¿Cabe la ampliación?

Durante estos días he leído aproximadamente la mitad de Conocimiento y Sabiduría. He hecho no pocas correcciones de todo tipo, pero no he encontrado ninguna ocasión de introducir nuevo párrafos que vinieran a cuento. Ya veremos lo que encuentro en la segunda mitad; pero poco a poco voy resignándome a que el relato será corto.

Extraño entusiasmo

Esta normalidad y el entusiasmo, aunque éste no muy grande tienen algo de misterio pues no parece que en general vayan juntos. La normalidad genera más bien un cierto tedio y el entusiasmo parecería más bien algo ocasional. Sin embargo en este caso de Juan y Machalen es como si en los próximos años se fueran a ver de una forma siempre imprevisible y que esa época de imprevisibilidad se iba alargar mucho más de lo esperado. No es de extrañar por lo tanto que la vida de uno y otra fueran un tanto irregualares. Ni Machalen en su éxito artístico ni Juan en su proceso de cambio y su carrera docente e investigadora, vivírían una paz capaz de generar una vida entregada a otra persona casi siempre ausente.

Vacaciones de escritor

Foixá

Hoy a mediodía hemos llegado a Foixà y lo primero que he hecho es colocar el ordenador en su sitio. La sorpresa es que, a diferencia de otros veranos, ha funcionado inmediatamente sin necesidad de acceder al técnico correspondiente. Por lo tanto no tengo disculpa y tengo casi mes y medio para completar el primer borrador de otra novela que completa https://www.amazon.es/El-s%C3%ADndrome-del-capataz-novela-ebook/dp/B00VU7DSZQ/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1531903506&sr=8-1&keywords=El+S%C3%ADndrome+del+Capataz cuya 2ª edición está ya disponible en Amazon con una introducción muy inteligente de María Lozano.

Esta nueva novela tiene ya título, Conocimiento y Sabiduría. Breves Memorias Falsas, y trata de contar las aventuras del protagonista de la anterior tanto en Latininoamérica como en su vuelta a España con un nuevo rostro y un nuevo nombre. Tengo delante de mí unos 120 folios completamente llenos pues de momento este esbozo de novela no tiene diálogo. Debo aumentar el número de páginas de esa futura de novela; pero no necesariamente a base de diálogos sino de historias de ficción inventadas.

De momento tengo 20 capítulos con una media de 8 paginas por capítulo, es decir como 160 páginas. Y como cada pagina en un folio tiene como 300 palabras, tengo ya unas 48.000 palabras. Lo que pretendo estas vacaciones es incrementar la media de páginas por capítulo desde 8 a 10, de forma que tendré unas 60.000 palabras, es decir unas 200 páginas en la novela. Esto lo conseguiré si escribo una adición media por capítulo de 600 palabras. Es decir un total de 12.000 palabras nuevas. No es tarea fácil; pero tampoco es imposible. Eso quiere decir que, cada día útil de estas vacaciones debo redactar unas 400 palabras. Es posible que si me falla la cabeza y ando flojo de imaginación tendré que adaptar cosas ya escritas, especialmente las escritas aquí en Foixà.

¿Ha sido obligada esta última pausa?

Monasterio de San Michele

En este curso he hecho al menos dos pausas en este blog. Ambas estaban justificadas, creo yo, por circunstancias exteriores, pero esta última que hoy trato de romper, se debe al desarrollo natural de los males de mi rodilla izquierda que me permití hacer públicos en el último post.

El músculo y el tendón que describí en aquel post se han puesto realmente tensos y como ambos confluyen en la rodilla ésta está muy dolorida y exporta el exceso de dolor hacia abajo llegando hasta el tobillo y hacia arriba hasta la nalga izquierda. Es como si toda la parte izquierda de mi cuerpo se hubiera desmandado e intentara independizarse a costa de un terrible dolor. Es difícil entender la causa de este segregacionismo y tampoco parece existir una explicación profunda de su surgimiento; pero hace ya casi tres semanas se detectó en mi cuerpo otros lugares donde reina el mal, o enfermedad, de Paget. Mi explicación nada técnica de esta extensión se encuentra en el cambio de mi manera de caminar a causa del surgimiento de dicho mal en la cadera izquierda.

