Clandestinidad

Hablamos desde hace años de identidad como un fenómeno importante que explica muchas cosas y que estaría en la base de la confianza mutua sin la cual es muy dificil vivir en comunidad. Sin embargo también es la identidad fuente de conflictos entre comunidades que incorporan, o creen incorporar, identidades distintas con sus valores diferenciados. Conflictos estos muy a menudo dolorosos y sangrientos, especialmente cuando están asociados a la nación y a todo lo que esta noción incorpora en los diversos imaginarios.

No es pues de extrañar que floten en el ambiente multitud de ideas sobre cómo superar esos conflictos, aunque la superación sea una aspiración demasiado drástica y debiéramos contentarnos con aspiraciones menos ambiciosas.

En su prólogo al libro indiano De las Naciones a las Redes, Josu Jon Imaz se pregunta:

¿Podrá un mundo en red colaborar a superar ls conflictos nacionales sin que nadie se vea obligado a renunciar a una identidad y si que nadie tenga que imponer ninguna?

Claro que ellibro proporciona claves para intentar responder a esa pregunta; pero yo lo veo como un primer asalto a una fortaleza de dificil conquista. La identidad, en efecto, no es tema sencillo y su declinación exige paciencia y muchos tanteos.

El propio libro en su contraportada nos proporciona un hilo para el pensamiento:

El paso de la sociedad de economía y comunicación descentralizada- el mundo de las naciones- a un mundode redes distribuídas, hijode Internet y la globalización, hace cada vez más dificil a las personas identificarse en términos nacionales. Por eso aparecen nuevas identidades y nuevos valores que a largo plazo subsumirán a la nacionalidad del mismo modo que el nacionalismo absorbió y superó a las identidads comunitarias y religiosas que le precedieron.

Y ¿si no fuera así del todo? No parece dificil argumentar que la identidad nacional no acabó superando del todo a la comunidad religiosa, al clan familiar o a la tribu y que todas ellas son capas o sedimentos de la forma que todos y cada uno tenemos de ubicarnos en el mundo para- diría yo- tomar impulso para realizar nuestras andanzas, Trampolines de nuestra personalidad.

Si esta sospecha mía fuera cierta, topamos con una forma más de malestar propia de nuestro estar en el mundo. Por un lado la multipertenencia nos permite la fuga, un ingrediente sin el que no hay posible vidad propia o personal. Pero por el otro lado otra capa identitaria sobre las anteriores proporciona un desasosiego peculiar: la sensación de estar momificado o etiquetado sin posiblidad de apelación.

Pues bien ante esta forma de malestar no queda sino la clandestinidad. Uso el nombre de la forma de vida de muchos amigos en el tardofranquismo que miltaban en cualquier partido o movimiento que no les permitía una vida públicamente afirmativa de sus valores peculiares. Pero quisiera ir más allá de lo que ese nombre prestigioso evoca. Se puede ser clandestino de una manera distinta y casi opuesta a la que acabo de recordar. En lugar de no aparecer nunca en público de forma que nadie pueda asociar tu cara un nombe propio, se puede estar continuamente en el canadelero bajo numerosos y distintos nombres propios de forma que tu rostro aparezca asociado a disfraces variados.

Lo importante es la ocultación de lo profundo, de toda esa ira que anida en la profundidad de la espesura selvática en la que jadeamos sin encontrar una salida franca y en la que nuestros hermanos nos acechan sin reposo para acabar con nosotros.

Lo importante es, en efecto, la clandestinidad.