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    Un mes más tarde

    Desde finales de marzo no he tenido moral para escribir pues mi espíritu era prisionero de una extraña sensación de que todo se terminaría enseguida. El llamado mal de Paget continuaba cebándose en mí manteniendo el dolor que me proporcionaba a pesar del tratamiento del fisio y de las muchas píldoras antidolor con las que me premiaba.

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    El ascensor

    Hace unos pocos días he comenzado a tomar este ascensor interno acompañado no solo por el teléfono móvil sino también por el libro que estoy leyendo esos días a fin de entretenerme en caso de parón mientras espero al instalador. Todavía no ha surgido la ocasión de sentarme en el diminuto suelo del cajón; pero estoy ya pensando que debería instalar una silla diminuta y plegable por si la ocasión surge de utilizar simultáneamente esa silla, el libro y el teléfono.

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    Kallifatides

    Si desearía vivir en un torreón con vistas al oeste, al sur o al este, además de al norte, no es por casualidad o por capricho. Tiene que ver con mi edad, lo suficientemente alta como para no saber si quiero despertarme con el sol en la cara, como era el caso en la juventud o si prefiero sentirme iluminado al atardecer cuando ya no espero salir a nada dada mi edad. En cualquier caso lo que el sur me permite es, nada menos, que sentirme todopoderoso al sentir a mis pies toda la ciudad.

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    Vivir en Madrid: ¿dónde?

    A mi edad y ya retirado de todo, me gustaría volver a vivir en Bilbao, esta vez en las Siete Calles, y contar con un bonito caserío en Donibane en el que desaparecer de tanto en tanto; pero esposa, hijos y nietos me retienen aquí, en Madrid. Voy a dejar volar mi imaginación y dejarme llevar por ella en mis paseos diarios convertidos en una labor de búsqueda sistemática de un lugar en el que este viejo no tuviera que andar mucho a fin de adquirir las pequeñeces cotidianas.

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    Hacia el final

    El relato simple de lo que me ocurrió durante la prepandemia que acabo de llevar a cabo puede entenderse como el final de mi obra póstuma que alcanza su cenit cuando ya semicurado de lo que se diagnosticó como vértigo entré en un mundo extraño del que estoy a punto de salir. No se muy bien lo que he hecho durante estos casi dos años más allá del intento de contarme mi vida en los años que he pasado en Madrid.

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    Y los años fueron pasando IV: Mi aburguesada vida social

    Hasta este momento, mi vida personal así como la vida que vivíamos en la familia, no eran, ni la una ni la otra, nada heroicas, pero respondían todavía a una cierta sentida obligación de colaborar con los menos afortunados en la conformación de un mundo igualitario y justo, incluido mi periodo bancario. Es después del infarto que nuestra vida social torna hacia el aburguesamiento... responsable.

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    Y los años fueron pasando II: El eco de Bilbao

    A medida que la cara de mi cardiólogo iba tornándose más sonriente, más tranquilo me sentía yo y también menos inclinado a perseguir ese granel que me había acompañado durante años en la esperanza de que de él surgiera algo selecto. La alegría de seguir viviendo me ayudaba a disfrutar de la vida cotidiana y de aquellos amigos que la conformaban.

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    Y los años fueron pasando I: Dispersión

    El infarto cambió mi vida. No se muy bien cómo, pero no se podrá escribir mi obra póstuma sin hacerme una idea de ese cambio desde el 2011 hasta la siguiente estancia en el hospital hace unos cuatro años. Se había acabado ya el psicoanálisis, la FUE se fue convirtiendo en la sede de unas tertulias interesantes pero no obligatorias y la Carlos III ya no representaba nada para mi aunque seguía asistiendo, a invitación del Rector, a los actos obligados del curso correspondiente.