Pero sea cual sea la causa de esta pausa más reciente lo que es completamente cierto es que nada me libra de la sensación de que el tiempo que me queda es escaso. ¿Para qué pues tratar de crear algo? Hasta hoy me ha parecido que mejor retirarse a la soledad de uno mismo y comenzar a releer los miles de libros que me rodean. Pero resulta que ninguno de los que han constituido mis primeros intentos de consuelo ha cumplido con su misión.

La rodilla izquierda

Musculatura

Muy a menudo recuerdo una especie de protuberancia que me salió en la parte anterior de la rodilla izquierda al final de mi adolescencia. Yo había sido el más alto de la clase en mi colegio hasta el momento en el que muchos compañeros comenzaron a sobrepasarme, ese momento en el justamente emergió la protuberancia de la que hablo. No me cabía duda de que en cuanto esa anormalidad se me pasara volvería a crecer y yo a recuperar la cabeza de fila de los de mi clase siempre ordenados por altura. Pero el tiempo pasaba y yo no hacía más que perder lugares en la fila y confianza en mi mismo. Ahora mismo acabo de usar esa wikipedia tan reciente para enterarme de que eso que me entristecía se llama la Enfermedad de Osgood-Schlatter

Durante un montón de años me olvidé de ella mientras sus presuntos efectos perniciosos sobre la altura no impidieron mis triunfos en las carreras cortas y me convertí en un sprinter casi invencible y en un extremo derecha en el equipo de fútbol súmamente peligroso gracias a mi velocidad. Pero ahora ha vuelto a mi memoria a causa del mal de Paget en la cadera derecha y a dolores posteriores, y yo creo que causados por dicho mal, en el muslo de la pierna izquierda.

En primer lugar el músculo sartorio se puso durísimo y desde la ingle a la rodilla me dolía muy mucho y me hacía preguntarme, antes de ser diagnosticado, si ese dolor no tendría que ver con la tan generalizada entre mis amigos enfermedad de la próstata. Pero a pesar de que el tamaño de mi próstata estaba aumentando, no necesitaba ninguna intervención y solo se trataba del mencionado músculo Sartorio que me molestaba mucho al andar. El Fisio, del que hace tiempo no puedo prescindir, me lo machacó durante varias sesiones y el dolor fue disminuyendo aunque no desapareció del todo sino que fue sustituido por otro nuevo. Esta vez se trata del tendón isquiotibial que, extendiéndose desde la cadera hasta la rodilla y hasta la parte superior del glúteo, es objeto de un dolor punzante que me dificulta bastante el doblar la pierna y, en consecuencia, el andar y con el que el fisio se ha enfrentado de verdad.

Tomo numerosas medicinas para estos dolores, medicinas que se añaden a las que no he dejado de tomar desde el infarto del verano del 2011 y que exigen otra más para que toda esa mezcla no acabe conmigo del todo. Digo del todo porque, en cierta medida, ya está acabando con mi manera de vivir. Pero si ahora me atrevo a contar todos estos males es porque veo crecer en mí la esperanza de que el bulto de mi rodilla del que ya he hablado vaya desapareciendo poco a poco. Resulta que, aunque parezca imposible, me veo más alto en el espejo y en el reflejo que los escaparates proyectan de mí. Y, en consecuencia me pregunto si no podrá ocurrir que comience a crecer de nuevo.

El nuevo proletariado

El entusiasmo: Precariedad y trabajo creativo en la era digital

Han sido unos días difíciles estos últimos porque mi mal de Paget me ha hecho sufrir mucho y de maneras inesperadas, a pesar de lo cual no he tenido más remedio que asistir en Bilbao y en Madrid a las despedidas intelectuales de dos colegas, buenos amigos, que han cumplido los 70 y han decidido no hacer uso de algunas facilidades de sus respectivas universidades y retirarse del todo. Y, además, al tener que tomar un avión para poder acudir a ambos eventos, aproveché para comprarme un libro en Barajas que me ayudó a volar sin concentrarme en mis dolores. Se trata del ensayo de Remedios Zafra al que se refiere Daniel Bellón en su reciente post y del que nos promete seguir hablando en el futuro próximo. A mi también me gustaría poder colaborar al esfuerzo de Remedios Zafra por hacernos ver la Precariedad del trabajo creativo en la era digital subtítulo del ensayo.

