Juan Urrutia, el autor y el economista
No encuentro mejor introducción al tema que nos ocupa en este capítulo y a las principales cuestiones que en él se van a tratar que las siguientes palabras de Simon1. Bajo la rúbrica de la ubicuidad de las organizaciones, dice:
"Un mítico visitante de Marte que no haya sido puesto al día sobre la centralidad de mercados y contratos, puede encontrar la nueva economía institucional realmente sorprendente. Supongamos que el visitante... se acerca a la tierra desde el espacio equipado con un telescopio potente que transparenta las estructuras sociales. Las empresas se manifiestan digamos como sólidas áreas verdes con evanescentes contornos interiores representando divisiones y departamentos. Las transacciones de mercado se muestran como líneas rojas que conectan empresas y forman una red en el espacio entre ellas. Dentro de las empresas (e incluso quizás entre ellas) el visitante que se acerca también ve pálidas líneas azules, las líneas de autoridad que conectan jefes con diversos niveles de trabajadores. A medida que el visitante observa con mayor detenimiento la escena de abajo, puede llegar a ver una de las masas verdes escindirse en el momento en que una empresa se desembaraza de una de sus divisiones o pudiera ver que un objeto verde se zampa otro..." "Con independencia de que nuestro visitante se aproximara a los Estados Unidos o a la Unión Soviética, a la China urbana a la Comunidad Europea, la mayor parte del espacio a sus pies se encontrará dentro de las áreas verdes puesto que casi todos los habitantes serán empleados y por lo tanto incluidos dentro de las fronteras de la empresa. Las organizaciones serían las características dominantes del paisaje. Un mensaje de vuelta que intentara describir la escena, hablaría de "grandes áreas verdes interconcectadas por líneas rojas" . No sería probable que hablara de una "red de líneas rojas conectando lugares verdes" ". (Traducción mía).
De acuerdo con la impresión del visitante del espacio exterior parece claro que el orden de la exposición debería ser el indicado en la Introducción a esta tercera parte de El Capitalismo que viene y así será pues empezamos por considerar las grandes manchas verdes, es decir la empresa. Y de esta manera se prefiguran también las principales preguntas. Simplificando ligeramente2 a Simon me atrevería a decir que dos son las preguntas pertinentes.
La primera es la de entender cómo, en qué medida y bajo que condiciones o principios se organiza la producción de un sistema económico bien en una empresa, bien a través del intercambio en el mercado. Es el problema del contorno de la empresa, o de su ámbito, y debe contestar la pregunta de porqué algunas actividades productivas se realizan dentro de la organización y porqué otras, en cambio, son realizadas por otra empresa y contratadas en el mercado.
La segunda pregunta pertinente es cómo se consigue alinear los incentivos de los distintos componentes de la organización interna de lo que llamamos empresa para la consecución, o al menos persecución, de un objetivo común, así como dilucidar cual puede ser este objetivo.
Sin embargo me gustaría elevar un poco el tiro para enmarcar estas dos preguntas pertinentes en lo que llamaríamos la empresa como unidad productiva, objeto éste que nos ocupará en el primer apartado de este capítulo, y para añadir otra cuestión más relacionada con el capitalismo propiamente dicho: la empresa como activo en el que materializar el ahorro, asunto éste al que dedicaremos el segundo apartado y en el que estudiaremos temas actuales como el de la responsabilidad social corporativa o el concomitante del buen gobierno de la empresa y su presuntamente asociada transparencia, asuntos que pueden influir en ese comportamiento bursátil de una empresa que no depende únicamente de su capacidad de producir bien.
El hecho de que hayamos ido acumulando herramientas analíticas en las dos partes anteriores hará la tarea de entender lo que Simon llamaría economía organizacional mucho más asequible y la exposición más precisa. Disponemos ya de visiones alternativas de la producción, somos conscientes de que la población de empresas no es estática y que su distribución por tamaños puede variar, sabemos de la revolución de los incentivos y de la información -lo que puede incidir en las respuestas que ofrezcamos a las preguntas pertinentes mencionadas- así como de los costes de transacción asociados a la (falta de) confianza mutua y no nos es ajena la problemática de la emergencia de pautas de conducta y de la dependencia de éstas del ámbito de que se trate.
De esta forma estamos ya pertrechados para atacar nuestro objetivo principal que es llegar a aventurar una opinión informada sobre el futuro de la empresa en el capitalismo que se va a desarrollar a partir de la globalización, del conocimiento como input que deviene fundamental y de la presencia masiva de las nuevas tecnologías. Iremos viendo cómo la unidad productiva cambia de aspecto y de organización interna al rebufo de un cambio significativo en la autoridad, la lealtad, la identidad y otros conceptos similares y cómo el capitalismo popular irá acomodándose poco a poco, en base a nuevas pautas conductuales, y encajando sin aspavientos lo que hoy no son sino reacciones precipitadas a acontecimientos recientes -y no otra cosa es hoy la responsabilidad social corporativa y el intento de sugerir, e incluso legislar, códigos de buen gobierno- que acabarán propiciando modificaciones más profundas y menos extemporáneas.
Aunque la finalidad de este capítulo no es la de revisar las teorías de la empresa disponibles, sino otear sus posibles formas y pautas de conducta futuras, es muy conveniente tener una idea genérica de las distintas teorías existentes pues de casi todas ellas vamos a hacer uso en nuestra labor prospectiva. Al precio de no ser preciso pienso que podíamos dividir estas teorías en dos grandes clases: las teorías neoclásicas y las neointitucionalistas.
Las primeras no quieren mirar en profundidad a las vísceras de esta organización; prefieren pensarla como una caja negra en la que entran inputs y salen outputs de una manera tecnológicamente precisada. Si hay progreso tecnológico es porque nos han cambiado la caja negra; pero no se sabe ni cómo ni quién ha hecho el cambio y la descripción tecnológica se resume en unos pocos conceptos reflejados en la forma de los costes: rendimientos decrecientes, constantes o crecientes. Como esta noción de empresa pretende únicamente formar parte de la formalización de una "economía de mercado", su descripción como organización es prácticamente inexistente. No sólo no sabemos quién la crea y porqué; sino que tampoco tenemos ideas claras sobre las características de su población, la determinación de su número y tamaño o las razones para su rotación.
Para comenzar a contestar a algunas de estas preguntas tenemos de cambiar el punto de mira y preocuparnos de la empresa como tal organización, cosa que se puede hacer desde una tradición que podríamos seguir llamando neoclásica, aunque renovada, o dando el salto a la tradición neoinstitucionalista.
La respuesta neoclásica renovada a la pregunta de qué es la empresa en sí se centra en la teoría de contratos pues la empresa no sería sino un haz de contratos que regulan las obligaciones de cada uno de sus componentes y especifican la estructura de la propiedad, es decir a quién corresponde la autoridad cuando surgen contingencias no previstas en los contratos, necesariamente incompletos3. Esta noción contractual de la empresa tampoco da respuesta a todas las preguntas que surgen cuando uno se pregunta por la empresa como organización.
Para acercarse a las respuestas que se buscan hay que pasar a la tradición neoinstitucionalista que trata de entender las características de información y de incentivos que hacen que surjan estas organizaciones especiales, que se comporten internamente de una manera que puede ir variando en el tiempo y que eventualmente se liquiden4. La presentación realizada de la fraternidad en el último capítulo de la parte anterior da una idea cabal de la forma que reviste esta manera neoinstitucional de mirar a la empresa. Esta forma sería el corazón de lo que Simon llamaría economía organizacional, y apelaría a la noción "coasiana" de costes de transacción y, perdóneseme la imprecisión, abarcaría muchas de las nociones austríacas que, como la Schumpeteriana del empresario, ponen énfasis en la información y los incentivos.
En lo que sigue no hay ningún intento de afinar estas nociones o de compararlas. Pretendo usar lo que me vaya bien de cada una de ellas para alcanzar mi objetivo prospectivo.
En el famoso círculo económico de cualquier texto introductorio, las empresas usan mano de obra ofrecida por las economías familiares, compran otros inputs fabricados por otras empresas en el mercado y producen outputs que venden a su vez en los mercados correspondientes. Las empresas son pues las unidades productivas: nada se produciría fuera de ellos.
Ya vimos en su momento que las TIC permiten unificar hasta cierto punto y en un cierto sentido la actividad productiva y la consumidora; pero ahora no es esta la preocupación; sino más bien la de observar algunas tendencias en la actividad productiva de las empresas. En el primer apartado trataré de imaginar cómo va a ser el ámbito de la empresa productiva, su delimitación, su tamaño, etc. y en el segundo que la alineación de incentivos dentro de esa unidad se hace muy difícil. Ambas cosas juntas sugieren que una enorme efervescencia en el sector empresarial va a caracterizar el capitalismo del futuro inmediato.
¿De qué depende el tamaño relativo de la economía organizacional y de la economía de mercado? Dicho en términos de la metáfora de Simon que reproducíamos en la introducción de este capítulo, nos preguntaríamos por el tamaño relativo de las zonas verdes y de las zonas rojas. Simon afirmaba que, en términos de empleo, eran mucho mayores las zonas verdes y de ahí su demanda de que nos refiriéramos a la economía organizacional. Pero este tamaño relativo puede ser diferente si nos fijáramos no en el empleo, sino, por ejemplo, en el valor añadido y, por otro lado, el tamaño relativo puede no ser constante.
Ambos interrogantes pueden ser contestados simultáneamente de acuerdo con las ideas contenidas en el famoso artículo de Coase sobre la empresa5. Simplificando un poco su exposición diríamos que el tamaño relativo entre empresa y mercado así como su evolución dependen de manera simple de los costes de transacción, entendiendo por tales los recursos reales que hay que dedicar para poner en pie todas las instituciones necesarias para paliar la falta de confianza y permitir el intercambio en el mercado. La conclusión de este apartado va a ser que los tres fenómenos novedosos del capitalismo que viene van a interaccionar de tal manera que el contorno de lo que es una empresa se va a difuminar, el tamaño relativo del mercado va a aumentar y la distribución del tamaño de las empresas va a polarizarse en un puñado de grandes corporaciones multinacionales relativamente estables y una miriada de pequeñas empresas de vida corta.
