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Pere Quintana: La Free Software Foundation (FSF) ha sacado una nueva licencia especial para servicios web. La FSF está ya haciendo como Creative Commons (CC), está ofreciendo una bandeja llena de licencias con diferentes opciones, al gusto del consumidor. Es evidente que hay una diferencia, todas las licencias de la FSF cumplen unos estándares de libertad que no cumplen la mayoría de licencias de CC. Pero todo esto muestra una cosa, muestra que el modelo de la FSF se adapta mal al nuevo paisaje tecnológico, ya que está pensado para un mundo en el que el software se ejecutaba en el ordenador que tenías en casa, y esto, ya no es así. (0 comentarios)

Sesentones en la carretera

Clasificado bajo: Devolución, dietario — Juan Urrutia a las 11:11 am el Domingo, Enero 6, 2008

Trataré de elaborar un esbozo de teoría económica sobre la vuelta a la carretera de los sesentones a los que ayer citaba y entre los que me incluía.

Primero, los derechos de autor no dan de sí lo que uno esperaba que dieran. Por supuesto este hecho se debe a que la tecnogía permite escuchar y reproducir sin pagar esos derechos de autor, a pesar de los esfuerzos de las sociedades gestoras y de los intentos tecnológicos antipiratería.

Segundo, mientras las discográficas pleitean o se tecnifican defensivamente, y para no perder el tiempo, cambian el modelo de negocio sustituyendo los cds por actuaciones en vivo, pero parce ser que la demanda es deficitaria. No hay suficiente público para la avalancha de conciertos que nos cae encima.

Tercero, en estas condiciones los sesentones pretenden seguir siendo ricos, relativamente hablando. Pero resulta que ese no es ya el caso. Los inventores, innovadores tecnológicos y, por estos pagos, los constructores, así como y sobre todo, los inventores de formas de contabilizar creativamente la construcción, les han sobrepasado de una forma rápida y en una magnitud llamativa. Los rompedores de hace 35 años son ya “old money” y se ven como rentistas.

Quinto, es pues evidente que la propiedad intelectual o no sirve y no tendremos nuevas creaciones musicales o justamente sirve para que los grandes no se contenten con sus derechos y vuelvan a inventar o a reinventarse a sí mismos, mezclando letras y añadiendo novedades a sus éxitos de ayer.

Nada de esto me parece mal, antes al contrario me parece una evidente demostración de que la eliminación de la escasez artificial de los derechos de autor, es algo muy estimulante para la innovación que tanto ansiamos.

Patently ridiculous

Clasificado bajo: Devolución, dietario — Juan Urrutia a las 5:47 pm el Domingo, Abril 2, 2006

Este es el título de un breve editorial sobre patentes del Herald Tribune correspondiente a este fin de semana.

Y quizá sea evidente que la defensa de la propiedad intelectual está entrando en el tereno de lo ridículo si tomamos nota de que

La compañía Smucker ha ido a juicio en relación a las patentes sobre la mantequilla de cacahuete y los sandwiches de jalea.

Uno de los problemas básicos en este campo, precisamente el que enturbia una visión clara del fondo del asunto, es que ya han entrado en juego los Trolls de las patentes que, y traduzco fielmente:

han dado la vuelta a los derechos de propiedad y los usan para imponer, chantajear e incluso cerrar compañías productivas a menos que paguen rescates bastante elevados

El asunto de Black Berry está en la mente de todos. Constituye una muestra evidente de que las patentes pueden llegar a ser un impedimento para la innovación.

Me temo que, como casi siempre, llegaremos tarde a esta segunda lectura de los derechos de propiedad intelectual que ahora se impone y perdamos el tiempo defendiendo una institución bienintencionada que necesita una revisión urgrnte.

To skype or not to skype

Clasificado bajo: Devolución, dietario, las indias — Juan Urrutia a las 11:19 am el Miércoles, Febrero 22, 2006

To Skype, naturally! Es natural que queramos utilizar lo que la tecnología nos ofrece gratis y nos permite extender nuestro radio de acción. Es natural para un individuo cualquiera que toma lo que hay ahí fuera como un dato sin mayores reflexiones. Pero luego llegan los trascendentes, los que piensan por los demás y acaban tratando de dictar la conducta de todo el mundo.

