Mervin King hocica

Clasificado bajo: Destacados, dietario — Juan Urrutia a las 2:32 pm el Sábado, Septiembre 15, 2007

El Gobernador del Banco de Inglaterra tiene que actuar a pesar de sus daclaraciones y de la posibilidad de que haga las cosas de manera diferente a la que usa el BCE ya que el R.U. no pertenece al área euro.

Ante las colas para retirar depósitos del Northern Rock, un perfectamente desconocido banco, por parte de aquellos que han oído decir que la institución concedió mucho crédito hipotecario que no va recuperar, el Banco de Inglaterra, que resulta ser el Banco Central del R.U., decide inyectar liquidez en el sistema.

Es curioso ya que en el R.U.no es el Banco Central el supervisor del sistema, por lo que las declaraciones de su responsable, el conocido economista Mervin King, que no haría nada para no exacerbar el azar moral, parecían especialmente ortodoxas y creíbles. Y sin embargo…

Y es que cuando las pequeñeces se transforman en bolas de nieve no se puede andar con finuras bajo el pretexto de que instituciones y ciudadanos tienen que aprender. Los acádémicos tienen una tendencia a olvidar esto justamente porque son ellos los que se han empeñado en encontrar un punto fijo que no existe, una roca firme donde solo hay aguas movedizas, un absoluto en un mundo relativo. Y sin embargo no hay nada en la teoría que no sea superficial y avale esa creencia. Hace años que lo digo de una manera obsesiva y estas vacaciones he ytenido ocasión de repetirlo hasta la saciedad empezando por mis opiniones bárbaras y contunuando por algunos corolarios obvios más o menos técnicos.

A pesar de este comentario no creo que este episodio sea significativo para nosotros. Nuestros bancos son mucho más sólidos en todos los sentidos, entre otras cosas porque conceden hipotecas de una manera mucho más cuidadosa que la que usan los bancos anglosajones. Nuestro derecho hipotecario es mucho más garantista para quien condcede la hipoteca.

Lo que me divierte, no lo puedo evitar, es los apuros de los puros en un mundo impuro.

Un dimisionario compulsivo

Clasificado bajo: Destacados, dietario — Juan Urrutia a las 9:58 am el Sábado, Julio 28, 2007

Le conozco bien desde que dimitió como capitán del equipo de baloncesto infantil como protesta por el mal estado del equipamiento deportivo con que les surtía el colegio. Más tarde y justo antes de abandonar este colegio dimitió del Indauchu infantil por exceso de exhibicionismo en el vestuario, según él. Casi simultáneamnete se dio de baja como socio del Athletic pues le pareció incompatible con la condición de intelectual que había decidido asumir (aunque me consta que esto se le pesó hasta hace pocos años). Decidió renunciar en el último momento a trabajar en una de las primeras compañías de consultoría que se creó en Europa con sede en París sólo para entrar a trabajar en una empresa de tubos de la que se marchó enseguida para ir a estudiar a los EE.UU. A su vuelta empezó a trabajar en la Facultad de Económicas en Bilbao y en la Universidad del País Vasco dimitió de Decano después de unos escasos dos años, de vicerrector de investigación y, entre medias, de Consejero del Gobierno Vasco. Vino a Madrid y después de unos años en la Comisión Gestora de la Carlos III, de la que curiosamente nunca dimitió, volvió a las andadas dimitiendo de Presidente de su Consejo Social y, obligado, del Consejo del BBVA y, como consecuencia, de algunos jurados de premios científicos y culturales. Más recientemente acaba de dejar la Presidencia del Consejo Editorial de EXPANSION y de algún otro consejo asesor del que era miembro.

¿Qué le pasa a este dimisionario compulsivo? Es, posiblemente, un señorito caprichoso como lo es Rato al que criticaba yo el otro día y con el que guarda alguna concomitancia. Pero eso, con ser posiblemente cierto no hace sino posponer la respuesta que busco para comprender el comportamiento de mi amigo.

Lo que posiblemente le pasa es que no puede más en un momento determinado. Se ahoga en la maraña de autoridades en las que se encuentra atrapado. Quizá como los neonómadas que pretenden esquivar el poder de imposición de los Estados o se van vendiendo a uno u otro a cambio de concesiones fiscales. Se trata de millonarios excéntricos o de deportistas de élite o de científicos que con la mochila al hombro van allí donde se hace lo que les interesa. Huyen del poder del Estado.

Pero quizás también ocurra que a ciegas va buscando su sitio, un lugar donde vivir rodeado de quienes son sus iguales, aquellos de los que aprende. Es posible que después de tantos años de enseñar lo único que le interese sea aprender.

Pero a mí me gusta verle como un ejemplo viviente del coste de la disidencia al que me refería en otro lugar. Ese coste de salirte de tu identidad en el que hay que incurrir para ir convirtiéndote en un individuo y no estar mediatizado por el colectivo que absorbe tu identidad individual en la suya haciéndote ver y sentir que no eres tu quien domina tu vida sino que es la identidad a la que perteneces la que toma las decisiones por tí. Es posible que esté inmerso en un doloroso proceso de individuación que es mas largo y casi tan doloroso como un parto, dándose a luz a sí mismo.