Aunque puede parecer extraordinario lo cierto es que la idea de producción no es homogénea en el pensamiento económico. Un poco de genealogía nos ayudará a fijar lo que queremos decir cuando hablamos de la empresa como unidad productiva. La concepción clásica de la actividad productiva (sin restringirla a la unidad llamada empresa) podría describirse hoy como un modelo multisectorial. Se trata de una matriz input/output que especifica lo que cada actividad productiva necesita de las demás mercancías y de trabajo, para producir una unidad de lo que ella produce. Se trata de un modelo de coeficientes fijos (que por lo tanto impone rendimientos constantes a escala) que puede ser complementado con la inclusión de producción conjunta -cuando cada actividad produce más de un bien- y de tecnologías alternativas -cuando cada bien puede ser producido por varias actividades distintas-.
Lo interesante no es que este modelo sostenga una teoría del valor-trabajo, lo que es cierto, sino que tecnológicamente hay poca sustitubilidad y que los rendimientos a escala son constantes. Si fijamos los precios relativos de los bienes distintos del trabajo, podemos reducir el modelo a uno de una sola mercancía (que puede ser entendida como output y también como el input capital que junto con el input trabajo la producen) que funciona de acuerdo con una tecnología que admite progreso tecnológico y cuyos rendimientos a escala pueden ser crecientes, constantes o decrecientes. Si ahora queremos introducir la producción en un modelo de equilibrio general el modelo anterior se desagrega, se permite sustitutibilidad entre los factores de producción así como producción conjunta y los rendimientos a escala han de ser decrecientes (o constantes) para permitir las pruebas standard de existencia.
Me centraré en está última forma de entender la empresa como unidad productiva y trataré ahora de sugerir cómo se difumina el contorno de la empresa. Esta idea estaba ya implicita en lo que en el capítulo I.2 llamaba concepción postmoderna de la producción. Recordando brevemente lo que allí decía, miraré primero a la manera tradicional de imaginar la producción, manera que representaba en un dibujo esquemático que reproduzco aquí, recordando que el dibujo puede entenderse como una cuenca fluvial que tiene forma de árbol tumbado.

Los inputs entran a la caja cerrada por un extremo de la cadena de montaje y el output sale por el otro extremo después de haber sido ensamblado por unos operarios que ocupan un sitio fijo y siempre realizan la misma tarea. Así sería la producción de bienes como aviones, tubos o automóviles y en ella hay una distinción nítida entre el productor (dueño de la caja) y el consumidor/trabajador. Pero si ahora pensamos en la actividad productiva de una universidad o un periódico, la imagen es muy distinta.

Los trabajadores no ocupan un puesto de trabajo fijo; sino que se reúnen de distintas maneras en grupos de trabajo para realizar tareas específicas. La caja no esta herméticamente cerrada; sino que caben colaboraciones externas muy variadas a través de contratos a veces informales entre esta empresa y quizá los propios consumidores. En una universidad los propios estudiantes enseñan sin saberlo a sus compañeros, y en un periódico los lectores son cada vez más a menudo redactores externos.
Basta ahora con comparar ambos dibujos esquemáticos para aceptar sin más que el contorno de la empresa se difumina en la producción de bienes como periódicos o licenciados universitarios por parte de empresas editoras o de universidades. Como la producción en el mundo propio de la sociedad del conocimiento, en términos de valor añadido, se va pareciendo más a un periódico que a una cadena de montaje, podemos concluir que el contorno de la empresa se difumina.
La comparación de ambos esquemas gráficos también sugiere que el mercado crece a expensas de la organización. En un periódico o en una universidad muchas actividades pueden ser externalizadas, como de hecho ocurre, y por lo tanto lo que antes se hacia dentro de la caja cerrada, se hace ahora a través del mercado. Esto que observamos en la realidad ocurre porque los costes de transacción necesarios para eliminar la confianza mutua han disminuido y esta disminución se debe a que las tecnologías de la información y la comunicación, consiguen tejer muchas redes solapadas, cada una de ellas basadas en una comunidad identitaria que sostiene la confianza mutua, y producen multipertenencia que generaliza la confianza mutua.
Sin embargo, frente a este efecto derivado de la reducción en los costes de transacción, nos encontramos con el posible efecto contrario -hacia el aumento en el tamaño de la empresa- que se deriva de los rendimientos crecientes que, al mostrar unos costes medios decrecientes, generan una tendencia a la monopolización del mercado o, equivalentemente, a conformar una empresa mayor. La globalizacion permite, sin duda un despliegue mayor de los rendimientos crecientes; pero quizá lo interesante es entender, de acuerdo con muchas ideas ya avanzadas en los dos primeras partes de este trabajo, que los rendimientos crecientes se hacen brutales en cuanto hablamos de Economía Digital, como una versión específica de la Nueva Economía.
El efecto-red propio de la Nueva Economía, y que ya por sí mismo genera rendimientos crecientes por parte de la demanda (pues cuantos más usuarios haya de un cierto bien -teléfono- más me interesa usarlo a mí), no es nada en comparación con los rendimientos crecientes que pueden generarse en la producción de bienes digitales6. Producir software o música exige un fuerte desembolso inicial; pero una vez elaborado un prototipo las copias exactas son esencialmente gratis.
Vemos pues que por un lado hay una tendencia a expandir el mercado a expensas de las empresas; pero que por otro lado, hay una tendencia contrapuesta al crecimiento de la empresa. No es difícil ni aventurado imaginar un futuro en el que la segunda tendencia lleva al desarrollo de empresas gigantes multinacionales productoras de bienes digitales o digilatizables y que experimentaran una rotación pequeña; mientras que la primera tendencia originará una multitud de pequeñas empresas satélites alrededor de cada una de las grandes. Esta población de pequeñas empresas experimentará una rotación muy grande y, cosa que será explicada en el siguiente capítulo, será esencial para el mantenimiento de un comportamiento competitivo por parte de las grandes.
En el apartado anterior he identificado los costes de transacción a efectos de entender el tamaño relativo del sector empresarial y del mercado, como los costes de adquirir la confianza mutua para transaccionar en este último. Pero como el coste de transacción es un coste relativo cabe también fijarse en el coste interno de mantener entera y unida esa organización que llamamos empresa. Aunque hayamos visto lo que ocurre con el contorno y el tamaño de las empresas, todavía tenemos que entender qué es lo que mantiene a la empresa unida y cómo funciona esa unidad de personas que, en principio, responden a intereses distintos.
Terminaré este apartado refiriéndome a esa separación entre propiedad y control propia del capitalismo popular y a las consecuencias de la misma, entre ellas la relativa al problema del buen gobierno. Pero antes trataré de asuntos menos formales como son la cultura de empresa y la estrategia y el control, tratando de transmitir que, en el capitalismo que viene, la cultura de empresa es un valor transitorio y que la estrategia y el control tradicionales se hacen imposibles.
Abstraigámonos pues, y para empezar, del problema de la separación entre propiedad y control y preguntémonos cómo un conjunto de individuos conforman una tecnología productiva y consiguen ponerse de acuerdo para proceder de una manera eficiente sin dejarse llevar por sus intereses desparejos. Aún suponiendo la poca afición al trabajo de todos ellos, unos querrán ganar un buen salario y poco beneficio y otros al contrario. El problema es cómo resolver la multitud de conflictos como éste que se plantean en toda organización. Simon, en el artículo del que he citado profusamente en la introducción, menciona, en tono neoinstitucional, cuatro mecanismos que sirven a este respecto: la autoridad, las compensaciones, la identificación y la coordinación.
Respecto a la autoridad basta con recordar el argumento que ya empleamos al insinuar la eventual conveniencia de la privatización de la ciencia en el capítulo II.1, para entender que es una característica institucional eficiente. En efecto, como el haz de contratos en el que consiste la empresa es siempre incompleto, es bueno decidir quién manda en situaciones no contempladas. Si se otorga la autoridad al inversor tendremos una mayor inversión y una ventaja análoga se deriva de otorgar el mando al que más invierte cuando todos lo hacen.
En cuanto a la compensación económica como mecanismo institucional parece obvio que un mecanismo así no puede estar ausente de una organización; pero debería también ser evidente que no puede bastar y que incluso puede ser una fuente adicional de problemas porque no es fácil atribuir a cada miembros del equipo productivo el producto de su esfuerzo individual. El buen funcionamiento de la empresa exige pues lo que podríamos llamar una cultura, un algo que en términos de Simon facilitaría la identificación y la coordinación. En este punto podemos hace uso de las herramientas elaboradas y ser rápidos en nuestra explicación y nuestra diagnosis.
Por cultura podemos entender el conjunto de pautas conductuales que configuran un equilibrio evolutivo de acuerdo con la explicación ofrecida en el capítulo anterior. Como se recordará estas pautas de equilibrio surgían precisamente de la respuesta a pautas ajenas en un juego dinámico de coordinación: la coordinación está en la cultura de una empresa y podríamos considerar a ésta como el "lenguaje" propio de esa organización. Estas pautas de conducta identifican a esa organización específica como diferente de otras de manera que sus miembros pueden sentirse identificados con la cultura que representan. Estas nociones son propias de una racionalidad, diferente a la instrumental, que en el primer capítulo de este trabajo identificábamos como racionalidad exprevisa o como racionalidad comunicativa.
En la medida que identifiquemos a la racionalidad sólo con la expresiva y a la identidad como cultura propia, podemos afirmar que una cierta de irracionalidad es necesaria para mantener unida a una empresa y que la identidad de la que esa empresa hace gala es, tal como también vimos en su momento, algo muy variable que cambia tanto más rápidamente cuanto más contribuyen las TIC a reducir los costes de traicionar las pautas de conducta de una organización. A la luz de todo esto no es difícil concluir que, tal como ya se nos ha aparecido antes, no nos queda más remedio que vislumbrar un futuro donde las pequeñas empresas se hacen y se deshacen sin parar y muy rápidamente simplemente porque las pautas que sirven para alinear los diversos incentivos de diversos agentes, son muy volátiles7.
Tomemos ahora una empresa así galvanizada y preguntémonos de momento cómo influirán las nuevas tecnología en su estrategia y en su gestión. Como ya he escrito en otro lugar8 las estrategias típicas en sectores con rendimientos crecientes, como son tomar la posición o establecer un estándar (es decir competir por el mercado, no en el mercado), no son posibles en un mundo en el que se da el efecto-red y/o se trata de bienes digitales. El ejemplo de la pugna entre Microsoft y Linux es paradigmático a este respecto.
Por otro lado parece también claro que en un mundo digital y reticular la fidelidad de la clientela es una vana esperanza por muchos esfuerzos de gestión que se hagan al respecto. Aunque estos son problemas serios, topamos necesariamente con uno más profundo y más claramente relacionado con la alineación de incentivos. En efecto, en un mundo como el que se nos avecina es perfectamente posible que el objetivo de una empresa no sea necesariamente la maximización del beneficio o del valor de la empresa. Presentaré brevemente para terminar este apartado y esta sección dos casos en los que parecería que o bien no se maximiza el beneficio o bien no está claro que ese sea el buen criterio.