En los dos homenajes a los que me he referido el tema genérico, cualquiera que fuera el puramente académico era justamente el del trabajo intelectual y ciertamente en la era digital al menos en algún aspecto. En efecto, no se trataba de señalar en un caso u otro si la posibilidad de que sus trabajos pudieran ser leídos de una u otra manera en la Red, sino, sobre todo, de que la expansión de la informática permitía medir su producción y calibrar su valor de acuerdo con mediciones que se han desarrollado de la calidad de un científico por medio de un número como, por ejemplo el Indice h que mide de forma original tanto las publicaciones como el número de citas por ejemplo que, sin duda, son una aproximación no estúpida de su calidad.

El trabajo de ambos homenajeados es ciertamente muy bueno bajo una medida como esta y en las charlas oficiales casi todos sus antiguos alumnos ahora ya colegas mencionaban ese índice de calidad; pero en los recesos para tomar algo o despertarse con un poco de café, esas personas, hoy en pleno trabajo creativo, recordaban aquella época en la que las publicaciones, su calidad y número aun siendo conocidas no es lo que más recordaban estos discípulos; sino más bien la forma en la que comunicaban el entusiasmo por las ideas que pregonaban. Fueron estas las que les llevaron a continuar con la carrera académica y a sufrir los avatares de una tan extraña carrera cuyo éxito o fracaso se mide no tanto por el entusiasmo que genera o por parámetros universalmente conocidos, sino por otras razones menos santas, pero que, en cualquier caso, exigen cada vez más una movilidad excesiva y, a menudo, prácticamente incompatible con una vida familiar. De ahí la precariedad de la que habla Remedios Zafra y que se extiende más allá del mundo académico al artístico en general con criterios asimilables a los mencionados hasta ahora.

Estas ideas son las que en la realidad del trabajo creativo castran un tanto la creatividad pues no congenian muy bien con la diversidad pues, tal como ya empieza a ser un lugar común, la aplicación de los índices reseñados llevan a la imitación de los mayores más famosos por parte de los jóvenes a pesar de lo que estos querrían. Como no es difícil admitir que esa falta de diversidad limita la creación de nuevas avenidas para el pensamiento, deberíamos rebelarnos un tanto sobre el camino por el que nos lleva la informática en la era digital.

Y la manera que creo Remedios Zafra va a seguir en el resto de su ensayo es precisamente la de poner de manifiesto lo que creo llama en esas pocas páginas que he podido leer hasta ahora «la proletarización del trabajo creativo». No ganarán mucho y tendrán que estar al albur de los gustos cambiantes de los patrones. Se me ocurre pronosticar que, en el mejor de los casos, los más afortunados alegrarán los ocios de los grandes señores con el enriquecimiento intelectual de los salones ilustrados.

Generalización del Concierto

Oteiza construccion vacia

No tengo energía para comentar lo de la moción de censura y el triunfo de Pedro Sánchez; pero sí de reflexionar un poco lo que significa, quizás, el camino que espera a España o que yo pensaría que le espera. Creo que más allá de la globalización no vamos hacia un Estado único, sino hacia asociaciones formadas alrededor de intereses específicos que, a su vez, se coordinarán por medio de asociaciones novedosas y, de momento, experimentales. Justo lo contrario de lo que perseguiría el liberalismo de Mark Lilla. Y si estuviera en lo cierto sería conveniente volver a tomar ideas de hace bastantes años sobre el Concierto Económico vasco, ideas que se pueden leer en mi blog; pero que voy a tratar de resumir aquí no antes, sin embargo, de recomendar la lectura de la explicación reciente de Pedro Luis Uriarte

El martes 4 de octubre del 2005 escribí un post titulado Disipación de rentas y financiación autonómica que ahora voy a recordar a efectos de entender lo que significaría la posibilidad de generalizar el Concierto Económico a todas las comunidades autónomas de España de forma que éstas pagarían a la Administración Central solo el Cupo de acuerdo con el cual esas comunidades pagarían a la Administración Central sólo lo que ésta hace por ellas.

