Despedida y llegada

Ayer volvimos de Las Arenas (Guecho) a Madrid después de mes y medio de extrañas vacaciones. Los botes anclados en el Abra indican con claridad, a través de su deriva, dónde están los puntos cardinales. Si, como conté en el post anterior, un cierto atardecer fue ciertamente insólito, ocultando el sol por el este, la despedida fue casi todavía más insólita. A una hora temprana me volví hacia el este, en este caso, hacia el interior de nuestra vivienda, y descubrí que me veía a mí mismo en una imagen proyectada desde el mar, es decir el oeste. La luz entraba a través de la ventana del salón y continuaba hasta cruzar la luna del comedor y terminar sobre la pared de éste. Y allí estaba yo con el mar a mi espalda.

Estas cosas no ocurren en nuestra casa de Madrid de forma que cuando salgo hoy por la mañana para ir a renovar el Documento Nacional de Identidad no me surge ninguna duda de por dónde debo caminar. Todo ha sido muy simple excepto porque cuando la funcionaria me ha entregado el Documento nuevo, ha querido confirmar que habito en Guecho, ha arrugado el gesto y me ha mirado como si viera a un posible brujo. Brujo que se ha convertido en el demonio al preguntarme por los apellidos de mi mujer para la que estaba yo solicitando una cita para renovar ella también su correspondiente D.N.I.

Ante el Garteizgogeascoa he creído que se iba a desmayar. Le he sostenido la mano a través de la mampara de seguridad antivirus y, de repente, me he encontrado rodeado por todo el equipo de policías nacionales de la comisaría.