En sectores que evolucionan con rapidez, la maximización del beneficio parecería implicar el secretismo de las innovaciones a fin de conquistar completamente el monopolio temporal que configuran. Sin embargo, se observa, por ejemplo en el movimientos del software libre, una cooperación aparentemente incompatible con esa maximización . En otro lugar9 he tratado de explicar que esto es típico del pionerismo propio de la "frontera": mientras haya espacio para la colonización colaboramos maximizando conjuntamente las oportunidades futuras. Cuando la colonización se haya acabado dejaremos de cooperar para pasar a competir en la explotación de lo que hay10.
Planteemos ahora con detalle un segundo caso, especialmente relevante para el capitalismo popular, en el que no está claro cual ha de ser el objetivo de la empresa. Para ello hay que pensar en que, a pesar de la proliferación de mercados que se avecina, no poseemos una estructura completa de mercados. Veremos que, en estas condiciones, la función objetivo de la empresa no es obvia si su optimación inmediata. Segundo, si volvemos momentáneamente nuestra atención al cuadro impresionista que dibujaba Simon en las citas de la introducción, nos percataremos de que, mal que bien, hemos avanzado nuestro conocimiento sobre el futuro previsible de las manches verdes y de los suaves contornos azules que discurren en su interior.
En el capítulo siguiente trataremos de entender las líneas rojas que unen las manchas verdes entre sí, y a los agentes individuales con aquellas, a pesar de que, dada la forma de plantear este capítulo, no hemos podido pensar sobre la empresa como institución en la que se asignan recursos sin mencionar simultáneamente al mercado como institución competidora en esa tarea.
En este último punto del presente capítulo deberemos, sin embargo, prestar atención a un aspecto de la asignación de recursos que no está recogido en el modo impresionista de Simon. Los agentes individuales de la primera parte de este trabajo, esa mezcla novedosa de consumidores, productores e intermediarios, no consumen toda su renta en los mercados de productos sugeridos por las líneas rojas; sino que ahorran parte, una parte que ha de materializarse sea en bienes de consumo duradero (que transitan también por las líneas rojas) o sea en activos financieros, los más elementales de los cuales representan participaciones en la propiedad de las empresas o en prestamos a las mismas, que se contratan e intercambian en mercados especializados a los que tiene acceso todo el mundo: una empresa puede ser dueña de otra y un agente individual puede participar en la propiedad de ambas.
La generalización del uso de los mercados financieros, especialmente propiciada por la aparición de otros activos derivados que permiten mitigar los riesgos asumidos y por la emergencia de intermediarios especializados, ha puesto en marcho lo que se denomina el capitalismo popular que, en pocas palabras, quiere decir que la propiedad de los medios de producción que define el capitalismo se ha generalizado. Este capitalismo popular acarrea unas implicaciones de interés para otear el horizonte11.
La más inmediata es, sin duda, la necesidad de replantearnos los efectos de la separación entre propiedad y control puesto que al estar atomizado el capital no hay propietario relevante y el poder de hecho pasa a los ejecutivos. De esto se deriva el problema de determinar cual ha de ser el verdadero objetivo de la empresa, viéndonos obligados a distinguir entre el valor en Bolsa y el beneficio. Estamos tan acostumbrados a tomar como dado que el objetivo de la empresa sea la maximización del beneficio que parece chocante preguntarnos por ello y hacerlo no por razones de responsabilidad social corporativa o por alguna otra razón sociopolítica; sino simplemente porque no es obvio que cuando la empresa es una corporación que cotiza en Bolsa el criterio adecuado sea el beneficio, ni que maximizar éste sea equivalente a maximizar el valor de la empresa, ni que haya algún criterio que concite la unanimidad de los accionistas.
Para entender correctamente estas sutilezas comenzaré por describir una economía que se diferencia de la economía sin producción estándar en el equilibrio general en que la estructura de mercados es incompleta en un sentido específico que permite entender el papel que juegan los activos financieros. A continuación introduciré la producción a fin de poder interpretar los activos financieros como acciones o bonos emitidos por las empresas. Y finalmente exploraré, en ese contexto, el problema de la función objetivo de la empresa, institución que aquí está tomada en su acepción estrictamente neoclásica que abstrae de cualquier problema de organización interna o de las dificultad de alineación de incentivos que ya hemos examinado, pero que incluye el hecho crucial de la existencia de discrepancias entre los accionistas. Es precisamente la emergencia de esas posibles discrepancias las que va a abrir el portillo al problema del buen gobierno al que dedicaremos la siguiente sección de este capítulo.
Siguiendo un trabajo anterior12 expondré para empezar una economía de juguete que servirá como ejemplo conductor. Supongámonos pues una economía en la que hay un solo bien de consumo (que llamaremos trigo), dos consumidores indexados por i, i=1,2 dos fechas indexadas por t, t=0,1 (hoy y mañana) y dos estados de la naturaleza (sol y lluvia) que puedan prevalecer mañana indexados por s = 1,2. Podemos renombrar los bienes como (1) trigo hoy, (2) trigo mañana si hace sol y (3) trigo mañana si llueve. Como el trigo es "perfectamente" divisible podemos decir que el espacio de consumo esta dado por todo el ortante positivo del espacio euclidiano de tres dimensiones, R3+. En este espacio podemos definir el vector de dotaciones iniciales y el vector de consumo de un agente individual i:

Pasemos ahora a examinar las preferencias de los agentes individuales que aquí actúan sólo como consumidores. Supondremos que estas preferencias pueden estar representadas por una función de utilidad aditiva de la siguiente forma:
. Como además supondremos que se cumplen los axiomas de von Newman y Morgenstern, esa función de utilidad tiene la propiedad de que ordena las alternativas de consumo de acuerdo con su valor esperado; es decir puedo definir:

en donde
es la probabilidad que el individuo i atribuya a la eventualidad de que mañana ocurra el estado de la naturaleza s (que llueva o que haga sol).
Ahora trataremos de introducir dos ideas concomitantes, que la estructura de mercados es incompleta y que, para paliar los efectos de esa carencia, existen activos financieros que todavía no podemos identificar con acciones u obligaciones. Pensemos que hoy , t = 0, no hay mercados contingentes para los bienes que hemos denominado como bien 2 o bien 3; es decir que sólo hay mercados spot. Como el trigo no es almacenable esta carencia hace que no hay forma de trasladar poder de compra en el tiempo ni entre estados de la naturaleza a través de los mercados contingentes de trigo. Supongamos, sin embargo, que existen dos activos financieros, indexados por f = 1 , 2 que pueden ser intercambiados hoy y que general dividendos mañana según la matriz

En donde es el dividendo, en forma de trigo, que recibe mañana, en el estado s, el tenedor de una unidad del activo financiero f. Cada individuo i puede utilizar su renta de hoy para hacerse con una cartera de activos, Zi = Zif = Zil = Zi2 en donde Zif es la cantidad del activo f comprada (Zif > 0) o vendida (Zif < 0) por el individuo i. Este individuo dispone pues de una renta contingente que recibirá mañana en el estado s,
, y que podrá añadir a su dotación inicial Wis.
Como se ve la presencia de unos activos financieros permite el traslado de poder de compra en el tiempo (de hoy a mañana, prestando hoy, y de mañana a hoy, tomando prestado hoy) y entre estado de la naturaleza cubriendo así los riesgos de que llueva (o de que haga sol). Lo interesante de esta construcción es notar que la carencia de mercados contingentes sólo será paliada totalmente cuando hay tantos activos financieros independientes como estados de la naturaleza.
En nuestro ejemplo este es el caso si el rango de la matriz A es completo; es decir r(A) = 2 . Si los dividendos de uno de los activos no es sino una combinación lineal de los del otro activo (por ejemplo si siempre paga el doble), nos encontramos con que r(A) = 1 < 2 y que, en consecuencia, la carencia de mercados sólo ha sido paliado en parte.
El funcionamiento de esta economía de juguete es muy fácil de describir. Hoy, los agentes individuales, en base a sus preferencias, dotaciones iniciales, expectativas de precios, pes , s = 1 , 2 , deciden su consumo de trigo hoy y su cartera de activos, generando un precio del trigo hoy , p0 , y un vector de precios de los activos q = (q1 , q2 ). Mañana, una vez observado s, los consumidores en base a sus preferencias, dotaciones iniciales Wis y renta adicional Ris , deciden su consumo de trigo generando unos precios que exigimos coincidan con los esperados de acuerdo con la versión más simple de la hipótesis de las expectativas racionales.
Este funcionamiento sugiere una noción de equilibrio natural en la que las expectativas se cumplan, los mercados de trigo existentes y los de activos financieros se vacíen y cada individuo maximice su función de utilidad con sujeción a las restricciones presupuestarias que vienen impuestas por las posibilidades existentes de traslado de poder de compra13. Ahora es el momento adecuado para introducir la producción en nuestro ejemplo, de forma que los activos financieros modelados pueden tener un correlato real y que se nos plantee el problema, que es necesario destacar, de cual ha de ser el criterio maximizador de una empresa cuando la estructura de mercado es incompleta y cuando, en consecuencia, nos encontramos con un sistema financiero y con un mercado de valores que asigna un valor a cada empresa. Este es el principio del camino que nos llevará a pensar en el accionariado y en los problemas del gobierno de la empresa.
Introduzcamos dos empresas indexadas por j = 1 , 2. La tecnología de la empresa j está dada por su función de producción f i {yi0 , yis} = 0 en donde yi0 {< 0} es el negativo de la cantidad de trigo utilizado como input en t = 0 e yis {> 0} es la cantidad de trigo producida y vendida en t = 1 cuando el estado de la naturaleza es s. Estas empresas son propiedad de los agentes individuales.