Por un lado me parecía un arreglo óptimo pero cerca de ser imposible. Me parecía óptimo porque estaba basado en el principio liberal de subsidiariedad, porque no era redistributivo, porque, al no confundir lo asignativo con lo compensatorio, conforma un sistema que mantiene el incentivo a maximizar el PIB de la Comunidad correspondiente y porque es compatible con la solidaridad a través del Fondo de Compensación Interterritorial (FCI). Me parecía, sin embargo, imposible, porque pondría en jaque el principio de suficiencia en relación a la Hacienda Central y porque el País Vasco y Navarra tendrían que rehacer el cálculo del Cupo en su contra y porque no todas las CC.AA. estarían dispuestas a cargar con el coste político de recaudar.

Pues bien, para remachar las bondades del sistema de Concierto y para argumentar que las dificultades de su generalización pueden ser vencidas voy a dar un rodeo por la antigua noción de renta, un concepto que no se usa mucho en su sentido técnico aunque debería hacerse y que en el momento actual nos sería muy útil para el objetivo de este post.

En sentido técnico, la renta de un factor de producción es lo que gana ese factor de producción por encima de su coste de oportunidad, es decir por encima de lo que ganaría en su mejor empleo alternativo. Una renta positiva está siempre asociada a la irreproducibilidad del factor de que se trata. En efecto, si el factor del que estamos hablando fuera fácilmente reproducible o, en otras palabras, tuviera muchos sustitutos, no tendría más remedio que aceptar como máxima remuneración alcanzable su coste de oportunidad ya que nadie tendría porqué ofrecerle nada más para asegurarse su servicio.

Ahora bien, esa irreproducibilidad que está en el origen de toda renta, puede estar generada de diversas maneras. Puede deberse a razones más bien naturales (como en el caso de la tierra), a razones de tipo legal (como en el caso de los notarios o de las patentes), y también a razones históricas o consuetudinarias que han hecho que ciertas instituciones (como podrían ser los Conciertos Económicos o la Administración Central con su Hacienda correspondiente) no sean fácilmente sustituibles por otras posibles debido a que, además, están sancionadas por la ley de leyes.

Pero las rentas de cualquier tipo y, por lo tanto, también las rentas generadas o que puedan generarse por ciertas formas de financiación autonómica, pueden disiparse y esa disipación haría del sistema de concierto algo óptimo. Ahora es fácil entender el problema político de la financiación autonómica como un proceso de disipación de rentas históricas.

Primero, las CC.AA. que se rigen por el sistema de Concierto (con el Cupo como su instrumento central) disfrutan de una renta histórica consistente en que parte del mayor gasto per cápita del que parece que disponen se debe a que no pagan la parte correspondiente del gasto central dedicada a la igualación regional, parte por cierto difícil de cuantificar, lo que justificaría esa renta. Segundo, la Administración Central también disfruta de una renta por sus labores coordinadoras que ejercita, digamos, por razones histórico-constitucionales. En este caso esa renta se puede entender como aquella cantidad de la que tendría que prescindir la Hacienda Central si se generalizara el Cupo, es decir si solo ingresara aquello que necesita para hacer las labores que no pueden hacer las CC.AA. con independencia de la dificultad de calcular la igualación regional.

Si se acepta el análisis efectuado hasta aquí, cabe ahora diseñar un proyecto concreto y específico cuyas ventajas son fáciles de entender y cuya previsible oposición no me parece imposible de vencer. Este proyecto consta de tres partes:

Primera, sáquese de los PGE (Presupuestos Generales del Estado) el gasto correspondiente a igualación regional y pesupuéstese ese gasto como parte del FCI, un fondo éste que se dedica a algo que ninguna Comunidad Autónoma, foral o de régimen común, se ha negado nunca a considerar como algo que nos sirve a todos. Segunda, generalícese el sistema de Concierto con su Cupo. Tercera, dótese de capacidad normativa plena en materia fiscal a cada Comunidad pues sin ella no hay verdadera autonomía financiera y sin ésta la autonomía política es ilusoria.