Utilizar este programa maravilloso tiene sin duda sus efectos secundarios o, como dicen los sociólogos, sus consecuencias no queridas. Reduce el ancho de banda disponible para otras cominicaciones, dificulta en consecuencia el tratamiento de datos y, he aquí el quid, pone en peligro la cuenta de resultados de las operadoras.

Y sin embargo la miopía del consumidor individual es en este caso evolutivamente progresista. Esas operadoras tradicionales no tendrán más remedio que ponenrse las pilas y tomarse en serio la innovación. La batalla por la propiedad intelectual ya no sirve aquí. Y menos mal pues entonces la utilizarían para dificultar la expansión personal que Skype hace posible pretextando que tienen que velar por sus accionistas.

Pero los accionistas pueden volar a otros valores lo mismo que el consumidor se pasa de una tecnología a otra. La única defensa posible de aquellos que se queden, y de los propios ejecutivos, es desarrollar un nuevo producto que consiga desplazar a aquel que desplazó el anterior. La innovación sigue a la innovación siempre que no paralicemos la cadena por extraños motivos particulares y nunca favorables al consumidor el que , sin embargo, proclamamos su soberanía.

Dejemos pues que funcione la evolución y tendremos mayor acceso a datos, mayor rapidez en nuestro uso de internet e incluso una nueva oportunidad para invertir intelgentemente en Bolsa.

Pero todo esto exige una especie de materialismo contradictorio con la trascendencia de un cristianismo que está perdido en este mundo tecnológico que le sobrepasa. Pretende dejar que la naturaleza haga su trabajo sin interferencias humanas; pero luego parece haber perdido su fe en la economía de la salvación y pretende enmendar la plana al creador en materias científicas y tecnológicas como si éstas no fueran naturales.

O sea que, sin duda, utilicemos la posibilidad que nos brinda Skype. Y sepamos que cuando lo hacemos estamos siendo fieles a nuestra naturaleza que no nos pide previsión; sino docilidad a lo posible. Como nos recomendaría ese profeta de nuestra salvacion que es Michel Houellebeque.

Devolución o Creative Commons

Clasificado bajo: Devolución, dietario — Juan Urrutia a las 7:26 pm el Miércoles, Diciembre 28, 2005

Ya he hablado de propiedad intelectual en general hace unos días. Más recientemente he comentado sobre el copyright en términos filosóficos y promretí hablar de ello en términos económicos de un forma amplia.Como esto último va llevar algún tiemp voy a tratar de hacer un resumen de aunque no se entieda bien.

Hay oferta abierta de bienes intangibles, ya sea ciencia, código o cultura. La hay por la ética del hacker y porque finalmente hay algo que ganar. Para que esto último sea cierto es necesario que haya un mercado, pero, de momento, nos falta la demanda final de este tipo de bienes.¿ Habrá una demanda derivada de la demanda final de aqullos bienes que incorporan ciencia, código o cultura?
Mi apriori es que no es dificil argüir que hay esa demanda final en el sector del software ( Red Hat) y en no pocos sectores industriales; pero que no es fácil encontrarla en todos los subsectores culturales. Hay, en efecto, mucha obra cultural que no encuentra salida en una obra final que llegue al público.Si este a priori es cierto, se siguen unas conclusiones curiosas.

La creación científica, como la elaboración de código o la cocina de autor, no exigiría patentes incentivadoras ya que alguien demanda ciencia, codigo o recetas, para poder producir y vender un producto final que incorpora ciencia, código o receta ceativa, En consecuencia renunciar a una patente por parte de un ciéntifico, un informático o un cocinero, no es una señal ( en sentido técnico ) de la calidad de su investigación., de su código o de su cocina.En consecuencia hemos de esperar la emergencia de equilibrios de mercado que no sean separadores, es decir en los que no se distinga mediante el precio la buena de la mala ciencia, el buen código del mediocre o la buena cocina del mero forraje. Aquí, en estos sectores, o no hay patentes, como en la cocina, o la devolución es posible y plausible.

La creación cultural es distinta. Puede que exija copyright porque nadie demande ralmente cultura para realizar una obra cultural de consumo final. Cualquier vendedor de una revista musical puede conseguirlo sin necesidad de tener un buen libreto; depende de otras cosas. Luego en principio, harían falta los derechos de autor. Renunciar a ellos sería pues una verdadera señal de calidad y de confianza de la obra de uno que se pretende poner en escena, digamos. Cabría pues un equilibrio separador en el que , si la demanda es lo suficiétemente grande, las obras de calidad alcanzarían mayores precios a pesar de haber renunciado a los derechos de autor. En este sector cultural los Creative Commons no parecen del todo ociosos en la medida que van en el camino de renunciar a algunos aspectos del copyrght.