Pensemos que el capital de la empresa está representado por una acción cuyo valor en Bolsa es de V j. En el momento t = 0 representamos por
la participación del agente i en el capital de la empresa j. Hasta aquí la introducción de la producción en la economía de juguete que estamos describiendo. Para que el ejemplo no se complique simplificaremos las preferencias de los agentes individuales suponiendo que no aprecian el trigo en t = 0 y que
para todo i. De esta forma la función de utilidad de von Newman y Morgensten se convierte en 
Veamos ahora el funcionamiento de esta economía de forma que vayamos orientando la noción de equilibrio a utilizar. En t = 0 cada empresa decide cuanto input, y j0, comprar y para financiarlo emite B j obligaciones. Como el trigo funciona como numerario podemos decir que cada obligación promete pagar mañana ( 1 + r ) unidades de trigo, r > 0, cualquiera que sea el estado de la naturaleza. Si suponemos que no hay bancarrotas las obligaciones de una u otra empresa son sustitutos perfectos y, en el equilibrio, debemos tener que:
, en donde b i es la cantidad de obligaciones (todos iguales) suscritas por i. Este agente individual i acude en t = 0 a la bolsa en donde se posiciona adquiriendo la cartera ,
, j = 1 , 2, cartera ésta que mañana le proporcionará unos dividendos que hoy espera que sean:

en donde la expresión entre corchetes es el beneficio neto de la empresa j en t = 1. De esta manera se genera V j como el valor de una acción que refleja los beneficios esperados. Por lo tanto hoy, t = 0 , cada agente individual, basándose en sus creencias,
, sus dotaciones iniciales, W is , y sus expectativas de precios, p s0 , decide su plan de consumo X is y su cartera
y cada productor decide su plan de producción (yj0 , yis) de acuerdo con las mismas expectativas de precios y su función de producción f j. Mañana, t = 1, una vez conocido s, las empresas ponen en práctica su plan de producción y los consumidores, una vez cobrados los dividendos y una vez obtenida la devolución del préstamo a las empresas, realizan su plan de consumo conformando unos precios, ps , que, por racionalidad de las expectativas, exigimos que coincidan con pes.
El equilibrio es ahora más difícil de definir. En un primer paso explicaré la parte correspondiente al consumidor resaltando que su comportamiento concreto depende del de las empresas por lo que, en un segundo paso más complicado, trataré de hacer ver cómo podemos imaginar una función objetivo para una empresa que encaje con la naturaleza de la economía que estamos describiendo y que incorpore acciones y obligaciones.
Comenzando pues por el comportamiento del consumidor i, es fácil de aceptar que, bajo la hipótesis de las expectativas racionales, el problema de este consumidor i consiste en elegir un vector de consumo W is y una cartera
a partir de sus dotaciones iniciales
de forma que sean la solución del siguiente problema:

Este problema puede solucionarse para cada plan de producción; pero hay que saber cómo decide cada empresa j ese plan de producción. La dificultad del problema es que, como las empresas pertenecen a los agentes individuales que consumen y tienen dotaciones iniciales de trigo y como la estructura de mercados no tiene por qué ser completa ya que puede haber más estados de la naturaleza que activos independientes, la mazimización de los beneficios netos no tiene por qué coincidir con la maximización del valor en bolsa de la empresa, ni tiene por qué ser un criterio unanimamente aceptado por todos los accionistas.
Pensemos, por ejemplo, que la maximización del beneficio puede exigir la producción masiva de trigo a un precio bajo si hace sol y que hay un accionista minoritario que posee una enorme dotación de trigo en ese estado de la naturaleza. A este accionista le puede interesar que se adopte un plan de producción con poco trigo cuando hace sol ya que, en ese caso, es posible que el mayor precio resultante le proporcione mayor renta. Si un accionista así vende su participación nos hace ver que no es lo mismo maximizar el beneficio, que maximizar el valor en bolsa. Tendríamos pues que obtener una función objetivo que fuera unanimamente admitida por los accionistas. En el próximo capitulo se expondrá con todo cuidado los pasos analíticos que son necesarios para derivar esa función objetivo pero ahora lo que importa es destacar aquí que tal función objetivo existe y tiene la siguiente forma para la empresa j:

en donde qis es la valoración subjetiva que el agente i hace de una unidad de trigo mañana si se da s en términos de trigo de hoy y en donde Aj es el conjunto de accionistas presentes de la empresa j. Esta expresión significa, por lo tanto, una media ponderada por la participación de la valoración personaliza que cada accionista hace hoy de los beneficios netos futuros.
Una manera analógica de interpretar el resultado que acabamos de reproducir en el apartado anterior es que los administradores de una corporación deberían representar a los distintos accionista y hacerlo de forma proporcional a los pesos que éstos representan. Esto viene planteado por dos problemas sin solución o de muy difícil solución: la imposibilidad física de recabar el voto de cada accionista y la imposibilidad, no tanto física como de incentivos, de otorgar una ponderación específica a cada uno de esos votos según sea su valoración subjetiva del cambio tecnológico propuesto.
Pero además, no sólo hay que pensar en métodos de repartir el poder de administración entre distintos tipos de accionistas; sino que también hay que dilucidar el método adecuado para que los accionistas-propietarios no caigan en manos de los ejecutivos que ejercen el control efectivo y, en general, la gestión de la actividad empresarial y, quizás, preguntarnos en qué sentido y en qué medida los administradores de la empresa son responsables ante la sociedad en general más allá de su accionariado.
Sobre estos asuntos versa este último apartado. El gobierno de la empresas es algo que ha preocupado a los economistas desde que, hace ya setenta años14 detectaron los problemas que surgen de la separación entre la propiedad de la empresa y el control que, en las grandes corporaciones, está en manos de ejecutivos que tienen así la oportunidad y la tentación de ejercerlo a su favor de mil maneras distintas. Se trata de un problema típico de relación de agencia entre un principal (el accionista inversor) y un agente (el ejecutivo) cuyas características relevantes y cuya actividad concreta son a menudo desconocidas, o difíciles de descubrir, por el principal.
¿Cómo conseguir que los incentivos del ejecutivo se alineen con los del inversor?. Este es un problema que nos lleva hacia una concepción de la empresa, distinta a la neoclásica a la que hemos vuelto en el apartado anterior, y más relacionada con el planteamiento también mencionado más arriba que concibe a la empresa como un haz de contratos, todos ellos problemáticos y frágiles, que pueden romperse en un momento determinado.
Uno de estos momentos ocurrió con la entrada del nuevo siglo, no por razones milenaristas; sino porque coincidió con el final del periodo de "exuberancia irracional"15 que se incubó precisamente a partir de esperanzas que muchos creyeron infundadas en la llamada Nueva Economía. En efecto, ocurrió que una larga lista de empresas norteamericanas, generalmente pertenecientes al entorno de esa Nueva Economía y que iban desde Enron a Xerox pasando por Tycho, Worldcome y otras cuantas, cayeron en una gama variada de tentaciones contables (estafas, pequeños maquillajes, dudosas activaciones de gastos asociados a las stock options, etc.) que llevaron a la defenestración inmediata de sus responsables, la sospecha generaliza sobre la ética de los consejos de administración, el mayor de los escepticismos sobre la habilidad técnica de los analistas, la acusación de connivencia contra los auditores y la definitiva constatación del peligro de los conflictos de intereses en los bancos de inversiones. Y todo esto en la cuna del capitalismo, los EE.UU. de América, desde donde la subsiguiente caída de la Bolsa se contagio a todas las plazas financieras del mundo sin que, todavía, se haya recuperado el pulso económico cuya reactivación se ve frustrada por diversas circunstancias de una u otra índole.
En los dos siguientes apartados estudiaremos respectiva y críticamente el clamor a favor de la transparencia que siguió a esos escándalos y la relativización de la relevancia del valor de la empresa como criterio de referencia.
Uno de los principales problemas que la crisis corporativa de principios de siglo ha puesto de manifiesto es la dudosa ética de los Consejos de Administración que no cumplen con lo que parecería su responsabilidad mínima ante sus accionistas representados, es decir con su obligación de proporcionarles información veraz de los distintos aspectos del funcionamiento de la empresa.
La exigencia de transparencia se ha convertido en un clamor, en buena parte porque parece que con las TIC no hay dificultad real para propagar la información adecuada y, desde luego, el clamor emana más allá del ámbito empresarial. Es pues obligado que nos planteemos el tema de la transparencia con todo cuidado, desde sus aspectos más generales hasta el examen de aquellos ejemplos que podrían poner en duda su pertinencia.
Comenzaré por lo más general tratando de relativizar de manera no muy específica la importancia de la transparencia. En efecto, cuando mencionamos a un individuo transparente nos referimos a alguien simple, sin retranca, alguien en quien no se distingue lo interior (su poco compleja estructura psicológica) de lo exterior (sus actos fáciles de predecir). No nos gustaría ser tachados de transparentes porque nos sentiríamos inútiles para la vida; pero curiosamente cuando nos referimos a un grupo humano (nación o empresa por ejemplo) la transparencia en la toma de decisiones, o en cualquier asunto relevante para ese grupo, ni es sinónimo de simpleza ni nos parece inútil para la convivencia.
Muy al contrario parece que últimamente, a diferencia del caso de un individuo, para el que su estructura interna por muy simple que sea forma parte de su privacidad, en el caso de los grupos humanos desearíamos que no hubiera separación alguna entre lo privado y lo público, entre lo interno y externo. Espero que la exploración de este deslizamiento semántico de la "transparencia" nos permita iluminar perspectivas interesantes para la comprensión del capitalismo popular.
El énfasis de la transparencia en la vida colectiva forma parte, para empezar, de la sensibilidad postmoderma a la que se ha hecho diversas referencias en este trabajo16. En la modernidad la actividad interrelacionada de los individuos en sociedad está contenida por el Estado (remedo de super-ego) como caparazón externo que evita el desorden, y la estructura psicológica individual está, a su vez, ordenada por su super-ego (remedo del Estado) que suaviza el choque entre pulsiones contradictorias y que también puede ser visto como un caparazón que evita el caos.
En la postmodernidad, sin embargo, ni el Estado ni el super-ego son aceptables controladores de la vida; donde había caparazones queremos desarrollar estructuras óseas que cumplan la función de contener el desparrame evitando al mismo tiempo el autoritarismo exterior. Interiormente llegamos a compromisos entre nuestros deseos contradictorios y los plasmamos en sencillas reglas de conducta y exteriormente elaboramos instituciones que condicionan nuestras elecciones y actividades y que todos admitimos mientras no surjan, y acaben imponiéndose, otras más útiles para todos.
Esta sustitución del caparazón por el esqueleto no es sino una metáfora que quiere indicar la superación de la separación entre lo interior y lo exterior, perfectamente entendible cuando hay un caparazón que separa ambos ámbitos; pero difícilmente aceptable cuando la vida en su complejidad empieza a dejar de estar encarcelada en su caparazón y a generar un proceso de formación de esqueleto, es decir, un proceso de formación de reglas de conducta e instituciones que pueden mantener un cierto orden en la vida social sin necesidad de autoridad superior17.
