Salud, Dinero y Amor

Estoy recuperando mi bienestar general. Ya puedo caminar con cierta facilidad, los médicos parecen haber dado en el clavo en su diagnosis y, curiosamente, esto del deseo lejos de acabarse, se potencia a partir de una cierta edad.

En esto pensaba el otro día cuando me vino a la cabeza aquella vieja canción de Gigliola Cinquetti:

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios. Pues, con ellas uno vive libre de preocupación, por eso pido que aprendan el refrán de esta canción. El que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide, la salud y la platita, que no la tire, que no la tire.

Debe de ser la edad; pero lo cierto es que lo del deseo no me preocupa; pero caminando por Bilbao para hacer mis recados para los que había ido allí, la idea de las finanzas no me dejaba disfrutar de ese mi Bilbao natal pues acababa de leer en el periódico local que una cierta sala del Tribunal Supremo pasaba a la Banca la obligación de pagar el porcentaje correspondiente a las hipotecas y, por otro lado, la salud no acababa de volver a mis entrañas, no a mis huesos.

Tendré que esperar a mi médico de cabecera para que me explique las opiniones de los técnicos acerca de las pruebas que acababa de realizar y esperemos que ese dictamen sea razonable. Y respecto al dinero ya me valgo yo solo para entender que las bolsas mundiales no tienen un enorme porvenir inmediato, especialmente si dependen en una medida grande del sector financiero.

O sea que no me queda más que el amor.

Bruselas salva la libertad y me da la vida

Dominio publico

Me he encontrado con que la última entrada ha levantado una enorme suspicacia en mucha gente que no se atreve a añadirle un comentario porque creen que estaba anunciando mi muerte, prefieren llamar alguien que me conoce y ellos también conocen para ponerse al día de mi estado de salud. En algunos casos me ha llenado de sorpresa y me parecen que esas personas no distinguen la realidad de la literatura a pesar de los muchos escritos que se centran en la cercanía de la muerte del propio autor y en la manera que tiene de enfocarla.

No se cómo actuaré yo en esas circunstancias aunque me estoy empezando a enterar a medida que con la edad mi cuerpo parece adquirir una cierta autonomía para el mal. No me produce nostalgia ni miedo; simplemente un enorme cabreo que se trasluce en mi forma de escribir en este blog o en otros muchos lugares bajo mi nombre propio o tomando el papel de «negro», cosa que ya he confesado en otras ocasiones, como, por ejemplo, esta ya vieja.

Esta figura del «negro» está claramente relacionada con el copyright, esa figura legal que tanto cabreo generó en mí cuando concentré mi atención en los derechos de propiedad en general. Y ahora resulta que no pocos autores querían reforzarla en esta época de Internet cuando parecía que ya habíamos alcanzado cierta libertad. Por eso la negativa de Bruselas a aceptar ese refuerzo me ha producido una gran alegría.

Corea

Paralelo 38 Corea

La muy larga despedida entre el Presidente de Corea del Norte (Kim Jong-un) y el presidente de los Estados Unidos de América (Donald Trump) en Singapur parecía un anuncio de peluquería para caballeros pues hay que reconocer que ambos exhiben un corte original. Pero no pude detenerme en ese detalle pues la vuelta a aquellos momentos me hace retornar a la infancia, recién comenzado el Bachillerato, en plena guerra de Corea.

Recuerdo dos detalles que me gustaría resaltar.En primer lugar está sin duda aquel album de cromos de la guerra de Corea que citaba continuamente ese paralelo 38 que para siempre ha quedado en mi memoria como un hito de la forma de zanjar una discusión. En segundo lugar, y como algo mucho más cercano, no puedo olvidar una costumbre del Padre Cortabitarte S.J. en su clase de religión del colegio al que yo asistía. Cada día de clase sacaba a varios alumnos a la tarima y les hacía preguntas relacionadas con la última clase. Si contestabas correctamente te quedabas sobre la tarima; pero si errabas eras enviado grandielocuéntemente a Pumanjón (lugar de la franja de separación entre las dos coreas) y en donde, casi al final de la guerra, se debía pasar muy mal.

Pero es mi postura ante este segundo recuerdo la que todavía me sirve como guía hacia mi mismo. Cuando me tocaba subir a la tarima y ya había contestado correctamente varias preguntas, erraba a propósito en cualquiera de ellas a fin de compartir mi destino con la mayoría de mis compañeros.

