar y a jurar venganza.

Me disgustan el autoritarismo y la crueldad, pero lo que odio de verdad como resultado de estas dos bofetadas es el poder del tipo que sea.

Sí­, lo que odio es el poder. Y lo que echo en falta es un buen intercambio de golpes sin razón aparente como el que tuve el placer de compartir con Manolo Lezón allí­ por mis siete años. Dolí­an los golpes; pero por cada uno de ellos se ataba un nuevo nudo de amistad.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.