Juan Urrutia, el autor y el economista
La noción de dinero, en cualquiera de sus formas históricas, siempre ha representado un problema conceptual de difícil solución y que, a estas alturas, puede ser expresado con contundencia. Se trata de entender cómo es posible que algo que llamamos dinero y que sirve como unidad de cuenta, medio de cambio y depósito de valor, tenga un precio mucho mayor que el que se pagaría por ese bien físico o virtual que no posee ninguna cualidad intríseca que justifique su aceptación a ese precio.
Más técnicamente hablando se trata de la inexistencia de un modelo canónico de equilibrio general monetario en el cual surja un equilibrio con el precio del dinero positivo por razones que no sean ad-hoc. Hay mucho escrito al respecto desde hace mucho tiempo; pero no es este problema intelectual del que me quiero ocupar ahora.
Lo que me preocupa un poco más ahora es la coherencia entre la teoría monetaria a la que me refería y la política monetaria cuya ejecución recayó en un momento histórico determinado en el Estado o en su agente el Gobierno, eliminando así la competencia entre "dineros" puestos en circulación por diferentes intermediarios. Haré aquí algunos comentarios breves basados en un comentario a un artículo de Drèze y Polemarchakis que tuve la oportunidad de efectuar1.
A efectos de entender algunos comportamientos recurrentes observados de la política monetaria los autores mencionados emplean un modelo de Arrow-Debreu con dinero de la modalidad que se denomina "inside" porque corresponde exacta y solamente a la contrapartida de la deuda emitida por los agentes económicos para poder trasladar poder de comprar en el tiempo.
Nada de esto debe resultar extraño al lector porque el modelo de Arrow-Debreu ha estado presente en primer plano de los dos capítulos que se dedican al mercado en la parte III de este volumen y que nos permitieron, al hablar de la especulación, explicar porqué el dinero fiduciario o "outside" no podía tener un precio positivo (es decir ser capaz de comprar otras cosas y ser, por lo tanto, admitido a cambio de esas cosas) a no ser que fuera el resultado de una burbuja especulativa. Ahora podemos añadir que ese comentario era correcto siempre que el horizonte en el que se mueve el modelo de Arrow Debreu fuera finito y no hubiera ningún otro tipo de rozamiento.
El rozamiento específico que introducen Drèze y Polemarchakis es el más adecuado a la naturaleza del dinero, sea "inside" o "outside", como medio de cambio. Se trata de la restricción cash-in-advance que desde que la explicitó Clower ha sido utilizada profusamente por su simplicidad. Si es necesario tener dinero para realizar las transacciones (que no pueden efectuarse sin su mediación) el precio del dinero es positivo aún con horizonte finito
Pues bien en este contexto y tal como explicitaba en mi comentario, podemos descubrir efectos reales de una verdadera política monetaria que no consiste en una modificación esporádica de la oferta monetaria; sino en una regla contingente, explícita o implícita y más o menos simple, que específica la evolución de ese oferta monetaria y que, en la sociedad de la Información y con ayuda de las TIC en manera alguna puede mantenerse oculta aunque sea implícita. Los siguientes efectos reales corresponden a un rozamiento adicional específico y explican algunas creencias y prácticas de los banqueros centrales.
En primer lugar tenemos que con mercados incompletos (de los que hemos hablado extensamente en los capítulos citados dedicados al mercado) la "equivalencia ricardiana" solo es parcial por lo cual hemos de esperar que cambios en los tipos de interés nominales tengan efectos reales tales como presumen los banqueros centrales en su práctica habitual y digan lo que digan.
En segundo lugar tenemos que en un mundo fuera de equilibrio las interacciones entre distintas sectores de la economía hacen que aumentos de los tipos de interés nominales a corto plazo reduzcan la actividad pero también la inflación validando de esa manera la creencia de los banqueros centrales inferida de su práctica.
Y en tercer lugar, volviendo a un mundo con estructura incompleta de mercados, podemos justificar el intento de los banqueros centrales en reducir la volatilidad de la inflación porque existe la posibilidad de hacerse y porque si se hace mejora la asignación de riesgos.
Estos comentarios que trataban de explicar el comportamiento de la autoridad monetaria tal como se observa dan por hecho que, en presencia de las rigideces necesarias para esa explicación, el dinero no es neutral a pesar de que esa neutralidad es un resultado recurrente en teoría monetaria desde la síntesis neoclásica de Patinnkin a las elaboraciones de Friedman y Lucas a las que volveré en la tercera sección2
La manera más adecuada de entender esa no neutralidad, además de los rozamientos mencionados, es notar que ante la multiplicidad de equilibrios existentes en esta versión monetaria del modelo de Arrow-Debreu y debido a la racionalidad de las expectativas, la regla de política monetaria lo que hace es seleccionar uno de ellos, uno diferente para cada regla. Mantengamos esto in mente y pasemos a preocuparnos del sesgo inflacionario que puede derivarse de una regla de política monetaria que no es creíble por problemas de credibilidad intrínsecos a alguna de las decisiones contingentes que están implícitas en esa regla.
Dejemos ahora de lado el problema de integración entre la teoría monetaria y las prácticas de las autoridades monetarias que es un problema microeconómico y pasemos a ocuparnos del aspecto macroeconómico de la política monetaria.
Sabemos que la política monetaria no tiene, en principio, efectos reales a largo plazo y sabemos, también en principio, que es un determinante fundamental de la evolución del nivel de precios. Como a corto plazo puede tener efectos reales y como la inflación es un problema serio que pone en jaque no sólo la competitividad externa de un país, sino también el funcionamiento suave de la actividad económica interna e incluso la distribución, no es de extrañar que la experimentación social haya llevado a implantar instituciones especiales como son los Bancos Centrales.
En lo que queda de apartado voy a tratar de explicar, utilizando un ejemplo que ya he utilizado en varias ocasiones en este volumen, el porqué de los Bancos Centrales aunque esta vez voy a añadir mi afirmación de que no son ni necesarios ni suficientes, una afirmación que es importante para mi estrategia general de poner en entredicho las ideas convencionales sobre los beneficios del carácter reglado de la política económica.
Consideremos el siguiente juego en forma normal que se juega entre un Gobierno (G) que controla el nivel de precios, y un Sindicato (S), que controla el salario nominal; pero que también se preocupa por el empleo, inversamente relacionado con el salario real y en el que ambos jugadores carecen de "capacidad de compromiso". Supongamos por un momento que el Sindicato sólo está interesado por el empleo y no por el salario real. Estas preferencias específicas del Sindicato junto a las del Gobierno pueden dar origen a una matriz de pagos como la siguiente:

Lo primero que observamos es que B es el equilibrio de Nash y que ahora, al dominar a todas las otras soluciones, es creíble a pesar de la falta de capacidad (técnica) de compromiso por parte de S o de B. Lo segundo que hay que hacer notar es que B no corresponde a inflación cero, sino a una inflación positiva que disminuye el salario real y mantiene un nivel alto de empleo. Nadie pensaría que esta especie de "inflación" es nociva.
Pensemos ahora, sin embargo, en el mismo juego con una sola diferencia. Ahora el Sindicato está interesado en el salario real y no sólo en el empleo. Estas preferencias sindicales son consistentes con la siguiente matriz de pagos:

Es obvio que la solución D es el único equilibrio de Nash. Es el único equilibrio de Nash porque ninguno de los dos jugadores quiere cambiar de estrategia cuando se encuentra en D, algo que no pasa en ninguna de las otras situaciones en las que algún jugador sí quiere variar su estrategia. También debería ser obvio que A domina a D pero que A no puede sostenerse ya que G no posee capacidad (técnica) de compromiso y ya que, sin ella, A no es creíble a la vista de la tentación, no resistible por parte de G, de pasarse a B jugando su segunda estrategia (+). Vemos cómo aparece lo que se llama el sesgo inflacionario, algo que deberíamos tratar de eliminar, aunque el salario real permanezca constante.