Como ya dije en su día, las ventajas de un proyecto así son bastante evidentes. Para empezar el sistema así creado es compatible en incentivos. Cada Comunidad tiene un incentivo obvio a maximizar su ingreso, su incentivo a ser eficiente en la recaudación es también evidente y la solidaridad se canaliza a través de un Fondo de Compensación interterritorial (FCI) significativamente reforzado. La competencia fiscal que surgiera acabaría disminuyendo la presión fiscal y, además, como nuevo argumento me atrevo a pronosticar que acabaría llevándonos a la implantación de una «flat tax» generalizada en todas las figuras impositivas con verdadera capacidad recaudatoria (IRPF, Sociedades e IVA) con mayor prontitud de la que se puede esperar de la Hacienda Central. Esta implantación iría, naturalmente, acompañada de la eliminación de las diversas desgravaciones hoy vigentes y que no son, una vez más, sino rentas enquistadas en el sistema económico.

Respecto a las dificultades para poner en práctica el proyecto, aunque imposibles de ignorar, me parecen hoy salvables con la nueva administración. Parece que el miedo a recaudar por parte de cada Comunidad Autónoma se está disipando y, por otro lado, la Administración Central, para ejercer sus competencias propias bien definidas, recibiría el mismo dinero que antes con la única diferencia de que una cierta parte de ese total formaría ahora parte de una cuenta separada y con poca discreccionalidad en su manejo. Por otro lado creo que el País Vasco y Navarra no pondría excesivas pegas generales en este preciso momento histórico. Tendrían perfecto derecho a protestar si se pretende redefinir el cálculo del Cupo pero yo apostaría a que no lo haría hoy siempre que se den algunas condiciones. Es cierto que el nuevo esquema reduciría su capacidad de gasto per cápita; pero su no aceptación dejaría demasiado al desnudo una aparente inconsistencia nacionalista entre la presunta insolidaridad del País Vasco, expresada en forma de renta diferencial, de la que tanto se le acusa últimamente, y su manifestación expresa de no desear la ruptura con España sino una especie de sistema confederal con capacidad de veto mutuo.

Para terminar con mi lectura de la posibilidad de generalizar el Concierto a partir de la moción de censura ganada por Sánchez, me gustaría continuar con las dificultades que ya vislumbraba en el año 2005. En efecto, mi optimismo no se mantendría ante la amenaza, no de generalizar el sistema, sino de eliminarlo. Tampoco ante la pretensión de romper la bilateralidad en la relación con la Administración Central. Y finalmente, aunque pudiera parecer incomprensible, la parte no nacionalista del País Vasco y Navarra podría no estar muy contenta con una generalización así. Incluso si pagan más que las otras comunidades autónomas temen muy mucho cualquier tipo de aparente acercamiento al independentismo.

Glasnevin

Glasnevin, Bloomsday

El día de hoy se parece a muchos de los que he vivido toda mi vida en Bilbao: lluvia y más lluvia. La gabardina es una prenda indispensable y la boina «del bocho» no elimina del todo el paraguas. Pero el día de hoy en Madrid me ha transportado a Dublín , a uno de los muchos días en lo que, en pleno verano, los pasaba en casa de Mrs. Blunt en la calle Glasnevin muy cerca del famoso cementerio que se visita en el Ulises de James Joyce,esa novela escrita entre París, Dublín y Trieste. Dentro de medio mes se celebra Bloomsday y, como todos los años, me encantaría pasar ese día en Dublín siguiendo los pasos de Leopoldo Bloom. Ya he pasado por Trieste, pero no consigo visitar Dublín en Bloomsday a pesar de mis intenciones anuales. Por eso no tengo más remedio que sustituir esa visita por el recuerdo de mis dieciséis años precisamente cerca del cementerio citado.