Otra pausa

Tel Aviv

A principios de año escribí este post transmitiendo que nos íbamos a Tenerife con hijos y nietos y sin ordenador pues no que quería distracciones. Mañana me voy, esta vez solo aunque con amigos de Los Angeles, a Tel Aviv y, otra vez, sin ordenador. Será una semana corta, pero espero que me de tiempo para contemplar muchos de esos lugares de los que tanto he leído y estudiado en mi niñez escolar, de Belén a Nazaret pasando por Jerusalem y Haifa.

En realidad lo hago en honor a mi madre que tantas veces me dijo siendo niño que me llevaría a Tierra Santa a donde ella había ido con amigas de soltera y en donde había cabalgado en un camello cuya foto me enseñaba a menudo. Pero eso no quita para que yo vaya con esperanzas de contemplar mucha historia aunque tampoco pienso sacar ni una foto.

Espero que la inestabilidad relativa de la zona no me estropee la escapada.

Gorrión rojo (Red Sparrow)

Gorrion Rojo cartel

Me voy haciendo a la idea de la jubilación y me permito escapadas que todavía se me antojan un tanto disparatadas. Por ejemplo ayer me escapé a media tarde al cine y me fui a ver Gorrión Rojo a un cine cerca de casa. Me sentí como haciendo «pira», pero acabé dándome cuenta que ya no hay esa cosa en mi caso.

La película fue de mi gusto por tres razones todas ellas relacionadas con mi sentido cinematográfico desarrollado en mi juventud o primera madurez:

  1. No se entiende todo, como en la vida misma y, al menos yo, me quedo con la duda de quién está en qué bando, algo que siempre me ha parecido es lo que ocurre en la realidad a pesar de todas las declaraciones.
  2. Está filmada como antes, sin estridencias ni nuevos enfoques con lo que la experiencia me trae a mi juventud y sigo pensando que aquel cine era mejor que el de ahora.
  3. Me siento como cuando he leído al autor de El Topo o de El Espía que surgió del frío, ambas de John le Carre. Siempre está la tensión entre la lírica y la épica.

La Goulue otra vez

La Goulue Restaurant

Tengo el recuerdo vago de que hace años escribí en este blog bastantes posts sobre una pequeña agenda de notas muchos de cuyos ejemplares había afanado yo en un restaurante de New York y que me sirvieron para iniciarme en la toma de notas rápidas para luego meditar sobre ellas. El restaurante se llamaba La Goulue, en referencia a esta bailarina un tanto descarada de la belle epoche, y este es el nombre que aparecía en la tapa de esa pequeña agendita. De hecho durante años he viajado con ella y las notas tomadas en ella están debajo de no pocos posts, como este, por ejemplo.

Cuando hace unos pocos días veo a la Goulue pintada por Toulouse-Lautrec en la exposición del Canal, me acordé de este restaurant que creía había cerrado y consultando con la Wikipedia y me enteré que ya ha reabierto y cerca de donde estaba. Si antes estaba a la altura de la 68 ahora está a la de la 61. Pero vuelve a ser un referente en esa parte de Manhattan en donde a menudo he soñado con vivir.

Lo que no he conseguido averiguar si en el nuevo establecimiento vuelven a tener los cuadernitos de notas. Si los tuvieran me atrevería a comprometerme con volar a New-York pues con unas docenitas de estas agendas tendría asegurada mi productividad intelectual por años. Quizá para todos, cosa que no puedo asegurar con las agendas diminutas que he usado hasta ahora en sustitución de La Goulue.

Mi madre, Tierra Santa y mi mujer

Jerusalem

JerusalemNo encuentro la foto por mucho que busque, ni parece que la tenga mi hermana. Era una instantánea de mi madre montada en un camello en lo que entonces se llamaba Tierra Santa algo que para ella era menos amplio que la Tierra Prometida de los judíos. Mi madre estaba soltera y fue con unas amigas que cuando yo era niño todavía venían por casa y a las que yo llamaba «tías». Supongo que debían ser los años treinta e Israel, como tal estado independiente, no existía todavía y seguramente antes de la guerra civil española. Lo que sí recuerdo es que cada vez que me mostraba esa foto me prometía llevarme un día a Tierra Santa en donde estaba el origen de la verdadera religión: la nuestra.

Pero fue pasando el tiempo y la promesa nunca se cumplió. La guerra mundial y la posguerra española fueron las causas primeras y más tarde aparecieron otras como el Parkinson de mi padre y la edad de ella que me me dio a luz con más de cuarenta años. Y supongo que sobre todo sería el nacimiento del Estado de Israel, algo que no creo que ella entendiera muy bien; pero que ya no permitía hablar de Tierra Santa.