El problema, en ausencia de capacidad de compromiso, consiste en cómo sostener la cooperación entre Gobierno y Sindicato de forma que precios y salarios permanezcan constantes y nos encontremos sobre la tasa natural de desempleo en la situación A. A mi juicio este problema sólo puede discutirse en un contexto de juegos repetidos en donde las estrategias son secuencias de = y de +, en donde los resultados deben ser evaluados en un momento dado haciendo uso de una tasa de descuento temporal y en donde hay que distinguir con cuidado si hay o no información completa. Lo poco que diré al respecto me permitirá sin embargo juzgar los méritos de la independencia del Banco Central.
Comenzaré por examinar una situación con información completa. En esta eventualidad caben contratos entre los jugadores en los que, cada uno de ellos, se compromete a respetar una estrategia condicionada a lo que hagan los demás. Estos contratos, como la información es completa, deben de ser self-enforcing" en el sentido de que las estrategias que incorporan constituyan un equilibrio perfecto del juego repetido.
Pues bien, la intuición incorporada en los denominados Folk Theorems, a saber que cualquier solución puede ser obtenida como equilibrio de un juego repetido con horizonte infinito y cierta impaciencia de los jugadores, se confirma expresamente y se puede mostrar que con no mucha impaciencia, e incluso en horizontes finitos, la solución cooperativa es un equilibrio perfecto del juego repetido3. Podríamos decir que la mera estructura temporal es un sustituto de la capacidad de compromiso.
En estas circunstancias es incomprensible por qué hay que introducir un Banco Central aunque, si se hace, es muy fácil de ver que será efectivo en principio. En efecto, supongamos que el Gobierno delega la política monetaria (y, por lo tanto, la inflación) en un Banquero Central con conocidas proclividades antiinflacionarias. Pensemos que las preferencias de este Banquero Central son tales que el juego instantáneo en forma normal entre Banco Central (B.C.) y Sindicato puede representarse como sigue:

Como se observa la solución A domina a todas las demás y es creíble. Nótese que (=) es estrategia dominante para ambos jugadores. En este juego repetido la estrategia cooperativa, consistente en repetir (= , =) en todos los períodos, es un equilibrio perfecto de manera trivial ya que la estrategia (=, =) es un equilibrio creíble en el juego instantáneo. En este sentido podemos decir que la delegación es un sustituto de la capacidad de compromiso4.
El problema con este tipo de solución a la cuestión del sesgo inflacionario, es doble. En primer lugar no se entiende muy bien cómo es posible que el Gobierno no esté contento con sus propias preferencias y preferiría tener las del Banco Central; y si se aceptara esto no se comprende entonces por qué no se eleva a ese Banquero Central, cuyas preferencias se envidian, hasta la presidencia del Gobierno. En segundo lugar, y en cierto modo como continuación a lo que acabo de decir, no hay ninguna garantía de que el Gobierno no derogue la delegación ya que ésta es un contrato más y sin presunción alguna de ser "self-enforcing".
No es difícil concluir que, en un contexto de juegos repetidos con información completa, la solución al problema del sesgo inflacionario basada en la delegación de la política monetaria en un Banquero Central conocidamente conservador no es muy satisfactoria conceptualmente. Esta delegación puede no ser necesaria (ya que la mera repetición puede hacer el trabajo) y quizás no sirva (pues siempre cabe su derogación).
Esto me lleva a examinar el sesgo inflacionario en el contexto de juegos repetidos con información incompleta y a considerar la reputación como posible solución al mismo.
Se puede mostrar que, incluso con horizonte finito, hay condiciones que hacen de la reputación un sustituto de la capacidad de compromiso. Pensemos que el Sindicato no sabe si está confrontando un Gobierno débil (con las preferencias atribuidas al Gobierno) o un Gobierno fuerte (con las preferencias atribuidas al Banco Central). Pues bien, se puede mostrar que hay equilibrios del juego repetido que exhiben reputación y coinciden con la solución cooperativa A en todos los períodos del juego. Y esto tanto si se trata de un jugador muy paciente (Gobierno) que confronta secuencialmente otros jugadores más impacientes (diferentes sindicatos) como si trata de un único jugador grande (Gobierno) y muchos pequeños y pacientes (individuos) como, finalmente, si se trata de varios jugadores muy pacientes (Gobierno y Sindicato)5.
En estas condiciones la reputación antiinflacionaria del gobierno puede ser tan grande que no se necesite un Banco Central independiente.
Se necesite o no un Banco Central, el precio de la reputación antiinflacionaria en términos de desempleo puede ser muy grande. Backus y Driffill6 aplican la noción de equilibrio secuencial (debida a Kreps y Wilson) al juego repetido que estamos considerando y muestran que dicho equilibrio puede exigir muchos períodos de alto desempleo. Esto es muy fácil de entender en el contexto del trabajo que estoy comentando.
Si el Sindicato no sabe si el Banco Central es como hemos supuesto que es o si es como el Gobierno, este Banco Central tendrá que "disfrazarse" de tal aunque sea como el Gobierno. Adquirir la reputación de antiinflacionista puede exigirle jugar = muchas veces sea lo que sea lo que juegue el Sindicato. Y, si para testar la naturaleza del Banco Central, el Sindicato juega +, pueden darse períodos largos de desempleo ya que si el Banco Central jugara + se delataría inmediatamente como no antiinflacionario y haría imposible alcanzar una solución cooperativa como la A.
No parece exagerado concluir que, en un contexto de juegos repetidos con información incompleta, la solución al problema del sesgo inflacionario basada en la reputación puede hacer innecesario un Banco Central y puede traer consigo, como precio de la reputación del Banco Central, o del Gobierno, un desempleo persistente y de dimensiones considerables.
A la luz de todos los comentarios hechos hasta aquí creo poder afirmar que la cuestión de la solución al sesgo inflacionario no puede considerarse cerrada. De hecho deberíamos seguir discutiendo los problemas y perspectivas planteados por la reputación y la delegación. Para cerrar este apartado y antes de introducir la política fiscal en el análisis, creo que merece la pena introducir una cita larga de B. Valdés7 que explica de manera muy vivida los problemas que se plantean a partir de la delegación de la política monetaria en un Banco Central:
Así pues, el Banco Central, y no el Gobierno, decide el objetivo de inflación y establece el tipo de interés adecuado para lograrlo. El ministro de economía no podrá llamar al gobernador del banco y decirle: "Oiga, baje usted el tipo de interés un cuartillo. Oiga, no lo suba". ¿Seguro? Bueno, puede llamarle, pero el gobernador no está obligado a obedecerle. ¿Seguro? ¿Ni siquiera cuando el ministro de economía le dice que si no obedece le cesa? ¿Aguantará el gobernador ese tirón? Uhhm... por si acaso, legislemos que, una vez nombrado, el gobernador no puede ser cesado hasta que no acabe su mandato (cuatro años, por ejemplo). ¿Y si el ministro le promete (naturalmente en privado) renovarle el mandato si obedece? Para evitar ese problema, legislemos asimismo que el cargo no es renovable. ¿Y si entonces le promete que al final de su mandato le buscará un acomodo en otro cargo? Bueno, pues añadamos que al gobernador le elige el parlamento y que su perfil deseable es el de un profesional prestigioso y próximo a la edad de jubilación: ninguna persona de esas características querría retirarse con su reputación arruinada por obedecer a un Gobierno, aunque sea de su mismo color político. ¿Seguro? Uhhm... ya puestos, dotemos al propio Banco Central de una regla de política monetaria, de modo que el gobernador esté obligado a cumplirla. Por ejemplo: "El objetivo de inflación es no pasar del 2%. Si en sus análisis económicos los expertos del Banco Central estiman que la inflación va a superar ese techo, el banco está obligado a intervenir para evitarlo". Como este es un mandato legal, el ministro puede llamar, prometer o amenazar cuanto quiera. Pierde el tiempo.
Aquí acaba la cita de B. Valdés, pero nos deja un sabor inquietante. Finalmente para solucionar el sesgo inflacionario parece que no cabe más que legislar el comportamiento del Banco Central. Sin darnos cuenta hemos tenido que aceptar que si admitimos la legislación entonces podrá el Parlamento obligar al Gobierno directamente. Y la ventaja de esto es que el Gobierno es responsable ante el Parlamento en los regimenes democráticos. Volveremos sobre este problema de la "accountability" en referencia a las relaciones entre la política monetaria y la fiscal.