Dublín me enseñó a besar, a beber, a montar a caballo, y a leer. Lo de besar estaba relacionado con el juego de la botella que cuando nos señaló a aquella chica y a mí aprendí lo que es un buen beso en la boca. Ella era la mayor del grupo y yo quizá parecía mayor de lo que era. Beber cerveza era totalmente inevitable pues en casa de la señora que me acogía, Mrs. Blunt, vivía un tío suyo, hermano de su marido fallecido y enterrado en el cementerio de Glasnevin, totalmente alcohólico y apostandor compulsivo en las carreras de caballos a donde me llevaba a menudo y en donde yo apostaba siguiendo sus consejos. Y aprender a leer era obligatorio pues con el mal tiempo y la lluvia no se salía mucho y cuando yo lo hacía compraba libros que creía inaccesibles en Bilbao. Así cayó en mis manos el Ulises y ese verano fue la primera vez que intenté leerlo.

Pero ahora que vuelvo a todo esto aprovechando el mal tiempo de esta primavera me doy cuenta que también hice cosas que ahora me parecen muy valientes para un chaval de dieciséis años. Cogía el autobús a Phoeneex Park y allí tomaba clases de montar; de ahí que así mi trote es el inglés y me parece muy poco elegante cualquier otro como, por ejemplo, el español. Pero también me escapé un día a Killarny y quedé prendado por su belleza y por el viaje en tren como si fuera un mayor. Pero lo más importante era tomar el autobús desde Glasnevin y pasando por Drumcondra, llegar a O’Conell St. cerca de lo que entonces era Nelson’s Pillar y allí, por los alrededores, descubrir películas, como por ejemplo, una especie de biografía de un interesantísimo escritor dublinés cuyo nombre he olvidado ahora, mientras yo fumaba y comía en la misma sala de cine. Aunque en general procuraba guardar el apetito para la salida del cine a fin de entrar en una cafetería «americana» y tomarme un sandwich mixto con un te. Me sentía en el centro del mundo por no hablar del descubrimiento de edificios preciosos de centros universitarios o de teatros que me prometí visitar algún día.

Todas estas aventuras no conforman todas juntas un Bloomsday pero entonces me prometí volver, cosa que no he hecho todavía aunque, algún día, espero recorrer los pasos del Sr. Bloom así como su gran capacidad de beber, y no necesariamente cerveza Guinness. En cualquier caso entre la señora de la casa y ese cuadro suyo me explicaron muy bien su independentismo y cómo el chico joven de la casa que se suponía debía estar allí para ayudarme a manejarme había huido al Ulster y se había integrado en el Sin Fein a la espera de hacerse guerrero del IRA.

Aprendí mucho en Glasnevin.

Dos bebés detrás de un cristal

El zorro y el erizo

Ese martes yo tenía que estar en Madrid no más tarde de las 4 de la tarde, así que decidí salir de nuestra casa de Zugazarte en LA no más tarde de las 11. Había dejado el coche fuera del garaje de forma que, para dejar la finca en que está construido nuestro piso, junto con otros, debía conducir hacia dentro del garaje para luego dar marcha atrás y enfocar ya la verja de salida justamente a Zugazarte. Pero no pude iniciar la operación pues, justo antes de hacerlo vislumbré dos caritas de bebé mirando el coche y a mí desde detrás del cristal de la salita de estar que llamamos de la televisión pues es ahí donde se encuentra el aparato correspondiente ya que nos parecería pecado o un detalle de mal gusto tenerlo en el salón de la parte que da al mar.

Ambos niños estaban apoyados en el cristal con las dos manitas ayudándoles a mantenerse en pie y con la nariz entre ambas manos que intentaban mover en un intento difícil de despedirse de mi. El más chiquitín movía un solo dedo mientras el otro movía toda una mano en un intento imposible de hacerla rotar del todo. Quedé hipnotizado y se me pasó por la cabeza abandonar mis planes y quedarme con ellos para jugar y contarles historietas inverosímiles. Una mano materna los retiró de esa atalaya y yo volví a mi ser y realicé la maniobra de comienzo de ese viaje solitario hasta Madrid parando brevísimamente en donde fuera para beberme una coca-cola a fin de no quedarme dormido.