He querido anclar la demanda de transparencia en el fondo cultural postmoderno para poder entender con mayor propiedad algunas de las manifestaciones de esa demanda que más interesan a efectos de relacionar la transparencia con el capitalismo popular. Pensemos en tres ámbitos importantísimos en los que la transparencia ha brillado por su ausencia y sobre alguno de los cuales volveré enseguida.
En el mundo de la política, las relaciones reales entre los tres poderes no son conocidas en sus detalles. En el mundo del manejo de la Política Económica piensan algunos que la autonomía legal de un banco Central no hace sino encubrir las dependencias de siempre por lo que sería conveniente publicar las actas de cada reunión con las opiniones individuales de los miembros del Consejo de Gobierno de ese Banco Central. En el mundo de la empresa ya no hay casi nadie que piense que las memorias anuales o las juntas generales sirvan para entender cómo se toman las decisiones o quiénes son los accionistas de control real por lo que se empieza a premiar la transparencia de la información más desmenuzada que algunas empresas ofrecen al mercado a través de los analistas de los bancos de inversiones. El impulso que mueve estas tres manifestaciones de la demanda de transparencia es, sin duda, encomiable; pero caben las dudas. ¿Es la transparencia posible?; ¿Será realmente útil?, ¿Lo es para todo el mundo?.
Aun manteniéndonos a este nivel de abstracción y falta de detalle podemos comenzar a responder a estos interrogantes si examinamos con cuidado unos arreglos institucionales muy cercanos a la transparencia y que permiten la aplicación de un análisis económico mínimamente sofisticado.
Pensemos en primer lugar en las dos vertientes de lo que se ha dado en denominar "desempaquetamiento" (unbundling). En su vertiente política se trata de "desempaquetar" los programas de los partidos políticos y poner sobre la mesa de decisión temas concretos para, de esta manera, no tener que votar a todo un conjunto de temas, algunos de los cuales favorezco y otros aborrezco. Es como si me obligaran a comprar un paquete de bienes sin darme la oportunidad de adquirir por separado cada uno de los bienes que componen el paquete. Efectivamente, la vertiente económica del "desempaquetamiento" plantea ese problema y aconseja que cada bien se venda por separado, no sólo por libertad de elección sino sobre todo porque puede ser más eficiente, es decir, mejor para todos. ¿Por qué tengo que comprar acciones de una autopista en lugar de comprar por separado acciones de una constructora, de una empresa de mantenimiento, de una gestionadora del pago del peaje, de una financiadora y de una gestora de zonas de recreo anejas?. Es verdad que yo debería poder organizar el riesgo de mi cartera; pero también es verdad que, por un lado, el "desempaquetamiento" no tiene límite (la constructora, por ejemplo, es en realidad un equipo humano, un parque de maquinaria pesada y una oficina de influencias y esta última a su vez ....) y que, por otro lado, el tener paquetes de riesgos ready-made puede ser deseable tal como muestra el éxito de los fondos de inversión. Análogamente es perfectamente concebible que los programas de los partidos exhiban esta característica particular de equilibrar bien los riesgos en los que incurriríamos en caso de aprobar por separado temas que luego pueden acabar siendo contradictorios entre sí.
En segundo lugar pensemos en ese asamblearismo propio de movimientos políticos que pretenden ser algo más que partidos burocráticos y que parece imprescindible para alevines políticos. Aquí también hay que dudar del correcto impulso inicial y sujetarlo a límites. Lo que el análisis económico nos dice en este caso es que el asamblearismo es uno de los mecanismos de toma de decisiones más fácilmente manipulables por un dictador en potencia: caudillismo y populismo van demasiadas veces juntos como para dudar de las virtudes del asamblearismo.
Me atrevo a insinuar que este extraño impulso propio de algunas asambleas que acaban elevando a los generales a emperadores y éstos a dioses, es lo que está en el origen de la elevación de los Bancos Centrales a arcanos de la sabiduría. Más tarde nos damos cuenta de que quizá los miembros de sus consejos de gobierno tengan intereses espúreos personales, regionales o estatales y pretendemos hacer esos consejos transparentes mediante la publicación de las actas. Pero una vez más el análisis económico nos inclina a la reflexión pausada ya que si los miembros del consejo de gobierno supieran que sus opiniones van a ser públicas quizá éstas no fueran lo suficientemente francas y acabaran generando una opinión general que avale una política monetaria desacertada.
La transparencia, el "desempaquetamiento" y el asamblearismo comparten un impulso inicial que parece estar en el origen de una renovación doble y simultanea, la del capitalismo y la de la democracia. Para que el capitalismo conserve la enorme creatividad del mercado hay que proceder, con la prudencia que haga falta, a ir desempaquetando bienes, mejorando la información que las empresas ofrecen y perfilando la competencia técnica de los reguladores. Sólo así florecerá un capitalismo popular que impulse un crecimiento renovado al permitir la canalización masiva del ahorro popular hacia proyectos más esperanzadores que la simple financiación del déficit público. Para que este capitalismo no se desvíe ni se vicie es conveniente que, sin exagerar, haya temas, aparte de los ideológicos o puramente partidistas, sobre los que los ciudadanos podamos decidir sin intermediarios y que prudentemente evitemos el poner a los reguladores por encima de toda sospecha.
Pero todo esto hay que llevarlo a la práctica poco a poco, en orden y estudiando cada caso. No cabe duda de que aquí la prudencia es necesaria pues ya hemos visto en los dos primeros capítulos de la segunda parte que las revoluciones de los incentivos y de la información proporcionan grandes sorpresas. Es cierto que las TIC pueden ayudar mucho al aspecto informacional de la transparencia; pero hoy hay todavía limites y paradojas que ahora paso a examinar antes de abandonar este primer aspecto del gobierno corporativo.
Los límites de la contabilidad ilustran bien los límites infranqueables de la transparencia18. La contabilidad es como la cartografía; ni la una ni la otra pueden representar simultáneamente todos los detalles en los que podríamos estar interesados. El caso de la cartografía es obvio. Según sea el tipo de proyección que utilicemos para representar una esfera en dos dimensiones se preservarán algunas propiedades de la esfera; pero no otras. Podemos optar por representar bien las distancias o falsearlas en aras de una representación fiel del tamaño relativo de los países. Sospecho que al final se acaban imponiendo las proyecciones y los mapas que eligen usar los países poderosos de suerte que, por ejemplo, estamos acostumbrados a ver en un mapa que los EE UU de América es un país mucho más grande que Brasil.
El caso de la contabilidad es análogo. En muchos casos podemos elegir la forma de dejar constancia de operaciones determinadas y cual adoptemos finalmente dependerá de lo que pretendamos hacer con la información que constatamos. Mucho me temo que el uso que se haga de las alternativas disponibles, todas ellas posiblemente legales, dependerá de quien manda: si los ejecutivos, las stock options no aparecerán como gastos, si los accionistas entonces sí serán consideradas como gasto.
Pero dejando a un lado la cartografía y concentrándonos en la contabilidad, veamos la posible incidencia que puedan tener las prácticas contables en la actividad real a través del examen del tratamiento del fondo de comercio. En Europa y, desde luego en España, se contabiliza como un activo, a precio de adquisición, y se va amortizando poco a poco aunque cabe hacerlo de golpe. En los EE UU de América no lo amortizan; sino que cada año hay que contabilizarlo según el precio de mercado del activo correspondiente apuntado como pérdida o ganancia la disminución o el aumento de ese precio del mercado. Hubo un momento en que a las empresas españolas les venía bien el US GAAP; pero en otros momentos podrán estar encantadas con la convención europea. De acuerdo con ésta, Telefónica por ejemplo ganó en el 2001; de acuerdo con la norma americana incurrió en pérdidas. Los salvadores del capitalismo que acuden en masa a enderezarlo cuando les va mal, parecen ignorar la imposibilidad de lograr la objetividad contable y pretenden, además de elaborar estándares universales, pasar legislación que penalice a los que se alejen de esa objetividad.
Veamos un ejemplo inquietante relativo al tratamiento del fondo de comercio según las prácticas contables generalmente aceptadas por los EE.UU. Según éstas, la contabilidad de la empresa A debe reflejar el valor de mercado de su participación en la empresa B de forma que el valor en Bolsa de ésta debería influir en el valor en Bolsa de aquélla. Supongamos ahora que tienen participaciones cruzadas. Es fácil ver que ambas podrían precipitarse al abismo abrazadas en un movimiento recesivo no convergente: A vale menos porque su participación en B ha descendido en valor por una causa cualquiera, pero esta baja en el valor de A refuerza la caída inicial en valor de B lo que, a su vez, rebaja el valor de A.
Esto no tiene nada que ver con el valor objetivo de ninguna de las dos empresas y, justamente por eso, porque quizás no es sino el efecto inducido por una práctica contable, los inversores detectarán en algún momento la ganga a la que tienen acceso y frenarán el proceso de recesión a la baja. En efecto, en un sistema capitalista de mercado las corporaciones valen lo que valen en Bolsa y no hay sistema contable alguno capaz de objetivar ese valor. Si un CEO encuentra una forma de maquillaje contable atractiva, compatible con los criterios de auditoría y transparente para los analistas (lo que hay que suponer) es posible que el valor de la corporación aumente y nadie podrá decir que ese no es el verdadero valor. ¿Qué diferencia hay entre el marketing y el maquillaje contable?.
La persecución de la objetividad en uno u otro caso es tan alocada como la persecución de lo absoluto. Pueden (y deben) establecerse estándares a través de la autorregulación; pero siempre aparecerán nuevos montajes contables o nuevas ideas de marketing. Penalizar la creatividad en uno u otro campo es poner puertas al campo. Es por lo tanto curioso que los autonombrados salvadores del sistema deseen, tal como parecen mostrar no pocos dirigentes políticos, un capitalismo con reglas claras, definitivas y sin trampas. Los que creemos en el mercado, sin embargo, sabemos que el capitalismo es el mejor sistema disponible porque somos creativos y tramposos. Si no lo fuéramos y no nos dejásemos llevar por la avaricia casi cualquier sistema económico sería igual de eficiente que el capitalismo y algunos mucho más equitativos.
El problema que se plantea a cualquiera que, de verdad, crea en el capitalismo y pretenda contribuir a implantarlo es cómo lidiar con los incentivos a engañar para hacerse rico sin , al mismo tiempo, cegar el pozo de la creatividad. Estos problemas genuinos nos enfrenta una vez más con el carácter abierto del sistema capitalista, un sistema incompatible con el deseo de decidir y organizar todo de una vez por todas.