Hasta este momento lo que hemos aprendido es que, no sólo las prácticas de los Bancos Centrales son comprensibles a partir de la teoría monetaria, sino también que su existencia puede tener una explicación racional basada en la eliminación del sesgo inflacionario. Aunque en puridad -y es importante retener esto- estos Bancos Centrales no son ni necesarios ni suficientes para la eliminación de ese sesgo inflacionario aunque hayan adquirido una reputación aparte de que esta adquisición puede ser muy costosa.
En realidad el análisis ha sido parcial porque un Banco Central está siempre condicionado por la política fiscal que él no controla y porque, a lo largo del proceso de globalización es posible que no podamos considerarlo como el agente de un Estado o de un Gobierno; sino como el agente de varios Estados o Gobiernos tal como ocurre en la UE a partir de la creación del BCE (Banco Central Europeo). En esta sección pretendo considerar simultáneamente los condicionantes que representan la política fiscal y la globalización para la política monetaria.
Para ello me moveré en el ámbito de la Unión Europea, como ejemplo claro de globalización aunque sea parcial, y en un momento de tiempo previo a la entrada en vigor del tratado de la Unión Europea lo que me permitirá discutir, por un lado, la influencia de la política fiscal y las alternativas para su diseño y, por otro lado, la forma en que la "accountability" del BCE puede influir en la adquisición de la reputación8
Ante la entrada en funcionamiento de la tercera fase de la Unión Monetaria (UM), el 1.1.99, y la consiguiente puesta en marcha del sistema europeo de bancos centrales (SEBC) surgió una preocupación de hondo calado. ¿Podría el Banco Central Europeo (BCE) actuar con la independencia que sus estatutos, incorporados al Tratado de la Unión Europea (TUE) y basados en los del Bundesbank, le confieren formalmente?9.
La sospecha de que quizá el BCE fuera un pobre sustituto del Bundesbank provenía de dos orígenes. Por un lado tanto en su Consejo de Gobierno como en su Comité Ejecutivo habría personas que, de una manera u otra, podrían estar condicionados por los intereses de su propio país. Por otro lado el desbarajuste fiscal (medido por el tamaño del déficit y de la deuda), con el que previsiblemente iba a inaugurarse la tercera fase de la U.M., podría forzar una política monetaria exageradamente acomodaticia y contraria a sus objetivos estatutarios que acabara relegando a un segundo plano lo que en ellos es el objetivo primordial: la estabilidad de precios.
Para sopesar los fundamentos de estas sospechas y para sugerir que el TUE, al mantener la política fiscal a nivel nacional, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, está de hecho, desactivando su presunta virulencia, procederé de la siguiente manera.
En el primer apartado sugeriré que la necesidad de que el BCE adquiera una reputación antiinflacionaria suficiente va a exigir el reforzamiento de aquellos mecanismos de seguimiento que permiten exigirle responsabilidades ("accountability")10. En el segundo apartado trataré de acomodar la transparencia y la información que la "accountability" supone a la noción de "cheap-talk" propia de la teoría de los juegos. De hecho trataré de mostrar que esta noción puede ser muy útil en el contexto de un juego repetido no virtual entre la política monetaria y la política fiscal, para entender cómo el BCE podría adquirir su reputación.
En el tercer apartado, y de acuerdo con lo anterior, ofreceré mis sugerencias básicas: que la descentralización de la función estabilizadora de la política fiscal es una aplicación del principio de subsidiaridad que tiene mucho sentido en sí misma; que, en cualquier caso, esa descentralización fiscal constituye un escape a las preocupaciones estabilizadoras de los estados miembros (que se ven así menos tentados a tratar de manipular las decisiones del BCE) permitiendo de esta forma la construcción de su reputación y que, dada esa reputación, mejora la posibilidad de disciplinar la política fiscal aunque esté descentralizada.
En los comentarios finales diré algo sobre aquéllos factores de los que he abstraído, para poder acarrear con limpieza mis sugerencias. En efecto, hasta ese punto, he admitido sin discusión la independencia de los Bancos Centrales y sus objetivos antiinflacionarios, a pesar de los comentarios del apartado anterior. Así mismo reflexionaré sobre la conveniencia de establecer una agencia fiscal tan independiente en el ámbito europeo como es ya el BCE y reflexionaré sobre el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC).
La comparación entre el funcionamiento de una institución bien establecida como el Bundesbank, con unos objetivos socialmente legitimados y con una reputación sólidamente establecida, y el eventual desenvolvimiento del BCE, que tiene que construir su reputación y legitimarse, permite introducir la noción de "accountability" y relacionarla con la de reputación en el contexto de la discusión entre reglas y discrecionalidad en el ejercicio de la política monetaria.
Tomemos como punto de partida lo que es bien conocido respecto del Bundesbank. La hiperinflación de los años 20, en Weimar y en los restos del imperio austrohúngaro, unida al consecuente fracaso de las instituciones democráticas, confiere al objetivo prioritario de estabilidad de precios una legitimidad social que no ocurre en otros ámbitos geopolíticos.
El Bundesbank, con su independencia, ha adquirido una sólida reputación de querer y poder tener bajo control la tasa de inflación. Con esa reputación puede muy bien permitirse el lujo de ejercer la discreción, sin necesidad de establecer reglas, e incluso de atender a otros objetivos o de ser acomodaticio. Para que este lujo sea posible parece conveniente que la "accountability" no constituya un obstáculo cosa que acabaría siendo si la discrecionalidad estuviera sujeta a una enorme transparencia o si tuviera que establecerse continuamente una discusión sobre las actuaciones en base a una información detallada.
Antes de comparar esta descripción con el diseño y los problemas del BCE destacaré que, tal como he dicho, la discreción se ha ejercido por el Bundesbank. Recordemos, en primer lugar, que a lo largo de los avatares del Sistema Monetario Europeo a partir de Maastricht, el Bundesbank ha cedido a presiones políticas para actuar a favor de la credibilidad del sistema. Esto es bien conocido; pero lo que quizá no lo es tanto es que en dos ocasiones a finales de los años 80, el Bundesbank permitió que la oferta monetaria sobrepasara los límites preestablecidos para acomodar aumentos en la demanda de dinero que provenían del "crash" de octubre del 87 y de una retención fiscal sobre intereses que se anunció en Alemania a finales del 88.
El Annual Report de 1988 documenta este segundo aspecto del uso de la discrecionalidad por parte del Bundesbank. En tercer lugar, la forma sofisticada en la que Alemania parece seguir la regla de Taylor permite reconciliar la discrecionalidad y la toma en consideración de la situación real de la economía11
Pues bien, para el BCE el uso de la discreción será mucho más difícil y arriesgado. Para empezar el objetivo antiinflacionario, aunque prioritario, no goza en la U.E. de la misma legitimidad social que en Alemania debido a experiencias históricas bien diferentes. Como, en cualquier caso, la reputación antiinflacionario del BCE está por construir, no parece que puede permitirse gran discrecionalidad en sus actuaciones, sino que debiera tratar de ganarse su reputación en base al uso inflexible de reglas.
Cuando se utilizan reglas la "accountability" puede florecer porque la transparencia informativa es fácil de poner en práctica y porque la discusión pública sobre reglas es siempre más fácil que sobre actuaciones discrecionales mal definidas. Ahora bien, que florezca o no dependen de los estatutos del BCE y de cómo se interpreten. (Aparentemente el TUE establece un montón de cautelas que, diseñadas para compensar democráticamente la independencia constitucional del BCE, pueden servir para hacer posible la "accountability". Si de hecho se ejercen así se habrá dado un paso muy grande hacia la consecución de la reputación del BCE tal como ahora trataré de sugerir)
En el subapartado anterior quería subrayar dos ideas: que la independencia o no de un Banco Central no está aquí en juego y que, lo que sí está en juego es cómo la "accountability" puede coadyuvar a la obtención de la reputación.
