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Desigualdad

crecimiento en la desigualdad de ingresos en eeuuEl movimiento Occupy Wall street tiene como grito de guerra la declaración de un hecho: «somos el 99%». Es un grito que denuncia un fenómeno llamativo que, mientras todo marchaba bien navegando las suaves olas de burbujas varias, no herían la sensibilidad tal como lo hace ahora cinco años más tarde del inicio de esta crisis cuyas últimas consecuencias, especialmente en Europa, están lejos de vislumbrarse. El hecho que se pretende denunciar es que, a pesar de que desde el principio de los años ochenta, cuando comenzó la desregulación, el mundo ha crecido mucho y la desigualdad en la distribución de la renta entre todos los seres humanos ha descendido debido singularmente al crecimiento llamativo de la superpoblada China, la desigualdad ha crecido escandalosamente en algunos paises desarrollados. En los USA, por ejemplo, la renta per cápita del 1% más rico ha crecido en los últimos 30 años cuarenta veces más que las rentas medias. Estas cifras nos interpelan a todos, pero especialmente a los economistas. Algunos se lo toman en serio, aunque no muy formalmente, como es el caso de Stiglitz.

Es cierto que se ha realizado trabajo serio en la medición de la desigualdad proponiendo nuevas medidas y modificando las existentes a fin de estar seguros de que lo que medimos son estadísticos, como el coeficiente de GINI o su representación gráfica mediante la curva de Lorentz, que miden lo que realmente queremos medir. Pero esta cuestión de estadística descriptiva no puede consolarnos de la falta de atención que los economistas han dedicado a la integración de la desigualdad en el análisis del funcionamiento de un sistema económico. Y aquí la diagnosis es devastadora. Con la excepción de la idea del multiplicador keynesiano, que presuntamente aumenta cuando se redistribuye renta hacia los pobres de forma que cualquier estímulo de demanda es más efectivo mediante una redistribución progresiva, ni la macroeconomía ni la microeconomía parecen haber tenidos tratos serios con el problema de la desigualdad o de la distribución en general. Como desde hace unos cincuenta años el corazón de la Economía es el modelo de equilibrio general, nos encontramos cómodos con la separación entre la asignación de recursos que lleva a cabo una economía de mercado como la representada por ese modelo y la distribución personal de la renta. Sabemos, en efecto, que sea cual sea la distribución de las dotaciones de recursos, el mercado libre nos llevaría, bajo las condiciones generalmente aceptadas para la discusión, a una asignación eficiente en la que no se puede mejorar a nadie sin empeorar a algún otro.

Sin duda habría sido posible y deseable que la ciencia económica se hubiera preocupado de explorar ese resultado bajo supuestos menos restrictivos, pero lo que a menudo se denomina la dependencia del recorrido llevó a modelos macro dinámicos que, al estar microfundamentados en el modelo de equilibrio general y estar sujetos a una agregación convenientemente para la posibilidad de calibración bajo la hipótesis de las expectativas racionales, dirigían la atención a lo que con anterioridad se llamaban ciclos reales, en los que el suave crecimiento de un sistema económico solo estaba impedido por shocks reales sin que la distribución formara parte de la agenda de la investigación puntera. Recientemente sin embargo comienza a aparecer una línea de investigación que, al rebufo de la llamada Behavioral Economics -que presta mucha más atención a los comportamientos reales observados de forma natural que a la necesidad de contar con un núcleo central del que todo lo demás debería desprenderse- podría llegar a integrar la desigualdad en el corazón de la ciencia económica.

Algo he comentado aquí y aquí y es por aquí por donde se cuela la Economía Política que nos avisa de que en el «mundo real» la regulación y las instituciones existen para tratar de evitar las consecuencias no queridas de la economía de mercado en un mundo democrático. Las próximas elecciones americanas nos proporcionan un ejemplo de lo que quiero decir. Cuando, como es el caso, el 1% de la población ingresa un porcentaje escandaloso de la renta total es muy difícil que las elecciones no estén segadas hacia aquel o aquellos partidos que más protegen a los detentadores de esas rentas y que, en contraprestación, apoyan financieramente las campañas de esos partidos.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.