Nada ilustra mejor el carácter abierto del capitalismo que las paradojas que pueden surgir en materia de transparencia y que no nos debieran parecer extrañas a estas alturas19. Comencemos por la política monetaria de un Banco Central. Sabemos que la inconsistencia dinámica de una política monetaria discrecional en manos de un Gobierno que quisiera realmente inflar la economía para reducir el desempleo, genera un sesgo inflacionario que sólo puede reducirse poniendo la política monetaria en manos de un Banco Central Independiente para el que la política antiinflacionaria sea estrategia dominante. Como sin embargo el público no está seguro de las preferencias del Banco Central, éste tiene que ganarse la reputación de antiinflacionista decidido puesto que cuanto más firme sea esa reputación, menor será el sesgo inflacionario; pero la firmeza de la reputación puede estar influida por la transparencia, tal como nos ha hecho ver recientemente Petra Geraats.
Si el Banco Central publica sus proyecciones condicionadas en la variable de política económica observable, es decir, el tipo de interés, esta señal se hace más precisa respecto a las preferencias del Banco Central que pueda así mejorar su reputación y por lo tanto disminuir el sesgo inflacionario. Si el Banco Central publicara sólo proyecciones sin condicionarlas a los valores del tipo de interés, esta variable sería una señal menos precisa y sufrirían la reputación del Banco y su capacidad para reducir el sesgo inflacionario. Por estas razones podemos concluir que si bien las transparencia (identificada aquí como la publicación de las proyecciones efectuadas por el Banco Central) es buena, hay que tener cuidado pues si las proyecciones de la tasa de inflación y del output no explicitan los valores del tipo de interés que se persiguen, y con los que se cuenta, esta variable pierde la capacidad de influir en la reputación y, consecuentemente, en la capacidad del Banco para reducir el sesgo inflacionario.
La moraleja, informalmente expresada, es que si un Banco Central va a ser transparente, debe serlo de manera que realmente comunique sin ambigüedad su naturaleza, preferencias e intenciones.
Miremos a continuación a la relación de agencia que ha examinado con cuidado, a estos efectos de transparencia Andrea Pratt en un trabajo sumamente rico en implicaciones pero que aquí sólo podemos examinar a efectos de insistir en que la transparencia es una cuestión delicada que no permite afirmar categóricamente que cuanto más transparencia mejor, tal como parecería dictar el sentido común.
Pensemos que en una relación de agencia, el principal puede conocer tanto la acción tomada por el agente como el resultado conseguido a través de esa acción. Lo interesante es que el principal preferiría saber sólo el resultado, desconociendo la acción tomada para conseguir ese resultado. Intuitivamente la razón es que si conoce también la acción y el agente lo sabe, este agente se comportará de una manera conformista para no ser penalizado por nadar contracorriente. Ello le llevará a no procesar algunas señales y, finalmente a hacer imposible el conocimiento por parte del principal de quién es el agente lo que, a su vez, no permite la redacción de un contrato óptimo, y, en consecuencia, acaba reduciendo el nivel de esfuerzo realmente ejercido por el agente.
Para terminar examinemos un resultado sorprendente debido a M.A. de Frutos y C. Manzano en su trabajo sobre la transparencia en un mercado de valores que puede estar centralizado (transparente) o fragmentado (opaco).
En el primer caso, que sería el de un mercado de renta variable como el de la Bolsa de Madrid digamos, las ofertas de precios, de compra y de venta, son públicas de forma que los intermediarios conocen los precios ofrecidos por sus competidores. En el segundo caso, que podría estar representado por el mercado americano de bonos del tesoro, los acuerdos son a menudo bilaterales de manera que los intermediarios no saben si están en línea o no con sus competidores. Ahora es fácil de intuir que desde el punto de vista del inversor es más ventajoso la fragmentación, es decir la falta de transparencia. La razón es que los market makers" tienen interés en no confundirse en el cálculo de las transacciones que preveen efectuar pues este acierto disminuye sus costes operativos. Este interés es fácilmente satisfecho cuando el mercado está centralizado y por lo tanto es transparente, porque entonces es fácil mejorar las condiciones de manera sólo marginal cuando se desean más operaciones para cuadrar las cuentas. En cambio si se necesitan más ordenes y el mercado está fragmentado, y por lo tanto es menos transparente, el interés del market maker sólo se puede satisfacer ofreciendo condiciones agresivamente mejores al inversor.
Los tres ejemplos son una muestra de las muchas paradojas que surgen cuando se abre la caja de Pandora de los problemas informacionales. A veces, más información puede ser nocivo, algo que no debería ya resultarnos extraño ya que sabemos desde hace mucho tiempo que añadir un mercado a una estructura de mercados incompleta no constituye necesariamente una mejora paretiana a pesar de que esa apertura de un nuevo mercado aumente la información existente. Si ese apertura no llega a completar la estructura de mercados permitiendo el traslado de poder de compra de cualquier fecha a cualquier fecha, y desde cualquier contingencia a cualquier contingencia, la información adicional puede hacer imposibles ciertos contratos que eran posibles y convenientes sin esa información.
Este último recordatorio junto con los tres ejemplos ofrecidos nos convence, o debería convencernos, de que el asunto de la información, y por ende el de la transparencia, es delicado y no admite soluciones definitivas ni fáciles de poner en práctica. El desconocimiento de estos problemas es el que explica el entusiasmo mostrado por la adopción de código de conducta por cualquier empresa, la elaboración diligente de recomendaciones para el buen gobierno de la empresa cotizada por parte de comisiones ad-hoc o los escasos cambios legislativos que se han amagado.
En todos estos casos lo que se pretendía era salir al paso de los presuntos engaños, o de las distorsiones de información o de su simple ocultación, a los accionistas por parte de los administradores en conveniencia con algunos ejecutivos, quienes, de esta forma, distorsionaban el mercado en perjuicio de su funcionamiento correcto. Pero, en lugar de humildemente reconocer los límites de la contabilidad o las razonables dudas sobre algunas de sus prácticas, en vez de llevar a cabo una labor pedagógica sobre los méritos relativos de la información, se optó paradójicamente por cantar la transparencia de una forma que la contradecía ostensiblemente y que sólo pretendía manipular una opinión pública poco informada.
El buen gobierno de las empresas no se agota ni en la transparencia ni en la contabilidad. El problema de la inevitable separación entre propiedad y control y su manifestación reciente en la crisis cooperativa que empezó con el escándalo de Enron, se ha acabado traduciendo, además de en la elaboración de normas internacionales de contabilidad exigidas por la presencia trasnacional de las empresas, en la plasmación en códigos específicos del comportamiento deseable de los Consejos de Administración y de sus miembros a fin de que no primen los intereses de los ejecutivos sobre los accionistas y de los accionistas de control sobre los minoritarios20.
Estos códigos se centran sin embargo en la creación de valor para el accionista (shareholder value") y no consideran los intereses de quienes se han dado en llamar "stakeholders" o grupos de personas o personas que, como los accionistas, están concernidos por la marcha de la empresa bien sea como trabajadores, como proveedores, como clientes o como habitantes de la zona. Y, sin embargo, difícilmente se puede decir algo definitivo sobre el buen gobierno de la empresa mientras no sepamos si quienes tienen derechos legítimo sobre el producto creado, además de los ejecutivos que ejercen el control, son sólo los inversores financieros propietarios de las acciones o también los otros concernidos por la actividades y que conforman la "stakeholder society".
Hasta hace unos quince años en Europa se tenía una concepción de la empresa cercana a la "stakeholder society"; pero desde entonces se ha impuesto en la práctica (y a pesar de la desmoralización de América en relación a su sector corporativo de finales de los años 80) la concepción americana de la empresa para la que el único objetivo de ésta ha de ser la creación de valor para el accionista, algo que hoy asociamos al capitalismo popular. Y, sin embargo, en la Presidential Adress de los encuentros de la Econometric Society de 1998, Jean Tirol se dedicó, con un esfuerzo considerable, a reenfocar el problema y, en cierto modo, abrir una línea de investigación que, a caballo de las ideas de la economía de incentivos y del control, atacara de manera frontal el problema de cómo llevar a la práctica el óptimo social propio de la "stakeholder society".
Esta llamada al orden de Jean Tirol es naturalmente bien recibida por un economista para el que lo primero es siempre identificar el first best y sólo luego, admitidas las restricciones, informacionales o de cualquier índole, que concurran en el problema tratar de identificar y poner en práctica un second best. Para caracterizar el reparto óptimo un economista trataría de identificar las condiciones de maximización de una función determinada, como, por ejemplo, la suma de las funciones de bienestar (o de utilidad) de todos los stakeholders21.
Además de los inversores, que han colocado su capital en acciones, están los proveedores, que quizás han hecho inversiones específicas para atender los pedidos que les pasa nuestra empresa, los clientes que pueden quedarse sin un producto que formaba parte de su paquete de consumo o era imprescindible para su propia producción, los trabajadores que seguramente han invertido en capital humano específico para esta empresa y otros como los tenderos locales, los ayuntamientos circundantes o los que sufren la polución ambiental. Muchos de los efectos que estos stakeholders generan o sufren en relación a la empresa no pasan por el mercado. No sólo la empresa no paga por la polución que genera (típica externalidad), sino que los tenderos locales o los ayuntamientos circundantes no pagan ni cobran nada por los posibles efectos, negativos o positivos, que se generan (mas allá del precio pagado o del impuesto ingresado) en su relación con la empresa que opera en su ámbito (como descuentos por pedidos grandes, o inversiones en ordenadores, por ejemplo) y los proveedores, clientes o trabajadores, que aunque cobran y pagan según contrato, no suelen pagar o cobrar nada por la posible garantía implícita de pedido, o de suministro o de trabajo.
Todos estos son ejemplos de externalidades que deben ser internalizadas para que se obtenga el óptimo social. Para ello los contratos existentes tendrían que hacerse mucho más complejos y habría que inventar otros nuevos. Y para que todo este tinglado se sostuviera debería haber miembros del Consejo de Administración que defendieran el interés de cada clase de stakeholders.
Todo el esfuerzo de Tirol consiste en entender porqué esta solución first best no es fácil de poner en práctica. No cabe aquí un resumen de toda su argumentación; pero sí es posible comunicar el sabor del esfuerzo teórico que, en términos de economía de los incentivos y del control, despliega Tirol en el trabajo citado. Es muy difícil diseñar incentivos explícitos para que los ejecutivos colaboren a internalizar las externalidades detectadas entre empresa y stakeholders y lo es porque no hay una medida precisa del bienestar agregado de éstos que aquéllos deberían de maximizar22.