El argumento standard a favor de la independencia del Banco Central, ya expuesto en el apartado anterior, supone que el gobierno no tiene credibilidad en la lucha contra la inflación y muestra que el correspondiente sesgo inflacionario puede ser disminuido dotando de independencia a un reputado luchador antiinflacionario12. Sin embargo el SEBC era en su momento una institución nueva en cuyo contexto nadie puede tener una reputación, ni buena ni mala. Lo que estaba y está en juego es si la "accountability" puede coadyuvar a la reputación en cuyo caso, nótese, la independencia no es necesaria añadiendo así un comentario adicional a lo apuntado al final del apartado anterior.
Comencemos por recordar algo bien conocido y obvio. Aún suponiendo que la política monetaria y la política fiscal fuera eficaces (en contra de no pocas sugerencias teóricas) y que, por lo tanto, mereciera la pena ejercerlas, queda todavía el problema de su interdependencia a través de la financiación del déficit presupuestario. Como hoy está prohibido recurrir al BCE (o a los BCNS) para financiar el déficit presupuestario de cualquier país miembro, éste no tiene más remedio que atraer ahorro emitiendo deuda. Si el ahorro fuera europeo, la necesidad de atraerlo exige un aumento del tipo de interés lo que expulsa a la inversión privada y reduce la tasa de crecimiento. Esto a su vez genera más déficit con lo que se acaba presionando a favor de una política monetaria más expansiva13. Parece pues que podríamos intentar una aplicación informal de la teoría de juegos no-cooperativos.
En este pulso entre Ministerio de Hacienda (Sr. F) y Banco Central (Sr. M) se pueden dar cuatro posibilidades. Si F cede ante M domina la política monetaria y el BC consigue "implementar" una inflación pequeña (
m ) a costa de reducir mucho la tasa de crecimiento (gm). Simétricamente si el que cede es M domina la política fiscal y M acomodará la oferta monetaria generando una inflación grande
M y permitiendo una gM grande. Si ninguno cede la política monetaria genera una inflación
n y la política fiscal sostiene una tasa de crecimiento pequeña gn. Ahora bien si ambos señores cedieren coordinarían ambas políticas y acabarían generando una senda equilibrada con
* y g*. Supondremos que se dan las siguientes desigualdades:

El análisis del pulso entre F y M genera la siguiente matriz de resultados en el espacio de tasa de crecimiento (g) y tasa de inflación (
) y en donde L es identifica con "ceder" y R con "no ceder".

Sobre el espacio de la matriz anterior se pueden definir preferencias alternativas que definen matrices de pagos diferentes.
Si F y M son fanáticos tendríamos la matriz de pagos de la derecha en la que el Sr. M ordena las situaciones exclusivamente en términos de la inflación y, además, desea fervientemente minimizar la tasa de inflación y en la que el Sr. F ordena las situaciones exclusivamente en términos de tasa de crecimiento y desea fervientemente maximizar la tasa de crecimiento.
Si ninguno de ellos fuera un fanático en el sentido anterior podríamos obtener la matriz de pagos de la izquierda.

La matriz de pagos de la derecha configura el juego llamado "dilema del prisionero" en el que el único punto óptimo de Pareto no es un equilibrio de Nash y en el que R es estrategia dominante para ambos jugadores. En una situación como esta, y en ausencia de comunicación entre los jugadores, no haya ningún incentivo a salirse de ella. Además, aunque existiera comunicación, y siempre que no hay capacidad de compromiso, un anuncio (cheap talk") por parte de cualquier de los dos jugadores de que van a jugar L no es creíble.
Vemos pues cómo es imposible que ningún agente adquiere reputación a través de cheap talk" porque, en la práctica, ninguna declaración de cambio de actuación se lleva a cabo. Si identificáramos esta comunicación a través del cheap talk" con la transparencia informativa propia de la "accountability" podríamos decir que la "accountability" no ayuda a la reputación.
Sin embargo, si miramos a la matriz de pagos de la izquierda nos percatamos de que el juego es muy distinto ya que L es estrategia dominante para ambos jugadores y el único equilibrio de Nash es el óptimo paretiano. Aun así aquí tenemos un problema de reputación y de credibilidad de las declaraciones constitutivas del cheap talk" que pueden llegar a impedir que se alcance la situación óptima.
Para verlo situémonos en la cuadricula (RR) y supongamos que M declara que planea pasar de usar la estrategia R a usar la estrategia L. Este Sr. M cumpliría su promesa de pasar a L si creyera que el Sr. F ha sido persuadido para que juegue L; pero si no lo cree no cumplirá con su promesa pues se arriesga a ganar 0 si el Sr. F sigue jugando R. Con este argumento quiero sugerir que, a pesar de la comunicación previa, a pesar de toda la información y la transparencia que implica la "accountability", la sociedad puede ser incapaz de dar un salto que mejore a todos. La razón es que la declaración "voy a jugar L" no es la mejor respuesta a R. Por lo tanto, aun en ausencia de fanatismo, puede ser imposible que se adquiera una reputación consistente en que la declaración de "voy a jugar L", voy a ceder, sea creíble.
Llegados a este punto podríamos resumir diciendo que, si las autoridades económicas son fanáticas, la "accountability" no sirve para alcanzar la reputación adecuada y que si, las autoridades económicas no son fanáticas, no es obvio que la "accountability" sirva para alcanzar la reputación adecuada contrariamente a lo que, convenientemente interpretados, pretenden insinuar Briault, Haldane y King14. Sin embargo se puede argüir que, si la "accountability" entrañara suficiente riqueza de información, sí se puede alcanzar la reputación que se desea a través de hacer creíble el anuncio "voy a jugar L". Veámoslo.
Con posibilidad de comunicación, es decir, con la comunicación que entraña la "accountability", las estrategias ahora son dobles: un anuncio y una acción. Supongamos que inicialmente los dos jugadores, F y M, usan la estrategia consistente en "anunciar R y hacer R sea lo que sea lo que anuncien los demás". Tal como hemos visto antes "anunciar L y hacer L" no es la mejor respuesta a esta estrategia inicial. Además, y tal como se puede verificar, la estrategia doble inicial es la mejor respuesta a sí misma.
Sin embargo pensemos en la estrategia doble mutante consistente en "anunciar L y hacer L, si el otro anuncia L, o hacer R, si el otro anuncia R". Notemos que si F adopta esta estrategia gana 10 si M también la adopta y gana 1 si M se mantiene en la primitiva de anunciar R y hacer R. Lo mismo ocurre desde el punto de vista de M. Luego esta nueva estrategia doble funciona mejor que la inicial. Igualmente funciona mejor que la estrategia mentirosa consistente en "anunciar L y hacer R sea lo que sea lo que anuncien los demás" pues en este caso gano 1 si el otro se mantiene o me sigue. En consecuencia en un juego evolutivo la estrategia doble mutante prevalecerá.
A partir de ahí se puede probar que la dinámica de la mejor respuesta nos lleva a "anuncia L y hace L"15. La interpretación de este resultado es muy sencilla. La "accountability" ha permitido desarrollar una pauta de conducta del BCE consistente en "decir L y hacer L". Sus declaraciones adquieren credibilidad y, en consecuencia, adquiere la reputación de hacer L que es lo que queríamos.
Hasta ahora lo que he sido capaz de sugerir de manera semi-formal es que el BCE, como cualquier Banco Central sin reputación, quizá puede adquirirla a través de la comunicación transparente exigida por la "accountability" siempre que no haya excesivo fanatismo por parte de las autoridades económicas. Ahora tengo que enfrentarme a la descentralización fiscal que pretendidamente estaría en la base del desbarajuste fiscal que condiciona la política monetaria.
Para empezar quiero mostrar que hay dos "hechos" que se sostienen mutuamente: (i) descentralización de la política fiscal y (ii) reputación de la política monetaria. El argumento es trivial. Por un lado, la descentralización del aspecto estabilizador de la política fiscal, al conceder a los Estados miembros de la UM una manera de corregir los shocks idiosincrásicos, elimina (parte de) la presión de sus representantes en el Consejo de Gobierno del BCE y facilita a éste la tarea de dotarse de una reputación adecuada. Por el otro lado, cuanto más indudable sea la reputación alcanzada por el BCE más se la creerán las autoridades fiscales nacionales y menos tentadas estarán de saltarse su restricción presupuestaria intertemporal, especialmente en un contexto de libertad de movimientos de capital.