Me parece que aquí hay “food for thought”.

¿Qué es un autor?

Clasificado bajo: 1500 palabras, Devolución, las indias — Juan Urrutia a las 11:31 am el Jueves, Diciembre 22, 2005

Esta interrogación es el título de una conferencia muy famosa que pronunció Michel Foucault en 1969 y que ya apuntaba la inhumanidad que se atribuye a la obra de este autor y que se asocia a la muerte del sujeto que hoy nos parece tan corriente.

Dos años antes y en plena adolescencia intelectual yo había intentado comprender algo de Las Palabras y las Cosas como algo más allá del movimiento estructuralista que había comenzado a llevarnos por una deriva ortogonal al marxismo omnipresente en aquel tardofranquismo. Pues bien 36 años más tarde topo con unos textos de Giorgio Agamben (Profanaciones, Anagrama, 2005 ) que me retrotraen a aquella época pero ahora en un estadio cultural que oscila entre mi deseo de hacer mío lo que escribo, tal como quería Raymond Chandler, y este problema fascinante de la propiedad intelectual y, más específicamente, del derecho de autor o derecho de copia (copyright).

Tal como yo entiendo a Agambe, el autor, como persona con cara y ojos que escribe o practica cualquier otra forma de creatividad cultural, sería para Foucault necesario pero irrelevante. Lo que sería relevante para Foucault sería lo que denominaba la función-autor que “caracteriza el modo de existencia, de circulación y de funcionamiento de ciertos discursos en el interior de la sociedad”. Esta función-autor tendría para Foucault diversas características según refiere Agamben en el ensayo correspondiente al Autor de la obra citada.

Para empezar constituiría “un particular régimen de apropiación que sanciona el derecho de autor”, una característica sobre la que volveré. Pero también hay que entender esta función como un conjunto de posibilidades como la de “distinguir y seleccionar los discursos en textos literarios y científicos”, como la de “autentificar los textos constituyéndolos como canónicos”, como la de “dispersar la función enunciativa en una variedad de sujetos” o como la de “construir una “función transdisciplinar que hace del autor un instaurador de discursividad. ( Marx es mucho más que el autor de El Capital y Freud mucho más que el autor de La Interpretación de los Sueños)”.

El subrayado de el autor como instaurador de discursividad añade a la necesidad manifestada por de Chandler de sentirse alguien único, la aspiración a que esa unicidad sea inaugural. Y, sin embargo, esa esperanza es vana para un postestructuralista. Según Agamben, Foulcault añadió dos años más tarde en otra conferencia que “el autor es un determinado principio funcional a través del cual, en nuestra cultura, se limita, se selecciona; en una palabra: es el principio a través el cual se obstaculiza la libre composición, descomposición y recomposición de la ficción.”.

A mi juicio, la relevancia de la función-autor no anula del todo ni hace patético el deseo de autoría de un sujeto cualquiera que, por otro lado es necesario, aunque sea irrelevante, como persona nominalmente identificada. Es necesario para estructurar el discurso y la forma que tiene de hacerlo lo constituye. En el primer ensayo de Profanaciones, Agamben arguye convincentemente que el genio, entendido como ese espíritu o fuerza mágica que siempre nos acompaña y que quiere expresarse de manera natural, sin poseer los instrumentos para hacerlo, entra en una relación difícil con el ego del sujeto que sí posee la fuerza artificiosa de la expresión. Esta extraña relación genera o bien una creatividad potente o bien un debilitamiento anorexico según que nuestro ego sea capaz o no de utilizar la fuerza continua del genio a su favor o se vea desbordado por esa fuerza innominada.

Si como autores de carne y hueso querríamos ser meros testigos de la naturaleza “divina” del genio como principio engendrador, tendríamos que desaparecer como propietarios de nuestra obra y convertirnos en simples intermediarios de la gracia, por usar una palabra corriente en nuestra cultura mística, de la misma forma que el sacerdote es un intermediario con la divinidad. Si lo que queremos es ser propietarios de nuestra obra y cobrar esos derechos de autor que dan fe de nuestra autoría, entonces perjudicamos a la función-autor y nos interponemos en la libre composición, descomposición y recomposición de la ficción. Lo misterioso y terrible de esta elección entre el desarrollo del “espíritu” y el patético deseo de conformación de una personalidad única y eterna, es, según Foucault y Agamben, que solo conseguimos esto segundo cuando el genio ha desaparecido y ya no servimos como intermediarios de nada. Como cuando el gran matemático Félix Klein confiesa a una todavía temprana edad que está preparado a sustituir el genio perdido por la eficacia social.