Podría pensarse que, a pesar de esto, los ejecutivos quizá hicieran su tarea tal como queremos que la hagan si les incentivamos de acuerdo con un criterio discernible y practicable como, por ejemplo, el valor de la acción; pero esta esperanza es vana porque sabemos que si esto fuera así desatenderían a los otros stakeholders. Si pensamos en incentivos implícitos como pudieran ser los horizontes de progreso y el correspondiente diseño de carrera que se puede esperar seguir en la empresa nos encontraríamos con un problema similar pues si, por ejemplo, el ejecutivo quiere quedar bien con los inversores quizás ponga en peligro su promoción por parte de su jefe inmediato. Y si ahora pensamos en el control es muy fácil admitir que éste no se puede ejercer bien cuando está dividido entre diferentes clases de stakeholders. En estas circunstancias es fácil de intuir que la maximización del valor de la acción (shareholder value) es second best.
Mediante el seguimiento explícito del comportamiento de los ejecutivos o a través de una vigilancia implícita por parte de la Banca o Agencia de rating se puede poner en práctica los incentivos adecuados para sostener el criterio de aportación de valor al accionista. Para esto bastaría que el ejercicio del gobierno corporativo delegara en un Consejo de Administración a cuyos miembros independientes se les encarga la tarea de velar por los intereses de los pequeños accionistas frente a los llamados dominicales o ejecutivos (o internos) en una aproximación burda pero meritoria a tener en cuenta la función objetivo adecuada.
Sin embargo, sería ingenuo concluir que el impulso que subyace a la "stakeholder society" ha quedado sepultado bajo una argumentación meramente técnica basada en ideas de incentivos y de control para la implementación de un second best. Por un lado, los esfuerzos teóricos de los economistas seguirán previsiblemente la senda marcada por el deseo de diseñar mecanismos incentivadores que permitan llevar a la práctica el first best. Por otro lado, últimamente reaparece en el escenario político-empresarial lo que nuestros mayores llamaban la responsabilidad social de la empresa, no pocas veces unida a la doctrina social de la Iglesia, y que hoy recibe nombres parecidos como, por ejemplo, acción social o ética corporativa y ultimamente Responsabilidad Social Corporativa (R.S.C.). Empieza a haber fondos que sólo invierten en compañías con una actividad corporativa socialmente responsable, se establecen rankings a estos efectos, las grandes corporaciones cuidan sus Fundaciones y se empieza a pensar que la acción social tiene impacto en la reputación, en la gestión y, finalmente, en la cotización.
Nada de esto es de extrañar y un economista entiende inmediatamente todas estas iniciativas como alternativas de internalizar algunas de esas externalidades a las que me refería en la primera parte de este trabajo y que, por su mera existencia justifican el hablar de la "stakeholder society" como el conjunto de personas y grupos que tienen un interés legítimo en la marcha de la empresa más allá de relaciones contractuales.
Pero el pensamiento económico puede profundizar un poco más en estas cuestiones a partir del reconocimiento del hecho de que el gobierno de la empresa es sólo una pequeña parte del gobierno de la sociedad entendido este último de una manera amplia y no meramente política. Es a este gobierno social así entendido al que corresponde internalizar las externalidades y para ello puede promover por ejemplo la ampliación del abanico de contratos posibles: a largo plazo para los proveedores o clientes, compensatorios a inversiones en capital humano específico o incluyentes de la educación de los hijos para los trabajadores, etc. Si esto lo tiene que hacer la empresa u otras instituciones es un tema interesante que no puedo abordar aquí. Lo importante, sin embargo, es que hoy experimentamos una presión hacia el first best que no cabe ignorar y que hay que tratar de aportar ideas para administrar esa presión.
Más arriba, al hablar de la transparencia, he sugerido que, si bien es cierto que el "desempaquetamiento" es bueno en principio pues el consumidor no se ve obligado a adquirir paquetes de bienes algunos de los cuales aborrece (pensemos en algunas revistas semanales con sus suplementos o en compañías diversificadas), hay que proceder con cuidado pues, si se procede muy rápido, es posible que sufran demasiado de golpe algunos de los bienes del paquete con efectos desestabilizadores para todo el mundo.
De la misma forma podemos decir que, si bien es cierto que hoy sólo tenemos un mercado para la relación accionista/empresa (mercado de valores) mañana podríamos quizá tener mercados para la relación de algunos stakeholders con la empresa; pero aquí también habría que proceder con cuidado pues dando prioridad por ejemplo a los polucionados podríamos estar ignorando a otros concernidos con los resultados de la empresa.
En mi opinión las recomendaciones que proliferan sobre el buen gobierno no van del todo bien encaminadas porque no han entendido el entorno propio de la Nueva Economía que propicia los excesos y porque no prestan atención inteligente a la "Stakeholder Society".
Creo, en primer lugar, que si Corporate América entró en crisis no fue porque auditores y analistas fracasaran ni porque la moral individual de los CEO's se hubiera degradado significativamente. Ninguno de estos agentes estaba preparado para la revolución tecnológica del final del siglo pasado, una revolución caracterizada por unos rendimientos crecientes a escala desconocidos hasta entonces tanto en su dimensión como en su naturaleza asociada a la naturaleza no-rival de muchos de los bienes digitales y a los efectos-red de algunos de los sectores más dinámicos.
Tal como ya he comentado más arriba la competencia aquí ya no es una competencia en el mercado (a través del precio) sino una competencia por el mercado, por tomar la posición y quedarte con él mediante el expediente de establecer un estándar . En una situación de esta naturaleza las posibilidades de ganancias son tan brutales que es difícil arrojar la primera piedra contra los responsables del enorme endeudamiento en el que incurrieron las empresas o incluso contra quienes permitieron los dudosísimos arreglos posteriores para evitar que los efectos de esa deuda, letales ante el retraso de las promesas, lucieran en las cuentas oficiales.
Ante esa diagnosis lo primero que habría que hacer, es afirmar que las oportunidades siguen abiertas y que hay que procurar que la próxima vez que tratemos de aprovecharlas sepamos quién decide y quién paga los platos rotos. Esto implica que las reformas de los bancos de inversión, la regulación de las casas de auditoría y el establecimiento de normas contables universales son cosas de importancia secundaria. Yo creo que lo que importa en sectores dinámicos es realmente el gobierno de la empresa, es decir, el conjunto de reglas que dicen quién toma las decisiones y quién responde por los fracasos y ante quién se responde. Para que esto quede claro no importa demasiado la independencia de los consejeros, los sueldos de los ejecutivos o la transparencia general. Lo que importa es que los consejos funcionen bajo un sistema de incentivos contundente y en una dirección adecuada que ya es posible.
Comencemos por esto último. Como la problemática de la Stakeholder Society" va más allá de tecnicismos, y abarca no sólo el gobierno de la empresa sino la administración general de las cosas, quizá pudiéramos aprender algo del estudio de cómo distintas sociedades se las arreglan para ponerla en práctica a través de uno u otro de los diversos canales existentes.
A estos efectos por ejemplo no hemos de concluir que porque la empresa americana está centrada en el shareholder-value y la alemana pretenda acercarse a la satisfacción de los stakeholders, América está más alejada del first best que Alemania. Es muy posible que en América haya instrumentos o instituciones que permitan acercarse más que en Alemania a la internalización de las externalidades necesariamente generadas por las empresas. Así podríamos concluir con Tirol que "una de las razones por las que el valor para el accionista (el shareholder-value) es menos controvertido en los países anglosajones que en Europa continental es que las externalidades ejercidas por el control del accionista sobre los empleados es menor en los primeros" debido, por ejemplo, a una mayor movilidad del trabajador en América, añado yo.
Como las TIC, la importancia del conocimiento y la globalización van a igualar la importancia de la movilidad (y disminuir la del Estado según veremos en el último capítulo de esta tercera parte) la implementación del first best propio de la Stakeholder Society, va a depender cada vez más del gobierno de las corporaciones y es ahora cuando puedo justificar mi afirmación que lo que importa es que el Consejo funcione bajo un sistema de incentivos contundente. No sólo no cabe la salvación de empresa alguna con dinero público; sino que, cuando se cometen errores de gestión, el CEO debe dejar la empresa quizá junto con los ejecutivos que han actuado bajo sus órdenes. Si esto se hace rápido no da tiempo a trampear con la contabilidad; pero ¿quién es el encargado de despedir al CEO?.
Quizá los independientes si realmente esa figura pudiera llegar a existir; pero como se le exigen tantas condiciones yo creo que hoy no existe. Es posible que a largo plazo surjan evolutivamente asociaciones de accionistas minoritarios -más fáciles de organizar cuanto más evolucionadas estén las TIC- que se dediquen a velar directamente por sus intereses proponiendo a sus propios consejeros, con lo que se podría poner en práctica la optimación de la función objetivo que hemos introducido más arriba y podríamos confiar en que el Consejo podría despedir el CEO. Pero mientras esto no llegue, creo que esa decisión debe tomarla el presidente de un Consejo de Vigilancia propio más bien del capitalismo renano y cuya última finalidad es poner en práctica la conciliación de los intereses de los stakeholders.
No me cabe la menor duda de que quién representa a los accionistas está más dispuesto a tratar de fingir un sin-novedad-en-el-frente que el que representa los intereses de los trabajadores, proveedores, clientes o autoridades locales quienes tienen unos intereses a largo plazo en la empresa y no pueden negociar esos intereses genuinos en ningún mercado.
La conclusión de este apartado es pues muy poco a la moda. Todo los rasgos propios del capitalismo que viene trabajan para que, por un lado, se puedan conformar Consejos de Administración que representan bien los deseos de distintos tipos de accionistas: son los propios accionistas quiénes las elegirán. Por otro lado, esos mismos rasgos hacen posible el acercamiento a una sociedad de Stakeholders cuyas externalidades han sido internalizadas por las corporaciones mediante la representación en un Consejo de Vigilancia.
Se impone pues concluir que, a pesar del inevitable influjo de los modos americanos, el capitalismo del futuro tendrá unas empresas con administración dual. Un consejo de Administración de ejecutivos y un Consejo de Vigilancia que fija la función objetivo a maximizar teniendo en cuenta a los stakeholders. Parecería pues que lo que a principios de los años 90 hizo temblar al capitalismo americano, es decir la forma de funcionar de Japón y Alemania, se impondría aunque es perfectamente posible que se imponga precisamente en América dada su mayor agilidad para adaptarse y dado que algunas de sus señas de identidad diferenciales va a dejar de ser relevantes.