Siempre he pensado en ir algún día en su honor; pero nunca lo hecho por mucho colega judío con el que haya hecho buenas migas en mi carrera académica. Hasta ahora en que, al día de hoy, tengo programada casi una semana entera de estancia en Tel Aviv desde donde espero poder visitar no solo Jerusalem, sino otros de los lugares sagrados para los cristianos y cuya historia me fue inculcada por años de estudio, como asignatura de Historia de la Religión

Y, desde luego, visitar algún Kibutz pues esa institución no es simplemente una colonia sino toda una forma de vida en la que se trabaja en hermandad y, en mi caso, representa sobre todo una tentación de los años 60 del siglo pasado donde las comunidades eran eso, una verdadera tentación. Una con la que engatusé a la que hoy es mi mujer y lo ha sido los últimos 50 años.

Una Pausa

Aniversario

AniversarioPor primera vez en muchos años, a partir de mañana estaré más de una semana sin mi ordenador portátil. No es que no pueda llevarlo en la maleta al sur de Tenerife y utilizarlo allí mientras conmemoramos, Marisa y yo, nuestras bodas de oro. Fue el 3 de enero del año 1968, nada menos que el sesenta y ocho, año mítico donde los haya. Podría, pero no quiero pues lo que deseo en fecha tan señalada es acercarme a aquella época lo más posible y en aquel entonces no existía esta tecnología digital.

En cualquier caso estaremos acompañados por hijos y nietos y tanto Rafa como Itziar seguro que no se desprenderán de sus tablets por lo que tendré que hacer un gran esfuerzo para no pedirles permiso para utilizarlas y entrar en mi ordenador por si ha llegado alguna de esas noticias que no me llegan al teléfono móvil. Espero ser capaz de no hacerlo y de volver cincuenta años atrás y recuperar parte del entusiasmo con el que enfrentábamos una nueva manera de vivir.

Estar en medio del océano y alejado de toda tentación de pertenencia a nada es el equivalente espacial de la pausa en el tiempo y ambos juntos conforman una forma de entrar en una nueva vida totalmente alejada de nostalgia alguna. No, no cabe la nostalgia pues se necesita en estos días toda la energía posible para enfrentar un mundo en pleno cambio, al menos tan pleno como el de aquel año mítico que marcó nuestra juventud y nuestra vida adulta por lo menos hasta ahora.

Ni (tan) siquiera

Palabras RAE

Palabras RAEEstos últimos días se nos ha contado por todos los medios que la RAE ha permitido la inclusión de muchas palabras nuevas que aparecerán en breve en la edición impresa del correspondiente diccionario. Basta con examinar algunas que aparecen en la red como, por ejemplo aquí, aquí y aquí, para admitir que, en todo caso y sean o no refinadas, son bien reconocibles.

Pero notemos que, con la excepción de algunos verbos, se trata de sustantivos, esos elementos del lenguaje, de cualquier lenguaje, que son fáciles de aprender y asimilar. De acuerdo; pero ¿qué pasa con adverbios como ese «ni tan siquiera»? que yo uso tanto. En mi paseo de esta mañana me he vuelto loco pensando en esa expresión a la que no encontraba sentido ninguno y que, al cabo de un largo tiempo de repetírmela, ni tan siquiera me sonaba.

Un trocito de Iparralde

Iparralde

IparraldeEran otros tiempos y la primera vez que, de niño, atravesé la frontera de Hendaya para ir a Lourdes fue toda una aventura, no tanto por todas las muletas y bastones colgados del techo de la gruta como muestra y prueba de las curaciones milagrosas de la Virgen María, sino sobre todo por la aventura de engañar a los guardias civiles a la vuelta con el contrabando de platos duralex y coñac francés. Sin embargo no es la parte aventurero lo que más recuerdo, sino el enorme cambio ambiental que se producía en unos pocos kilómetros. Iparralde era un lugar limpio y sereno en el que la imaginación infantil se perdía muy fácilmente como si se tratara de un paraíso inalcanzable. Las casas donde vivía la gente eran preciosas y estaban limpias.

Esta pulcritud austera, sin alharacas fue una impresión que todavía conservo. Y, de hecho, es el mejor exponente de lo que considero la más digna de las formas de vivir. Es quizá por esa razón que, a menudo, incluyo en mis paseos obligados esa callecita que me lleva desde el restaurante Jai Alai hasta el Paseo de la Habana pasando por la Plaza del poeta Manuel del Palacio en la que hay dos casitas en una de las cuales debería vivir yo aunque yo no sea de Iparralde sino de Hegoalde.

y la plaza correspondiente