Sin embargo, y para continuar, este argumento no es suficiente para justificar con toda generalidad la descentralización fiscal propia del principio político de subsidiariedad que ya hemos mencionado en el capítulo previo al hablar de la financiación de los bienes públicos territorializados y su influencia en el tamaño del Estado. Este principio diría que el poder fiscal debe quedar en los estados miembros a no ser que su centralización constituya una mejora evidente. Pero esto último es difícil de probar.
En efecto, si consideramos a la política de estabilización fiscal centralizada como un mecanismo de seguro los evidentes problemas de azar moral y selección adversa la hacen prácticamante imposible de poner en práctica. Tendríamos pues que probar que la apelación a los mercados de capitales, como alternativa al aseguramiento, se facilita haciéndola de manera centralizada. Pero esto no es cierto ya que los estados miembros con mejores rating no necesitan al centro y el centro no quiere trabajar para los otros pues le rebajarían sus ratings. Parece pues que, por una vez, un principio político del TUE tiene sentido económico16.
Frente a las dudas que en su momento se expresaron sobre la posibilidad de que el BCE pudiera cumplir en serio con su función antiinflacionaria, este capítulo ha mostrado que el BCE puede alcanzar la suficiente reputación como para ser útil, y ello, precisamente, por la descentralización de la política fiscal, y ello tanto más fácilmente, cuanto menos fanático sea el BCE. Es decir en mi argumentación los presuntos peligros del funcionamiento del BCE resultan ser sus más sólidos puntos de apoyo.
Esta especie de herejía, o provocación intelectual, está en la misma longitud de onda que otras dos implícitas en lo anterior. Primera, a pesar de que he utilizado a menudo la locución "independencia del Banco Central" lo he hecho para dar entrada a la idea de responsabilidad democrática y de "accountability" y no porque esa independencia fuera necesaria. En efecto, y tal como ya he afirmado en el apartado anterior, si se adquiere la reputación adecuada la independencias no es necesaria.
Segunda, no hay necesidad ninguna de exagerar los objetivos antiinflacionarios. Hay otros que, de hecho, se tienen en cuenta en la misma puesta en práctica de la política monetaria y que justamente por ser tenidos en cuenta, facilitan la coordinación de las políticas monetaria y fiscal.
El cuarto comentario herético tiene que ver con la estabilidad presupuestaria y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC).El hecho de que la política monetaria nos venga dada a todos, Estados, CC.AA. o jurisdicciones de cualquier tipo, desde el BCE de manera independiente y casi exclusivamente antiinflacionaria, acorrala a la política fiscal. Es cierto que unos presupuestos públicos excesivamente deficitarios frustrarían las intenciones del BCE y acabarían generando, en compensación, unos tipos de interés demasiado altos como para alcanzar el crecimiento potencial17. Ahora bien, el déficit en sí podría contrarrestar esta implicación indeseable siempre que se trate de un déficit producido por unos gastos en inversión productiva que se pagan a sí mismos en el futuro y que generan una deuda cuya carga puede asumirse con holgura.
Creo que, a este nivel de generalidad, no es difícil aceptar la validez de esta respuesta para cualquiera que sea el volumen de gasto social que se proponga. Y, en consecuencia, podemos deducir dos implicaciones interesantes. La primera es que el déficit cero no es necesariamente la mejor política presupuestaria en toda circunstancia. La segunda es que el PEC estaba mal diseñado por no atender a la naturaleza del déficit y por no tener en cuenta la sostenibilidad de la deuda y que, en cualquier caso, debería haberse modificado mucho antes de que parezca que son los grandes países los que obligan a ello18.
Reflexionemos brevemente sobre este PEC. Los economistas académicos han resaltado algunos aspectos importantes que fueron olvidados por los políticos. El pacto era obviamente intertemporalmente inconsistente (tal como acabo de mostrar en la nota 18), no se debería haber fijado sólo en el déficit sino primordialmente en el gasto, incluido el gasto implícito en las deudas futuras y se debería haber otorgado un tratamiento específico y matizado a la inversión. Si del fracaso del Pacto surgiera una mayor atención a los académicos no estaría mal; pero mis esperanzas de que eso ocurra son escasas si uno mira a lo que hoy están elucubrando.
La inflación (baja se entiende) sí ha sido utilizada inmediatamente como posible criterio a incluir en la autorización para saltarse los límites, pero otras ideas sobre flexibilizar las cotas o poner en práctica un mercado de derechos a generar déficit no parece que vayan a tener ningún eco. Además lo que sí parece que se va imponiendo es la necesidad y suficiencia de mirar a no al % de déficit; sino al nivel de deuda y a la naturaleza de la inversión que ha ayudado a financiar. Parece que estas ideas se van imponiendo poco a poco19.
Un quinto comentario herético hace referencia a la armonización fiscal. Esta armonización fiscal, además de ser la deriva inconsciente y burocrática de un pensamiento excesivamente simplificador, tiene dos contraindicaciones que creo evidentes a pesar de su escasa popularidad.
La primera es que elimina la competencia fiscal entre administraciones, competencia que no tiene por qué ser nociva y que no hay por qué pensar que llevaría al desmantelamiento de los servicios públicos. Lo razonable es pensar que se alcanzaría un equilibrio que nos debería ser tan aceptable como el que creemos se alcanzaría en los mercados que queremos desregular, o el que se ha alcanzado ya en mercados desregulados.
La segunda contraindicación es que hace menos atractiva la deslocalización cuando este fenómeno, lejos de constituir un problema, ofrece una oportunidad para reorientar la producción hacia donde realmente interesa dados los otros ingredientes de la especialización internacional. Si, por ejemplo, nuestros salarios nos hacen poco competitivos en la producción de buques convencionales no hay que exigir que Polonia (por no hablar de Corea o China) suba su impuesto de sociedades hasta armonizarlo con el nuestro (suponiendo para nuestro ejemplo que éste fuera más alto que el polaco) o proceder nosotros a bajar el nuestro: sino que lo que hay que hacer es especializarnos en la construcción de buques tecnológicamente complejos para la que no hay competencia en países con salarios bajos. Los esfuerzos de Schöder y Chirac por lograr la armonización del impuesto de sociedades dentro de la UE ampliada son probablemente una mera maniobra de políticos avezados para ahorrarse la competencia fiscal y para evitar, comprensible pero erróneamente, el coste político inmediato de la deslocalización.
Comentaré en sexto lugar sobre la coordinación fiscal de manera también poco ortodoxa. Esta coordinación no constituye un problema profundo de teoría económica; aunque sí plantea problemas técnicos que exigen esfuerzos burocráticos importantes. Es cierto sin duda que deben abordarse asuntos como la doble imposición u otros similares; pero la naturaleza meramente técnica de estos problemas no debe relajar nuestra vigilancia ante los peligros latentes de esta coordinación. Esta puede, en efecto, derivar hacia la armonización, con las indeseables consecuencias ya destacadas y, con la misma inercia, ir forzando la reducción del número de administraciones fiscales, disminuyendo así la beneficiosa competencia entre ellas y allanando el camino hacia una Agencia Fiscal Independiente cuya existencia ya se oye solicitar y cuya crítica no es difícil. Un juego entre este nuevo agente y el BCE puede acabar muy lejos del óptimo de inflación y crecimiento.
Y, sobre todo, dicha Agencia, podría no ser compatible con la elección soberana de un país que prefiere la consolidación fiscal, o incluso el superavit (quizá para paliar las futuras deudas implícitas asociadas a pensiones, sanidad, etc.), ocurra lo que ocurra en la confederación de Estados en la que se juega el juego entre las dos agencias independientes, y que podría considerar esta consolidación como su estrategia diferencial para escalar puestos en la convergencia.
Todos estos comentarios heréticos sobre política fiscal, junto con las ideas desarrollados sobre política monetaria nos pose en situación para especular a continuación sobre política económica en general.
Todo lo dicho hasta aquí respecto a la política monetaria, a la política fiscal y a sus relaciones, tiene como objeto último tratar de inferir la naturaleza de la política económica de forma que esta manera de entenderla acabe reforzando la idea que me hago del El Capitalismo que viene y que tendrá que ser expuesta sin ambages en el capítulo que cierra este volumen a modo de epílogo.