Con este capítulo alcanzamos el centro de El Capitalismo que viene. En las dos primeras partes hemos perfilado diferentes herramientas analíticas que, de paso, nos han permitido explorar el papel crucial, aunque discutido, de la propiedad privada en presencia de la globalización, de la importancia creciente del conocimiento como factor de producción y de la emergencia imparable de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación.
Nos encontramos en este momento en el corazón de este trabajo. Empezando por la Empresa, en este capítulo, examinaré, en los capítulos posteriores, el mercado y el Estado, las tres instituciones básicas del capitalismo. Trataré de dilucidar cómo los fenómenos recientes que acabo de mencionar influyen en los cambios que se apuntan en cada una de estas instituciones.
La Empresa es tanto una unidad productiva como un activo en el que materializar el ahorro de las economías familiares y ambos aspectos han sido examinados en este capítulo. Hemos comenzado por centrar nuestra atención en el primer aspecto con la intención de poder contestar a preguntas relativas al contorno y al tamaño de la Empresa así como a la distribución, por tamaños, de su población.
Un argumento intuitivo ya utilizado más arriba nos ha hecho comprender cómo el contorno de la empresa se difumina al tiempo que la distinción entre lo que está dentro y lo que está fuera deviene incierta: los clientes, en un periódico o en una universidad, pueden colaborar en la producción propia de esas empresas. Por otro lado hemos confrontado una tensión crucial. La consideración de los costes de transacción en el mercado, asociados a la ausencia de confianza mutua, hace plausible la observación de que el mercado va ganando terreno a la empresa. Pero, si consideramos que en la llamada Nueva Economía o Economía Digital, existen evidentes rendimientos crecientes asociados al efecto-red (potenciado por las TIC) o a la naturaleza digital de los bienes intensivos en conocimiento, detectamos la tendencia contraria, es decir la tendencia a la conformación de unidades productivas de gran tamaño.
Como resultado de estas dos tendencias contrapuestas cabe esperar una población de empresas muy polarizada. Junto a un grupo pequeño y bastante estable de grandes corporaciones transnacionales empujadas por el viento de la globalización, encontraremos un grupo muy numeroso de pequeñas empresas, nacionales o regionales, que experimentan una gran rotación; pero que, con su gran masa, constituyen un freno al posible abuso de poder de las grandes corporaciones.
Aunque el contorno de cada una de las empresas se esté difuminando no cabe ignorar que cada una de ellas sigue siendo un ente propio que se mantiene unido por la autoridad, los incentivos monetarios y por unas pautas de conducta que podríamos llamar culturales y que conforman la identidad de la empresa más allá de su forma organizacional precisa. Ahora bien esa identidad no es fija; sino que varia con el juego de las TIC y lo hace tanto más rápidamente cuanto menos cueste variar las pautas de conducta. De ahí que la rotación sea mayor entre las empresas pequeñas.
De todas formas, a pesar de que el mercado crezca a expensas de la empresa, es difícil imaginar la existencia de un correlato real a lo que se llama estructura completa de mercados. En consecuencia no hay más remedio que preguntarse por el objetivo de una empresa, incluso con independencia de las novedades que pueda introducir la concepción "cultural" de la misma.
En efecto, cuando la estructura de mercados no es completa el objetivo de una empresa cualquiera puede no ser maximizar su valor en bolsa, noción esta ultima que, en esas condiciones, puede no coincidir con la maximización del beneficio. A este respecto, hemos recordado cómo puede definirse una función objetivo que alinearía los incentivos de los diferentes accionistas pero que no sería fácil de optimizar en la práctica aunque la generalización del uso de las TIC abre un portillo a este respecto al facilitar el conocimiento de las valoraciones subjetivas incluidas en esa función objetivo.
Este problema, más o menos técnico, nos ha llevado directamente al que se denomina gobierno de la empresa y que, a su vez, puede dividirse en dos. Por un lado la problemática asociada a la transparencia, y que resulta ser menos obvio de lo que aparenta y, por otro lado, el asociado a la distinción entre el valor de la empresa (shareholder value) como criterio último de la gestión de la empresa y la posibilidad de que este criterio de gestión contribuya a la implantación de lo que se denomina Stakeholder Society.
Respecto al problema de la transparencia, tan jaleada a partir de los escándalos corporativos de entre siglos, no cabe duda de que las TIC pueden y deben contribuir a que se conozca mejor la situación patrimonial de una empresa; pero la contabilidad tiene límites y la creatividad, que tanta riqueza puede crear, no se arredrará frente a exigencias y recomendaciones que siempre van por detrás de la práctica, especialmente cuando es el caso que pueden encontrarse casos o situaciones, nada sorprendentes para conocedores de la Economía de la Información, en los que una mayor transparencia puede no ser recomendable.
El capítulo debería haber dejado claro que, en lo que respecta a la elección de lo que significan el shareholder value y la Stakeholder Society, la tendencia parece inclinarse hacía la segunda tal como revela la insistencia en la Responsabilidad Social Corporativa especialmente cuando la empresa subcontrata, tal como ocurre en un mundo globalizado, con empresas del tercer mundo.
La maximización del valor de la empresa, dejando aparte el problema técnico apuntado, puede ser un óptimo subsidiario en términos sociales en el contexto del capitalismo popular; pero la Stakeholder Society es una noción abstracta que figura en el primer plano del imaginario del economista porque soluciona muchos problemas de ineficacia. La conclusión más a contrapelo y novedosa de este capítulo; pero que no cabe soslayar, es que los efectos beneficiosos de tener en cuenta a los stakeholders puede quizá lograrse a través de un gobierno empresarial dual en donde hay un Consejo de Vigilancia que vela por sus intereses tratando de balancearlos; pero sobretodo con el desarrollo de nuevos mercados en donde puedan contratarse derechos de uno u otro stakeholder. Pero esto acabará haciéndose posible justamente cuando las TIC se desarrollen y posibiliten la creación de nuevos mercados.
1. Ver Simon (1991) pp 27-28.
2. La simplificación consiste en que Simon no se limita a las empresas cuando se refiere a las organizaciones como alternativas al mercado.
3. Esta teoría de la empresa estaría asociada al nombre de Hart y recopilada en algunos artículos de su libro ya citado en otros capítulos. Ver Hart (1995)
4. Las ideas de Coase (1937) están en el origen de este planteamiento neoinstitucionalmente.
5. Nos referimos al artículo referido en la nota anterior.
6. Para Quah (2003) un bien digital reúne las siguientes características: (i) no rivalidad (mi utilización del bien no impide la tuya); (ii) Expansibilidad (la cantidad es arbitrariamente ampliable sin coste); (iii) indivisibilidad (la cantidad se mide de acuerdo con los números naturales: 1,2,3...); (iv) especialidad (bienes no sujetos a costes de transporte) y (v) carácter recombinatorio que hace que estos bienes sean acumulativos y emergentes.
7. Este tipo de razonamiento encaja bien con el empleado por Carrillo y Gromb según el cual cuando más se invierte, por parte de los individuos que conforman el equipo de trabajo, en acceder a lo que aquí llamo una determinada cultura empresarial, más probable es que se mantenga esa cultura por un simple argumento de coste de oportunidad de la organización. Similarmente la cultura es fácil de romper si se invierte poco en ella. Como sabemos este tipo de razonamiento lleva siempre a multiplicidad de equilibrios, unos con culturas muy estables y otros con culturas más endebles. Ver Carrillo y Gromb (1999). Por otro lado aunque sea en una nota quiero mencionar que una nueva forma de competir, más allá de hacerlo a través de precios, será precisamente a través de culturas empresariales.
8. Ver Urrutia (2001)
9. Ver 1.2.2 en Urrutia (2003)
10. Ver a este respecto el trabajo de Saint-Paul (2003)
11. Naturalmente no es necesario la generalización de los mercados financieros para que surjan temas de interés en el entorno empresarial tal como sería un ejemplo entre mil, el de la elección de financiarse con deuda o con capital. Sabemos desde el teorema de Modigliani-Miller que , sin imperfecciones fiscales o de oro tipo, ambas formas de financiación son equivalentes; pero , en cualquier caso, no es el objetivo de este capítulo el explorar otros temas empresariales en general, ni este en articular en condiciones realistas. La razón es que lo que se persigue es explorar las consecuencias de la globalización, el conocimiento y las TIC y no parecería que esto influye en este tema específico ni en otros muchos de los que no se van a mencionar aquí.
12. A partir de este punto reproduzco quasi-verbatium un trabajo propio de 1998 que, en cualquier caso está basado, tal como aparece en la bibliografía de ese trabajo propio, en el de Grosman y Hart (1999).
13 La maximización de la utilidad debe de hacerse con sujeción a las tres restricciones presupuestarias que se han de cumplir independientemente. Ahora bien cuando r (A) = 2 entonces las tres colapsan en una sola porque el sistema financiero permite el traslado de poder de compra en cualquier dirección.
14 Ver Berle y Means (1993)
15 Esta expresión fue acuñada por el Gobernador de la Reserva Federal, Alan Greenspan, y sirvió como título de un libro premonitario de Shiller en el que se anunciaba, en el año que la valoración de los títulos en la Bolsa de Nueva York alcanzaban su máximo, que el índice era insostenible y resultado de una burbuja, la que una vez explotada se denominó "burbuja de las punto.com".
16 Ver la introducción del Capítulo I.2.
17 La Sociedad del espectáculo, tan clarividentemente detectada por Guy Debord ya hace años, las transparencias en el vestir femenino que más que revelar las curvas destapan los huesos de modelos anoréxicas y el éxito de Gran Hermano que niega el hogar como último refugio de lo privado, no son sino tres ejemplos postmodernos de la problematización de la relación entre lo interno y lo externo, entre lo privado y lo público.
18 Ver Urrutia (2004 a). El texto es una ligera adaptación de ese artículo.
19 Lo que sigue es parte de un artículo aparecido en Expansión. Ver Urrutia (2004 b)
20 Han aparecido más de 100 de estos códigos en más de 30 países . En España se elaboró el Código Olivencia antes de los grandes escándalos y más recientemente el Código Aldama. Se han escrito muchas decenas de trabajo sobre esta materia.
21 Ver Tirol (2001).
22 Este problema sería formalmente análogo al de encontrar una función objetivo para la empresa que se mueve en mercados incompletos, problema que hemos planteado y concluido en la sección anterior y cuyo desarrollo completo hemos reservado para el próximo capítulo.
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