Pero para cuando me dí cuenta ya estaba en Landa. Había hecho 250 kilómetros pensando en la cara de estos dos bebés. El menos chiquitín tiene un pelito rubio y sonríe continuamente mientras observa sin parar todo lo que su mirada encuentra y que parece encantarle. Tarda poco en en esa tarea y exige repetidamente que le cambies de postura para que sus ojos descubran otras maravillas. El más chiquitín, con su pelo moreno y con entradas procede justo al contrario. Fija la mirada en una cosa determinada, sea esta cualquiera, y no la aparta hasta que alguien le cambia de postura con lo que su mirada se fija en otra cosa. Los viejos podríamos apelar a nuestras lecturas y decir que uno sabe de muchas cosas pero poco de cada una mientras que el otro acabará sabiendo mucho de algunas pocas cosas.

Mientras tomaba mi coca-cola recordé que esto es lo que Isaiah Berlin llamaba el zorro y el erizo y me pareció una bendición que estos dos seres no fueran a estar lejos de mi el resto de mi vida. La cafeína me llevó a una decisión inmediata, a dedicar ese próximo libro que no acabo de terminar, pero cuya dedicatoria ya tengo decidida a estos seres nuevos. El libro se llamará Conocimiento y Sabiduría y, aunque estas dos nociones no coincidan exactamente con las del zorro y el erizo, la dedicatoria será para uno y otro de estos pequeñajos pues ambos serán sabios.

El Bronx

After hours

A menudo presumo conocer Madrid mejor que no pocos locales debido a los muchos y largos paseos que doy a fin de cumplir con mis obligaciones de infartado. Cuando se lo cuento a amigos locales se asombran de que conozca barrios lejanos del centro y creo notar en ellos una cierta mueca de terror lo que me produce risa. Pero hace unos pocos días que ya he dejado de reírme por esta tontería cuando sentí ese terror en medio de una noche.

Hace unos días decidí acudir a una jam session debido a que un amigo de Internet presentaba unas poesías gráficas nuevas, cuyo modelo conozco y disfruto y que se intercalaban con otros poemas y con música que no capto bien; pero cuya letra sonaba a inglés y a griego. No se muy bien donde estaba la sala y la sesión, además de estar programada para una hora tardía, se retrasó no menos de media hora.

Tengo que confesar que yo era el viejo de la reunión y que, si bien la gente que acudió parecía conocerse entre ellos, yo me encontraba un poco fuera de lugar. Entre la extrañeza y el lugar creí sentir cómo caía la noche y se silenciaban todos los otros ruidos del local. Y esta especie de soledad comenzó a atemorizarme. Pensé que no creía que podría conseguir un taxi y que no sabría que dirección tomar hasta topar con algún lugar conocido o con alguna señal de calle para automóviles que me orientara. Y lo que acabó aterrorizándome y haciéndome sentir como si estuviera en el Bronx, fue que fuera de la sala en que nos encontrábamos los asistentes a la sesión, ya no había nadie y la persiana de cierre estaba bajada del todo. Dudé en subirla pero lo hice y se me pasó un poco el miedo al no ver cruzar la calle a ser humano alguno.

Sin embargo esta ausencia de gente me dio todavía más miedo pues en este Bronx, por muy cañí que fuera, me pareció que el criminal y/o ladrón podía aparecer en cualquier momento con la navaja en la mano. Pero la alternativa me pareció demasiado humillante y volver a entrar me resultaba prohibido, una herida en mi ego de paseante libre. Esta enorme soledad en la negritud de la noche y mi ignorancia sobre la dirección a tomar me hizo sentir completamente perdido y con dificultades para encontrar un refugio para pasar la noche. No hacía frío y quizá pudiera andar en cualquier dirección hasta encontrar alguna calle con direcciones que pudieran guiar mi ignorancia local por mucho que presumiera de conocer bien la ciudad.

Respiré al ver pasar un taxi que no paró y seguí en la misma dirección andando sin pararme ni para pensar. Acabé encontrando un taxi y sintiéndome salvado. Llegué a mi casa y bajé del taxi justo cuando el taxímetro indicaba que ya casi no me daba el dinero en el bolsillo. Mi casa no estaba al lado; pero ya era un área conocida y los seres humanos con los que me cruzaba me daban menos miedo que su ausencia.
Ya en casa me pregunté por el origen de mi miedo al Bronx y, ya desde el confort, concluí que se trató del primer ataque de vejez pues de hecho nunca he visitado ese trozo continental de New York.