En este primer y decisivo paso trataré de sugerir que la esperanza de poder alcanzar una cierta estabilidad económica (mediante reglas establecidas por agencias independientes) que suavice el ciclo, disipe incertidumbres y facilite la práctica empresarial, es una esperanza vana. Para ello miraré primero a las ideas hoy convencionales sobre política económica y luego a lo que de ellas va quedar a la luz tanto de la teoría avanzada más arriba como de la influencia de las TIC y de la sociedad del conocimiento en el proceso globalizador.
La política económica, las expectativas y la información incompleta no se llevan bien. Para ilustrar esta falta de sintonía podríamos empezar por las ideas de Milton Friedman (1968,1969) Comencemos por su sugerencia de evitar la discrecionalidad en el ejercicio de la política económica asociada a la idea de "fine tuning" propia de la época keynesiana de la postguerra.
Esta política económica podría muy bien ser exitosa en un escenario determinado en el que sus efectos podrían dominar paretianamente a los de una política reglada; pero, en general, o no sabemos en que escenario estamos o, lo que es equivalente, no conocemos con precisión todos los detalles de ese escenario. En esas condiciones Friedman arguye que una regla elemental es mas adecuada que una política que trata de fijar simultáneamente muchas variables a niveles determinados. El argumento es correcto y puede fácilmente transformarse en una prescripción concreta como, por ejemplo, la asociada a una tasa de crecimiento de la oferta monetaria fijada previamente.
Una regla así determinaría una tasa de inflación equivalente a la diferencia entre tasa de crecimiento de la oferta monetaria y la tasa de crecimiento del output; pero esa inflación no tiene ningún efecto real pues, dada la regla monetaria, todos los agentes la conocen y la hacen inefectiva, la utilizan podríamos decir. Son pues la información difusa y las expectativas las que desaconsejan, conceptualmente al menos, la política monetaria discrecional y, en general, cualquier discreción en el ejercicio de la política económica.
Sin embargo el argumento friedmaniano parecería tener una pequeña vía de agua. En un momento determinado la situación cíclica puede ser tal que la presión sobre la autoridad monetaria (cualquier que ésta sea) puede llegar a ser tan grande que acabe forzando un poco de alegría inflacionaria (fabricada monetariamente) para reducir el paro de acuerdo con la curva de Phillips a corto plazo con pendiente negativa en el espacio de inflación-desempleo (ambos medios en tasas).
Esta salida de la regla puede tener efectos a corto plazo, disminuyendo el desempleo y aumentando la inflación, pero en cuanto se descubre la nueva regla monetaria, y esto puede llevar cierto tiempo si las expectativas son adaptativas, el efecto sobre el desempleo desaparece y sólo queda una mayor tasa de inflación. Por lo tanto la discusión sobre si la política económica debe ser reglada o discrecional parecería que reaparece y no puede ser zanjada sin comparar la impaciencia de los agentes. Por eso tiene interés el artículo de Lucas (1972) en el que muestra que, debido a problemas de información, la economía puede generar una curva de Phillips de pendiente negativa observable; pero que el intento de explotarla es estéril incluso a corto plazo si las expectativas son racionales porque los agentes económicos conocen lo que está pasando.
Este resultado nos conduce inmediatamente a la denominada "critica de Lucas" (1976) y que afecta a cualquier política económica. Con expectativas racionales cualquier movimiento de política económica es perfectamente anticipado y vaciado de cualquier potencial de modificación que creyéramos poseía sobre la realidad económica. En consecuencia creer, como ingenuamente se creyó en la época keynesiana, que se podía controlar el sistema económico y que incluso se podría alcanzar un óptimo dinámico, es una vana esperanza. Es más, cualquier intento de hacerlo sólo llevará a que las oscilaciones propias del ciclo económico aumenten su amplitud, justo lo contrario de lo que pretendería cualquier intento de controlar la economía.
En resumidas cuentas que el intervencionismo no tiene ningún sentido a este nivel de abstracción: la amplitud del ciclo económico es un dato al que habría que acostumbrarse.
Sin embargo, y tal como vimos de una manera muy impresionista en la primera sección de este capítulo, los Bancos Centrales intervienen y hay maneras de entender que lo hagan y que lo hagan de una cierta forma dependiendo de las imperfecciones que se dan en la realidad a diferencia de la economía abstracta de los párrafos anteriores. En la segunda sección de este capítulo hemos intentado precisamente entender, en el caso de la política monetaria, que el intervencionismo puede ser no creíble o ser intertemporalmente inconsistente entrando así en una tercera fase en la descripción de la naturaleza de la política económica.
Dada la incapacidad técnica que tiene el Estado, o su agente el Gobierno, de comprometerse inexorablemente, la política económica tiene que ser intertemporalmente consistente y muy a menudo la que lo es, no es óptima. De ahí que tengamos que explorar la potencialidad de sus sustitutos. En esa segunda sección hemos estudiado la delegación de la política monetaria en un Banco Central, una institución que podríamos llamar de diseño.
Pero, esta delegación que es en sí misma una intervención en el sistema, tampoco puede considerarse como la última palabra en materia de política económica. Para verlo consideramos una situación en la que, de acuerdo con las ideas expuestas, el intervencionismo se limita al establecimiento de una regla monetaria por parte de un Banco Central independiente que es compatible con la eliminación de la inflación, el mantenimiento del salario real y una senda , o un ciclo, en el que la economía se encuentra sobre la tasa natural de desempleo que puede oscilar con shocks externos.
Aun suponiendo que estuviésemos convencidos que esto es lo mejor que podemos hacer, ¿estamos seguros de que se hará así?. Mi respuesta a este interrogante es negativa. Más bien estoy convencido de que, primero, la capacidad (nunca abandonada creíblemente) de eliminar la delegación acabará siendo usada en algún momento y que, segundo, aún si no lo fuera, la tentación de capturar al Banco Central es demasiado grande, como para esperar que nunca se caiga en ella.
Si un Gobierno determinado revocará o no la delegación depende, desde luego de las circunstancias de otros países; pero en un nivel más abstracto depende de los beneficios en el tiempo que le reporte recuperar el manejo de la política monetaria y utilizarla de manera distinta a la utilizada hasta ese momento por el Banco Central. Por otro lado, en lugar de la revocación, el Gobierno puede capturar al Banco Central y utilizarlo para instrumentar una política que le sea favorable dependiendo del gobierno que sea20.
La única forma de eliminar estas posibilidades de intervencionismo es eliminar las tentaciones o hacer de la caída en ellas algo muy difícil de llevar a cabo. Podríamos decir en concreto que esta situación podría darse cuando el Banco Central o más bien la política monetaria que éste instrumenta (o que podría ser instrumentada por el Gobierno) no es de diseño; sino que corresponde a un equilibrio socialmente estable, una especie de equilibrio evolucionariamente estable que expusimos en un juego evolutivo.
En la segunda sección hemos visto cómo el Banco Central (y en principio también el Gobierno) pueden adquirir la reputación de poner en práctica una regla monetaria adecuada, a través precisamente de una rica "accountability" y siempre que no se empeñen en ser fanáticos. También hemos visto que una vez conseguida la reputación, es posible ser flexible en la regla sin perder la reputación como era el caso del Bundesbank. Podemos también añadir que la reputación puede también ser simplemente reputación de "hacer las cosas bien" sin necesidad de jugársela a medidas más especifica, como es el caso de la Reserva Federal.
Reflexionemos un poco en donde nos encontramos en relación a la naturaleza de la política económica ejemplificada aquí por la política monetaria. Me interesa destacar que el no intervencionismo en general y las políticas regladas en particular, ambas propias de la sabiduría convencional hoy, son defendibles en base a una noción de equilibrio evolutivo que no garantiza que sean óptimos (aunque esto ya se había admitido) y que encarna una reputación que se sostiene solo cuando no es fanática y que, una vez obtenida es compatible con una utilización de la regla que casi convierta la política monetaria en discrecional.
