Deportes de riesgo

El pasado domingo 21 hacia las 10 de una preciosa mañana levanté los dos peces más grandes que nunca se hayan visto en la bahía de Roses. Desde la popa de una menorquina que navegaba proa al puerto deportivo. El esfuerzo casi me revienta un corazón ya herido y hasta que ingresé en el CAP pasó una hora, una hora no como cualquier otra, la hora más cercana a palmarla que nunca haya pasado. El diagnóstico, infarto, me dejó indiferente. Solo recuerdo un pudor extraño producido por la constancia de estar dando la lata a mucha gente que me quiere.
Supongo que ya no tiene gracia contar nada sobre los intrusos de la bodega.
Y aquí lo dejo hasta que me recupere de esa operación anunciada a «corazón abierto».

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