Me parece que huye del pasteleo en el que a menudo me ha dicho que cae su buena voluntad de contentar. Se le nota su impaciencia y su irritabilidad que traslucen a través de sus aparentes buenas formas y no tiene más remedio que huir cuando ha sido descubierto. Como esos héroes de celuloide que a pesar de ser queridos por no poca gente sienten la necesida de marcharse a seguir siendo unos hired guns allí donde les lleve su caballo más allá del horizonte. Curiosamente un día me confesó su fascinación por el caliente revolver y el frío cuchillo.

Cuando veo caravanas de tuaregs o esos éxodos de harapientos victimas de las hambrunas o las guerras, pienso que solo allí se encontraría a gusto, a salvo de un picor que le domina y le prohibe resignarse a que nada sea como él quisiera que fuera.

Las lenguas y las redes sociales

Clasificado bajo: Destacados, dietario — Juan Urrutia a las 7:02 pm el Martes, Julio 24, 2007

En la página 30 del The Economist corespondiente a la semana del 21al 27 de julio, la columna Charlemagne presenta un trabajo sugerente sobre Linguistic follies, algo que, de haber sido conocido antes, hubiera mejorado bastante ese trabajo que algunos colegas, bajo el impulso de Martin Municio actuando por encargo de la Real Academia de Ciencias Morales y con la financiación de la Fundación del entonces todavía Banco Central Hispano, realizaron sobre el valor del español tratando de cuantificarlo. Asistí a la presentación del trabajo y me surgieron muchas dudas sobre la forma de atacar el problema ya que parecería en principio que el lenguaje es un bien libre.

Sin embargo, basta con darnos cuenta de lo que ingresa el Reino Unido por la enseñanaza del inglés y lo que ahorra en la enseñanza de otras lenguas, para reconocer que la lengua tiene valor porque no es, a diferenia del lenguaje, un bien libre. Uno no nace sabiendo hablar en inglés ni lo aprende de sus padres a menos que estos lo tengan como lengua materna.

Por lo tanto es cierto que hablar inglés parece tener un valor añadido por el que la gente está dispuesta a pagar. A pesar de ello la columna a la que me refiero llamaba la atención sobre el hecho de que la concentración en el inglés podría tener algunas consecuencias negativas. Hace años aprendí que los taxistas de Berlín no están dispuestos a hacer un esfuerzo por entenderlo a menos que hayas pagado el precio de intentar hacerte entener en alemán. Esto no es sino un pequeño ejemplo del hecho de que uno puede imaginar situaciones en las que para llegar a algún acuerdo no es óptimo que ambas partes pretendan comunicarse en un inglés aprendido tardíamente o sin demasiado cuidado.

Piensen en un acuerdo a sellar entre dos empresarios, uno español y otro portugués. Seguramente ambos prefieren comunicarse en una de esas dos lenguas, en cualquiera de ellas que hacerlo en inglés. Por atender al contenido de la columna de referencia diré que es dudosos que los bruselenses debieran hablar en inglés debido a que hay una guerrita de idiomas entre el francés y el flamenco. Quizá sería más razonable que dos personas con ganas de cerrar el trato sin trampa ni cartón hablaran en uno de eso dos idiomas en lugar de hacerlo en inglés. No por razones estéticas o patrióticas, sino por puro interés.

Estar en posesión de una lingua franca como podría ser hoy el inglés tiene sus ventajas; pero es posible que no sea la mejor estrategia. Depende de la forma de las redes sociales y, en consecuencia, de la conexión linguistica entre las personas. Para los temas comunes es bueno tener una lingua franca; pero mientras haya relaciones regionales o bilaterales-y las hay- sigue siendo necesario y conveniente tener una lengua común no aprendida. De ahí el verdadero valor del español y no el que le atribuía el estudio de la Real Academia. De ahí también que el inglés debería ser, ante ciertas conformaciones de una red, no la segunda sino la tercera o cuarta lengua en cada país.

Sin embargo este no es el caso y las familias hacen verdaderos esfuerzos en enseñar un buen inglés a sus vástagos. Si hacen bien o mal dependerá de la configuración de la red social de que se trate. Así, a bote pronto, se me ocurre explorar la siguiente conjetura. Si la red fuera totalmente centralizada y el centro se expresara en inglés la estrategia familiar sería sin duda la adecuada. Si la estructura de la red fuera descentralizada la cuestión ya está menos clara y si esa estructura fuera totalmente distribuída entraríamos en una casuística sin fin. Habría montones de ejemplos en los que saber bien otro idioma distinto del inglés te podría permitir aprovecharte de ciertos caminos críticos en la comunicación que no podrían ser utilizdos por los que han aprendido inglés como una segunda lengua.

Clamar poor el inglés se me antoja por lo tanto como un ejercicio en “sentido común” que, como siempre, no tiene garantía alguna de ser corresto. Se trata de una reminiscencia del árbol o de le red centralizada que agota nuestra capacidad de imaginar estructuras sociales; de un resbalón de la inteligencia que no parece apreciar las virtudes de las redes distribuídas que, sin embargo, tienen unas propiedades maravillosas tal como les revelará el próximo libro de David de Ugarte.