Explicada así la situación conceptual de la política económica no es ni reconocible ni simple. Añadamos ahora algunos comentarios relativos a la influencia de los factores que quiero estudiar y veamos que tampoco son muy alentadores respecto a la naturaleza de la política económica.
En primer lugar hay que reconocer que, si algo implican las TIC a efectos de la política económica, es reforzar la postura de Lucas de forma paradójica. Esta postura en lo que tenía de no intervencionista estaba basada en buena parte en dificultades informacionales que llevaban a un productor a tomar como un cambio al alza en el precio relativo de su producto -que le llevaba a incrementar su producción- lo que no era sino un alza general del nivel de precios- que debería haberla llevado a no cambiar su nivel de producción. Este fallo informacional explica la pendiente negativa de la cursa de Phillips a corto plazo.
Consecuentemente la generalización del uso de las TIC y la posibilidad que proporciona la Sociedad de la Información de acceder a la información almacenada o que se está generando, hacen que esa curva de Phillips a corto plazo deba ser considerada como vertical incluso a corto plazo. No hay autoridad monetaria que en esas condiciones intente disminuir el salario real inflando la economía mediante un incremento de la oferta monetaria y, en consecuencia, las presiones inflacionistas serán menores y el sesgo inflacionario posiblemente imperceptible.
La intervención a través de la política monetaria no tendría lugar para modificar el nivel de precios de forma que quedaría limitado a intentar influir en el tipo de interés nominal, cosa posible tal como hemos visto en la primera sección de este capítulo.
Ahora bien parecería posible, en segundo lugar, que la regla seguida por la autoridad monetaria para modificar el tipo de interés nominal pudiera ser descubierta mediante el examen de las discusiones internas de los Bancos Centrales respecto a los retoques en el tipo de intervención que aparecen en las minutas de sus sesiones disponibles en la página web correspondiente21.
Su examen mostraría que muy a menudo -por ejemplo en la Reserva Federal- no hay una regla contingente previa aunque, naturalmente, siempre podemos encontrar a posteriori una regla que explique lo que esencialmente aparece como un paseo aleatorio. Es difícil de entender porqué se utiliza una política de esta naturaleza. Parecería, por el contrario que la autoridad querría ser previsible para lo cual esperaríamos que utilizará una regla fácilmente inferible como, por ejemplo, la de Taylor.
Sin embargo, y esto es la crucial a efectos de entender la naturaleza de la política monetaria en particular y la política económica en general, la regla inflexible e iluminada por los focos de la información interna no tendría por qué ser creída como permanente a no ser que fuera una regla self-enforcing que surge como la constatación de una reputación adquirida como el equilibrio de un juego evolutivo. Pero, y este es el quid de la cuestión, este equilibrio evolutivo, aunque puede ser a prueba de mutantes, no tiene que ser resistente al cambio de ámbito que la globalización trae consigo bien sea de golpe bien sea de manera paulatina.
Como ya vimos en el capítulo II.3, en la parte dedicada a fraternidad y su ámbito, el cambio de este último puede cambiar el equilibrio. Es decir, políticas monetarias que eran creíbles en el sentido convencional pueden dejar de serlo cuando reconocemos que pueden ser revocadas a no ser que sean reglas evolutivamente estables y que incluso estas últimas puedan cambiar con el cambio de ámbito propiciado por la globalización. Se me antoja pues evidente que no hay política económica totalmente creíble. Y creo poder afirmar que el establecimiento de reglas sencillas y fácilmente descubribles tendrá que esperar hasta que el proceso de globalización hay llegado al final y no quepan cambio de ámbito.
¿Qué hacer mientras tanto? La primera respuesta es: nada. Así estaríamos proponiendo un verdadero no-intervencionismo más allá del intervencionismo reglado. Pero, de hecho, es muy difícil alcanzar esa nada cuando se parte de un statu quo que contiene algo, sea en materia monetaria o en materia fiscal. Lo que hemos de esperar por lo tanto es una política económica que simplemente favorezca al poder entiendo por tal aquellas fuerzas político-económicas que dirigen el capitalismo de amigotes al que tantas veces nos hemos referido, la última en este mismo capítulo al hablar en la nota 20 de las distintas diagnosis que se pueden hacer del desempleo según interesa que se siga una política monetaria laxa o restrictiva dependiendo de si uno es un especulador inmobiliario o un exportador.
Antes de terminar este capítulo sólo me queda sugerir que esta política económica del capitalismo que llega, aunque está hecha a favor de quien tiene el poder en cada momento, aparecerá como aleatoria porque variará el detentador de ese poder y lo hará con frecuencia en un mundo en el que, dada la información y la confianza tejida y destejida por las TIC, nadie puede protegerse contra la competencia.
Esta aparente inestabilidad parece hoy, y así lo expresan sobre todo las asociaciones de empresarios, como muy nociva para la creación de riqueza; pero hemos de entender que eso era cierto cuando las empresas tenían una cierta vocación de permanencia que esperaba más de la producción eficiente y venta de un producto determinado que del aprovechamiento de las oportunidades que subyacen a los cada vez más frecuentes de fusiones y adquisiciones. Nadie clamará en el capitalismo que viene contra la enorme volatilidad en la vida media de las empresas y su ciclo de vida será muy corto.
Socialmente esto puede no ser muy bueno para la creación de riqueza y más concretamente para el desarrollo económico de los países emergentes o para la lucha contra la pobreza -temas estos a los que dedicaré los dos siguientes capítulos- pero cada uno de nosotros pensará que puede ser bueno para sí mismo en particular y posiblemente acierte con la suficiente frecuencia como para dejar que las cosas sigan como están en un mundo desordenado pero que genera oportunidades para todos. Todo ello encaja en una cierta cultura postmoderna a la que volveremos en el último capítulo.
En esta cuarta parte de El Capitalismo que viene que comienza con este capítulo quiero estudiar la Política Económica y el Desarrollo Económico a la luz de la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC para concluir con algunas ideas sobre cómo entender al individuo, al sistema económico y al humanismo. En este capítulo IV.1. quiero elucubrar sobre la política económica y sobre si el margen de maniobra de los Gobiernos va a aumentar o a disminuir. Quiero por lo tanto pensar la naturaleza de la política económica.
En la primera sección se muestra cómo la mayoría de las ideas sobre política monetaria de los Bancos Centrales muestran que estos Bancos y sus gobernadores piensan que la política monetaria que a ellos compete no es neutral debido a rozamientos realistas como la incompletitud de los mercados o a situaciones de desequilibrio. A partir de esa evidencia se plantea cómo surge el sesgo inflacionario, cómo este sesgo será menor en el futuro gracias a las TIC, cómo se ha argüido que los Bancos Centrales pueden eliminarlo y, cómo, bien pensado, esa argumentación no es satisfactoria y cómo, en consecuencia, un Banco Central no es ni necesario ni suficiente para controlar la inflación.
La segunda sección, dedicada a la reputación del Banco Central y a la política fiscal como condicionante de la política monetaria en el marco de la globalización, resulta un tanto herética. En ella se muestra que la descentralización fiscal -basada en el principio de subsidiariedad- así como la ausencia de fanatismo antiinflacionario son paradójicamente los pilares básicos para que un Banco Central pueda alcanzar su reputación a través de la "accountability". Así mismo se desvelan las falacias que subyacen al diseño del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) y a los intentos de armonización y coordinación fiscales.
Estas dos secciones sientan el tono de la discusión sobre la naturaleza de la política económica en general. De acuerdo con la sabiduría convencional hoy vigente el intervencionismo discrecional, ejemplificado por el "fine tuning" keynesiano, no tiene sentido alguno porque o bien es inútil o bien amplia la volatibilidad de las variables de interés como son la tasa de crecimiento o la tasa de inflación. No cabría por tanto más que un intervencionismo reglado. Sin embargo y a la luz, tanto de las TIC y de la globalización, como de comentarios sobre la incapacidad de compromiso del Gobierno, nos vemos arrastrados a reconocer que tampoco es posible la credibilidad de las reglas fijas.
Si estas conjeturas fueran correctas tenemos que esperar un futuro muy distinto del presente. La política económica, sea o no un instrumento en manos de los capturadotes del Estado, será aparentemente aleatoria lo que aunque no parece muy bueno para la creación de riqueza, lleva a generar oportunidades para todos.
