Juan Urrutia

Juan Urrutia, el autor y el economista

El Capitalismo que viene

Parte IV: Política Económica, Desarrollo y Humanismo

Introducción

De hecho he terminado mi tarea. Pretendía explorar la influencia en las instituciones básicas del capitalismo (propiedad, empresa, mercado y Estado), de la globalización, la Sociedad de la Información y la utilización de las tecnologías de la información y de la comunicación, así como de sus posibilidades a la luz tangencial de la teoría económica contemporánea.

La tarea ha sido realizada en esos términos precisos lo que ha exigido que tocáramos algunos asuntos que, aunque no estaban en la agenda principal, eran necesarios para la elaboración de los temas específicos que queríamos pensar y que, finalmente, han resultado ser asuntos de interés en sí mismos. En particular quiero mencionar al agente individual cuyo análisis me ocupó toda la primera parte.

Es obvio que aunque no haya considerado a este agente individual como una institución básica del capitalismo, no hay capitalismo sin su presencia como consumidor, productor o intermediario y, en consecuencia, no sólo él mismo está tocado por las novedades cuyos efectos queremos explorar; sino que esos efectos dependen crucialmente de su actuación. Esta actuación está condicionada por la información, el segundo de los temas que hemos explorado por su importancia intrínseca y como herramienta del análisis.

El tercero de los temas a los que no nos dirigíamos directamente en principio era el que en la segunda parte denominamos ámbito, rúbrica ésta bajo la cual apuntamos a una correlación precisa entre el ámbito geográfico y humano en el que se desarrolla la actividad económica y el conjunto de normas, costumbres e instituciones que delimitan ese ámbito.

Es justamente este tercer asunto tangencial el que da pie, en esta Parte IV, a encuadrar algunas ideas que tienen que ver con la política económica, el desarrollo y el humanismo. La política económica pone en juego no sólo la actuación del Estado; sino la capacidad de ese Estado, una institución en sí mismo, para originar convenciones que se autosostienen (o para garantizar el cumplimiento de aquellas que no tienen esa cualidad) y que constituyen el paisaje normativo e institucional en el que se desarrolla la actividad económica en el capitalismo. El desarrollo económico, a su vez, no es una cuestión meramente económica o de ingeniería social; sino que depende, de manera compleja e intrincada, de la organización política y resulta en una distribución más o menos desigual que sostiene más o menos esa organización política.

Finalmente si, para cerrar el círculo volvemos a mirar al individuo, se impone su reconsideración de forma que detectemos una tensión permanente entre el individualismo y el holismo y se imponga su concepción como un haz de yoes. El sistema económico no puede funcionar y, desde luego, no puede ser comprendido, sin prestar atención a los agentes individuales; pero éstos no son lo que son ni actúan como actúan a partir de la nada (ex nihilo); sino que son y actúan por razones condicionadas por la interacción entre sus diversos yoes y por las naturaleza y estructuración del conjunto en el que se desenvuelven y en el que observamos desde la violencia mutua más descarnada hasta la más excelsa compasión pasando por formas diversas de cooperación.

Pues bien, de estos otros asuntos quiero hablar en esta última parte de El Capitalismo que viene: política económica, desarrollo económico y humanismo. Cada uno de ellos será analizado usando unas dosis relativas de teoría y de novedades (globalización, información y TIC) distintas a las utilizadas en las tres partes anteriores.

La importancia de las novedades es aquí sobre todo indirecta. Es cierto que la globalización condiciona las formas de ejercer la política económica o las posibilidades de mantener estados de bienestar diferenciados; pero estos problemas están más directamente relacionados con asuntos como la asimetría informacional o la evolución de las convenciones de actuación que son las que directamente están relacionadas con, por ejemplo, las TIC.

Si hablamos de desarrollo no sólo no podemos dejar de pensar en la globalización, la apertura económica o el estado del bienestar; sino que nos vemos obligados a hablar, además y por ejemplo, de democracia, educación y desigualdad, cosas éstas que, ciertamente, deben ser repensadas a la luz de las TIC puesto que éstas pueden condicionar la forma de participación ciudadana y el acceso que a ella se tenga en distintas partes del mundo diferenciadas por su estructura económica, su tipo de gobierno y la forma en que el poder esta distribuido en la red social.

Finalmente, aunque no cabe duda de que el ser humano va a cambiar con los choques culturales que trae consigo la globalización, con el uso de las TIC y con la posición en que le coloque la revolución de la información en el mundo de la producción y la creación de riqueza, lo que es crucial es preguntarnos por la naturaleza y el destino de ese ser humano de personalidades múltiples que no sabemos si está en el centro del sistema (o de la creación como dicen otros con mayor ampulosidad) o si es una pieza funcionalmente reemplazable de un sistema que cuida de sí mismo. Y es aquí donde hay que hacer jugar no sólo las ideas de la primera parte; sino también las ideas relacionadas con las nociones evolutivas que hemos desarrollado al hablar del ámbito del sistema.

También aprovecharemos esta cuarta parte para remachar en el último capítulo y a modo de epílogo algunas conclusiones y para apuntar una forma distinta de vernos a nosotros mismo. Si hay una conclusión que debe ser subrayada es precisamente esta tensión entre el individuo nuevo y el sistema global y tecnológico. Una tensión que adquiere unas dimensiones diferenciadas y novedosas cuya exploración va a exigir el despojamiento de nuestra inercia convencional.

Lo que se vislumbra en un horizonte, quizá lejano pero no tanto como para no elucubrar sobre él, es un mundo desarrollado en su totalidad en el que la escasez ha sido vencida hasta cierto punto aunque sigan funcionando las leyes económicas propias del sistema de mercado o capitalista. Sin embargo los costes de transacción son tan bajos y la información tan generalizada, abundante y simétrica que la política económica es efectivamente inoperante y el sistema adquiere su propio ritmo.

La antigua ambición humana de controlar la naturaleza o la sociedad se desvanece en este último caso; pero esta aparente derrota del espíritu de la modernidad se torna una victoria postmoderna. El sistema económico y su protagonista individual se influencian mutuamente y bien podríamos decir que el sistema, formado por un conjunto de convenciones sociales o "memes", funciona de manera tal que los individuos vamos ayudándolo a mantener esos "memes" o a generar nuevos.

El resultado visto desde el punto de vista de los individuos es que el mundo es una gran máquina estocástica, un paseo aleatorio impredecible e incontrolable al que sólo cabe adaptarse. La buena noticia en un mundo así que podría parecer siniestro, es que hay siempre alguna faceta de nuestro yo que está adaptada a lo que ocurre en cada momento y que, más o menos, todos vamos a disfrutar de nuestro gran momento en un mundo en el que no se puede mantener una posición de privilegio de manera permanente.

Es decir, cuando lleguemos al final de esta ultima parte de El Capitalismo que viene, habremos descubierto que lo que nos espera es un mundo impredecible e incontrolable con el que sólo se puede jugar, en el que la política está siempre presente a su manera y en el que, de manera sorprendente, la igualdad de oportunidades brilla continuamente por su presencia en un sistema económico que funciona sólo y como un tiovivo continuo ante la mirada atónita de un niño que no sabe lo que hacer consigo mismo.

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