Y ahora veamos cómo estas ideas quizá demasiado esotéricas se plasman en nuestra realidad circundante y asquerosamente mundana. Confesaba hace poco Carlos Saura que, en su última película, manipulaba a Albéniz de forma que, añado yo, a través de un Saura que dasaparece poco a poco, Albéniz se expresa después de muerto. Cuando un dj mezcla contribuye a liberar el sonido oculto y a innovar en la articulación de una nueva música. Las obras originales que Saura manipula, o que el dj mezcla, despliegan toda su potencialidad gracias a dos funciones-autor cuyas obras lejos de ser adoradas deberían ser violadas a su vez.

Este es el devenir de un discurso que vuela solo impulsado por el genio y al que la Propiedad Intelectual no hace más que frenar. Dicho de otra manera: yo no soy más necesario como autor cuanto más cobro por derechos de autor; sino justamente al revés. Tanta mayor parte de lo nuevo, en este mundo de lo culturalmente creativo, se debe a mí cuantos menos derechos de autor pueda reclamar o cuanto más a menudo se viole mi derecho de copia, mi copyright.

No me negarán que es una casualidad sospechosa que, en medio del florecimiento de la SGAE o de otras sociedades gestoras de derechos de autor, aparezca la ultima obra de Vilà-Matas (Doctor Pasavento, Anagrama, 2005 ), en la que se narra la historia de un escritor que, como Robert Walzer, quiere desaparecer como autor reconocible, pero no puede dejar de dar testimonio de sí a través de una escritura de caligrafía diminuta e ilegible (aunque haya sido descifrada últimamente) de cuya autoría , espero, nadie que ame o admire a ese ser, vaya a reclamar los frutos mundanos. Como también dice Foucault, mi “huella del autor está solo en la singularidad de su- mi- ausencia”, en mi manera específica de desaparecer, de dejar que la gracia del genio encienda ese filamento inerte en el que me he convertido y lo haga luminoso y calorífico.

Y si, a pesar de toda esta evidencia filosófica (si se me permite esa expresión nada habitual ), me dicen que un autor nominalmente identificable no puede renunciar a sus derechos de autor y que Teddy Bautista le va a enriquecer quiera él o no, no me queda más remedio que concluir que la SGAE o los derechos de propiedad intelectual están creando autores de pacotilla mientras entorpecen la circulación de ese discurso dictado por un genio impotente.

Aquí acabo con esta manera digamos que filosófica de pensar la parte de la propiedad intelectual que tiene que ver, entre nosotros, con el derecho civil. No hace falta que derive el obvio corolario de que la idea anglosajona de los Ceative Commons proporcionan una manera específica de desaparecer como autor y por lo tanto de contribuir a la manera propia de uno a la circulación del discurso o de la gracia, liberando al genio que nos habita.

Pero queda todavía la parte de la propiedad intelectual que, entre nosotros, tiene que ver con el derecho mercantil y hace referencia a las patentes. Esto es mucho más peligroso y requiere un tratamiento más económico y mucho más largo que estoy dispuesto a proporcionar en otro momento. Pero ahora quiero terminar con un último apunte.

Acabo de sugerir que, desde el punto de vista de una cierta corriente filosófica, el copyright acaba con el destino del autor que le arrastra a la desaparición a su manera: la muerte del sujeto. En ese otro trabajo de corte económico que acabo de anunciar mostraré que las patentes acaban con el despliegue del objeto adelgazando y estrechando la realidad: la muerte del objeto. Permitir que el sujeto se manifieste en su función relevante de mediador y estructurador del discurso infinitamente inacabable y abrir la puerta a la proliferación de l realidad objetual, deberían ser a su vez nuestra función ciudadana como engranajes de un mundo que funciona solo. Si actuamos al contrario tal como venimos haciendo y parece que queremos seguir haciendo, nos perderemos a nosotros mismos y empobreceremos el mundo. Eso sí, a cambio de unos euros.