1. Ver J. Dréze y H.M. Polemarchakis (2001) así como Urrutia (2001)
2. Friedman (1968) y Lucas ( 1980) son los campeones del no-intervencionismo. Friedman utiliza en su razonamiento que la intervención ignora sus efectos por lo cual sería mejor restringirla. Este argumento no parece de mucho peso en un mundo como el de hoy presidido por las TIC por lo que la no-intervención está hoy basada en el argumento de Lucas que implica que para ser efectiva la Política Monetaria tiene que ser imprevisible, que esta incapacidad de preverla -especialmente en el mundo de las TIC- exige una aleatoriedad para ser efectiva y que ésta implica mayor volatilidad de las tasas de crecimiento y de inflación.
3. Vease la panorámica de juegos repetidos con información completa debida a D.G. Pearce, en su trabajo de 1992.
4. Esta es una afirmación más general que su mera traducción al contexto presente y que adquiere toda su fuerza en situaciones de azar moral con supervisión más o menos costosa. Ver a este respecto la panorámica de P. Olivella.
5. Consultar el panorama de D. Fudenberg (1992)
6. LD. Backus y J.Driffill (1985).
7. Ver Valdés (2004).
8. Esta ubicación en el tiempo me permite también utilizar un trabajo propio publicado en esos momentos y que se recoge en La Mirada del Economista. Ver Urrutia (1997) que he seguido aquí verbatim.
9. Como se observará más adelante, el problema no es el de la independencia de un banquero central reputadamente antiinflacionario; sino el de la adquisición de una reputación antiinflacionaria por parte de un nuevo Banco Central, en este caso el BCE, que nace formalmente independiente.
10. "Accountability" es difícil de traducir. Sin duda se refiere a "responsabilidad", pero parece poner énfasis en las condiciones que hacen que esa responsabilidad puede ser exigida. No podría serlo si no hubiera mecanismos de seguimiento (vigilancia) y sanción y ésos no podrían funcionar sin la información suficiente y sin su difusión transparente. Quines pueden ser removidos por el voto son, sin duda "accountable" ante los electores; pero en lo que sigue no se discutirá sobre el voto. Quizá la mejor traducción de "accountable" fuera "fiscalizable"; pero esto nos llevaría a traducir "accountability" por "fiscalibilidad", una palabra muy poco atractiva.
11.Ver Clarida, R. y M.Gertler: (1996) citado por The Economist que explica así la sofisticación del Bundesbank: "ajusta los tipos sobre la base de la inflación esperada, no la actual; y los sube abruptamente cuando la inflación amenaza con subir; pero los baja menos inmediatamente cuando la presión desaparece".
12. Ver Rogoff (1985) que también ha sido usado en el apartado anterior.
13. Un argumento análogo puede construirse, si se acude al ahorro no-europeo, en base a la revalorización consiguiente del euro.
14. Bank of England, Quarterly Bulletin, Febrero 96.
15. La argumentación de los tres párrafos anteriores se debe a A. Matsui, (1991). En ese trabajo se demuestra que en el ejemplo citado la estrategia deseada es una estrategia socialmente estable que se alcanza en un juego evolutivo con la dinámica propia de la mejor respuesta. Para aplicar esto, tal como se hace en el texto, se necesitan precisiones interpretativas delicadas que sobran aquí.
16. Esto no es sino un resumen apretado del capítulo 6 de "Making Sense of Subsidiarity: how much centralization for Europe?" Monitoring European Integration 4, CEPR, 1993.
17. Juan Carlos Berganza mostró en un magnifico trabajo de 1997 cómo la introducción formal de la política fiscal en un modelo parecido al juego entre S y G que hemos estudiado en el apartado IV.1.A.1., puede generar de hecho una inflación mayor que la que corresponde al sesgo inflacionario que detectamos allí. La razón es, desde luego, que una política monetaria restrictiva puede generar un nivel de gasto público cuya financiación haga necesaria un incremento de los tipos, una consecuente reducción del output y una mayor tentación de inflar la economía por parte del Gobierno. De ahí se genera no sólo la necesidad de un Banco Central duro; sino también la exigencia de una estabilidad fiscal como la que subyace al PEC.
18. Por un lado tenemos que ante enormes shocks que afectan a todo el mundo (como fue por ejemplo el shock petrolífero de 1973/4) todos los países estarán de acuerdo en no cumplir las prescripciones del PEC. Así mismo, ante pequeños shocks idiosincrásicos tampoco funcionrá. Si el déficit estructural del país de que se trata es cero, el margen de maniobra permitido (un 3%) es tan grande que ningún país incurre en multas. Pero si ese déficit estructural es grande (un 2% digamos) el margen de maniobra restante del 1% del PIB puede o no ser suficiente; pero una multa del 0.5% en caso de salirse del 3% total no es creíble porque de hecho agravaría la situación. Por otro lado que el Comisario Solbes tuviera que atacar a Irlanda para ganar credibilidad para su amenaza a Alemania muestra fehacientemente que la construcción general era difícil de tomar en serio. Ver a este respecto mi artículo de Expansión sobre "Eire".
19. A este respecto mencionaré simplemente los trabajos de Blanchard y de Gavazzi. Además y de manera independiente cabe mencionar aquí el argumento de Razin y Sadka que utilizan un argumento de economía política para sugerir que ensanchando la banda permitida del PEC se podría facilitar la privatización de un sistema de seguridad social. Sobre esto volveré al hablar del estado del bienestar en el capítulo IV.2.II.
20. Esta afirmación proviene de Urrutia (1994) en donde se arguye que la moda parte de la buena retórica; pero acaba impregnada de la mala retórica. Utilizaba allí el ejemplo del desempleo. Continuaba allí que el desempleo "se podía deber a la rigidez del salario nominal pero también a un proceso de búsqueda de empleo propiciado por falta de información sobre las vacantes existentes.Pasemos por alto cómo trataríamos de discernir econométricamente la naturaleza del desempleo observado (lo que incluye pasar por alto la retórica de la econometría) y supongamos que sabemos que la causa es una u otra y que hemos persuadido a la correspondiente autoridad de ello. ¿Cómo convenceremos a dicha autoridad de que tome unas u otras medidas?.Si la causa admitida del desempleo es la rigidez del salario nominal podemos sugerir que o bien se deroguen las leyes del salario mínimo (y en general se rompa el poder sindical) o bien que, si lo anterior es socialmente inaceptable, se incremente la oferta monetaria de forma que, si el "engaño" prospera, quede reducido al salario real. Si la causa admitida fuera la falta de información podemos aconsejar que ésta se proporcione a través de instituciones varias o podemos aconsejar alternativamente que se reduzca la oferta monetaria lo que, al provocar el alza del tipo de interés, haría disminuir el salario de reserva y el período de búsqueda de empleo.Ahora es muy claro cómo se puede prostituir el Arte de la Persuasión. En lugar de presentar todos los argumentos y de medir la incidencia cuantitativa de las diversas causas podría yo seleccionar una u otra y aconsejar la política que más me interesa. Puedo, en efecto considerar solamente la rigidez de salarios y además aconsejar que se incremente la oferta monetaria para que se genere inflación y venda bien mi casa. Este argumento -que por cierto es precisamente el de Keynes- será aceptado, se pondrá de moda, si es lo que se quiere oír y esto será así si quién escucha tiene casas que vender. Sin embargo también podría concentrar mi atención en la falta de información y recomendar que se reduzca la oferta monetaria para así, de paso, exportar más. Este argumento será aceptado, se pondrá de moda, si quién escucha tiene una empresa exportadora".
21. Esta "accountibility" puede, como hemos visto, ayudar a la adquisición de reputación por parte de la correspondiente autoridad de Política Económica; pero esta reputación puede dejar de ser un equilibrio evolutivo tal como ahora veremos y en ese caso se pierde. Por otro lado A. Siebert (1999) ha mostrado que la toma de decisiones en un Banco Central es generalmente colegiada, que este hecho tanto puede aumentar como disminuir la inflación y que la no publicación de las minutas con los votos de cada miembro del colectivo que toma la decisión aumenta la inflación.
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